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Algunas consideraciones sobre el futuro de la literatura

1.

Leyendo el suplemento que trae la revista Cuadernos del matemático del mes de junio de 2012 (nº 48) y que está dedicado a la poesía saharaui actual, encuentro un poema que me llama –en particular- la atención.

Se trata de una composición de Liman Boisha y lleva por título La poética que se perdió.

Es breve, y dice así:

“Muchos versos se perdieron, / bajo las jaimas, en la intemperie, / entre los pastos o el barro. / Y el torrente oral no desembocó / en el mar de los libros, / se tornó memoria frágil, / que en parte asesinó, / sin contemplaciones, la televisión”.

2.

Y en otro suplemento, esta vez en el Cultura/s de la Vanguardia (nº 522), me encuentro con una nueva sorpresa. Un artículo de Luis Landero y que lleva por título Fumaroli, el champán de la cultura francesa, en el que éste escribe:

“Porque no basta con ser erudito, haber leído mucho, tocar diversos temas, tener capacidad de síntesis: se necesita sobre todo un gran estilo. La voluntad de estilo es algo que hoy día hemos dejado de lado y que para mí y para algunos otros que aman la literatura sería ya de por sí un motivo para leer a un autor. Si encima del buen estilo tiene cosas que decir, entonces es ya un autor completo” (p. 15)

3.

Pensando en todo esto, vengo a reflexionar sobre cómo enfrentar la (des)localización sentimental y el desarraigo estético. Cómo conseguir una identidad narrativa que no quede dispersa y aplastada y que no parezca una copia clónica de ese universal idéntico y regularizado por los mass media y las mal llamadas narrativas de género.

Dicho en otras palabras, ¿es posible mantener –y continuar con- la idea de la República de las Letras europea?, ¿acaso vuelven con fuerza las literaturas nacionales?, ¿el grand style es un acto de soberbia o de nostalgia?, ¿la homogeneización estética es apenas un estado de tránsito hasta que se (auto)regule de nuevo el sistema artístico o el único modo posible de sobrevivir al mercado?, ¿realmente es el mercado quien debe dictar el gusto, o acaso quien lo dicta efectivamente?, ¿este mundo de sombras y de fantasmas en el que vivimos hoy, este caos indolente, es de veras un avance o no es más que una regresión a un primitivismo snob?, ¿y es esta precariedad que hoy nos asola un eco débil consecuencia de la narrativa de la paranoia de los sesenta o acaso un mero distractor que viene promovido, difundido y alimentado por una política del miedo que pretende que nada cuestionemos?

4.

Reflexionando sobre todo esto me encuentro con la noticia de que el escritor Scott McClanahan, tras haber publicado tres libros y tener tres más en prensa, ha decidido dejar de escribir.

Dice: “he llegado a un punto en el que ya me aburro. Estoy cansado de hablar sobre la muerte de la escritura”.

Es por ello que ha decidido cambiarse a un nuevo modo de creación artística: el vídeo.

Y propone una serie de reglas para todo aquel que quiera seguirle en la tal nueva empresa:

  1. No más discusiones sobre el sonido de las frases. Abstente de usar la palabra “acústica”.
  2. Basta de quejas sobre lo mucho que te está costando escribir una novela. A nadie le importa.
  3. Hemos dejado de ser las ligas menores. Y tenemos que rehusar unirnos a la liga de los Jonathans [Franzen] y Jeffreys [Eugenides], de los libros de tapa dura y gafas gruesas. Son unos perdedores. Sus compañeros de primaria lo supieron antes que tú.
  4. Una cámara cuesta unos 200 dólares. Si no tienes suficiente dinero, escríbeme y ya te conseguiremos alguna (incluso si tenemos que robarla). Las cintas para grabar cuestan 9 dólares cada una.
  5. Siéntete libre de ser tú mismo. Examinemos nuestros rostros. Investiguemos nuestros ojos.
  6. La regla nº 6 queda excluída por razones legales.
  7. Puede que estuviese borracho cuando escribí estas reglas, así que discúlpame.

La primera demostración empírica del asunto es el monólogo del siguiente vídeo:

– – – – –  – – – – – –  – – – – –

No sé Vds. pero a mí no me acaba de convencer. Prefiero seguir pensando sobre el futuro de la literatura.

+ info: aquí.

