Archivo de la categoría: El yo y sus aledaños

Cosas de verdad

1.

Intento leer Versiones de mi vida (Pre-textos, 2010) del así llamado escritor Pedro-Juan Valencia y ya en la misma biografía se adivina el fake. En un artículo de la revista Arcadia –aquí-, escribía Luis Fernando Afanador que tal pseudónimo pertenece al escritor Darío Jaramillo. Saber tal cosa me hace desistir por completo de la lectura del libro.

Me acuerdo de Antoni Casas Ros y la verdad que no me dan ganas de juegos literarios. O mejor dicho, para mí el juego literario es otra cosa, algo lúdico, pero serio, no infantilismos ni apuestas secretas o chanzas privadas que se muestran públicamente con la connivencia de todos los implicados en la cadena del sector del libro.

En la pág 181 escribe Pedro-Juan Valencia:

“No soy más que un tributador de homenajes a Stevenson o Dickens, a Thackeray y a Fielding […] estoy convencido de que no tengo nada que enseñar […] Si fuera a caracterizar en términos de creación literaria mis dos novelas, una publicada, y estas autobiografías, diría que todos son homenajes”.

Yo, dados a homenajear a algún autor, pienso que con leerlo ya nos basta.

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2.

Buscando cosas de verdad me encuentro con un artículo titulado “Nueva Inglaterra” de Germán Carrasco –aquí– donde cuenta que va a visitar “la iglesia-museo en donde comienza Moby Dick” donde va a leer sus  poemas y que le asombra saber que “la proa del barco que hace de altar desde la que el cura dicta el sermón bíblico con el que comienza
Moby Dick” es falsa.Que fue un detalle de Melville que no existía en aquella época, pero que, ante la insistencia de la gente, decidieron construirla para gozo de los visitantes, que querían verlo igual que lo habían leído en el libro de Melville y visto en la película de John Huston.

Y esto, más que homenaje, se me antoja una bella claudicación de la realidad en favor de la ficción.

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3.

Y hablando de verdades y, así, de escritura autobiográfica y del género de las memoirs, encuentro una serie interesantísima de entrevistas en podcast  de la revista Beatrice, que dirige Ron Hogan, y que lleva por título Life storiesaquí-.

En ella hacen entrevista a escritores de memoirs sobre sus vidas y se indaga en el arte de la escritura de las memorias.

De momento llevan quince capítulos, y han entrevista a Gideon Lewis-Kraus –aquí-, Anthony Swofford –aquí-, Steven Rinella –aquí-,  Daniel Smith –aquí-, Alyssa Harad –aquí-, Cris Beam –aquí-, Gary Marcus –aquí-, Sandra Beasley –aquí-, Jenny Lawson –aquí-, Kambri Crews –aquí-, Cheryl Strayed –aquí-, Tim Anderson –aquí-, Rachel Shukert &  Rev Jen –aquí-, Storm Large –aquí– y Heather Donahue –aquí-.

Las sesiones se suelen grabar en un estudio, en directo, y con público, normalmente en Manhattan.

Pura realidad.

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ADDENDA:

Y hablando de la realidad aplicada al lenguaje, Luís Vicente de Aguinaga escribe una interesante nota en la Revista Crítica de la Universidad de Puebla (México) –aquí– sobre la poesía de Antonio López Mijares.

Dice así:

“La poesía de López Mijares parte de una con­vic­ción, a saber: que todo tiene sig­nifi­cado pero casi nada tiene sen­tido. A seme­jante dilema, que define como “la ironía de atarse al/sentido”, el poeta responde com­poniendo frases que desmonta él mismo para­le­la­mente. Con qué puede hac­erse un poema, en efecto, sino con “pal­abras que le devuelven/nitidez a lo inexpresable”

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(La trampa de la) cultura omnímoda

 

Empezemos, de una vez, con los siguientes versos:

“Si se me rompe el portátil / puedo morir de un ataque al corazón” [1].

Los dos versos de Manuel del Barrio Donaire revelan con bastante economía de medios un sentir contemporáneo no solo al respecto de las comunicaciones y la conexión con el mundo -exterior-, sino en lo que respecta al mundo de la cultura -mundo interior-, y que es aquí lo que ahora nos interesa.

Podríamos apuntar ya, y sin demora, que la relación contemporánea de la cultura con el individuo es generalmente de premura y/o ansiedad; una relación incluyente, animal, omnívora, que se alimenta de todo píxel orgánico que le cae a la boca y que, cuando se rompe el cordón umbilical que une al individuo con el mundo de la cultura (el portátil, el teléfono móvil, la tablet que da acceso a Internet) el individuo siente que su engarce con la vida del espíritu (que no necesariamente espiritual) queda interrumpida.

Podemos argumentar que la cultura hoy, al menos la literaria, sigue manifestándose de manera preferencial en los libros (a los físicos, me refiero). Sí, esto es verdad. Pero no es menos cierto que la comunicación de la lectura de los mismos, así como su publicitación o el intento de diálogo con otras personas tomando como base el contenido de estos libros literarios (por habernos provocado éstos una reacción, un pensamiento, una idea, un sentimiento que deseamos comunicar en base bien a la crítica, el halago o la repulsa) se produce de manera casi exclusiva en la Internet, de manera digital. Pues tan importante son las obras literarias hoy como lo que se dice de ellas y los producciones literarias derivadas y/o inspiradas en las primeras y que suele darse a conocer a través de la web. Así, tendríamos hoy a la literatura de un lado, las obras literarias originales, que -como ya se ha dicho- siguen publicándose y circulando mayoritariamente en forma de libro físico, de papel, y de otro lado, una suerte de producto secundario que sería la vida social, por así decir, de tales producciones literarias. Y lo mismo sucede con el resto de las producciones artísticas contemporáneas.

