Archivo de la categoría: Vida personal

Hibernación

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Siendo que ya llegaron los primeros fríos severos, este blog cae, como los animales homeotermos, en un estadio de hibernación o de sueño invernal.

En http://www.jsdemontfort.com seguiremos publicando los eventuales artículos que vayan saliendo en los diferentes medios.

Abríguense bien.

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El carácter como una forma de ficción

1.

Atendamos un segundo a esto que dice Estrella de Diego sobre el carácter español:

«En el fondo, los españoles como colectividad siempre hacemos de españoles para fuera. Tenemos la fea costumbre de carecer de espíritu corporativo y hablamos mal de “nosotros” como colectividad siempre que salimos de casa, pues creemos que si somos los únicos listos, sobresaldremos más. [1]»

La reflexión le sirve a Estrella de Diego para poner en cuestión el modo en el que toda denuncia pasa a convertirse en producto de consumo. Y lo evidencia con el reciente reportaje fotográfico del NYT (titulado Austerity And Hunger) y también con la obra de Andrés Jaque sobre la así llamada heroína de Lavapiés (cliquen aquí, si no saben de lo que les hablo).

De Diego, en su post, viene a concluir que esto se debe a un complejo de inferioridad de nuevos ricos.

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2.

Pero no es cosa que sea exclusiva de la colectividad nacional (esto del complejo) sino que también afecta de un modo funesto a los entornos gremiales; lo que, además, les supone un añadido extra de fastidio.

Y es que, del mismo modo que no queremos que se nos encasille o ponga junto a otros miembros de nuestra comunidad nacional (y es obvio que esto por la razón de que tememos salir perdiendo en la comparación), así sucede con las personas que pertenecen a determinados gremios.

Y tal gallardía es particularmente molesta en el caso de los tenderos.

Todo va bien en tanto que el cliente permanezca en su rol silente de cliente, es decir, aquel que indica una breve  comanda fácil y sin complicaciones y se limita a pagar y acepta el producto tal cual se lo sirven.

Pero, ay de ti como se te ocurra hacer la más mínima mención a que existen otros tenderos de otros establecimientos y que tal vez estos sí te hayan ofrecido en algún momento un servicio en concreto que aquí se te niega.

Pues no, sucede que el tendero se enfurruña y te obliga a que aceptes el producto como él/ella quieren. Y sin rechistar, pues no admiten que haya ninguna otra forma mejor de hacerlo, prepararlo o acaso, por ejemplo, el modo de disposición del corte de un producto, ni siquiera que existan otros establecimientos tan insignes como el suyo.

Y esto, ¿por qué?

Muy sencillo: por ese pacto silencioso que parece sellarse entre el cliente y el tendero por el cual este último es el mejor, el más listo y el más competente para realizar su trabajo.

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3.

Aquí, en el caso del complejo gremial, opera un mecanismo inverso al del complejo nacional que nos afecta en el extranjero. Si con los desconocidos (en virtud del desconocimiento del otro y que nos permite una «invención» de nosotros, ficcionalizarnos, por así decir) se juega la carta de la lejanía, en el caso de los conocidos se juega la carta contraria: la del afecto, la cotidianidad necesaria y el servicio vecinal.

En otras palabras, al extranjero no se le verá más, y por lo tanto nuestra imagen mejor (por oposición a los otros miembros de nuestra comunidad; cosa que es, inverificable por parte de nuestro interlocutor) quedará sin mácula para este. Al vecino no hay más narices que verlo a diario. Y esa cercanía puede que produzca una confianza o cierto conato de afecto que lleve a que el cliente reproche o exija tal o cual cosa. Así, para frenar tal valentía, el tendero juega la baza de la violencia y la intimidación.

Pondré un ejemplo reciente (entre otros muchos).

El otro día le pedimos a una pescadera que, por favor, nos quitase la piel de una merluza.

Ella, indignada, nos replicó algo así como que «no hay forma más buena de comer la merluza que con piel». Y, por su gesto de desdén, se adivinaba que lo contrario era el pensamiento propio de los necios (es decir, nos estaba llamando necios a la cara por ser incapaces de darnos cuenta de su valía especial como tendera, de su «ficción individual», pues).

Cuando le hicimos mención de que en otros sitios que nos han quitado la piel, y sin el mayor reparo, se puso de tan mal genio que lanzó los filetes contra el papel de estraza sobre la báscula y farfulló, como por venganza: «y esto os lo cortáis vosotros con unas tijeras en casa» (se ha de decir que habíamos acordado previamente que ella nos lo haría en los pedazos del tamaño y peso aproximado que habíamos acordado antes).

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4.

Y ahora podrían objetarme Vds. que el caso relatado se trata apenas de una señora en particular (con un manifiesto mal genio) y su singularidad no permite que sea  extrapolable a otros casos, ni generalizable ni tampoco pudiera servirnos de patrón para nuestra tesis de los comportamientos gremiales.