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Sobre el entusiasmo

Escribe en el último número de La Jornada Semanal (20-Mayo-2012) José María Espinasa lo siguiente:

“Hay críticos, invadidos por el resentimiento, que creen que el entusiasmo es un lastre para su labor y han perdido la capacidad de celebración. Creen que su labor es hacerla de policías literarios y terminan tiñendo su incomprensión de rigor moralista para disfrazar su insensibilidad ante el texto, y dicho sea de paso, ante el entusiasmo”.

En la columna, que lleva por título “Nostalgia del entusiasmo” –aquí-, se lamenta Espinasa de que hoy -tristemente- los lectores se dejan guiar por la publicidad y no por la fe y la confianza en el magisterio de un autor  o por el canto prófetico y festivo de los así llamados críticos literarios.

Me parece a mí que Espinasa acierta, pero errando el tiro. Es decir, que lo que hoy nos sobra es entusiasmo, pero un entusiasmo negativo que se convierte en maldad, encono y, eventualmente, en odio. Me refiero, eso sí, a ciertos lectores, analistas y críticos de Internet.

Y al respecto de los críticos de los periódicos y su insensibilidad tácita, creo que no hay mucho que añadir, pues como vulgarmente se dice, “les quedan dos telediarios”; así, es natural que defiendan con uñas y dientes su protectorado. Pero no tanto (creo yo) por resentimiento cuanto por temor. Así, han encontrado que un modo rentable de mantener su chalet con jardín y piscina es la tibieza. El objetivo es claro: no llamar la atención para que nadie repare en ellos y no tenga que poner(se) en cuestión su validez, pertinencia o relevancia. La clave es no levantar sospechas sobre sí, y ya se sabe que el entuasiasmo es contagioso y/o ofensivo. Por ello, mejor no buscar el relumbrón de los focos, piensan.

En mi opinión y a estas alturas tal debate es ya puramente pírrico.

Soy de la opinión de Peio Aguirre quien dice –aquí– que ” Internet es un magnífico lugar para el fluído vírico”. Lo mismo que, con otros argumentos viene a defender Alberto Santamaría -aquí-, al decir -con cierta reticencia- que “Internet no es el problema, todo lo contrario: puede que incluso (no lo sé) sea la oportunidad para la crítica”.

Aprovechémoslo pues, pero eso sí, con la pasión de quien admira (y por eso reflexiona, teoriza e indaga) y no con el enardecimiento de quien oculta intereses personales.

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La escritura (in)interrumpida

Muy al principio del quinto tomo de sus diarios, que se corresponden con los años 1998-2000 y que fueron publicados en 2006 bajo el título de La escafandra (Ed. Destino), deja dicho lo siguiente José Carlos Llop: “Esta tarde estaba escribiendo mi artículo semanal para el periódico. Ha sonado el teléfono. Cuando uno escribe, siempre acaba sonando el teléfono” (p. 17). Pero luego, un poco más tarde, matiza: “El teléfono es el cordón umbilical de los afectos. Cuando un teléfono deja de sonar, es que nadie ama a su propietario” (p. 21).

Deberíamos hoy sustituir el teléfono por los mails, menos ruidosos e intrusivos. Pero, sin embargo, igualmente distractores. Pues lo que de un mail nos provoca impaciencia y nos obliga a detener el trabajo y a (des)concentrarnos ni siquiera es el mismo mail, sino el deseo de su presencia en nuestra bandeja de entrada.

Si al levantarnos por la mañana no encontramos una buena decena de mails pendientes (así sean de propaganda o suscripciones de un blog o novedades editoriales o anuncios de presentaciones o saraos diversos) pues nos entra como una desazón tremenda. A mí me sucede, el menos. Pero tal buena decena de mails mañaneros, contra contentarnos para el resto del día, nos aturde, pues su presencia temprana alienta en nosotros la esperanza de que a estos mails corporativos o impersonales les sucederán otros íntimos, de implicaciones individuales y con proyectos, propuestas o sugerencias exclusivas, para nosotros; para nosotros y para nadie más.

Pero, claro, no es lo que suele suceder. O no, al menos, a mí. O no, al menos, con la frecuencia que yo desearía (o que creo desear).