En un reciente artículo [2], venía a decir el profesor de sociología en Columbia, Shamus Khan, que la cultura hoy, al menos la americana y la que se refiere a las élites, imita las actitudes de las élites de la Era Dorada (1865-1890) en el sentido de que -ilusoriamente- borra las fronteras entre las clases, y así hace gala de ser omnímoda, de aceptar todo y de no hacer distinciones snobistas y de no tratar de definirse mediante unos gustos de clase. Sin embargo, tal como advierte Khan esto tiene un truco y es que la cultura omnímoda de las élites norteamericanas aparece como una expresión del yo, como una manifestación extrema del gusto que, contando con recursos y tiempo libre, deviene un ejercicio de (auto)cultivo sumo de una individualidad marcada por los privilegios y el acceso ilimitado a las diversas producciones culturales.

De ahí que el cordón umbilical de la Internet signifique (al respecto del acceso a la cultura) un cordón umbilical irrenunciable. Básicamente porque con el único coste del acceso a la web, el internauta tiene la sensación misma de estar (auto)cultivándose, de estar manifestando la peculiaridad individual de su gusto exquísito (en tanto que lo concibe como único, privativo). Pero, tal como alerta Khan es algo ilusorio, pues igualmente uno con la Internet tiene acceso a esa vida del espíritu secundaria, en la que aparece el producto secundario de la cultura, pero el veto a los contenidos primarios sigue existiendo.

Por ello es importante llamar la atención sobre dos conceptos clave: el gusto y el criterio. El gusto es personal, caprichoso y libre y unifica el status de los seres humanos, pues todos tienen -o mejor dicho, creen tener- un gusto (no entraremos, de momento, en si este es bueno o en la necesidad de entrenar el gusto). Sin embargo, el criterio sancionador exige una responsabilidad, proviene del razonamiento y la comparación y el estudio continuado y la reflexión y trata de ser justo, equitativo. El criterio, por lo tanto, no es equivalente, en tanto que todos los gustos -se supone que- sí lo son.

Y aquí nos encontramos de nuevo con otra de las trampas del gusto que exhiben, en opinión de Khan, las élites norteamericanas. Tal franqueza del gusto y el talento necesario para tenerlo (pues se da por supuesto que el gusto personal proviene de cierto talento para la selección, el contraste y la observación) esconde una triste realidad: el talento cuesta que se desarrolle, la capacidad para discernir entre la marabunta de producciones culturales lleva tiempo y dinero. Así, por ejemplo, ser un estudiante modelo, dice Khan, no depende solo de lo listo e inteligente que uno sea ni de la dedicación o esfuerzo, sino que necesita una buena escuela, buenos maestros, y un hogar confortable, seguro, y tiempo libre para dedicarse a cultivar el yo.

Y esto no está al alcance de cualquiera.

Pero bien, transplantemos ahora esta idea de Khan esto al contexto europeo o más específicamente al español.

Aquí el acceso a la universidad es amplio y diverso, de igual manera que las entradas de los museos son asequibles, y así el acceso a los libros (aunque estos cada vez se están poniendo más caros; sin embargo, contamos con una buena red de bibliotecas) y hay una clase media que ha ido en franco aumento en las últimas décadas. En principio, el acceso a la cultura, el entrenamiento del yo, la capacidad de juicio y análisis, se diría que se ha democratizado. Se diría que existen las condiciones materiales para que se hubiese creado una masa crítica notable de ciudadanos responsables, juiciosos y entrenados en el gusto. Pero esto no acaba de ser así, y aquí los medios de comunicación de masas (especialmente la televisión) han jugado un papel crucial. Al venir presentándonos (al menos desde la última década) a una serie de sujetos que, supuestamente, provienen de ciertas élites, culturales, económicas o sociales expresando salvajemente las preferencias de sus gustos, se ha difundido la idea de que los gustos son equivalentes y equiparables. Así, siendo que el gusto se deriva (aquí, en norteamérica y en sebastobol) de un criterio, de un entrenamiento (y no al contrario), se ha tomado la línea de llegada por la de partida.

Claro que el mundo de los escritores tampoco ha sido inocente a este respecto, y si no, recordemos una salida de tono del premio nobel español Camilo José Cela:

 

 

Cela dice esta boutade en televisión, que para cualquier persona inteligente y cultivada es eso, una boutade, y en principio debería quedar ahí, en el afán provocador de un hombre serio, instruido y que ha gozado de toda clase de privilegios culturales, económicos y sociales. Así, el esfuerzo de Cela, que nadie se lo niega, y su dedicación al trabajo (su talento, en suma) le permiten esta salida de tono. El problema viene cuando el gusto deviene coso exclusivo para tales ordinarieces.

Y eso es, en resumidas cuentas, lo que ha pasado en España, pero también en Europa y en USA.

