Archivo de la categoría: La culpa es de los editores

Avances

1.

Los malos escritores no tienen más remedio que apuntalar su avance con los giros de la trama e irse empujando en virtud de las acciones con las que fuerzan el movimiento de sus protagonistas.

Pienso en esto mientras leo Los adioses de Onetti, y me maravillo una vez más de esa andar sigiloso entre la delicuescencia, que se va contraponiendo a una suerte de buceo atribulado por entre las sombras ambiguas, tenues, incandescentes de la prosa que, como el oleaje, se alimenta apenas de sí misma.

*

2.

En lo que respecta a otro tipo de avances, me llama la atención la discusión que tiene lugar en la página Lit Reactoraquí– sobre poner en marcha un magazine literario online. Algo en los que se hace bastante hincapié es en el hecho de que hay que pagar a los autores, aunque sea poco, veinte dólares, cuarenta dólares; ok. Pero algo, poner en valor el trabajo.

*

3.

Y en cuanto al avance negativo, a cierta involución, se refiere un artículo que encuentro de casualidad en el recién estrenado Diario.es y que lleva por título “Si no nos dan el dinero, lo vamos a hacer igual”, escrito por Elena Cabrera y que se puede leer aquí. El artículo trata sobre determinadas actividades culturales y de qué modo les afecta el recorte de las subvenciones que venían recibiendo.

Y termina de un modo bastante elocuente. Dice:

“Da igual el ámbito, el arte contemporáneo y arriesgado de Drap Art o el más tradicional del teatro de títeres de A la sombrita: las actividades se hacen por los gastos mínimos, nadie gana un sueldo, todo es precario, pero como se continúan haciendo parece que no pasa nada.”

Y he aquí la clave: que todo se sigue haciendo (y ya no gratis, sino a veces incluso con dinero del bolsillo de los propios interesados) y que todo el mundo calla, porque da miedo apearse del carro, supongo, y que a uno lo traten de funesto, cenizo o aguafiestas. Pero es que, además, resulta de mal gusto decir que tal me debe dinero o que el otro tal no paga (cuando dichas informaciones deberían ser un bien común).

Eso, huelga decirlo, es muy propio de nuevo rico.

Ya lo hablábamos hace un par de días aquí mismo.

*

 4.

Y ya que estamos con las carreras, si no lo han hecho todavía, échenle un ojo al artículo de Patricio Pron “La carrera literaria” que publicó el pasado fin de semana en el Babelia y que se puede leer íntegro en su blog, aquí.

Dice tres o cuatro cosas acertadas.

Pero quizá la más relevante sea la siguiente:

“Pensar en esos términos [en términos de una “carrera”] es, en cierto sentido, el resultado natural de la pérdida de prestigio social de la literatura (por no hablar de la caída de sus ventas), pero resulta sorprendente que pocos escritores vean que esa pérdida de prestigio es también el resultado de la visión mercantilista de la literatura que se esconde detrás de la concepción errónea de la producción literaria como una carrera.”

– – – – – – – – – – –

*

*

ADDENDA:

*

Avanzando hacia el futuro, la gente de Anatomia de la edición trata de adelantarse a lo que vendrá y así han creado el Laboratorio del libro –aquí-, una plataforma para debatir y dialogar sobre el mundo del libro (y su viabilidad futura). Su primera acción ha sido la publicación bajo licencia Creative Commons del libro La gran transformación. Panorama del sector del libro en España 2012-2015 que se puede descargar libremente aquí.

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El acento con el que dices las cosas

Sebastià Miralles, “El acento con el que dices las cosas” (2008-2009)

1.

Sobre el conjunto creativo de Sebastià Miralles (Vinaròs, 1948) que adoptó el nombre de El acento con el que dices las cosas (2008-2009), dejó escrito Assumpta Rosés –aquí– en el catálogo para la galería Kessler-Bataglia que:

“Creo ver claro que sus obras, casi todas las que ha hecho a lo largo de muchos años, tienen unos referentes iniciales muy estables: constructivismo, minimalismo, abstracción. Todas ellas tendencias amigas de la geometría”.

Pero, de otro lado, habría también una segunda línea:

“aquella que da protagonismo a los valores sensibles de la materia, la leve irregularidad o naturalidad de las formas, el tratamiento de las superficies, digámosle pictórico, orgánico, sensible y expresivo”.