Así, lo que sucede, es que en las largas horas de la noche, mientras uno escribe, alejado del mail y de Internet, habiendo puesto todas las vallas, trabas y obstáculos que ha sido capaz uno de disponer entre su actual dedicación laboriosa a la escritura y el deseo, la esperanza y la ilusión de algún mail nuevo, el tranquilo equilibrio de la madrugada, vencido al silencio ecuánime y pausado, se rompe. Por alguna razón, la que sea, se nos rompe. Y allá que dejamos lo que estamos haciendo y nos vamos, cada poco rato, a comprobar el mail de nuevo, por si en un descuido hubiese arribado ese tan ansiado mail que nos transmite los afectos de las personas por nosotros queridas y que viven a una distancia insuperable, distancia que –claro está- no permite los encuentros personales.

Pura y perentoria nostalgia del presente (de ese mail que está pero no está, ese mail incorpóreo que se nos anuncia por virtud de nuestra ingenua esperanza, la de sentirnos –la de querer sentirnos, mejor dicho- en todo momento en la mente y los afectos de los otros).

Quizá, en el fondo, igual no sea siquiera una cuestión tecnológica, sino más bien la tragedia de tener que poner siempre a prueba nuestros afectos, como si la velocidad en la que vivimos nos alentara el miedo de pensar que, de distraernos un momento en algo que sea privado y ajeno al mundo exterior, se habrá provocado una fractura irrevocable en nuestra relación con el mundo y los demás se habrán olvidado de nosotros, para siempre y de manera fatal.

El miedo de que la soledad de la escritura se nos torne crónica y se nos cuele en todos los ámbitos de la vida, será, supongo.

O quizá, en el fondo, lo único que quería decir de una manera ciertamente alambicada y elusiva, es que todo, absolutamente todo, (con)tiene la potencial amenaza de distraernos de la escritura.

Igual por eso deseamos con tanto ardor que nos envíen muchos mails, para poder tener la excusa de contestarlos, para al menos escribir algo (y poder sentir que sí, que estamos escribiendo), ya que –de repente- nos hemos quedado bloqueados en nuestro trabajo de ficción y nos damos cuenta de que llevamos más de cinco horas y no hemos sido capaces de avanzar siquiera más allá de unos frágiles párrafos inconexos. Párrafos que, encima, ya no van a leer sino los enanillos alborotadores que habitan la papelera de reciclaje de nuestro portátil.

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Escribir a la intemperie

En su memoir Relato de mi vida [Lebensabriss], Thomas Mann, que se halla a mitad de la composición de lo que será José y sus hermanos y le acaban de conceder el Nobel de literatura, escribe al respecto de unas vacaciones que estaba tomando en el mes de agosto de 1929 en el balneario de Rauschen, en Samland, en el Báltico; dice lo siguiente:

“Yo pensaba que no podría trabajar al aire libre. Cuando escribo necesito sentir un techo sobre mi cabeza para que mis pensamientos no se diluyan en ensueños” (p. 63)

Sin embargo, de inmediato cuenta que decidió trasladar su trabajo de escritura a la playa y nos dice cómo allí “garrapateando sobre las rodillas”, con su asiento de mimbre muy cercano a la orilla (llena de bañistas), “teniendo ante los ojos el abierto horizonte, que continuamente era cortado por paseantes, en medio de personas que se divertían, rodeado de niños desnudos que [le] quitaban los lápices, ocurrió que, sin [él] quererlo, de la anécdota [le] brotó la narración, del simple relato salió la narración espiritual, de lo privado surgió el símbolo ético”.

A lo que se refiere Thomas Mann es que él había pretendido concentrar su trabajo (en vacaciones) en algo liviano, en transcribir una anécdota personal sucedida en Forte dei Marmi, cerca de Viareggio, así como una serie de impresiones del lugar. En fin, realizar no un trabajo lateral o liminar, sino darse a la tarea de buscar lo que él llama “intermedios improvisados” sobre los que deja abierta la posibilidad de ser incluidos en la novela central a la que dedica la mayor parte de sus esfuerzos, su talento y disciplina.

Estaba pensando hoy en esto, porque parece que la única travesía viable para el blog parece ser hoy la crítica brutal y desmañada, el comentario esteticista o el diario más o menos veraz de una vida en eterno estado de catatonia postadolescente.