Así, las élites culturales, económicas y sociales hoy, por causa de la vergüenza -y, se supone, también por cierto sentimiento de culpa- referida a sus privilegios adquiridos, hacen gala del gusto como si ello les equiparase al resto de la población, igualmente equipada con la capacidad para decir cualquier cosa que se les antoje, y sin el menor sonrojo. Lo que late detrás de ello, sin embargo, es esa prerrogativa que les ha venido a permitir simular confundirse con la masa, expresando igualmente un estilo personal, identitario y de afán único. En otras palabras, las élites, en un intento por disimular su condición, hablan de estilo sabiendo que ello proviene de un gusto entrenado y de un criterio, sabiendo que es un efecto. La consecuencia de ello es el embrutecimiento progresivo de la población y su confusión al respecto de qué es el gusto y qué es el criterio. Así, cualquier ciudadano piensa que la realidad de la vida de su espíritu, habiéndose abierto un blog o un twitter o un facebook, consiste en opinar a diestro y siniestro, de lo divino y lo humano, sin la menor consideración. Pero lo más perverso: que tal actitud le asemeja, piensa este ciudadano desnortado, de alguna manera oblicua, a las élites que igualmente opinan, dicen y se comportan en lo que se refiere a su gusto y estilo de vida, con la mayor insolencia, caradura y fanfarronería.

De ahí también ese sentir contemporáneo de que si nos quitan Internet, si nuestro portátil falla, o nuestra tablet se rompe o se extravía nuestro teléfono móvil quedamos afuera del círculo privilegiado de la cultura. Pero esto, como ya ha quedado claro, es radicalmente falso, porque los contenidos originales de la cultura están en otra parte, y en Internet solamente hay ese producto secundario que se deriva de aquel. Las élites han conseguido engañar a la población de tal modo que les han hecho pensar que lo original, lo que vale la pena está aquí, cuando cualquier persona avispada intuye y sospecha que en realidad, todo lo que vale la pena está en otra parte y que, además, para cuando queremos darnos cuenta, ya ha sucedido y nosotros, como siempre, nos hemos quedado afuera, aplaudiendo desde las gradas.

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[1] Manuel del Barrio Donaire, “Documento I”, incluído en el libro ¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas? (Ediciones Liliputienses, 2011) [se puede leer aquí].

[2] Shamus Khan. “The new elitists”. The New York Times. 07-Julio-2012.

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Un bromista nada solemne

Al parecer eran legendarias -y constantes- las bromas de Roberto Bolaño.

Cuenta Rodrigo Fresán en el documental La batalla futura cómo una vez que llevaban de vuelta a Roberto a Blanes, en coche, y yendo Bolaño en la parte trasera, se hizo el muerto durante un rato y cómo casi llegaron a creerle (el susto, al menos, no se lo quitó nadie).

La última de sus bromas, o la última que conocemos, la refiere Mónica Carmona -aquí-, quien fue editora de Bianca para el sello Grijalbo. Cuenta Carmona que Roberto la llamó por teléfono (y apenas hacía unos meses que ésta venía trabajando en la editorial) haciéndose pasar por Gabriel García Márquez y que, de primeras, Carmona le creyó y actuó como si, en verdad, Bolaño fuese Gabo.

Ese juego del otro, del que no está, esa presencia de una ausencia, por decirlo en términos de teoría de la imagen, es lo que se percibe ahora cuando uno escucha o lee tales comportamientos del escritor chileno; al modo pictórico, pues.

Y pienso en esto al calor de ese aire de nostalgia que se percibe en el ambiente en estos últimos meses, y que proviene de ese intento de recuperación de ciertas tendencias de los años 90, especialmente en lo referido a la solemnidad de un nihilismo, por momentos, melancólico (como si quisieran obligarnos a ahondar aún más en nuestras miserias contemporáneas).

Porque contra eso, mejor quedarnos (o así lo prefiero yo) con el eco risueño y embriagador de las múltiples bromas de Bolaño, así: acordarnos de él como irrenunciable antídoto contra la gravedad de un presente que no promete ni prosperidad ni socorro ni solaz alguno.

Pensar, como Bolaño, que ante las adversidades, sean éstas cuales sean, siempre quedará la felicidad de saberse vivo, teniendo la certeza -además- de que en la madrugada nos queda(rá)n unos minutos sueltos para venir aquí a escribir unas breves reflexiones.

Y dar gracias por ello; con alegría, huyendo de todo protocolo.

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Subordinación y Servidumbre

Forrest Best, "Untitled" (1946)

Íbamos el otro día en un taxi camino del dentista cuando, por ser cordial y no parecer mezquino, desatento o quizás altivo –y como suelo hacer casi siempre-, intercambié unas breves palabras con el taxista. Todo muy leve y epidérmico. Lo que viene siendo usual cuando uno no quiere resultar grosero y, tras el ordenamiento de una tarea a alguien, hace por distender la jerarquía mentando algunas frases convencionales, de puro trato cortés. Lo normal suele ser que entonces, tanto quien da la orden como quien la acata, ambos amparados por la consciencia –adulta- del trato mercantil, se ocupe con lo suyo. En el caso que nos trae aquí: el taxista concentrándose en el gps y el estado de las vías de circulación, los semáforos y el resto de vehículos y eventuales viandantes que pudieran entorpecer o poner en peligro el correcto cumplimiento de su labor y el otro, o sea nosotros, los viajeros, concentrándose en sus asuntos, en una charla no íntima, pero sí privada, o acaso sencillamente en mirar el breve paisaje que dejan ver las ventanillas de un taxi.