Entre ambas líneas, sin embargo, opina Rosés, queda una zona de misterio, y en esa fisura “los sistemas lingüísticos cuelan los dictados inconscientes, la síntesis de creencias y pensamientos, ayudando a configurar un corpus simbólico propio”.

El acento con el que dices las cosas se componía de un conjunto de dibujos, esculturas y un libro de poemas (que no se llegó a publicar).

La idea que, a mi parecer, es la más representativa del proyecto (y que también menciona Rosés) es la de la reversibilidad.Y ello por la fuerza de los arquetipos que la componen, significaciones que funcionan al modo del flujo de boomerang.

Porque nada en este conjunto artístico es mezquino, puntualiza Rosés.

Dice el propio Miralles que “la abstracción conforma una alternativa a la angustia con que percibimos el mundo”.

Cierto, pero esa misma angustia se percibe en el conjunto, en la fisura por donde se cuela lo personal, que atenta contra la idealización de la forma y la geometría.

En resumidas cuentas, es una obra que basa su fuerza expresiva en el (re)conocimiento del espectador; en conocer dos veces lo ya sabido (por intuición, herencia genética y/o evolutiva de la especie o acaso por la sabiduría de los arcanos universales). Un conjunto de dibujos, esculturas y poemas que se mira y (re)mira con el placer de saber que la contemplación nos va a devolver algo de nosotros mismos, cierto ideal perfecto cuya idea anida en nuestra conciencia, pero que sabemos inalcanzable, deseable y siempre esquiva.

Por ello, las diferentes modalidades significativas que la obra es capaz de asumir (y que se cuelan por esa fisura que menciona Rosés) las pone no solo el autor sino el espectador.

Es una obra que, por tanto, requiere de una participación activa, y no en el hacer o en el decir, ni tampoco en el contemplar del espectador, puesto que no requiere de este la mera contemplación o una mirada cómplice. Sus demandas, expresadas de manera clara, concisa y sin dobleces exigen algo más al espectador: le piden que asuma y personalice la obra; que la dote de un énfasis individual.

 

*

2.

Estamos acostumbrados a que en España se haga hincapié en la valentía, independencia y autonomía de los jurados de los premios literarios. Estamos demasiado acostumbrados a que el empaque de la voz severa que se utiliza en la comunicación de tal idea, la pomposidad y, por qué no decirlo, la pedantería con la que se nos notifican los resultados de tales premios cree una nebulosa tan fuerte y letal que aparque a un lado lo realmente dicho, es decir, el nombre -y las circunstancias del nombre- premiado.

Así, se vanaglorian los jurados que comunican sus decisiones a la prensa de ese mismo decir, ampuloso y fatuo, en ocasiones de intención doctrinal.

Pero, ah, luego queda el hacer (que debería ser más importante que el decir). Y ese hacer está tan hueco como una lata vacía de hojalata en la que resuena infame y tortuoso ese decir, decir, decir (acuérdense aquí de Juan Ramón y de la prosodia fútil).

Siendo prosaicos: los jurados se llenan la boca diciendo que las obras que premian son magníficas, que han leído con interés los manuscritos, que han sido libres en su decisión y, convencionalmente, presentan la obra adornándola con unas sentenciosas medallas de una guerra inventada.

Pero, resulta muy extraño que la casi totalidad de esas obras pertenezcan a nombres reconocidos, a nombres vinculados a los propios jurados o a la editorial. Hombre, podría ser; mas, si aceptamos que es así, la literatura española estaría rompiendo moldes internacionalmente y dictando la vanguardia. Pero esto…  como todo el mundo sabe, no es así -ni de largo.

Por eso llama tanto la atención declaraciones como las de Peter Stothard, jefe de los jurados del Man Booker y editor del Times Literary Supplement, al decir que:

 “Who published a book, and indeed even the author, is of very little concern to Man Booker judges. We were considering novels not novelists, texts not reputations” [1]

A lo que añade:

“We’re not looking for books that you can pick up in a shop and say ‘I must have that’. We’re looking for books that are good value for money, that you don’t leave on a beach, that you read again and again,”

Escuchen: en la long list del Man Booker se han incluído 4 escritores noveles con ficciones innovadoras y han dejado fuera pesos pesados como Martin Amis, Ian McEwan o Zadie Smith.