Sin embargo, en mi opinión, puede el blog cumplir perfectamente esa función de intemperie, de ser un espacio privilegiado al borde de una orilla fresca, por la que corre suave la brisa marina, y cuya calma está en constante amenaza de interrupción por causa de toda clase de desnudeces, de ladronzuelos pícaros y juguetones, también. Y aquí estamos nosotros, con nuestros intereses privados que, tal vez, no importen más que a nosotros mismos. Pero, sin embargo, puede que en una de esas, sentados al borde de la velocidad del hiperespacio, un pequeño revuelo, una sacudida ínfima de algún flujo de datos que nos despeine el flequillo, nos dé la clave para advertir esa ética de la colectividad que corretea juguetona entre una nube de espumas.

Ésta es, sin ninguna duda, la esperanza que aquí me trae, cada vez, y la que alienta mi extravagancia de estar sentado aquí, en mi inestable silla de mimbre, en el medio de esta eterna fiesta veraniega llena de niños vocingleros que es la Internet, cuando todo aconseja buscarse parajes menos concurridos y más salubres.

*

Relato de mi vida. Thomas Mann, seguido de El último año de mi padre, de Erika Mann. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial. Tercera edición. Madrid. 1984.

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Los lugares de la memoria

Una de las revelaciones vitales de las que da cuenta Paul Auster en su Diario de invierno (Anagrama, 2012) es la de descubrir que “podías apañártelas con casi nada, y con tal de que fueras capaz de escribir, te daba igual el sitio en el que vivieras” (p. 85). Tal aseveración no deja de ser verdadera, pero, sin embargo, no es menos cierto que, como el propio escritor sugiere contando una anécdota vivida a los 14 años, y que le hace olvidarse de su rostro de hombre blanco al andar trabajando un verano en Jersey City con negros, el contexto hace la identidad (p. 176), pues no somos sino reflejo de los otros que (nos) miran.  A este respecto, uno de los recursos más originales e interesantes de Diario de Invierno es que Auster recurre a un listado pormenorizado de las diversas casas en las que ha habitado.

Conforman la serie un total de veintiún domicilios permanentes (sin contar estadías de profesor o writer in residence en diferentes universidades, así como las breves estancias en el extranjero o las vacaciones): Nueva Jersey, Columbia, Manhattan, París, Var, Berkeley, Stanfordville, Brooklyn y Vermont son los lugares que ha venido habitando. Lo primero que a mí me llama la atención es que se acuerde no sólo de las calles donde se hallaban los apartamentos, casas o habitaciones, sino incluso el número exacto. Auster nos describe arquitectónicamente los lugares y sus aledaños, y también parcela perfectamente cada época de su vida en la que vivió en cada uno de los lugares (número de meses o años, edad) como si se tratase de cajas de una mudanza con la indicación sobre su contenido clara en el exterior. Amores y desamores, estudios y trabajos diversos y, lo más importante, la escritura. Nos dice dónde y cómo comienza su primera novela, sus primeros poemas, sus traducciones, etc aunque, desgraciadamente, no lo hace de una manera sistemática ni exhaustiva. Al recuento de los espacios habitados, no obstante, le dedica Auster la nada desdeñable cifra de cincuenta y ocho páginas (pp. 67-125).

Sobre el trabajo de escribir dice Auster que en el momento en el que escribe –y ha escrito todos sus libros- el único espacio que ocupa es el de la página que tiene delante de la nariz, que los cuartos y las habitaciones en las que se ha sentado a lo largo de los últimos cuarenta años, le resultan invisibles (p. 116). Siendo cierta tal aseveración, cualquiera que más o menos haya seguido su trayectoria y guarde en la memoria los lugares en los que transcurren sus novelas, se dará cuenta de que, a pesar de que puede que en el momento efectivo del trabajo (cuando aparece la música de las palabras) resulten irrelevantes las coordenadas geofísicas en las que se encuentre, no son – ni pueden ser- descartables las coordenadas psicogeográficas. Y es que la gran mayoría de los espacios que Auster nos describe en Diario de invierno como habitados en diferentes fases de su vida aparecen de un modo u otro en sus novelas.

