Escribir a la intemperie

En su memoir Relato de mi vida [Lebensabriss], Thomas Mann, que se halla a mitad de la composición de lo que será José y sus hermanos y le acaban de conceder el Nobel de literatura, escribe al respecto de unas vacaciones que estaba tomando en el mes de agosto de 1929 en el balneario de Rauschen, en Samland, en el Báltico; dice lo siguiente:

“Yo pensaba que no podría trabajar al aire libre. Cuando escribo necesito sentir un techo sobre mi cabeza para que mis pensamientos no se diluyan en ensueños” (p. 63)

Sin embargo, de inmediato cuenta que decidió trasladar su trabajo de escritura a la playa y nos dice cómo allí “garrapateando sobre las rodillas”, con su asiento de mimbre muy cercano a la orilla (llena de bañistas), “teniendo ante los ojos el abierto horizonte, que continuamente era cortado por paseantes, en medio de personas que se divertían, rodeado de niños desnudos que [le] quitaban los lápices, ocurrió que, sin [él] quererlo, de la anécdota [le] brotó la narración, del simple relato salió la narración espiritual, de lo privado surgió el símbolo ético”.

A lo que se refiere Thomas Mann es que él había pretendido concentrar su trabajo (en vacaciones) en algo liviano, en transcribir una anécdota personal sucedida en Forte dei Marmi, cerca de Viareggio, así como una serie de impresiones del lugar. En fin, realizar no un trabajo lateral o liminar, sino darse a la tarea de buscar lo que él llama “intermedios improvisados” sobre los que deja abierta la posibilidad de ser incluidos en la novela central a la que dedica la mayor parte de sus esfuerzos, su talento y disciplina.

Estaba pensando hoy en esto, porque parece que la única travesía viable para el blog parece ser hoy la crítica brutal y desmañada, el comentario esteticista o el diario más o menos veraz de una vida en eterno estado de catatonia postadolescente.

Sin embargo, en mi opinión, puede el blog cumplir perfectamente esa función de intemperie, de ser un espacio privilegiado al borde de una orilla fresca, por la que corre suave la brisa marina, y cuya calma está en constante amenaza de interrupción por causa de toda clase de desnudeces, de ladronzuelos pícaros y juguetones, también. Y aquí estamos nosotros, con nuestros intereses privados que, tal vez, no importen más que a nosotros mismos. Pero, sin embargo, puede que en una de esas, sentados al borde de la velocidad del hiperespacio, un pequeño revuelo, una sacudida ínfima de algún flujo de datos que nos despeine el flequillo, nos dé la clave para advertir esa ética de la colectividad que corretea juguetona entre una nube de espumas.

Ésta es, sin ninguna duda, la esperanza que aquí me trae, cada vez, y la que alienta mi extravagancia de estar sentado aquí, en mi inestable silla de mimbre, en el medio de esta eterna fiesta veraniega llena de niños vocingleros que es la Internet, cuando todo aconseja buscarse parajes menos concurridos y más salubres.

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Relato de mi vida. Thomas Mann, seguido de El último año de mi padre, de Erika Mann. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial. Tercera edición. Madrid. 1984.

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