Pues bien, ahora les confiaré yo un pequeño detalle revelador: el establecimiento de la señora pescadera de la que aquí nos acabamos de ocupar tiene todas las paredes llenas de carteles donde, con gran fanfarria, se manifiesta algo así como que «el gobierno sube el iva, pero aquí te lo mantenemos como antes».

Si esto no es una manifestación meridiana del nuevo rico que se niega a claudicar ante la realidad que baje dios y que lo vea.

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[1] Estrella de Diego. El regreso de la «España profunda» y la ficción documental en The NYT. Blog Sin título. 01-Octubre-2012.

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POST-SCRIPTUM:

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Leo en la última columna de Manuel Jabois, que lleva por título «Acabo de decirle que no» –aquí– lo siguiente:

«la apelación al dinero en cualquier rico, sobre todo cuando es para dar cuenta del sacrificio que hacen al rechazarlo, tiene el sonido de lo falso».

Pues eso.

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Equilibrios

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A veces, en nuestra vida, en nuestro escritorio, se producen mezclas extrañas, quizá no del todo  insatisfactorias, pero sí caprichosas o acaso tensas. De equilibrio inestable.

Por ejemplo, ahora, conviven un imprevisto libro de poesía del nobel español Camilo José Cela, Pisando la dudosa luz del día (Linteo Poesía, 2008) con otro de e.e. cummings, (a)poemes / antologia poètica (El Gall Editor, 2007).

Y la placidez de cinco pares de calcetines nuevos se miden con el alivio de una pomada para los orzuelos.

El libro de Cela es original de 1945 (con las debidas correcciones de «claros errores de impresión»). En aquel entonces y en la dedicatoria escribía Cela:

«Dedico este libro a los muchachos que escriben versos a los veinte años, los copian cuidadosamente en el mejor papel y los encuadernan luego con primor: preocupadamente, obstinadamente. Hacia ellos está inclinada mi mejor y más sincera simpatía».

Y todavía en una nota que precede a la lectura, añadía en ella Cela:

«En Pisando la dudosa luz del día no cuaja absolutamente nada y todo, o casi todo, se evapora»

En el prólogo, escrito por Leopoldo Panero en 1944, se refiere al texto como «este puñado de versos anacrónicos, crueles, estremecidos y sombríos. Versos escritos en la adolescencia, en la confusa y desbordada adolescencia que cuaja la vocación de la vida, su valor, su mensaje [y que son] anuncio y profecía de que portan cuño y testimonio».

Dice Panero que los poemas revelan «la intuición de la vida como fealdad, como tristeza irremediable», pero que en su lenguaje poético «late un afán constante, comunicativo y misterioso de humana perfección y verdad». También advierte que el surrealismo que los atraviesa es signo muy marcado de su tiempo (del tiempo en el que fueron escritos).

Y todo ello es verdad.

Un verso, del poema «El lagarto del miedo», me resulta ahora particularmente útil.

Dice: «Y me duelen los ojos de tanto sostenerlos».

Algo parecido siento ahora, mientras las volutas del humo del cigarrillo me cruzan por encima de los dedos que escriben en el teclado y los ojos agotados, con su carga de pomada disuasoria, me piden que los vaya cerrando, que me abandone al silencio del tacto, y ello sin tener sueño. Y, ello, queriendo todavía leer muchas muchísimas cosas antes de dormir (como esa trilogía pendiente de Danilo Kîs que aparece en la fotografía, Circo familiar, y que encontré hoy en la biblioteca, como un talisman para la travesía nueva del otoño).

Entonces me acuerdo de una entrevista en la que el escritor José Carlos Llop –aquí– venía a decir sobre los escritores continentales que se marchan a una isla para tratar de «ser otro», que no es más que una falacia y que el escritor insular sabe perfectamente que:

«todo paraíso está perdido y detecta rápidamente el grado de impostura que existe en ese ‘ser otro’».

En definitiva, que yo hoy tampoco quiero ser otro, como Llop, sino que me siento feliz -y en paz- siendo ese hombre alegre por sus cinco pares de calcetines nuevos que me ha regalado Ángela (después de largos meses de náuticas veraniegas, sin calcetines, claro), incluso aceptando el estruendo de pomada en los ojos contra esos ya consuetudinarios orzuelos, provocados por cierto nerviosismo mío y un stress no del todo bien manejado.

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Conspiraciones

Y es así, de verdad, que todo (hoy) parece conspirar contra uno: el dolor de cabeza (especialmente el dolor de cabeza), la lluvia que viene anunciándose desde hace días y no ha traído más que su potencialidad y la impaciencia porque se presente de una vez (y los millones de iones dispersos en el ambiente, en orgía bruta). Y qué decir de ese calor que ya no es calor sino ausencia de frío.

O acaso la infamia de ese cigarrillo que no prende, de esa luz que parpadea inopinadamente, de ese montón de libros sobre la mesa y su grito callado. Y más aún: un artículo que aguarda desde hace semanas y para el que no podemos más que garabatear algunas imprecisas notas.