Siendo así la cosa, uno le pediría a cualquiera de esos investigadores académicos ocupados en la obra de Auster que se dedicase a un estudio detallado de los lugares habitados por el escritor y las novelas que surgieron en tal o cual momento de su vida y el lugar en el que fueron escritas. Es decir, sería magnífico que alguien se tomase el trabajo de relacionar la escritura con los lugares que refleja esta misma escritura (pues en el caso de Auster hay un fuerte componente experiencial) para tratar de comprobar dos cosas: primero, si el contexto afecta a la escritura de un modo en el que el escritor desconoce (pues operaría de manera inconsciente) y se puede dar el caso de que un escritor sea capaz de escribir –sin poder remediarlo, al no hacerlo conscientemente- sobre su contexto más cercano (lo cual demostraría que no se escribe con la imaginación o la memoria, es decir, que no habría escritura inmanente, sino que se produciría una suerte de diálogo –subliminal- con el entorno) y en segundo lugar, ver si el estudio demuestra lo contrario, si solamente se puede escribir desde la memoria, o sea, que los lugares solamente pueden ser apresados -artísticamente- una vez que han desaparecido de nuestro alcance inmediato y habitan ya de manera privativa (e ideal, claro; libres para fantasear en y sobre ellos, pues) en nuestro recuerdo.  En el caso de que no se pudiese demostrar una preeminencia efectiva de cualquiera de las dos posibilidades, sería igualmente interesante descubrir de qué modo ambas dialogan, debaten, pelean o se alían.

Dicho queda.

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Dibujos animados

Nicolas Party, "Dinner for 24 Elephants" (2011)

1.

Veía estos días el brechtiano documental de Joaquín Jordá El encargo del cazador. No sé qué hubo antes en mi relación con Jordá. Y es que recuerdo cuando la Filmoteca de Catalunya programó hace no demasiados años (quizá hace un par) un ciclo completo de sus documentales. Pero algo se me resistía. No sé bien qué. Sus problemas con el lenguaje (de los que huía como al diablo, quizá por temer el contagio), el haber oído hablar de él a las personas inadecuadas, el rechazo visceral que me producen algunos de sus temas; el de la pederastia en el barrio chino, particularmente… quién sabe, es difícil acertar motu propio con la obra de arte.

Por esa razón, suele ser la obra de arte la que nos encuentra.

Así sucedió este fin de semana pasado para mí con El encargo del cazador. Aunque no es menos cierto que la llegada del documental a mi ribera, vino de la mano de Alberto Villamandos y de su libro El discreto encanto de la subversión (Laetoli, 2011). El análisis que hace Villamandos de la cinta no solo es primoroso sino iluminador, sin embargo, leyendo este mismo fin de semana también Dibujos animados (Anagrama / Compactos, 2012) de Félix Romeo (libro con el que me ha pasado lo mismo que con Jordá) se me ha hecho presente de nuevo ese modo en el que las obras dialogan necesariamente entre sí (conspirando, de alguna manera, contra la tradición individual) y forman parte de constelaciones que, una vez formadas en la psique, se le vuelven a uno ineludibles a la hora de abordar otras nuevas obras. Y es que igual que el personaje/narrador innominado de la novela de Romeo, Jacinto Esteva, protagonista de El encargo del cazador, cineasta de la escuela de Barcelona, perdido en África en los años 70 y en el alcohol y en las drogas después, atraviesa un camino de soledad y depresión que le conduce a convertirse en una caricatura de sí mismo, en un parodia: en un dibujo animado, pues.

Lo mismo sucede, como he dicho, con el protagonista de Dibujos animados, un personaje atrapado en el terreno de la posibilidad, en un infantilismo fundamentado en su carencia (por temor y miedo, entiendo uno) de objetivos plausibles. Un personaje confinado en su pasado, del cual quiere huir, pero no puede. Un pasado que quiere borrar, porque “cada vez el pasado es más grande […] es como una piedra en el centro de la cabeza” (p. 60).

2.

Así se  nos define el protagonista de la novela de Romeo:

“Los peces no tienen secretos. Ni guardan secretos. Yo miraba los peces de los donuts. Me gustaba mirar los peces después de meterme cola. Era la mejor manera para estar en ningún sitio” (p. 97).

La línea principal del argumento de Dibujos animados guarda un subtexto narrativo que tendría que ver con una segunda línea argumental; línea que es, por definición, inagotable. Se trata los dibujos animados que dan en la televisión, pero, más concretamente, los de Coyote y Correcaminos. Romeo juega con la yuxtaposición de significantes, y así poco a poco ambos se van contagiando. “Sólo soporto a los animales de la Warner” (p. 25), nos dice el protagonista bien al principio, rehusando lo real de la vida y cayendo cada vez más en la neurosis repetitiva del formato narrativo de las series de dibujos animados. En este sentido, guarda cierta armonía con la vida de Jacinto Esteva, tal como nos la cuenta Jordá. La de alguien que opta por la teatralidad de su vida, por representar el papel de divino Peter Pan chapoteando en una ciénaga de alcohol, ansiedad y neurosis. Un viejoven a quien tanta memoria le deja la voz ronca, quebrada y dubitativa. Un viejoven que, de tanto repetirse, ha perdido el referente y es ya calco de no se sabe qué, eco lejano de ese personaje colectivo que fue la gauche divine.