Se trata -como ven- de decir, sí, y de decir bien (lo cual es importante), pero más importante todavía: de hacer.

A ver si esta crisis profunda general española, pero específicamente del sector editorial, sirve para que, de una vez, se comience a hacer, y a hacer bien, de manera elocuente y con dignidad, y se dejen de tanta verborrea pueril y de tanta obra previsible y y anodina y se apuesta de una vez por algo tan sencillo como por libros que de veras valgan lo que se nos pide pagar por ellos, libros que te dan ganas de leer no ya varias veces, con que den ganas de terminarlo yo ya me conformo y me doy con un canto en los dientes.

– – – – – – – – – – –

[1]  Alison Flood. Booker prize 2012: new guard edges out old in wide-ranging longlist. The Guardian. 25-July-2012.

– – – – – – – – – – –

*

*

ADDENDA:

Sobre el tema del precio de los libros (hay que bajarlos, hay que bajarlos, ¿cuándo se darán cuenta?), Manuel Gil (del blog Antinomia Libros) ha dejado escrito un largo post que merece la pena leer y que lleva por título La zona cero de la crisis de las libreríasaquí-.

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Souvenir(es)

Claude Abad, "Souvenir de Madrid (4)"

Llama la atención la cantidad de nuevas editoriales que han venido surgiendo en España en esta época última de crisis. Editoriales que se pretenden, cada una de ellas, singular, de marcada línea editorial (por supuesto, distinta de todas las demás) y con una identidad no solo dinámica sino con el propósito de incidir en el discurso imperante actual. Sin embargo –y casi sin excepción- se dedican todas a ellas a rescatar textos del olvido, textos las más de las veces, justamente olvidados y olvidables, por haber sido escritos bajo el yugo de unas determinadas circunstancias particulares (una tendencia estética, unos temas, un diseño estructural, etc) que poco o nada nos dicen hoy. En otras palabras, textos que revelan actitudes que ya no forman parte de la historiografía sino que buscan –supuestamente- rellenar los huecos olvidados de la memoria no colectiva sino de una colectividad (de los amantes de la ciencia ficción, de los interesados en tal o cual tema, o sencillamente de los recalcitrantemente nostálgicos, aquellos que sienten que siempre todo fue mejor antes).

Merece la pena detenernos un segundo en esto último, en esa creencia de que las cosas siempre fueron mejores para el arte y el artista en tiempos pretéritos. Porque, digámoslo pronto, eso no es verdad. La gente piensa que por el mero hecho de existir algo que llamamos clásicos, tales obras o autores son conocidos de manera universal. Pero no. En absoluto es así. Y tampoco significa que en su tiempo estos autores estuviesen en boca de todos.

En general, me da la impresión de que la vida, lo que llamamos la vida común, así en genérico, la vida de la colectividad pues, camina por su habitual tránsito, sin demasiados sobresaltos, y va avanzando paulatinamente, con algún quiebro sentido, claro, pero puntual. Y ale, a ritmo de paseo que sigue, por los siglos y los siglos. Y en los intersticios se le cuela algún (o algunos) espíritu/s singulares que, las más de las veces, en un silencio meditativo y pacífico, van creando eso que conocemos como historia universal del pensamiento, la estética y la literatura. Claro que privilegiados los hay, entre ellos, y unos pocos gozan en vida de un reconocimiento más o menos ilustre, pero si se mira con la distancia, vendrían a ser los menos. En general, los que hoy son héroes del arte fueron mayormente en su época ultrajados, vilipendiados, silenciados o ignorados.

Se dice que el arte trabaja para el futuro y es verdad. Así lo ha demostrado el que hoy esos ilustres artistas sean justamente reconocidos. El truco aquí viene cuando se profiere la formulación contraria: que lo que hoy las editoriales rescatan del pasado es porque desde allí tales obras fueron concebidas para hablar al futuro que ya es hoy, cuando la verdad es que casi en su totalidad tales obras mayúsculas y –supuestamente- conmovedoras no lo son tanto y, finalmente, funcionan al modo del souvenir. Una prueba irrefutable de ello es que muchas de estas obras les fueron reconocidas a sus autores en vida, signo cabal de que hablaban a un presente que quedó ya obsoleto, enterrado en una sucesión interminable de presentes hasta llegar al futuro que es ya hoy, un futuro nuevo y reluciente.