Ah, y esos versos de Hölderlin, de su poema «Canción del destino de Hyperion» y que me brincan tan pronto abro el libro.

Dicen:

«Pero a nosotros no nos es dado / descansar en nigún lugar» [1]

Y en esto pienso, en que hoy tuve el gozo de una siesta plúmbea. Pero, sin embargo, nada. Un cansancio funéreo que me acosa ahora, y ya desde hace rato, y me derriba; un cansancio al que, a duras penas, me resisto como de rodillas, caminando cual penitente sin maldad o culpa que le asista.

Sí, aquí, sin razón aparente que me hunda en el respaldo de cuero del asiento, pegándome como se pega un plástico a la carne, aquí me hundo, y la espalda y su falsa verticalidad de mantequilla.

Ah, no sé. Lo único es que sí, todas las cosas andan conspirando ahora, en la madrugada inapetente; la pregunta, sin embargo, es: ¿pero realmente conspiran a la contra o en mi favor? Es decir, buscando alejarme de ese algo que no consigo adivinar, ¿me condenan o me salvan?

Difícil saber cuándo una enfermedad del alma es un alivio somático o acaso una condena.

Yo, me siento incapaz de discernirlo; ahora.

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[1] . Friedrich Hölderlin. «Canción del destino de Hyperion», incluído en Poemas, Introducción y traducción de José María Valverde. Ed. Icaria Literaria. Barcelona. 1983. (p. 59)

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POST-SCRIPTUM:

Ayer por la tarde se fallaba el Premio «Mejores Blogueros Jóvenes de Ensayo 2012» –aquí– auspiciado por la editorial Ariel y como celebración de su 70 cumpleaños. En la nota que difundió la agencia EFE –aquí-, ya de madrugada, se hacían eco de lo siguiente:

«El conseller [Ferran Mascarell] ha finalizado su intervención pidiendo participar como oyente en las deliberaciones del jurado para la próxima edición de este premio y ha alabado el nuevo reto de afrontar el ensayo a través de las nuevas tecnologías asumido por esta editorial.»

Fíjense qué fácil sería disipar dudas sobre la honestidad de los jurados, la calidad de los textos finalistas y las razones por las que se premian unos textos y no otros. Cuestión de transparencia. Es muy fácil: permitan que en los concursos literarios las deliberaciones si no abiertas al público en general sí estén, al menos, abiertas a la presencia de los participantes o de una serie de personas que ejercerían, por así decir, un «sistema de control». Es una manera muy sencilla de evitar las suspicacias, y las muchas veces fundadas sospechas de tongo.

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(Otro) apunte sobre los e-mails

Da rabia recibir un e-mail en el que se le dice a uno que le rechazan el texto que ha propuesto para determinado magazine literario.

Claro que sí.
Da muchísima rabia. Uno se enoja con rapidez, de manera fulgurante. Se convierte uno en un bravucón toro enrabietado.

Y uno entonces quizá le da un patada a la silla o acaso piensa en que mejor un puñetazo contra la pared, incluso le tienta a uno el diablillo que nos habita la autoestima y saca a colación una ristra de insultos en los que uno se acuerda de toda la familia del consejo de redacción del magazine literario. Sí, a veces incluso no hace falta elegir entre ninguna de las tres opciones pues todas ellas comparecen de manera simultánea.

Lo repito: que un magazine literario te rechace un texto tiene el efecto de que tu ánimo se vea dominado -¡zum!, con la velocidad del rayo- por la más brava cólera y la ceguera más absoluta, una ceguera pendenciera y brutal.

Sin embargo, siendo esto así, resulta diez mil veces peor que un magazine literario no solo no te dé contestación al respecto de una propuesta que tú has hecho con la mayor candidez, sino que, encima,al solicitar la clarificación de un dictamen, no se dignen ni a contestarte.

Y cuando uno escribe ese mail segundo, para cerciorarse de que su texto no es requerido para la publicación en la tal revista, no se lleva tal acción por resquemor, amargura, o acaso por querer que nos digan a la cara que no nos quieren (sí, esa cosa adolescente del valor -a qué no te atreves a decírmelo a la cara, etc-; en fin). Qué va, la cosa es de lo más prosaico: uno lo único que quiere es tener la seguridad de que el texto presentado a dictamen no es del interés de los dictaminadores y así poder enviarlo libremente a otra revista, sin comprometer su inedición.

Y sé de lo que hablo, pues me ha sucedido que alguna revista que no solo no me ha dado confirmación de la recepción de un texto ni tampoco ha mostrado su interés por el mismo (ni respondido mis mails), finalmente ha acabado publicándolo (sin tampoco avisar, claro) y de esto me he enterado eventualmente por la alerta de google. Y dada tal situación, es más que probable que uno (yo), tras meses de no haber recibido repuesta, haya mandado ese texto a otro sitio, e incluso es más que probable que ese texto ya ha sido publicado por esa segunda revista (sin saber uno que ya fue publicado antes por el editor silente y que, por tanto, el carácter inédito que uno le había prometido al segundo editor ya no es tal).

