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Verdades

Judie Bamber, “Mom reading” (2010)

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Dice Danilo Kis:

“yo prefería la verdad pura y dura y humillante (algo que, por lo menos en la literatura, he conservado hasta el día de hoy)” [1].

Y supongo que está bien para Kis, darse a la verdad de la vida y tratar de ponerla sin más en el texto, con matices retóricos y algún tropo que amplifique no acaso el sentido, pero sí la intención; o sea, que intensifique apropiadamente el efecto dramático.

Claro que esto tiene sus contrapartidas, el de verse obligado a la veracidad y, con ella, a las menudencias honorables de lo verídico. Pues que detalles nimios recordados por la memoria férrea no pueden ser(le) escamoteados al lector. Si esa es claro, la intención del autor, como sucede en el caso de Kis.

Y no es que le ponga yo reparos a tal estrategia, pero me parece que eso, de alguna manera, lastra la poeticidad del mensaje.

A veces es mejor no mentir, pero sí fabular (y digo bien: fabular, no inventar), para acabar diciendo una verdad más profunda.

De todos modos, Kis -en un libro posterior- matiza lo dicho, así:

“desde mi infancia he tenido una hipersensibilidad enfermiza y ya entonces mi imaginación transformaba todo rápidamente, excesivamente deprisa, en recuerdo: a veces bastaba un día, un intervalo de un par de horas, un sencillo cambio de lugar, para que un hecho cotidiano, vuyo valor lírico no percibía mientras lo estaba viviendo, quedara coronado por el eco luminoso que normalmente no rodea más que a los recuerdos que han permanecido durante largos años en el potente fijador del olvido lírico. En mi caso, este proceso de galvanoplastia por el que las cosas adquieren un fino baño de oro y un noble depósito de pátina se desarrollaba con una intensidad, por así decirlo, enfermiza” [2].

Dicho de otro manera, Kis museifica instantáneamente sus recuerdos: los pone en vitrinas.

Es, en ese sentido, un vanguardista canónico.

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[1] Danilo Kis. “Páginas de un album de terciopelo”,  del libro Penas precoces. Incluido en Circo Familiar. Traducción de Nevenka Vasiljevic. Ed. Acantilado. 2007. (p. 79)

[2] Danilo Kis, Jardín, Cenizas. Incluido en Circon familiar. Traducción de Nevenka Vasiljevic. Ed. Acantilado. 2007. (p. 157)

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Escribir para ganar una nueva inocencia

Teresita Fernández – “Night Writing” (Installation View)

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1.

Pienso en el grupo de obras de la artista cubana afincada en New York, Teresita Fernandez, y que llevan por título Night Writing.

Para Fernández, la idea es la de crear una serie de poemas visuales, escritos con imágenes, renunciando a insertar partes textuales (comprensibles de un vistazo). Así, habría en ellos una escritura de la noche, del paisaje nocturno.

El lenguaje de la obra así, se manifiesta en la tensión de lo íntimo y lo cósmico, del concepto y de la percepción.

El paisaje nocturno visto como el lugar ancestral en el que los hombres miraban (¿miran?) para adivinar cosas, para adivinarse también a sí mismos.

Algunas de las obras de Fernández traen escritas en Braille determinados pasajes de la literatura clásica (como una suerte de escritura en código, y secreta, hasta cierto punto).

Así, Fernández busca en sus obras ese contacto primordial con la naturaleza al que el arte contemporáneo parece resistirse.

Y es importante que tal indagación, tal intento de re-contactar con la reverberación del hombre en la naturaleza, provenga de una artista conceptual como ella misma, que entiende la obra como investigación, reflexión, pensamiento y reflejo.

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2.

El poeta chileno Felipe Cussen acaba de publicar la miscelánea Opinología (Cumshot, 2012) y que puede descargarse libremente aquí.