En palabras de Trapiello:

“sólo lo que no es nunca noticia, lo que no tiene celebridad, parece llamado a perdurar y a representar mucho mejor su tiempo, que aquello otro que ocupaba de manera directa todos los escenarios” [1]

– – – – – – – –  – – – – – – – – – – – – – – –

[1] Andrés Trapiello. Siete Moderno / Salón de pasos perdidos. Ed. Austral / Destino. Barcelona. 2012.  (p. 517)

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Ya nadie baila

1.

El problema lo puso sobre el mapa el grupo barcelonés Ultraplayback en 2005 con su grito de guerra “Ya nadie baila, todo el mundo es dj”, incluido en el ep autoeditado Minifalda Scratch.

Y es que, en aquel entonces, en 2005, si uno quería convertirse en dj, lo tenía mucho más fácil que nunca; de ahí la ironía, tan propia del postmodernismo tardío de la música underground española que encontró su apogeo hipster en la primera década del siglo XXI, especialmente en Barcelona y Madrid (y por este orden).

Las consecuencias de lo que vociferaban Ultraplayback en su canción es que se produjo un desplazamiento de intereses desde la producción de contenidos hacia al subrayado crítico (djing), y esto porque la audiencia demandó su derecho a convertirse en canal selector.

La ampliación del espectro de conocimientos, empero, gracias a la aparición del cd grabable el cual tenía un coste de hasta doce o trece veces menor que el del cd original, no se tradujo en más conneiseures, sino en hordas de iconoclastas nihilistas.

O dicho en otras palabras: la así llamada Revolución Napster, en aras de su gratuidad, fue minusvalorando la figura del melómano, y favoreciendo la del acumulador de contenidos desparejos. A este propósito contribuyó enormemente la aparición de Myspace,  una plataforma donde cualquier grupo podía colgar sus maquetas o acaso construir una página personal donde hablar de sus gustos musicales (o buscar novio/a).

El resultado fue el tan temido petardeo, tan propio de la cultura española: una suerte de segunda movida madrileña, con el centro de operaciones en el club Ocho y Medio cercano a la Gran Vía y la eclosión del technoclash en Barcelona, con Pueblo Nuevo y el Razzmatazz como gravantes de la desmedida alegría generacional, y la discográfica y productora de conciertos Sinnamon Records como bomba de aire para esa burbuja de la creatividad (¿?).

La democratización implicó la necesaria participación de los públicos, que pasaron de ser mera audiencia a agentes activos del circuito musical; así, pronto se vio que era más sencillo, práctico y rápido dedicarse a la crítica que no a la creación. Pronto aparecieron páginas web más o menos amateurs y algunos fanzines que fomentaron una crítica de raigambre impresionista.

La explicación es muy sencilla y podemos encontrarla en el hecho de que la creación requiere de la colaboración del tiempo, del trabajo, el esfuerzo y la completa dedicación (ah, y el talento, claro).

La crítica, por el contrario, se puede ejercer de una manera mucho más liviana y (des)comprometida: la selección de una canción se convirtió así en un germen del botón de me gusta/no me gusta de Facebook.

La audiencia musical (devenida en parte integrante del movimiento) se multiplicó de manera exponencial y, con ello, los pinchadiscos. Ser dj significaba ser parte de la “escena”. Ser dj se convirtió en el mejor modo de medrar en el ambiente de la música (o en el mundo de la sociedad cosmopolita de Barcelona y Madrid); ser dj era ahora más importante que ser diseñador de moda o redactor de una revista de tendencias e incluso que diseñador gráfico.

En otras palabras: ser dj molaba. Molaba mucho.

Entretanto, el negocio musical iba haciendo aguas a un ritmo vertiginoso.

Se fueron cerrando los clubs, uno a uno, y apareció Spotify.

Si el video mató a la estrella de la radio, podemos decir que las listas de reproducciones mataron al dj.

2.

Al mismo tiempo que la música perdía importancia en la estima del público juvenil (o acaso que este público juvenil se iba haciendo mayor y prefería actividades lúdicas más sedentarias), la aparición de los blogs a mediados de la primera década del siglo XXI hizo que la palabra volviese triunfante de su letargo fin de siecle.

Como vulgarmente se afirma: todo el mundo quería decir la suya.