3.

La escritura de Romeo no es una escritura lacónica, sino concentrada, epifánica. Instantes sentenciosos, divertidos, absurdos, incomprensibles, pero contados con cierta suficiencia, con la descarada usura del superviviente, del que sobrevive un segundo más a su destrucción meditada, consentida y final.

El cine de Esteva, tal como se ha repetido tantas veces, no es un cine que cuente historias ni que se ciña al argumento. Es más bien un cine de instantes, de sensaciones apresadas por la cámara, sentimientos particularmente vinculados a la soledad de la infancia. “Estábamos solos incluso en nuestros sentimientos” (p. 64) dice el protagonista de Dibujos Animados sobre esa indefensión pre-púber.

4.

El encargo del cazador es de 1986 y Dibujos Animados se publicó originariamente en 2001. Si en la cinta de Jordá el protagonista se parodia a sí mismo y acaba siendo una caricatura de lo que fue, los personajes de Romeo se mimetizan al modo de actuar del cómic infantil: piensan en el presente eterno y discontinuo de los dibujos animados (con breves incursiones al pasado, al modo de la viñeta aislada, igual que un fotograma descartado). El padre del protagonista de Dibujos animados ha sido expedientado y suspendido de empleo y suelto durante ocho meses en su trabajo (un trabajo asquerosamente real) de policía. A partir de ese momento se queda en casa, todo el día sentado en el sofá, viendo todo, lo que sea que echen en televisión. Llega un momento que no hace más que repetir “y no olviden vitaminarse y supermineralizarse”. La madre del protagonista, por su parte, “se comía las migas y las cortezas de pan que habían quedado en la mesa […] como Piolín” (p. 132). El protagonista dice con la voz del gato Jinks “Mardito roedore” (p. 132).

El leitmotiv de la novela de Romeo se puede encontrar aquí:

“el deseo es así, uno se pega toda la vida esperando algo y cuando ese algo llega la vida se te queda como rota” (p. 21).

La novela finaliza con un accidente de coche, con el 124 de Ramón y que deja al conductor “como Coyote después de ser aplastado por un tren” (p. 133). El deseo, pues, de que la vida sea igual que los dibujos animados se consuma. El pasado desaparece, de una vez.

Pero lo que entra en juego es la muerte, real para Ramón y simbólica para el protagonista de la narración.

“Todo lo que se parecía a la vida se parecía a la muerte y eso me reventaba” (p. 17), nos ha dicho el protagonista al comienzo de la narración. El accidente del 124 de Ramón podríamos decir, igual que le sucede a Esteva con el suicidio de su hijo (y que provocará la aceleración de su decadencia), que es la destrucción de un postmodernismo alargado malamente y supone la ineludible confrontación con la realidad de la vida, finita y falible, pero también feraz y espléndida.

 

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ADDENDA:

Manuel Delgado impartirá una conferencia el próximo 21 de marzo en el auditorio del MACBA a las 19:30 sobre Jacinto Esteva.

+ info: aquí.

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Bloguea… que algo queda

emilie bjork, "dear diary" (2007)

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Estamos en un momento en el que todo el mundo comienza a cuestionar que si los blogs esto, que si los blogs aquello, que si los blogs todo lo de más allá. Y me parece a mí que no es sino hablar por no callar. Lo que algunos llaman “la conversación (in)interrumpida” de la red.

Sin embargo, yo ahora no hago más que descubrir blogs nuevos. Y buenos. Digo esto por la supuesta muerte de los blogs, que para mí no es sino ajuste de cuentas; el experimento de su uso nos ha demostrado que la hipótesis estaba errada (o era, acaso, demasiado ingenua y abarcadora). Es muy sencillo: se han puesto demasiadas expectativas en la gente, en los escritores de blogs, en los personajes anónimos supuestamente geniales que habrían de aparecer a cada minuto. Pero, bien, ¿dónde están? Yo no los he visto. Bueno sí, claro, he visto exhibicionismo por un tubo, gratuito las más de las veces y, lo más importante, inane. Y es que, como todo, esa enfermedad del mostrar impúdico que caracterizó la primera época de los blogs quedó en eso: en grito. Y un grito suena fuerte y ruidoso y sorprende por su radicalidad y porque no se esperaba. Pero cuando hay cientos de millones de seres gritando, la amenaza sonora queda en murmullo, el oído se habitúa y sube el umbral de expectativa.