Dice en algún momento Cussen (al hilo de Neruda):

“Quizás sería más honesto reconocer que el interés genuino por la poesía suele ser escaso, lo que, a fin de cuentas, tampoco es tan terrible: no puede imponerse el gusto por la poesía, pues nadie ha obligado a los poetas que escriban.”

Quiere decirse con ello que es este un libro de poesía, pero no de poetas. O acaso de la relación del poeta (de Cussen) con la poesía y la pelea por aclararse a sí mismo cuál es el rol que tal relación debería ocupar en la naturaleza del mundo que le circunda y aprisiona (Chile). Pero también de muchas otras cosas, de fútbol, de televisión o de la academia.

El libro es así una recopilación de cartas al director, reseñas, columnas, ensayos y entrevistas publicadas entre 2004 y 2012 en diarios, revistas y sitios web.
Es decir, una escritura pública, pero que, reunida en este volumen adquiere el estatus de poética y, al tiempo, se agencia un tono misteriosamente íntimo, nocturno, confidencial.

No en vano, en su poema “arte poética” escribe Cussen:

“Para mí la poesía es como escribir un diario íntimo.”

Y es por esta razón que los textos, en su claridad expositiva, tienen algo de suicidas.

Me gusta mucho el libro (un libro no nacido sino re-compuesto, por decirlo así), pues se conforma como una suerte de imprevisto dietario; salvaje, envilecido, forzoso, que coquetea también con la estética y la práctica experimental del fanzine.

Habla de la crítica:

“salvo honrosas excepciones, nuestros críticos suman al desinterés la ignorancia de creer que un poema visual no es más que una serie de letras bonitas o dibujitos”

Pero también de la falta de investigación de los escritores:

“mientras muchos pregonan la pérdida de valor social de los libros y critican la escasa capacidad de comunicación del lenguaje, son pocos quienes asumen, más allá de las quejas, la potencialidad que aún esconden las palabras”.

O acaso de la poesía experimental:

“Pareciera que el rótulo de “poesía experimental” fuera un sello de calidad incuestionable, lo que promueve la autoindulgencia e impide reflexionar sobre condiciones básicas para cualquier receptor que no sea otro poeta experimental”.

E incluso sobre los editores independientes:

3 creencias de las editores independientes
1. Creen que no es necesario acusar recibo a los autores que envían sus manuscritos.
2. Creen que una impresión de mala calidad los hace independientes.
3. Creen que demorarse mucho en publicar los libros comprometidos los hace más independientes.

Me ha hecho mucha gracia que en su texto “Carta abierta a los periodistas culturales de Chile” diga lo siguiente:

“No crean que Ignacio Echevarría es el único crítico español que vale la pena.”

Quizá al lector no chileno le resulten ajenas las referencias a la farándula, a ciertos programas televisivos y las menciones de algunos personajes locales, pero, con todo, merece la pena leer el heterogéneo conjunto.

Del mismo saldrá el lector rejuvenecido, se lo aseguro.

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*Nota, el título del post proviene de una frase de Felipe Cussen, de su artículo “Una nueva inocencia”, incluído en Opinología (Cumshot, 2012) [pp 13-15]

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Implementaciones literarias: ¿(in)válidas?

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Está claro que todo en la vida depende del estado de ánimo personal, y que muchos desánimos generalizados conllevan una desidia; esta insidia moral que se nos está atragantando y que amenaza con dejarlo todo arrasado, yermo y despejado (aunque despejado no se sabe bien para qué).

Pero, sin embargo, los desánimos personales tienen, a veces, el efecto de ponerle a uno a la contra de la opinión general.

Y viene esto al caso de ese fervor colectivo en torno al e-book, las narrativas transmedia y lo que se llama -no sin cierta cursilería- literatura expandida.

En este último grupo encontraríamos el ensayo digital de Will Self, “Kafka´s wound” –aquí-, incluído en el proyecto inglés the Space –aquí-, bautizado como “a new way to experience the arts in demand”.