Y dada tal situación a ver cómo uno explica -sin quedar como un necio- tal situación al segundo editor, el cual es más que probable que piense que le hemos mentido y que somos unos escritores poco serios. Y a nosotros, que nos sentimos unos memos, no se nos quita de la cabeza la idea de que con un sobrio mail de dos líneas se podría haber solucionado este triste desaguisado.

Y todos tan contentos; así: dando un par de patadas a la silla, un puñetazo a la pared, soltando dos o tres o cincuenta tacos y ya.

 

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ADDENDA:

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Leo un artículo de Brett Nelson en la revista Forbes que lleva por título Fifty important lessons New York City taught meaquí-.

En él, en su lección número 48 dice:

*Communicate Like A Grownup: Call to discuss, email to confirm.

Quede dicho, pues.

 

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La barca de Harold, en Revista Coronica

La revista colombiana Coronica acaba de publicar el relato «La barca de Harold», un texto melancólico y pulcro, de esos de emociones contenidas.

El texto íntegro se puede leer aquí.

Como siempre, confío en que sea de su agrado.

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(En torno al) Shandy club

Aquí en La soledad del deseo, recién llegados a la ciudad condal -como quien dice- que estamos (llevamos poco más de un lustro; insuficiente para conocer la intrahistoria literaria de sus calles, bares y librerías), teníamos para nosotros que el Bauma (sito en Avda. Diagonal) era el templo shandy por excelencia; y, por ello, medio secreto.

Y así a él hemos hecho peregrinaje en múltiples ocasiones (como muestra la fotografía de octubre de 2010 publicada aquí y que nos sirvió de cierre de nuestra columna semanal de lecturas Escritor en Allak):

Pues bien, ahora nos enteramos de que ese club ha tenido más socios insospechados.

Lo cuenta el crítico Juan Ángel Juristo en su blog –aquí– al hilo de la fundación -hace dieciséis años- de la extinta editorial DVD ediciones.
Dice Juristo:

«DVD comenzó su andadura hace dieciséis años en el recinto del Bauma, un bar con tertulianos sito en la Diagonal de Barcelona, donde se reunían gentes como  José Ángel Cilleruelo, Esther Zarraluki, Albert Tugues o Rodolfo Hasler, y haciendo honor a lo que se esperaba de una editorial que ha sido referente de una generación, ha desaparecido justo en el tiempo que Ortega y Gasset computó para los recambios generacionales.»

Bendita ignorancia la nuestra, pues.

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Seres de ficción

Estaba echándome una siesta esta tarde, plácida por lo demás, y me vi soñándome en un sueño repetido.
No tuve la certeza de estar soñando -o no solo- sino la de hallarme frente a un sueño ya soñado. Y allá, enmedio de esa repetición, me dije así: sueñas un sueño antiguo, un sueño de otros muchos, un sueño de multitudes.

Obviamente se trataba de un arcano, de un símbolo.

Y pensé, sin demasiada originalidad, que el sueño es una ficción  y que, al igual que la vida, sucede a todo el mundo con idénticas repeticiones.

Entonces, sopesé cuántas personas más habrían tenido hoy mismo ese mismo sueño que yo y cuántas veces lo habrían soñado ya o si sería la primera vez que lo soñaban.

Y, entonces, me han caído, como del cielo, estos versos de Julio Mas Alcaraz, de su libro El niño que bebió agua de brújula (Calambur, 2011),  y que dicen así:

«simular la vida / es el síndrome de la importancia / algunos creen que el tiempo / conserva dirección y progreso / como si los rostros fueran inmutables / y no un mecanismo del dibujo / no, no hay signos válidos»

Eso me ha llevado a columbrar que la calidad de nuestra vida se relaciona con la calidad de nuestros sueños.

Y no tanto hay que valorar en ellos la originalidad como el significado moral que de su trivialidad somos capeces de extraer.

Es decir, los sueños, igual que la vida, e igual que toda ficción, no son más que signos, cuya validez depende de la competencia lectora de cada ser humano que los sueña, vive o lee.

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Literatura bulímica

«Y la literatura no es sino una declaración de amor a la vida», leo en un momento determinado del volumen La cosa en sí (Pre-Textos, 2006) del diario en marcha Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello. Y ahí me detengo; me llama la atención la página: la 111.

Tales circunstancias me han llevado a pensar en la cualidad higienista de la literatura. Y ello por saberme enfangado en un texto más o menos largo que me trae revuelto los humores y, especialmente, la bilis negra de la más melancólica tristeza y el imparcial enojo.