El postmodernismo, pues, se instaló (por fin) en España (con 30 años de retraso) en el mundo de la palabra. De una manera fulgurante, además. Y cancerígena.

Así, pronto los diarios personales tomaron ínfulas de diarios secretos (escritos por personas anónimas) o acaso de novelas por entregas o mínimos relatos literaturizados de la vida cotidiana. Los primeros premios de blogs del periódico 20 minutos, a la par que los de Bitacoras.com, dieron un fuerte impulso al fenómeno.

Selecciones de blogs personales llegaron incluso a editarse en formato libro.

Y aparecieron las primeras revistas de relato, prosa más o menos breve y, más tarde, las de poesía. Decenas de ellas. Al principio en formato *pdf a imitación de las revistas impresas, progresivamente mutando al formato blog utilizando las aplicaciones que ofrecía gratuitamente wordpress o acaso tomando la forma de la asociación cultural, como comunidad interconectada de lectores “no entrenados” y finalmente al modo de cápsulas breves -apenas informativas- de consumición rápida (330 ml, La comunidad inconfesable o las TwitReseñas de The Barcelona Review son los tres últimos ejemplos de esta tendencia).

La historia de los blogs es espectacular, pues han hecho una transición de dos siglos (de los diarios íntimos del XIX a la experimentalidad de la época pre-bélica del XX y, de ahí, al postmodernismo (a)crítico posterior) en menos de ocho años.

Concentrémonos, de todos modos, en el dato más relevante de la pérdida de status del creador literario en favor de la del crítico más o menos amateur: la gratuidad.

Lo mismo que mató a la industria de la música va camino de enseñorearse con el mundo de la literatura.

La aparición de bloglines y wordpress extendió la práctica de la escritura personal hasta unos límites desconocidos. De la exposición pública de la vida privada hemos pasado a la manifestación –sin filtro, es decir, sin edición de ninguna clase- de los gustos personales.

La perversión del asunto es que la mera exposición de una opinión personal (válida en tanto expresión de la subjetividad, pero no como acción comunicativa válida para el debate) se la viene en llamar ahora crítica literaria.

El problema radica en que la escritura, mucho más que la creación musical, exige dedicación, esfuerzo, paciencia, pero -sobre todo- tiempo. La crítica, por el contrario, puede ser más liviana y (des)comprometida, rápida y -lo más importante- breve (en apenas 350 o 500 palabras queda todo dicho).

Un libro lo puede leer el crítico/reseñista/opinador en una tarde.

Escribirlo probablemente le llevaría al menos un año.

Escribir un libro es cosa fatigosa y lenta, de dedicación absoluta y resultados inciertos. La crítica, sin embargo, es rápida y da réditos inmediatos.

Además hay un factor determinante: el escritor ha de hacerse responsable de su obra, el crítico jamás permite la refutación de su crítica, amparándose en la subjetividad de su juicio.

Así, la audiencia de la literatura, poco a poco, está demandando el derecho legítimo a convertirse en selectores y no tanto en público receptor, a la manera del dj.

Es decir, la situación que en 2005 denunciaba (no sin cierta retranca hedonista) el grupo barcelonés Ultraplayback, comienza a avistarse hoy en el horizonte de las letras.

El hecho, sin embargo (de igual modo que sucedió con la industria musical) no puede ser disgregado de las prácticas de la industria editorial misma. Y ello porque aquellos que llegaron tarde a la época hispter de la primera década del siglo XXI o que acaso se quedaron fuera de ella (se les pasó el arroz como vulgarmente se dice), viendo que la música ha perdido su importancia como actividad lúdico/social que favorece la figura del medrador, han decidido integrarse al terreno aun virgen de la literatura.

Y comienzan ya a verse los primeros síntomas de agotamiento: en los últimos tres años las editoriales están viendo menguar sus ventas de un modo dramático.

Los antiguos selectores musicales (los dj´s) son ahora activistas culturales, editores, organizadores de veladas literarias de todo tipo, promotores de lecturas y recitales, presentadores de libros, ponentes o prologuistas y, sobre todo, selectores de canciones, es decir, críticos literarios.

Y todos ellos comparten la misma actitud nihilista e iconoclasta que dominó el mundo de la música en la primera década del siglo XXI.

En otras palabras, en su gran mayoría son o aspiran a ser modernos.