Había leído una reseña en The literary platform -aquí– y en la que Kat Sommers decía:

“By the end, I was dimly aware that Self was drawing comparisons with Kafka, the First World War and internet cookies. What was he on about? It no longer mattered. A great cloud of ideas had emerged, and hasn’t dispersed, a day after I closed my laptop.”

Y este supuesto engendro instigador de las mejores inspiraciones y pensamientos fue lo que me llevó a leer el texto (vaya por delante que lo que hace Self no me suele interesar mucho).

Después de haber leído el texto (ensayo digital, lo llaman), la verdad que sí, que se le queda a una esa sensación: una sensación no tanto de irrelevancia como de capricho del pensamiento, de ebullición de ideas que unas a otras se contaminan. Sin embargo, soy incapaz de contagiarme de esa energía y entuasiasmo de Sommers al respecto del material extra o añadido. Y es que no es más que una suerte de addenda o apéndice que, en principio, poco me aporta a la comprensión o mejora del texto. Y ello por una razón muy simple: el material original del que el autor extrae su punto de vista no tiene por qué necesariamente sugerirle nada al lector (a mí). Esto es algo en lo que nadie parece haber reparado.

Siendo además que algunas de las conclusiones (o engarces del pensamiento, digámoslo así) de Self son bastante discutibles, a mí -y aunque en esto haya de contradecir a la opinión general- tanta información añadida me sobra, y acaso me molesta. Se ha de decir, empero, que las notas no interfieren en el texto sino que vienen con una indicación a la derecha (al modo de la nota a pie de página) y que se insertan en ese punto del texto caso de ser requeridas por el usuario mediante click.

Esa sensación incontrolable de que me pongan más cosas delante de las que quiero me produce cierta incomodidad. Y es que teme uno que si no da al click en el icono algo se estára perdiendo. Pero no.  Sucede que al segundo o tercer clic ya te das cuenta de que aun sabiendo que las notas no te van a interesar, sin embargo, el efecto indeseado de una leve ansiedad sigue presente.

Pero, en fin, dos cosas han de decirse en favor del proyecto. a) que es gratis (accesible pues para todo el mundo) y b) está financiado por el Arts Council England y la BBC, y en el caso específico de Self tienen como partners a la London Review of Books y la Brumel University of London (es decir, a Will Self le han pagado por el texto). Ambas cosas, teniendo en cuenta el estado y la calidad de la cultura digital en España -y lo que vendrá- merecen ser tenidas en cuenta.

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Cosas que -acaso sólo- suceden en verano

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Cuenta Sergio Galarza en la revista La sueltaaquí– su experiencia en Estados Unidos de cuando era un adolescente en un texto que lleva por título “Un verano en Idaho”. Así comienza el breve texto memorialístico (o acaso, mejor, nostálgico, como él mismo lo define):

“El año 2000 viví cuatro meses en un pueblo de Idaho llamado Sun Valley, a quince minutos de Ketchum, otro pueblo, donde pocos saben que está enterrado Hemingway.”

Lo interesante del caso es que finaliza el texto de la siguiente manera:

“Quiero volver a Ketchum algún día, de verdad, y decirles a los que quedan, que ahora son personajes en algunas de mis historias. ¿Les importará?

O quizás sea mejor pasar de largo como la mayoría de coches de la carretera.”

En mi opinión, es mejor pasar de largo, y quedarse apenas con esa emoción nostálgica. De ahí, creo yo debería surgir la literatura: de esa parte que queda en la memoria y que, strictu sensu, nada tiene que ver con las personas reales -físicas, cambiantes, singulares- de las que apenas partió un sedimento para el recuerdo, que es ya creación posterior del sujeto escritor.

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Encuentros imprevistos

 

1.

Hablábamos ayer de Rilke, y de sus elegías.

Y merece la pena que cuente de qué modo me encontré por vez primera con Rilke.
Creo que no tendría más de doce o trece años y que mis padres nos llevaban a mí ya  mis hermanos con ellos cada sábado a realizar la compra semanal en un megasupermercado (Un Carrefour). Yo siempre me desligaba del trajinar maquinal de los pasillos y me escapaba a la zona de libros y discos y casi siempre volvía defraudo, medio deprimido, o directamente enfadado.