Y es que la cosa puede operar también en su forma contraria; es decir, que la desatención de ciertas manifestaciones literalias bulímicas es, igualmente, una declaración de amor a la vida. Pero una afirmación por defecto y retardada, ya que su cualidad más noble se nos revela ya habiendo concluido su escritura,  y es que nos sabemos en la obligación de evitarle la publicidad y defenestrarla al pozo negro del olvido.

Así, amar la vida es también hacer literatura de nuestras miserias más repugnantes, pero con el propósito de expurgarnos los intestinos y quedarnos en la serenidad necesaria para pergeñar una literatura ya sí comunicable.

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Aire enrarecido

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Leo estos días Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino, de Juan Terranova (se puede leer el libro íntegro -formatos pdf, epub y mobi- y gratis aquí). Uno de los textos que compone el volumen (editado en papel por la editorial Reina Negra, aquí)  lleva por título «Sobre Ricardo Piglia».

Dice sobre él Juan Terranova en la nota final del libro que este texto  salió en la revista catalana Quimera, en su número 325, perteneciente a diciembre del 2010. Pero es seguro que yo no lo leí ahí, aunque recuerdo haberlo leído antes.

En fin, no importa, el caso es que -al hilo de la última novela de Piglia, Blanco Nocturno- escribe Terranova:

«creo que la sintaxis y el vocabulario también se resienten, se cargan de dudas, se empastan cuando no se comparten».

Se refiere Terranova al hecho de que entre la escritura, la re-escritura y corrección y la edición de la novela ha pasado un periodo importante de tiempo (unos cuantos años).

Y esto me lleva a pensar en que lo peor de ser todavía un escritor inédito no reside tanto en el fracaso inherente de la inedición, o en la torpeza de no conocer el mecanismo por el que un editor se ilusiona por un texto y lo hace suyo y quiere apostar por él (o acaso apenas esta última sea la misteriosa llave que no me ha sido entregada, pues ha de decirse que sí ha habido de lo otro, de loa y crítica favorable; en fin, ya saben, falta siempre lo prosaico: show me the money), sino más bien por ese aire enrarecido en el que van habitando los textos que se acumulan, unos sobre otros, como una cuantiosa camada de perrillos todavía inacapaces de ganarse su propio sustento. Esa asfixia de resentimiento y duda que uno nota en cada uno de los textos cuando los (re)visita, releyéndolos y preguntándose cómo es posible que sigan ahí, en una esquina de la habitación, gimiendo porque alguien les traiga un mínimo cuenquito con leche.

Y todo esto lo pienso sufriendo la tercera ola de calor de este maldito verano, que me tiene frito ya; verano del que, mejor quede dicho, comienzo a estar ya harto. Y eso a pesar de que, contra lo que se temía Álex Nortub –aquí-, yo sí he sido capaz de no echarle el freno a la escritura (más bien al contrario).

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ADDENDA:

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Y hablando del asunto, me encuentro por ahí de casualidad con otro texto que me ha gustado.
Es un relato corto del autor peruano Félix Terrones y se llama «Valientes muchachos».

Cuenta la historia de unos muchachos aprendices de escritores que pelean por una beca en París que gana uno solo de ellos: Antonio Carneiro, el que parecía más dotado y esforzado de todos.

La historia, en verdad, se cuenta desde el final, es decir, al regreso de este Antonio, que ahora se hace llamar Tony. Y es otra persona ya, nada queda de aquel joven ambicioso de ojos brillantes. Se ha vuelto gordo y anda saqueándole plata a todo aquel que puede.

Una historia ambientada en la ciudad de México y que habla de los sueños juveniles, de la eventual claudicación a una vida mediocre, de los sueños vividos a costa de un tercero, y de cómo la periferia literaria cree que es París o incluso Barcelona.

En fin, a pesar de su tristeza y de ese aire enrarecido que lo envuelve (o quizá justamente por eso), vale la pena leer el cuento, y se puede leer íntegro aquí.

Les copio un extracto, a ver si animan:

«Vivíamos la bohemia que queríamos, una bohemia de madrugadas, colillas de cigarrillos, cristales rotos y nostalgia de las vidas que no habíamos tenido ni tendríamos nunca. Nuestra bohemia – fraterna reunión de todos los letraheridos del Distrito Federal – tenía algo de profundamente triste que era subrayado cada vez más, conforme nos dábamos cuenta de que estábamos excluidos de todo lo que de verdad tenía interés literario. La verdadera literatura no había sido inspirada en nuestra ciudad, provinciana y polvorienta, sino en otras latitudes en las cuales la belleza había germinado de manera unívoca. Londres, Roma, Berlín, incluso Madrid, pero sobre todo París, eran para nosotros más que nombres de ciudades. Eran contraseñas cuya sola alusión abría las puertas de nuestras imaginaciones febriles a entonaciones cosmopolitas donde la libertad y lo sublime no sólo eran una promesa sino también una condición.»

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BOLA EXTRA:

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The Guardian (quién si no) se ha marcado un mapa literario interactivo de las mejores librerías y localizaciones literarias de UK.