Leo estos días una novela de Tomás González, La luz difícil (Alfaguara, 2011), que contiene una frase que lo resume muy bien: “la verdad no existe, además, y el mundo es sólo música” (p. 22). Con el corolario de que esa música es muy propia de la vanguardia sonora del siglo XX y ha devenido en silencio y/o manifestación ruidista, es decir, en sofisma.

La conversación ahora, o la disputa, tiene que ver con algo que no se menciona, y es que los blogs se podría decir que están alcanzando el fin de la adolescencia. Pasaron unos primeros años de idiocia infantil, luego de una injustificada explosión de efusividad adolescente y ahora les toca (re)plantearse el camino que tomarán en la vida. De eso se trata, qué hacemos con ellos. Muchos escritores de blogs han optado por cerrarlos, o por dejarlos morir lentamente. Muchos otros los mantienen, pero más descuidados, y unos pocos, siguen igual que el primer día: ilusionados y tercos. El quid de la cuestión -diría yo- es que para estos últimos el blog es un fin en sí mismo. Y es que no se escribe para los demás, no se escribe para que los demás te pongan links, o te citen, o te comenten. Qué va. El blog no es un medio para conseguir fama (¿qué fama, además?), ni una publicación, ni un contrato, ni los cuatro céntimos que te ofrece Google Ads o amigos o ligues. Entender el blog como medio ha sido fruto de la idiocia juvenil que mencionábamos antes. El blog no es sino una extensión de la personalidad de su autor, una expresión de su idea del mundo, de sus gustos; el blog, es igual que una forma de caminar, de hablar, de expresarse, de llevar una determinada americana, un blazier o una guerrera o de mirar la variedad inmensa del mundo. “El blog es un espacio y una herramienta para jugar con textos (enriquecidos o no) y cada quien lo usa para lo que le plazca”, dice Javier Moreno [1]. Así, igual que hay quien lleva camisetas para promocionar sus propias películas, es lícito que haya quien utilice su blog nada más que para dar publicidad de sus actividades profesionales. Igual que hay gente que en una cena informal no sabe sino hablar de trabajo, pues lo mismo con los escritores de blogs. “Escribir es respirar en el mundo digital”, dice Alberto Olmos [2].

Nadie le obliga a uno a visitar esos blogs obscenamente promocionales, además, igual que tampoco está uno obligado a ir a conferencias aburridas, ni leer libros malos, ni aguantar la conversación imbécil de la gente que le cae mal o le parece despreciable o mezquina. Sea en la vida física o en la virtual, cada uno elige con quién juntarse, a quién leer y como conducirse en su vida cotidiana. Un blog no es, pues, sino reflejo del ser humano que lo escribe. Si tal individuo tiene veleidades literarias o voluntad estética en lo que escribe, concluiremos que su blog es literario. En todos los demás casos, obviamente, no. Hablaremos de otro tipo de blogs.

Decir que los blogs tienen la culpa esto o de lo otro, de lo que sea, es desconocer por completo el alma, las bajezas y el capricho del ser humano que escribe justamente esos blogs. Por último, recordemos que, cada vez que uno menciona un blog o un escritor de blogs que detesta y cuyo trabajo le parece infame, está quitándole la oportunidad a otro escritor de blogs mejor (cuyo trabajo probablemente sí ha de ser valorado) a quien sí vale la pena conocer y del cual hablar. No perdamos pues el tiempo con blogs que se dicen literarios, pero que, al fin, no son sino una extensión perversa del estilo Sálvame y que pretende emponzoñar hasta el último reducto del mundo contemporáneo. Permitamos pues que la música del mundo nos sea agradable y enriquecedora y eufónica.

Y ya, a partir de aquí, que cada cual haga lo que quiera.

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[1] Javier Moreno. Metanotas. Finite Rank. 05-Marzo-2012.

[2] Alberto Olmos. Silencio. Hikikomori. 05-Marzo-2012.

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