Sin embargo, un día, un día cualquiera de ese invierno de mis doce o trece años, dios sabe de dónde el Carrefour había sacado a la venta un buen montón de libros medio de saldo, libros que seguramente anidaban en el polvo y el olvido y que algún directivo despistado habría comprado sin saber bien qué es lo que compraba.

Entre esos libros, aturdido, estaba Cartas desde Ronda, de Rilke.

Y lo compré (por un precio realmente irrisorio).

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2.

Los viejos del lugar ya sabrán mi fascinación por el poeta provenzal Frederick Mistral y, en especial, por su hermoso libro Mireio.

Pues bien, leyendo estos días Cartas del verano de 1926 (Minúscula, 2012), encuentro que en una de las cartas que Rilke escribe a Marina Tsvietáieva (fechada el 28 de Julio de 1926) lo siguiente:

“(Tú eres una gran estrella.) Recuerdas cuando el joven Tycho Brahe, que entonces no se dedicaba a la astronomía, era estudiante de la Universidad de Leipzig, habiendo venido a pasar vacaciones a la hacienda de su tío… descubrió que (no obstante Leipzig y los estudios de jurisprudencia) conocía tan bien el cielo, tan de memoria (piensa: il savait le ciel par coeur), que bastó una simple mirada de sus ojos más distraídos que concentrados para regalarle una nueva estrella en la constelación de Lira: su primer descubrimiento en el mundo de las estrellas. (Y ¿no es cierto, o quizá me equívoco, que precisamente esa estrella, Alfa, de la constelación Lira, visible de toute la Provence et des terres méditerranéennes es la que ahora está brillando y se llama Mistral? Y quizá, para que nosotros pudiésemos creer firmemente en nuestro tiempo, hacía falta una cosa semejante: ¿un poeta llevado a las estrellas?” [las negritas son mías]

La referencia que hace Rilke, cuando dice que esa estrella que brilla se llama Mistral, es precisamente al poeta provenzal Frederick Mistral, uno de los autores más queridos aquí en La soledad del deseo.

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3.

Sirva esto para dejar claro que la intrepidez de toda búsqueda se colma en sí misma, en la provisionalidad intermitente de su gesto, y que, en resumen, de nada es garantía. Que las cosas que han de llegar a nuestra orilla, finalmente siempre arriban, del modo más imprevisto e informal; y fructífero.

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4.

Hay unos versos del poema de Tsvietàieva “Tentativa de habitación”, escrito para Boris Pasternak, que lo dejan bien claro; dicen así:

“No planees, no preveas.

Todo surgirá”.

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ADDENDA:

El próximo septiembre tendrá lugar en Ronda, en el convento de Santo Domingo, la exposición “Un siglo de huéspedes en Ronda. La huella de Rilke”. La misma contará con los fondos pictóricos del Hotel Reina Victoria (donde estuvo alojado Rilke), así como una recreación de la habitación 208 del hotel, que es en la que Rilke estuvo hospedado.
+ info: aquí y aquí.

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En favor de la invención

Escribe el novelista y cuentista norteamericano Richard Ford:

“nunca es posible remontar las conexiones verdaderas hasta su origen, porque sólo existen en esa turbia y silenciosa, aunque fecunda, noche interestelar en la que reinan el impulso, la asociación libre, el instinto y el error” [1].

Se refiere Ford al intento abocado al fracaso de trazar los orígenes de la escritura.

Es cierto que puede que hayan indicios, alguna pista, aproximaciones, pero todo aquello que queda escrito sobre el papel y tiene algún valor, siempre proviene de alguna zona misteriosa, de un punto de equilibrio inestable en el que la tensión de lo que el escritor quiere decir y lo que quiere ser dicho confrontan abiertamente sus razones, llegando a un acuerdo que a ninguno de los dos satisface.