Pero esto, que debería ser lo habitual e incluso lo deseable, no se dio de esta manera, sino que el taxista, rompiendo las más elementales normas de cortesía, enseguida entró al asalto de la fortaleza de la privacidad y la burbuja personal que nos otorgamos entre desconocidos quedó, de inmediato, en serio peligro. Claro que no la nuestra, sino más bien la suya. En tal caso, en el supuesto de que el osado taxista (de 38 años, ya se ocupó de hacérnoslo saber, y separado –no divorciado, tal matiz también lo recalcó en varias ocasiones) hubiese pretendido inmiscuirse en nuestros asuntos, hubiera sido más sencillo, pues simplemente con no contestar, saliendo con evasivas o reconduciendo la charla hacia otro lado, tal vez se hubiese dado cuenta el taxista de que no era pertinente seguir por ahí. Ahora bien, qué hace uno cuando la persona a la que le está pagando por un servicio comercial –y solo por eso-, y amparado por la trampa de un coche cerrado del que no se puede huir,  comienza a contarle a uno –sin parar apenas para respirar- toda su vida y milagros. Y no hablamos ya de cuestiones superficiales, sino de un verdadero drama (contado con detalles escabrosos e impúdicos) y con múltiples personajes involucrados.

Me sucedió lo mismo varias semanas atrás, mientras esperaba a un amigo en una coctelería. El camarero, a sabiendas de que no me quedaba más remedio que escucharle, y habiendo sido yo, como suelo, amable y cordial de primeras, por distender aquí también el trato comercial, se lanzó a contarme igualmente su vida y milagros, con una profusión de detalles y variables que, sinceramente, me dejaron estupefacto. Y violentado, además, por verme en la obligación de tener que inmiscuirme (por razón de la mera escucha activa) en experiencias y pareceres que no lo solo me eran ajenos y, obviamente, no solicitados, sino que no sentía por ellos el menor interés. Y ello porque no se trataba de ideas o análisis sobre cosas vagas o abstractas o acaso cuestiones que atañen al ciudadano y sobre las que, tal vez, podríamos haber mantenido un coloquio. No, tanto en el caso del taxista como el del barman, su conversación se circunscribía exclusivamente a hechos personales, radicalmente subjetivos y, por tanto, basados únicamente en la opinión de los sujetos que hablan y que, con ello, mantienen bajo un yugo invisible y temporal a quienes les escuchan. Y es que poco se puede argüir o contra-argumentar en virtud de hechos que ni nos conciernen, ni mucho menos estamos capacitados para juzgar.

He estado pensando sobre ambos hechos durante las últimas semanas. Sobre todo a raíz de un documental que vi hace unos días llamado La ansiedad del statusaquí-, del filósofo y escritor suizo Alain de Botton.  En él se venía  a decir más o menos que el gran trauma contemporáneo es que la gente no sabe nunca a qué atenerse y eso crea frustración y melancolía, y ello por la causa de la –supuesta- laxitud de la escala social. El liberalismo salvaje que domina este capitalismo tardío en el que hoy vivimos nos ha hecho interiorizar la idea de que seremos capaces de movernos sin dificultad en la escala social; de que, en verdad, es nuestro derecho el poder acceder a todos los órdenes y a los diferentes status, y que todo depende exclusivamente de nuestros talentos, sacrificio, trabajo y disciplina. Pero esto, como cualquiera sabe, no es cierto en absoluto. La tesis del documental era que en la Edad Media no existían estos problemas, porque uno sabía dónde nacía y sabía dónde iba a morir, y de qué modo ganarse el pan y cuánto pan –como máximo- le estaba permitido ganar. Por lo tanto, no se hacía ilusiones vanas sobre su progreso ni mejora social, ya que la posibilidad no es que fuese remota, sino inexistente. Y tal conocimiento le libraba de su ansiedad, y le hacía vivir paradójicamente libre y feliz, adentro de unos límites perfectamente definidos. Uno sabía lo que se esperaba de él y lo que no, lo que podía hacer y lo que no.

Hoy las probabilidades de cambio y mejora parecen infinitas, pero son realmente limitadas; sin embargo, se sigue cultivando la ilusión de su posibilidad real. Y esto, obviamente, crea frustración, ansiedad, y una alergia insoportable a que los demás perciban nuestra subordinación y, más aún, nuestra servidumbre. La razón, a mi entender, es de naturaleza especulativa. Y es que, en diferentes momentos y por diferentes razones, ámbitos ajenos y extraños, por variados motivos se han venido tocando. En el caso de los últimos años en España esto se ve muy claramente con la hinchazón económica de la época del ladrillo, cuando obreros especializados venían conduciendo los mismos coches que personas con profesiones liberales, y largos años de sacrificios universitarios. E incluso los mismos coches que sus jefes y/o patrones o acaso muy parecidos, de similares características.

Algo que me llamó la atención de los casos del taxista y del barman es que su efusividad dialéctica se produjo en un espacio limitado condicionado por un tiempo específico (y finito). Ambos sabían que, en breve, iba a desaparecer yo de su espacio de control y ambos, con frenético delirio, se obstinaron en que me formase una opinión diferente de ellos a la que ellos temían me hubiera formado de no haberse ocupado ellos en hacerme partícipe impunemente de sus vidas (lo cual, nótese, implica la soberbia de ponerse uno mismo en un escalafón de magnífica importancia para el otro). Dos rasgos se destacaron en ambas situaciones: el ruido lingüístico (destinado a que el mensaje quedase borroso) y la urgencia. Y esto porque no estaba en su ánimo transmitirme ningún tipo de mensaje, sino más bien apenas un tono: el eco de una reverberación pasada. Y ello (y esto lo pienso ahora, sobre la marcha) en la confianza de que el eco se mantuviese en mí como amplificador -y cable eléctrico- hacia el futuro.