Lo que en lenguaje diáfano significa que abrazan el postmodernismo más vacuo y diligente: aquel que basa sus derechos en la individualización extrema, en la demolición de la jerarquía y en la ausencia real de un juicio de valor razonable y razonado.

Como es norma en la práctica de los medios, éstos desvían la atención del problema hacia otros frentes y así achacan el estado de cosas a la amenaza del libro digital o al precio abusivo de los libros o acaso a la tan cacareada crisis, cuando la verdad más cristalina es que la amenaza mayor de la literatura hoy es la pérdida de las audiencias.

O mejor dicho: la reconversión de las audiencias en agentes perversos del sistema.

Si el video mató a la estrella de la radio y las listas de reproducciones del Spotify (y afines) mataron al dj, podemos temer que las así llamadas prácticas de literatura ampliada acaben con la novela como instrumento de conocimiento del mundo, y sus circunstancias.

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Barcelona ja no es bona (o mi paseo acompañado por la calle Rosellón)

 

La cuestión es que recordaba que J. M. Castellet en su último libro Seductores, ilustrados y visionarios (Anagrama, 2010) mencionaba el emplazamiento original de la editorial de Carlos Barral, la primigenia I. G. Seix Barral S.A., y recordaba que estaba cerca de Rambla de Catalunya, en la calle Rosellón (así lo creía entonces, esta tarde, sobre las seis pm).

Volvíamos con Ángela, y mi hermano V. de casa de mi otro hermano y su novia, en Gràcia.

Bajabamos caminando en la alegría del lunes festivo (tras una comida alegre y una sobremesa jaranera), cuando me decidí a encontrar la antigua imprenta de la familia Barral que daría lugar a una de las editoriales más interesantes de los últimos 40 años, cuando me acordé de un cinco.

Y un doscientos.

Y, por alguna razón, quise recordar que ese cinco y ese doscientos, estaban en la calle Rosellón; no se por qué.

Así que, a fuerza de probar, fuimos yendo por todos los portales acabados en cinco desde Passeig de Grácia hasta alcanzar el 200.

Abajo tienen nuestra pesquisas:

 

 

Lo irónico es que a llegar a casa y al comprobar la cita original me he encontrado con lo que sigue:

“En la calle de Provença, número 219, entre Rambla de Catalunya y Balmes […] había un edificio cuya entrada denotaba la presencia de unos tallleres. Un rótulo pequeño proclamaba el nombre de la empresa, I. G. Seix Barral S. A.” [1]

Nosotros, en nuestras pesquisas, en la calle Rosellón, hemos acabado en uno de esos nuevos y lujosos  meublés que andan poblando la ciudad.

Supongo que a Carlos le hubiera hecho gracia.

Yo, de momento, en su homenaje, me acuerdo de uno de los atrevidos versos de Baño en cueros, cuando dice.

“Las estatuas

se ablandan entre risas, en la espuma”

– – – – – – – – –

[1] J. M Castellet. Seductores, ilustrados y visionarios. Ed. Anagrama. Barcelona.Octubre de 2010.  [pág 108]

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Memorias divinas

1.

Me levanto en la madrugada.

Voy en manga corta, me siento en la cocina, y abro la ventana de par en par, fumo.

Y tirito, claro, pero no sólo de frío sino de emoción.

Leo en en el sigilo nocturno del viernes los diarios de Carlos Barral.

Escribe este (en una anotación de finales de mayo de 1963):

“A la larga resulta más falsa una banalidad inteligentemente arropada que una banalidad en cueros” [1].

Yo, en la madrugada, y con el eco de la voz de Barral, pienso en la creación contemporánea, esa sobre la que Rafael Argullol opina que “está inclinada a la exaltación de la trivialidad y del simulacro” [2].

2.

Al tiempo, también, buscando la posibilidad de una historia oral,

leo lo que la gente dice de Carlos “El Magnífico”

[sobrenombre que le da Esther Tusquets, “esa figurilla de un hipotético pesebre modelado por El Bosco” [3]]

Dice la Tusquets que “uno de los graves errores de Carlos Barral fue no saber nunca a quien merecía la pena cuidar” [4].

Y es que, quizá él solo cuidaba a la poesía.

O así se deduce de su diario. La cuidaba en su pensamiento, en su deseo, en su memoria, en sus ilusiones, pero -y aquí viene lo que le achaca Tusquets-, tal vez nunca supo hacerlo en la realidad práctica de la escritura, o no lo suficiente.