Es esa misma incomprensible razón la que ahora me embarga, (re)leyendo las Elegías del Duino de Rilke y tratando de hallar alguna pista en fotografías y vídeos que encuentro por Internet del castillo de Duino;, sabiendo que mi tarea está abocada al fracaso.

Richard Ford concluye su razonamiento así:

“En mi opinión, no creer en la invención, en nuestros poderes de ficción, sino pensar que todo es rastreable hasta sus orígenes […] es una receta segura para acabar en las borrascas de la decepción y un pequeño pero innecesario reproche a la capacidad salvadora de la humanidad para imaginar lo que podría ser mejor y luego, con sana esperanza, buscarlo” [2].

“Ninguna cosa es ella misma”, sentencia Rilke en la Elegía Cuarta.

Sea, pues.

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[1 & 2] Richard Ford, “¿De dónde viene la escritura?”, incluído en Flores en las grietas, autobiografía y literatura. Ed. Anagrama, Traducción de Marco Aurelio Garmarini. Barcelona. 2012. (pp. 185 & 189)

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Un apunte -más o menos rápido (y enconado)- sobre lo que entendemos por cultura

Raffi Kalenderian, “Self-portrait” (2008)

Recuerdo cómo en cierta ocasión, y me refiero a un evento público (a un curso de extensión universitaria, para más señas) y frente a cierta algarabía que se había montado por la supuesta indignación de algunas personas ante lo que era o no era arte, o lo que -mejor dicho- debería considerarse arte contemporáneo, recuerdo, ya digo, que David G. Torres dijo “yo creo en esto”.

Se refería a la cultura.

Dijo: “yo creo en la cultura”. E implícito en su declaración venía el hecho de pensar que  si no hacernos mejores, sí al menos tornarnos mas críticos, que éste es el efecto que el arte vendría a producir en el ser humano.

Traigo esto a colación no porque me resultase llamativo que Torres dijera tal cosa, sino por la incredulidad que supone tener que oír como alguien se ve en la obligación de profesar tal acto de confesión pública.

Y me he acordado de esto al enterarme del comunicado SOS –aquí– de la librería Robafaves de Mataró en el que solicitan -bajo la forma encubierta del mecenazgo- 250.000 euros (sí, un cuarto de millón de euros, ahí es nada) para hacer frente a sus innumerables deudas.

Sucede que existe una praxis bastante perversa en el mundo de la cultura y que resumiéndola mucho consiste en lo siguiente: cuando la cultura se quiere presentar como negocio, el beneficio se concentra en las manos de unos pocos, pero cuando la cultura se convierte mágicamente en ocio no solo deviene propiedad -inmaterial, claro- de una multitud, sino que tal multitud ha de poner dinero de su bolsillo en aras de los beneficios magníficos que la cultura supuestamente proporcionaría al ser humano.

Sin menospreciar -en absoluto- los logros y méritos de la librería Robafaves (a la que se le han concedido importantes premios por su difusión de la lectura), merece la pena llamar la atención sobre un punto clave de este llamamiento suyo “a la complicidad”.

En los momentos de expansión (la librería fue co-propietaria de la libreria Catalonia, justo al lado de Plaza Catalunya en Bcn y fundó junto a la cooperativa Abacus el espacio Actúa en Mataró) no se tomó en consideración la opinión de nadie que no fuese socio de la cooperativa (lo cual resulta bastante lógico). Sin embargo, cuando vienen los problemas, problemas que no parecen ser debidos a la falta de liquidez o a la imposibilidad de tener un buen stock (aunque también) e incluso al descenso de las ventas en el sector del libro (que sí, que también), sino que provienen justamente de las deudas acumuladas del espacio Actúa (que según confesión de lo propios cooperativistas dio pérdidas desde el primer día) y que se deben al afán expansionista (verbigracia, lucrativo) se propone como medida de salvación el llamamiento popular.