Lo único que querían es que yo supiera que en el pasado no estuvieron donde están hoy y que el hecho de que ahora estuviesen ahí, no obedecía sino a una cuestión meramente circunstancial y, por qué no decirlo, de mala suerte o fatalidad exógena. Resultaba meridiano, además, que la veracidad de los hechos que contaban era francamente dudosa (hechos que yacen deliberadamente en una indiscernible y premeditada nebulosa). Y es que su propósito era otro, que guardase recuerdo de algunas anécdotas (convenientemente falseadas, tanto da) que demostraban que: a) habían viajado por lugares exóticos, b) que habían vivido tórridos, dramáticos y peliculeros romances amorosos y c) que eran tipos resueltos, con ideas claras sobre la vida, con una filosofía básica, pero férrea sobre el bien y el mal. O sea, supuestos hombres libres.

Tanto el taxista como el barman quieren/querían que su interlocutor (supongo que igual que conmigo lo harán con todos aquellos que les den la oportunidad) sepa lo siguiente: “yo también tengo una vida plena, un pasado, unas vivencias, caballero, aparte de estar aquí ahora en el taxi y/o como barman de esta coctelería; la tuve, esa vida diferente, y quizá la tendré de nuevo, en algún probable futuro, que Vd. me vea ahora aquí, no teniendo más remedio que someterme al capricho de su demanda y o pedido es apenas azaroso y, por sobre todas las cosas, tenga en cuenta que es una situación reversible y que tal vez mañana sea Vd, quien reciba mis órdenes”.

Se pueden hacer, en mi opinión, dos lecturas fundamentales sobre el asunto que nos ocupa. La primera es bastante evidente, y es que la gente (o una cantidad apreciable de la gente) no siente ya que su trabajo la defina. No, al menos, si es que se hallan en puestos de clara subordinación y/o servidumbre. Pero esto es absurdo porque en mayor o menor medida, todos estamos subordinados a algo o a alguien y servimos a uno u otro fin. El hecho de sentirse subordinado es una cuestión moral (lo invisible), en mi opinión, y no tiene que ver con las circunstancias (lo visible). La segunda lectura sería que la gente (o cierta gente) sometida a una tarea subordinada tiene tendencia a hacer alegatos en favor de la libertad. Y no tanto la vivida, como la percibida o presentida o deseada y que se pretende hacer real con las palabras. En mi opinión, la libertad no se explicita (de manera visible) sino que se vive o no se vive (de manera invisible; dado que es una actitud); se experimenta, pues.

Sin embargo, lo más terrible de todo es aventurar una tercera lectura: que no quede ninguna esfera que no se halle mediada por lo económico. Así, tanto el taxista como el barman lo que estaban haciendo conmigo (y con todo aquel –supongo- que les deje) era capitalizar sus experiencias, sus deseos, su imaginación y, por qué no, incluso su delirio, utilizando todo esto como signo de estatus (el estatus del hombre auténtico, aquel que no se deja avasallar por quienes percibe que le ordenan, demandan o exigen una tarea o servicio).

Lo irónico del asunto es que tal actitud justamente demostraría una subordinación extrema no solo al dinero, sino más todavía a su desmedida ambición personal. La consecuencia es que esta tipología de ser humano (según nos demuestra su comportamiento) se sentiría –sin llegar incluso a sospecharlo- doblemente esclavizado, y lo peor es que se trataría de una esclavitud que proviene de su visión subjetiva y que, por ello, se produciría con su consentimiento y beneplácito.

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Bloguea… que algo queda

emilie bjork, "dear diary" (2007)

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Estamos en un momento en el que todo el mundo comienza a cuestionar que si los blogs esto, que si los blogs aquello, que si los blogs todo lo de más allá. Y me parece a mí que no es sino hablar por no callar. Lo que algunos llaman “la conversación (in)interrumpida” de la red.

Sin embargo, yo ahora no hago más que descubrir blogs nuevos. Y buenos. Digo esto por la supuesta muerte de los blogs, que para mí no es sino ajuste de cuentas; el experimento de su uso nos ha demostrado que la hipótesis estaba errada (o era, acaso, demasiado ingenua y abarcadora). Es muy sencillo: se han puesto demasiadas expectativas en la gente, en los escritores de blogs, en los personajes anónimos supuestamente geniales que habrían de aparecer a cada minuto. Pero, bien, ¿dónde están? Yo no los he visto. Bueno sí, claro, he visto exhibicionismo por un tubo, gratuito las más de las veces y, lo más importante, inane. Y es que, como todo, esa enfermedad del mostrar impúdico que caracterizó la primera época de los blogs quedó en eso: en grito. Y un grito suena fuerte y ruidoso y sorprende por su radicalidad y porque no se esperaba. Pero cuando hay cientos de millones de seres gritando, la amenaza sonora queda en murmullo, el oído se habitúa y sube el umbral de expectativa.

Leo estos días una novela de Tomás González, La luz difícil (Alfaguara, 2011), que contiene una frase que lo resume muy bien: “la verdad no existe, además, y el mundo es sólo música” (p. 22). Con el corolario de que esa música es muy propia de la vanguardia sonora del siglo XX y ha devenido en silencio y/o manifestación ruidista, es decir, en sofisma.