Y es que la cuidó poco, artificiosamente. Y, por ello, muchas veces suena insincera, banal. Lo dice él mismo al advertir que “la naturaleza ha sido sustituida por mi disfraz literario… El tema de no saber nunca quién soy ni cuál es mi personaje” [5].

Ya lo señala la Tusquets, al decir que:

“Carlos el Magnífico era uno de los hombres más encantadores que he conocido, pero a veces su encanto no bastaba para anular los dislates provocados por su frivolidad” [6].

3.

En opinión de J. M Castellet (a quien Joan de Sagarra llamaba “el Travolta de la Generalitat” [7]), lo que propició los sonoros fracasos de la vida editorial de Carlos Barral (aunque, quizá también sus triunfos) es que “personalizaba demasiado su situación” [8].

Se refiere Castellet a las circunstancias de la persecución contra Seix-Barral y la censura generalizada en el ambiente franquista.

Pero es extensible a su salida de la misma editorial Seix-Barral, tras la muerte de Víctor Seix y jaleado por Rosa Regás, para montar Barral Editores.

Y lo mismo con su descuido a la hora de contratar Cien años de soledad, o de ceder la obra de Umberto Eco a Lumen, por citar dos ejemplos de la más pura irresponsabilidad.

4.

Pero también tenía detalles generosos,

y es que lo suyo era la egolatría, no la mezquindad.

Lo cuenta Mario Vargas Llosa, al hilo de su relación con la agente editorial Carmen Balcells. Dice:

“para liberar a Carmen [Balcells] de su compromiso con la editorial [Seix-Barral] para que empezara a representar a autores que publicaba él. Ningún editor en el mundo habría hecho eso. Solo él. Lo que te demuestra el tipo de persona que era” [9].

5.

Sobre la poesía de Barral, dice Carme Riera que el tema “no es otro que el de la configuración de un personaje, un sujeto poético a la vez igual y distinto del autor, a menudo alter ego o gemelo, y otras, su contrario” [10].

Pero su inclinación vital, su praxis cotidiana, se resumiría en la primera estrofa del poema Extravío de horas (del libro Extravíos, que nunca llegó a completar):

Haber perdido el tiempo, seriamente

haciendo vagas cosas rituales

majaderas, nerviosas como muecas

que miman en la historia o desvanecen

el verbo en la acronía.

6.

He venido pensando en ello desde hace dos madrugadas.

Y ya es la media tarde del sábado – o casi hora del gin-tonic-.

No me ha dado tiempo a comer, aunque sí a tomar varios cafés, y muchos cigarrillos, muchos, muchos.

Ya no ando en manga corta, claro, los fríos del invierno han venido esgrimiendo sus argumentos para acabar venciéndo(me).

Así, en el diario de Barral han pasado también los años, muchos años, ya estamos en 1980; en apenas cincuenta páginas hemos transitado casi veinte años.

Veinte años que yo he ido disfrutando en sorbitos pausados y lentos.

Barral, utilizando un eco pavesiano -aquel del incierto presentimiento-, da cuenta de su actual euforia:

“El improvisto bienestar, conciencia / de los sentidos innombrables, proyectos, /  en el frescor del aire o la transparencia / de la imaginación y de la holgura / sensitiva de un todo indiferente” [11].

Y a mí ya me dan ganas de salir a la calle, de fumar al raso, en silencio, entre el bullicio de la Navidad ya entrevista, soñar por más provechosos y mejores días, pero, por sobre todo, de tomarme ese gin-tonic que tanta falta (me) hace.

– – – – – – – – – –  –

[1] & [11] Carlos Barral. Los Diarios / 1957-1989. Edición a cargo de Carmen Riera. Ed. Anaya & Mario Muchnick. Barcelona. Mayo de 1993. [pág 113 & 161]

[2] Michael Pfeiffer. El destino de la literatura. Ed. Acantilado. Barcelona. 1999. [pág 17]

[3] Joan de Sagarra. Las rumbas de Joan de Sagarra. Ed- Kairós. Barcelona. 1971. [pág 100] –aquí-.