Es decir, que cuando una cooperativa (formada por socios trabajadores) tiene afán de expansión mercantil (y, por tanto, de aumentar el lucro económico; intención que, en principio, sería antitética a la base fundacional de su constitución) funciona como una empresa más, pues todo bien, sin problemas; sin embargo, cuando dicha cooperativa tiene problemas graves (por causa justamente de un endeudamiento hiperbólico) resulta que se nos presenta bien parecida a una suerte de asociación filantrópica y se pide a los consumidores (que ahora ya no son consumidores sino “cómplices”; nótese el eufemismo) deben hacerse cargo de tal empresa fallida en base al mecenazgo; una inversión elefantiásica en la que no tienen ni tuvieron voto ni participación, pero de la que ahora deben pagar, como comúnmente se dice, “los platos rotos”.

Esta trampa del capitalismo emocional que sucede en el mundo de la cultura (y valga el caso de Robafaves no más que como uno entre los miles de ejemplos que existen) es ya endémica y no parece que Internet haya venido a solucionarla. Porque permítanme extender el razonamiento a las empresas culturales más populares en la red: las revistas literarias y/o de cultura.

Prácticamente la totalidad de ellas no pagan. Pero con matices.

Es decir, no pagan a los que escriben justamente porque creen en la cultura, porque piensan que es bueno para la gente, que les hace críticos y, en el fondo, más libres. Pero sí pagan a determinadas firmas que ya venían publicando (y cobrando) en los medios convencionales del papel.

Por supuesto, huelga decir que los directores, maquetadores y la secretaria (siempre hay una secretaría, vaya Vd. a saber por qué, y normalmente tiene algún vínculo de parentesco o emocional con el director) de tales revistas sí les pagan (o mejor dicho, se auto-remuneran), cómo no, pues como podrán ver (y a poco sean un poco perspicaces ya sabrán a qué cabeceras me refiero) la publicidad está presente en tales páginas. Y el anunciante, por supuesto, paga. Sea poco o mucho eso resulta improcedente.

A partir de un euro ya estamos hablando de dinero y, por lo tanto, de afán de lucro.

Decía Trapiello en algún lugar de sus diarios que hay cosas que sólo se pueden escribir gratis y que hay otras que sólo se pueden escribir por dinero.

Yo creo en eso.

No tengo ningún problema en admitir que ciertos textos sólamente deberían escribirse desde la libre gratuidad y el compromiso con la cultura. Ahora bien, tal compromiso debe ser respetado por todo el mundo. No es posible que los que creamos en la cultura hagamos ciertas cosas de manera absolutamente altruista mientras haya alguien que esté poniendo la mano y aprovechándose de tal altruismo (sea por la vía de la subvención, la publicidad o la venta de ejemplares).

La cuestión aquí es de nuevo la misma: en el momento en el que los ingresos por una actividad se multiplican, no se reparte de manera solidaria, sino que quedan concentrados en las manos de unos pocos (y dicho de manera más clara, normalmente el sustento de esos pocos se consigue gracias a la colaboración desinteresada -o esclavismo, según se mire- de unos cuantos muchos) . Sin embargo, cuando a tal actividad relacionada con la cultura (y aquí hablamos de revistas) no les va bien con los ingresos, se pide la colaboración desinteresada de los escritores apelando a los beneficios de la cultura (o peor, a esa supuesta e incalculable “visibilidad”), e incluso, a veces, se llega al punto de pedirles directamente dinero, bien como donación, bien como suscripción (lo cual, queridos, es producto de la desvergüenza más infame que he visto en mi vida).

En fin, que sería bueno que nos pusiésemos de acuerdo sobre a qué nos referimos cuando hablamos de cultura y a qué nos referimos cuando hablamos de negocio. Y que tengamos claro que sí, que ambas cosas pueden estar relacionadas (deben estarlo, más bien), pero que aquella no puede pagar los cristales rotos de este. No, al menos, basando el argumento en una apelación mostrenca a la magnanimidad del espíritu.

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