[pinchen en el mapa para acceder a la info]

Y una pregunta que me asalta así hoy, pero que ya me viene tiempo rondado. Veamos, con la cantidad de gente que hay en el paro en España, con la cantidad de aprendices de escritores que hay (o dicen haber),

¿cómo es posible que en los últimos cinco años no se haya creado en España ni una sola maldita revista literaria de calidad, con presencia on-line, con un comité editorial con nombres y apellidos (o sea, con el sistema arbitrado de peer-review), y dedicada al relato corto?

Si en el mundo anglosajón las hay por decenas… y de muy buena calidad.

En serio, no puedo entender esta desidia.

Cómo es posible que no haya un solo sitio serio en el que un escritor sin agente ni contrato editorial pueda mostrar su trabajo.

Cómo es posible…

No-lo-p-u-e-do-en-ten-der.

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Eventos de sociedad

En las páginas de anuncios de un viejo periódico (de 1917) llamado Randolph Register y publicado en la ciudad de Randolph, en el estado de Nueva York, encuentro el apartado Social & Personal una nota que da cuenta de la visita que una tal señora J.S. Monfort le hace a su hermana George Sample.

La nota dice así:

Mrs. J. S. Monfort of Meadville spent several days the first of the week with her sister, Mrs. George Sample.

Sacado de aquí.

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Intimidades

Daniel Cerrejón, «Diario íntimo» (2010)

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Acabo de descubrir algo de lo más relevante para mí -y para mis temores y pesadillas (verbigracia: mis fantasmagorías).
Se trata de algo anodino, en verdad, una cuestión trivial, pero ya digo que para mí goza del mayor status ahora mismo y me ha producido unas consecuencias admirables; sobre todo por lo que respecto a mi consuetudinaria lentitud (de la que me siento razonablemente culpable para la vida práctica en general).

Pero, en fin, vayamos por partes.

Creo ya haber dejado dicho en varias ocasiones que a aquel noctívago que trabaja en la soledad de la noche (sin música, encima) y durante las largas horas sucesivas -y sin descanso- de la madrugada, le sucede en ocasiones que a su soledad le crecen voces, que las cosas comienzan a manifestarse en su silencio inconforme y que uno puede llegar a pegarse sustos realmente importantes, creyendo sentir que presencias informes tratan de establecer un principio de comunicación y diálogo.

Por esa razón tiende uno a minimizar sus paseos por la casa, especialmente en el ala más alejada y lóbrega, allá donde los muebles, el sofá, las ventanas en su altivez ambigua andan en connivencia con lo que pensamos espectros venidos de… de no sabemos dónde.

A ello se ha de añadir mi natural predisposición calmosa al respecto de todas las cosas en general, pero más todavía en lo que respecta a las cosas prácticas en particular (y me refiero desde a la dificultosa y premiosa trabazón que me supone preparar una cafetera o servirme un vaso de agua hasta lavarme las manos o cambiarme la camisa sudada por el calor del verano agostino). A ello ha de añadirse que si sucede que tales actividades las realizo en el entreacto de un momento creativo (en el que mi mente reflexiva doblega y, de alguna forma, paraliza mi cuerpo) el desastre puede ser mayúsculo: puedo coger la cafetera ardiendo con las manos sin darme cuenta, dejar el azucarero adentro de la nevera, etc etc etc

Pues bien, ya digo que hoy -esta madrugada misma- ha acontecido un suceso que no titubeo en considerar de milagroso (y simple, sí, también).

Ajá, sin más preámbulos, la cuestión es esta: he descubierto (en un descuido en el que de repente me puse a correr por la casa, preso del miedo de perder una idea si no la anotaba ipso facto) si te mueves rápido, pero rápido muy rápido, con movimientos secos y cortantes en esa misma soledad ambigua de la noche, tu cuerpo actua como un estilete y corta el aire quedo y enrarecido de la casa como un cuchillo y la queja de su filo suena, ¡tachán! como una voz cortante y femenina. De lo que se desprende que las otras voces que se pueden escuchar -eventualmente- en la madrugada, sinuosas y lánguidas -y también (no sé por qué) femeninas- no son sino efecto demorado de mi propia lentitud torpe al andarme por la casa; en otras palabras, tales voces no son sino un delay de mí mismo cuyos ecos -en forma de voces espectrales- se reparten al albur del viento de la noche, según el capricho de las ondas acústicas que van deambulando por los suelos y rebotan en las esquinas, las puertas y los techos.