La conversación ahora, o la disputa, tiene que ver con algo que no se menciona, y es que los blogs se podría decir que están alcanzando el fin de la adolescencia. Pasaron unos primeros años de idiocia infantil, luego de una injustificada explosión de efusividad adolescente y ahora les toca (re)plantearse el camino que tomarán en la vida. De eso se trata, qué hacemos con ellos. Muchos escritores de blogs han optado por cerrarlos, o por dejarlos morir lentamente. Muchos otros los mantienen, pero más descuidados, y unos pocos, siguen igual que el primer día: ilusionados y tercos. El quid de la cuestión -diría yo- es que para estos últimos el blog es un fin en sí mismo. Y es que no se escribe para los demás, no se escribe para que los demás te pongan links, o te citen, o te comenten. Qué va. El blog no es un medio para conseguir fama (¿qué fama, además?), ni una publicación, ni un contrato, ni los cuatro céntimos que te ofrece Google Ads o amigos o ligues. Entender el blog como medio ha sido fruto de la idiocia juvenil que mencionábamos antes. El blog no es sino una extensión de la personalidad de su autor, una expresión de su idea del mundo, de sus gustos; el blog, es igual que una forma de caminar, de hablar, de expresarse, de llevar una determinada americana, un blazier o una guerrera o de mirar la variedad inmensa del mundo. “El blog es un espacio y una herramienta para jugar con textos (enriquecidos o no) y cada quien lo usa para lo que le plazca”, dice Javier Moreno [1]. Así, igual que hay quien lleva camisetas para promocionar sus propias películas, es lícito que haya quien utilice su blog nada más que para dar publicidad de sus actividades profesionales. Igual que hay gente que en una cena informal no sabe sino hablar de trabajo, pues lo mismo con los escritores de blogs. “Escribir es respirar en el mundo digital”, dice Alberto Olmos [2].

Nadie le obliga a uno a visitar esos blogs obscenamente promocionales, además, igual que tampoco está uno obligado a ir a conferencias aburridas, ni leer libros malos, ni aguantar la conversación imbécil de la gente que le cae mal o le parece despreciable o mezquina. Sea en la vida física o en la virtual, cada uno elige con quién juntarse, a quién leer y como conducirse en su vida cotidiana. Un blog no es, pues, sino reflejo del ser humano que lo escribe. Si tal individuo tiene veleidades literarias o voluntad estética en lo que escribe, concluiremos que su blog es literario. En todos los demás casos, obviamente, no. Hablaremos de otro tipo de blogs.

Decir que los blogs tienen la culpa esto o de lo otro, de lo que sea, es desconocer por completo el alma, las bajezas y el capricho del ser humano que escribe justamente esos blogs. Por último, recordemos que, cada vez que uno menciona un blog o un escritor de blogs que detesta y cuyo trabajo le parece infame, está quitándole la oportunidad a otro escritor de blogs mejor (cuyo trabajo probablemente sí ha de ser valorado) a quien sí vale la pena conocer y del cual hablar. No perdamos pues el tiempo con blogs que se dicen literarios, pero que, al fin, no son sino una extensión perversa del estilo Sálvame y que pretende emponzoñar hasta el último reducto del mundo contemporáneo. Permitamos pues que la música del mundo nos sea agradable y enriquecedora y eufónica.

Y ya, a partir de aquí, que cada cual haga lo que quiera.

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[1] Javier Moreno. Metanotas. Finite Rank. 05-Marzo-2012.

[2] Alberto Olmos. Silencio. Hikikomori. 05-Marzo-2012.

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Algunas palabras sobre el desencanto

1.

En uno de los artículos periodísticos incluidos en el libro Los mitos y las máscaras (Tusquets, 1994) y que lleva por título “Algunas palabras sobre El desencanto”, Juan Luis Panero da un somero recuento de su vida, la biográfica, digamos, y llama a esos hechos de su vida personal “una especie de carnet de identidad de una máscara”; variopintos menesteres han sido los que ha desempeñado en el ámbito de la cultura, nos dice, e igualmente de su vida saltimbanqui podría decirse algo parecido: una sucesión heterodoxa de velos distractores. Pero lo que más me interesa ahora es lo que dice sobre la película El desencanto, que Jaime Chávarri rodase en 1977. Panero nos recuerda que, contra lo que se piensa, que la cinta tiene que ver con el cinema verité, pues que no, que lo mismo que su propia vida (tanto la biográfica, como la artístico-performativa): que no es más que un ritual de máscaras. Y lo dice amparándose en unos versos de Jorge Gaitán Durán que rezan:

“No somos más que máscaras, máscaras que el Destino dirige como quiere”.

Sin embargo, el desencanto hoy es cosa bien diferente, pues no tiene que (ni puede) ver con el rito, el juego o el disimulo. Ya no puede ser pose ni reclamo ni actitud. Hoy el desencanto ya ni siquiera podemos relacionarlo con la atildada sospecha o el postmodernismo bienintencionado.

Andaba pensando en todo esto mientras veía un reportaje que hace unas semanas programó Televisión Española y que lleva por título El desencanto de Europaaquí-. En él se nos viene a decir que se ha establecido en Europa un muro invisible entre ricos (Norte) y pobres (Sur); un muro hecho de desconfianza y que nosotros (que estamos entre los países mediterráneos) nos vamos a llevar la peor parte. Que los pueblos europeos están en un callejón sin salida, se nos dice. En el aire, concluido el visionado, queda flotando una pregunta:

¿cuántos sacrificios más será capaz de aguantar el ciudadano europeo?