[4] & [6] Esther Tusquets. Confesiones de una vieja dama indigna. Ed. Bruguera. Barcelona. 1ª edición. Noviembre de 2009. [pág 199 & 200]

[5] Jaime Gil,  “Sobre el hábito de la literatura como vicio de la mente y otras ociosidades”, incluido en en El pie de la letra. Ed. Ariel. Barcelona. 1980. [pág 245]

[7] Sergio Vila-SanJuán. “Recuerdos de la Gauche Divine”, incluido en Crónicas culturales. Ed. DeBolsillo. Barcelona. Marzo de 2004. [pág 42]

[8] J. M Castellet. Seductores, ilustrados y visionarios. Traducción de Rosa Alapont. Ed. Anagrama. Barcelona. Octubre de 2010. [pág 125]

[9] Juan Cruz. La buena entraña. El País. 04-12-2010.

[10] Carme Riera. La obra poética de Carlos Barral. Ed. Península. Barcelona. 1ª edición. Mayo de 1990. [pág 54]

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Escritores mediáticos o la Generación PowerPoint

1.

Leo que en una entrevista dice Ricardo Menéndez Salmon que

“Pienso que la literatura deber seguir aspirando a cierto capital de belleza. Hay que escribir libros bellos, hermosamente escritos. El instrumento del escritor es el lenguaje y el nuestro es un idioma muy rico, bello y plástico que debemos saber utilizar” [1]

Y eso es lo que yo pienso, también.

Es decir, lo que a mí me gustaría encontrar cada vez que me enfrento a un libro sería justamente eso: belleza, un lenguaje bello, un castellano rico, productivo y multiforme.

Pero, por desgracia, entre los miles de títulos que se publican cada año en España hay muy pocos libros así. Poquísimos.

¿de quién es la culpa?

2.

Pensemos en la siguiente frase:

“Interesa más la exhibición que la demostración y [se] busca hipnotizar al público y limitar su capacidad de razonamiento” [2].

Esta es la sensación que a mí se me queda después de leer la mayor parte de los libros que leo de escritores más o menos nuevos que publican en castellano actualmente.

La sensación de que el escritor está tratándome de idiota.

¿de quién es la culpa?

3.

En su poema Retrato del listo, dice Juan Carlos Mestre:

“Mientras uno hace un esfuerzo para explicarse

Él [el listo] ya ha hecho el gesto de que no te está comprendiendo

A lo mejor es verdad y el listo no entiende tanto como parece [3]

Y es que resulta casi intolerable los notorios aspavientos que se gastan un buen número de estos escritores últimos en castellanos (¡encima!) cada vez que alguien les hace un reproche con un mínimo de coherencia a sus obras.

¿de quién es la culpa?

4.

En su poema Lo que la tarde junta, el poeta Antonio Cabrera, lo resume con suma brillantez, al decir que:

“Al descender, el sol enciende en la ladera

una llama creíble, el ligero amarillo

de los segundos planos,

esos que no se miran

y después, descubiertos, se comprenden” [4]

Y es que detrás de toda la pantalla que crea la industria editorial, con sus vistosos escritores PowerPoint, o sea, escritores que se exhiben más que argumentan, escritores magos que crean la ilusión de que sus libros encierran literatura cuando en ellos no hay más que breves diapositivas sintéticas de una historia  (y eso con suerte), cuando cae la cortina que tan hábilmente crea la industria editorial, y ese gran circo del sol cegador y opaco se va apagando lentamente, en las laderas, se enciende esa pequeñísima “llama creíble” que es la literatura.

¿quién tiene la culpa?

¿quién tiene la culpa de que no quede espacio para esa “llama creíble”?

Fogwill lo dice alto y claro, para que no les quede ninguna duda: –aquí-.

– – – –  – – – – –

[1] Ricardo Menéndez Salmón en entrevista con Fietta Jarque. Se nota que hay mucha obra apresurada. El País. 20-10-2010.

[2] Tomàs Delclós. ¿PowerPoint nos hace estúpidos? El País. 20-10-2010.

[3] Juan Carlos Mestre, “Retrato del listo” de La casa roja. Premio Nacional de Poesía 2009. Ed. Calambur. Madrid. 2ª reimpresión, octubre de 2009. [pág 97]

[4] Antonio Cabrera. “Lo que la tarde junta”, de Piedras al agua. Ed. Tusquets.Barcelona. 1ª edición, septiembre de 2010. [pág 97]

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