Lo cual significa que esa intimidad de uno, que en mi caso se manifiesta en voces que se me declaran presentes en diferido (y por eso me producen sustos de muerte) puede ser modificado por el efecto de la velocidad, igual que sucede en esa obra que ilustra este post, «Diario íntimo», de Daniel Cerrejón, pues si corres tanto como para ir por delante de las voces, tu intimidad queda intacta (pegada a ti, a tu cerebro, a tu cuerpo) y te evitas el riesgo de sufrir un ataque al corazón.
Otro protocolo similar para acabar con estas voces de uno mismo sería el que practica el fotógrafo chileno Jorge Brantmayer en sus Action Paintings (2012) [ver foto debajo], solo que para él el resultado (por tratarse de seis personas realizando el acto a la vez) le sale más bullicioso y ruidoso que a mí o que al propio Daniel Cerrejón. Diríase que nosotros dos encapsulamos la voz para preservar su intimidad y Brantmayer goza destruyendo la frágil burbuja, transmutada ahora en grito: en vísceras privadas que se tornan públicas, quedando a la vista de cualquiera que quiera (ad)mirar(las).

Jorge Brantmayer – «Action Painting» (2012)

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God save the king

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Descubrir (y describir) la incomodidad

Cada uno elige sus métodos y la forma práctica en la que da resolución a sus problemas.

Para mí es el blog lo que me permite dar salida en primer lugar a ciertas incomodidades que me estorban para la vida práctica, señalarlas a base de posts, para obligarme a pensar en ellas, a reflexionar sobre el porqué de su incomodidad. Para, en resumidas cuentas, limpiar la mente de estorbos crepusculares.

Entiendo que haya quien prefiera ser más expeditivo (o que lo sea por carácter y necesidad) y da carpetazo a cualquier asunto que le perturbe. Así: echando a correr y yéndose hacia páramos embellecidos con cristales más hialinos. En fin, cada cual es libre de acomodarse a lo que le sea más benigno.

A mí, ya digo, a pesar de resultarme trabajoso y lento (digo el pensamiento que fluctua en cada uno de los posts de este blog), me suponen una forma de liberación y comprensión de mi entorno que prefiero. Y no solo porque obliga a que uno se proporcione un argumento coherente contra su mal, sino por la rapidez con la que se obliga uno a dar salida a tal o cual preocupación; ergo: la inmediatez de una respuesta (y hablo de rapidez medida con mi propia vara, claro, una escala de valores -por lo general- bastante lenta, si he de ser sincero).  Así que obligarme a tal presteza, me resulta beneficioso.

Y viene todo esto a colación de las vacaciones que parece estar tomándose todo el mundo.

A mí el concepto «vacaciones» siempre me ha parecido sospechoso. Por varias razones, porque justifica los planes previos y las mil disquisiciones en torno a las vacaciones mismas (asuntos entretenedores máximos de lo que realmente importa). De otro lado, me produce recelo pues sé que tras su consecución vendrá el largo dialogar sobre las vacaciones mismas (que habrán de soportar -por suerte- únicamente las personas pertenecientes al círculo íntimo del vacacionador -no veraneante, que eso es otra cosa-). En resumen: que no es más que un pasatiempo para alargar el paréntesis con la vida.

Sin embargo, la vida sigue fluyendo con su impulso irremediable.

Y es que aunque uno esté hamacado frente al más bello cristalino mar con un daiquiri en la mano, el pensamiento (al menos el mío) no se detiene y las incomodidades surgen por doquier. Y sí, hay que despacharlas con alguna prueba razonable de su carga fatigosa.

Aquí, en este blog, por ejemplo.

Post a post.

 

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Encuentros imprevistos

 

1.

Hablábamos ayer de Rilke, y de sus elegías.

Y merece la pena que cuente de qué modo me encontré por vez primera con Rilke.
Creo que no tendría más de doce o trece años y que mis padres nos llevaban a mí ya  mis hermanos con ellos cada sábado a realizar la compra semanal en un megasupermercado (Un Carrefour). Yo siempre me desligaba del trajinar maquinal de los pasillos y me escapaba a la zona de libros y discos y casi siempre volvía defraudo, medio deprimido, o directamente enfadado.

Sin embargo, un día, un día cualquiera de ese invierno de mis doce o trece años, dios sabe de dónde el Carrefour había sacado a la venta un buen montón de libros medio de saldo, libros que seguramente anidaban en el polvo y el olvido y que algún directivo despistado habría comprado sin saber bien qué es lo que compraba.

Entre esos libros, aturdido, estaba Cartas desde Ronda, de Rilke.

Y lo compré (por un precio realmente irrisorio).

*

2.

Los viejos del lugar ya sabrán mi fascinación por el poeta provenzal Frederick Mistral y, en especial, por su hermoso libro Mireio.