2.

Pero también hay desencanto –e indignación- en Noche de los enamorados (Mondadori, 2012) la novela (no póstuma como se indica en la faja promocional, sino publicada póstumamente, que es otra cosa, queridos editores) del escritor zaragozano Félix Romeo (1968-2011).

Así de primeras, enseguida uno piensa en las novelas autobiográficas de Lolita Bosch y Julián Rodríguez: en esa sequedad del dato, en la hechura tosca de los hechos brutos y en la emoción narrativa que proviene de la elucubración del autor (que se manifiesta en violentos asíndetons y en timoratas expresiones verbales condicionales); un autor (post)literario, Romeo, despojado ya del sueño de la omnisciencia, la focalización interior de la psique y sin acceso a los testigos –ya muertos en el momento de la escritura- del drama.

Romeo (d)escribe tal sentir de la siguiente manera:

“Pero no importa lo que yo puedo imaginar.

Ni la facilidad con la que lo haga.

Sólo importa lo que yo puedo averiguar” (p. 24)-

Sin embargo, el libro “no es un juicio […], ni trata de sembrar dudas […], ni es la defensa imposible de una víctima […], ni es un ensayo sobre la justicia. Sólo escribo sobre las palabras: sobre lo que apareció en los periódicos, sobre lo que reflejó la sentencia, sobre documentos legales de libre acceso, y sobre los recuerdos de las palabras que guardo de Santiago Dulong, nublados por el tiempo y por el mal olor” (pp. 32-33).

Estructuralmente, el texto se divide en dos partes (La escena del crimen, Reconstrucción de los “hechos probados”), a las que hay que sumar una coda final. Y el tema es bastante sencillo: se trata de la historia de Santiago Dulong, quien compartió celda con el propio Félix Romeo cuando éste cumplió condena por insumiso en la cárcel de Torrero. A Dulong se le acusó de asesinar a su mujer, María Isabel Montesinos Torroba, en el domicilio que ambos compartían de la calle Barcelona de la ciudad de Zaragoza.

Domicilio de la calle Barcelona. Ya aquí se nos hace evidente una idea: que todo dolor tiene su sombra. Veamos lo que al respecto nos dice Félix Romeo:

“Cuando se publicó Amarillo, mi anterior libro, había transcurrido dieciséis años desde el momento de los hechos, el suicidio de Chusé Izuel, e hizo que eclosionaran miles de moscas.

Todavía las estoy espantando.

Sin mucho éxito.

Han pasado dieciséis años desde que María Isabel fue asesinada.” (p. 28).

Félix Romeo trata de averiguar sobre la vida anterior tanto de María Isabel como de Santiago, hurgando aquí y allá. En el ínterin, nos confiesa cómo las palabras sobre las que indaga fueron cayendo antes en su narrativa, en su novela Discothèque, en particular: “[en ella] Santiago Dulong, convertido en un camionero que no tiene nombre, confiesa su crimen a la protagonista, Dalila Love, que se dedica a “alternar”, y habla también de su primer matrimonio” (p. 34).

El libro anda lleno de paradojas y dobleces, analogías, búsquedas; preguntas. Pero, por sobre todo: palabras. Palabras que finalmente se declaran incapaces de remedar la incongruencia de la vida. Por ello es un libro que decepciona, por su desencanto, por saber que su cometido va a ser inútil. Pero ahí radica justamente su fuerza terrible, en su propósito descabellado. Romeo duda constantemente de su propósito, como –por ejemplo- cuando se cuestiona: “me pregunto qué intento encontrar reflejándome en este espejo” (p. 49). Es necesariamente Noche de los enamorados un libro que, como ya se indica en su portada, es un libro “de pestilencia, de malos recuerdos” (p. 50).

La referencia a los enamorados tiene que ver con que Dulong le cuenta a Romeo su historia, en la celda que comparten “desde el 14 de febrero de 1995, día de los enamorados, San Valentín, y durante un mes, en el módulo 2 de la cárcel de Torrero de Zaragoza” (p. 55).

La referencia sirve para que Romeo nos cuente su experiencia en la cárcel: “Yo, ese día plomizo de diciembre, estoy en pleno egotrip porque acabo de publicar mi primera novela, Dibujos animados, y voy a ser el mejor escritor del mundo, y me cago de miedo porque voy a entrar en la cárcel, y me tiemblan las piernas y me late deprisa el corazón” (p. 75).

Con tales recuerdos finaliza la primera parte del libro.

La recurrencia a los “hechos probados” de la segunda parte tiene que ver con que Romeo evidencia cómo “la víctima se ha convertido en la culpable” (p. 86) y, de alguna forma, por causa de su modo de vida (es alcohólica y alterna en un club), “ha pasado a ser la responsable de su asesinato” (p. 87). “La “debilidad hepática” y “el estrechamiento anormal de su “glotis”” (p. 89) van a verse por los forenses anónimos como facilitadores del crimen. Y para acabar de redondear el infortunio, dirá Dulong en el juicio que “las frecuentes discusiones, sólo le permiten recordar “quince o veinte días buenos” durante los cinco años de matrimonio” (p. 104). Después de asesinarla, Dulong le cortará el pelo con unas tijeras. “El corte de pelo es una castración. Y una señal de vergüenza” (p. 110), nos recuerda Romeo, quien pedirá a su compañera Lina, en un ritual bastante sórdido, que le ayude a recrear la escena del asesinato (“como hace la policía en las series de televisión” (p. 112)). Entonces se da cuenta Romeo de que lo contado por Dulong en el juicio (y a él mismo en la cárcel) no puede ser verdad. María Isabel no podía sino estar inconsciente cuando Dulong comenzó la acción de cortarle el pelo con unas tijeras robadas del bolso de esta. Así lo que queda patente es que lo que en el informe del juicio queda como “hechos probados” no son sino “afirmaciones sin contrastar” (p. 114), imprecisas y leves: ilusiones creadas por esas mismas palabras que afirman y concluyen.

El libro finaliza con Romeo y el equipo de grabación del programa La Mandrágora, en una noche de finales de 1998, en Zaragoza y en un bar de la calle Marcos Zapata que se llama Jonathan´s House. Allí: “un señor mayor, con gafas de pasta, se detiene delante de nosotros un instante y me hace un movimiento con la cabeza, como un saludo interrumpido, y sigue caminando” (p. 133). Se trata de Santiago Dulong, que morirá años después.

Para Romeo, y aquí podría encontrarse el leit motiv del libro: “María Isabel invierte la historia de Sherezade y pierde con las palabras. Invierte la historia de Judith y también pierde con la violencia” (p. 117). Podríamos decir que también quien pierde es el propio Romeo, quien invierte unos conocidos y bellos versos de Cernuda, y también pierde, pero a su favor; es decir, contra la belleza.

Los versos son los siguientes:

“El silencio de un mundo que ha sido / Y la pura belleza tranquila de la nada”.

 

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Creatividad efímera

(H)ojeando esta tarde el suplemento Vivir de La Vanguardia me he dado cuenta de que eso de que la gente es creativa y tiene ideas y son emprendedores es tan falso como una nube de algodón. En fin, siempre que no consideremos a las variaciones artesanales creatividad, claro.
España es un país tristemente mimético. De repente funciona una inmobiliaria y aparecen doscientas mil más. Y así con las tiendas de todo a cien, las peluquerías, las carnicerías, los colmados y, últimamente, las panaderías chic.
Y luego existe otro tipo de mímesis que es un poco más canallesca. Se trata de todos esos jovenzuelos que se van de Eramus o que pasan dos semanas en Nueva York y, de repente, descubren algo que en los hábitos del comercio de una ciudad europea o en la mencionada megalópolis norteamericana son norma habitual, y la implantan en Barcelona o Madrid, pretendiendo que se les reconozca su genialidad. Uno de los casos más flagrantes (por recientes) de esto son los restaurantes escondidos y las galerías efímeras patrocinadas por marcas (preferentemente de cerveza). Huelga decir que –mayormente- la inversión necesaria para tales canalladas suele proporcionarla la propia familia del interesado o interesada.
Pero hay algo en todo ello que no se nos ha de escapar. Y es su carácter efímero. Un ejemplo: el 24 h museum patrocinado por Prada. O la pasarela Cibeles que ahora toma el nombre de una marca alemana de coches. O cualquiera de los megaconciertos que se dan por todo el territorio español. El patrocinio de las marcas busca siempre lo etéreo, lo extravagante, en suma: busca contaminar lo intangible (o lo tangible momentáneo que pronto se vuelve vaporoso).
Esto, no obstante, no es algo que la economía se haya propuesto mediatizar, sino que más bien se aprovecha en este ámbito de uno de los rasgos señeros del ser humano contemporáneo: la volatilidad y veleidad de su juicio. En otras palabras: la superficialidad.
Sin embargo, donde más evidente se hace esa creatividad efímera es en las redes sociales. Y, de ahí, su popularización masiva y su inclusión en los informativos, y las tertulias deportivas y políticas. De hecho, que los mensajes de twitter se incluyan en un informativo nos habla precisamente de su superficialidad inane y del nulo valor que se les presta. O sea, que como instrumento de poder o de presión son absolutamente inútiles. Pero no solo twitter, Actuable, por ejemplo, sería otro caso. Y, en fin, muchos otros más.
Escribían ayer (01-Febrero / nº 502) en el Cultura/s Jonathan Millán Y Jordi Costa –con título para la columna proporcionado por Patricio Pron- a propósito de El rey Pálido de Foster Wallace que:

“Cabe la posibilidad de que el escritor decidiese irse de este mundo porque ya no podía soportar más su extrema lucidez, su visión con un grado de detalle casi sobrehumano”.

Y citan, para justificarlo, una frase de la propia novela que dice: “el tedio abstruso es un escudo mucho más eficaz que el secretismo”.
Y ahí está la clave: ese tedio abstruso hoy es la creatividad efímera de los internautas que se da en las redes sociales y que bombardean las pantallas con información basura, creando un escudo a través del cual no puede pasar el pensamiento. Tal abuso exhibicionista acaba opacando la claridad de la página y, así, la potencialidad del decir queda ahogada en ese mismo querer decir, para acabar diciendo demasiado; o sea, nada. Dicho de otro modo, la rutina del exceso no proporciona lucidez sino abatimiento. Y, así, tal creatividad masiva posibilita un aburrimiento compartido que tiene tintes de tragedia, pues revela una indigencia intelectual, un vagabundeo, que asusta.

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