Pues bien, leyendo estos días Cartas del verano de 1926 (Minúscula, 2012), encuentro que en una de las cartas que Rilke escribe a Marina Tsvietáieva (fechada el 28 de Julio de 1926) lo siguiente:

«(Tú eres una gran estrella.) Recuerdas cuando el joven Tycho Brahe, que entonces no se dedicaba a la astronomía, era estudiante de la Universidad de Leipzig, habiendo venido a pasar vacaciones a la hacienda de su tío… descubrió que (no obstante Leipzig y los estudios de jurisprudencia) conocía tan bien el cielo, tan de memoria (piensa: il savait le ciel par coeur), que bastó una simple mirada de sus ojos más distraídos que concentrados para regalarle una nueva estrella en la constelación de Lira: su primer descubrimiento en el mundo de las estrellas. (Y ¿no es cierto, o quizá me equívoco, que precisamente esa estrella, Alfa, de la constelación Lira, visible de toute la Provence et des terres méditerranéennes es la que ahora está brillando y se llama Mistral? Y quizá, para que nosotros pudiésemos creer firmemente en nuestro tiempo, hacía falta una cosa semejante: ¿un poeta llevado a las estrellas?» [las negritas son mías]

La referencia que hace Rilke, cuando dice que esa estrella que brilla se llama Mistral, es precisamente al poeta provenzal Frederick Mistral, uno de los autores más queridos aquí en La soledad del deseo.

*

3.

Sirva esto para dejar claro que la intrepidez de toda búsqueda se colma en sí misma, en la provisionalidad intermitente de su gesto, y que, en resumen, de nada es garantía. Que las cosas que han de llegar a nuestra orilla, finalmente siempre arriban, del modo más imprevisto e informal; y fructífero.

*

4.

Hay unos versos del poema de Tsvietàieva «Tentativa de habitación», escrito para Boris Pasternak, que lo dejan bien claro; dicen así:

«No planees, no preveas.

Todo surgirá».

*

*

*

– – – – – – – – – – –

ADDENDA:

El próximo septiembre tendrá lugar en Ronda, en el convento de Santo Domingo, la exposición «Un siglo de huéspedes en Ronda. La huella de Rilke». La misma contará con los fondos pictóricos del Hotel Reina Victoria (donde estuvo alojado Rilke), así como una recreación de la habitación 208 del hotel, que es en la que Rilke estuvo hospedado.
+ info: aquí y aquí.

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En favor de la invención

Escribe el novelista y cuentista norteamericano Richard Ford:

«nunca es posible remontar las conexiones verdaderas hasta su origen, porque sólo existen en esa turbia y silenciosa, aunque fecunda, noche interestelar en la que reinan el impulso, la asociación libre, el instinto y el error» [1].

Se refiere Ford al intento abocado al fracaso de trazar los orígenes de la escritura.

Es cierto que puede que hayan indicios, alguna pista, aproximaciones, pero todo aquello que queda escrito sobre el papel y tiene algún valor, siempre proviene de alguna zona misteriosa, de un punto de equilibrio inestable en el que la tensión de lo que el escritor quiere decir y lo que quiere ser dicho confrontan abiertamente sus razones, llegando a un acuerdo que a ninguno de los dos satisface.

Es esa misma incomprensible razón la que ahora me embarga, (re)leyendo las Elegías del Duino de Rilke y tratando de hallar alguna pista en fotografías y vídeos que encuentro por Internet del castillo de Duino;, sabiendo que mi tarea está abocada al fracaso.

Richard Ford concluye su razonamiento así:

«En mi opinión, no creer en la invención, en nuestros poderes de ficción, sino pensar que todo es rastreable hasta sus orígenes […] es una receta segura para acabar en las borrascas de la decepción y un pequeño pero innecesario reproche a la capacidad salvadora de la humanidad para imaginar lo que podría ser mejor y luego, con sana esperanza, buscarlo» [2].

«Ninguna cosa es ella misma», sentencia Rilke en la Elegía Cuarta.

Sea, pues.

– – – – – – – – – – –

[1 & 2] Richard Ford, «¿De dónde viene la escritura?», incluído en Flores en las grietas, autobiografía y literatura. Ed. Anagrama, Traducción de Marco Aurelio Garmarini. Barcelona. 2012. (pp. 185 & 189)

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Maladie contagieuse

Sharon Kivland, «Je suis malade de mes pensées» (2010)

Y es que así no se puede.

Todo este calor atroz que subyuga a la ciudad; no se puede de esta manera.

Y no porque desmonte la estructura del trabajo, la dedicación o el gusto; para nada, sino que lo que perpetra es la enfermedad del pensamiento.

Es decir, el bochorno crea una retícula de inteligencia autónoma que se te inserta en el cerebro y no puedes sino pensar, pensar y pensar. Y esto de manera más acusada en el sueño que en la vigilia; por ello, se le llena a uno la cabeza de sueños, ideas, más sueños: narraciones múltiples, variopintas, a veces ligeramente interconectadas, a veces fugaces.

Y, así, el problema se presenta después, porque los dedos (mis dedos) son infinitamente más lentos que la tal retícula de pensamientos enfermizos y no hay manera de darles salida, de publicitarlos o proveerles el formato de una narración, una crónica o de ensayar una reflexión que reuna a todas estas ideas dispersas en una teoría más o menos lógica, coherente y unificada.

Entonces, ya lo dije, el problema no es el calor sino más bien el qué hacer con los efectos multiplicativos (en lo que a conspiraciones literarias se refiere) de ese calor.

Dice el artista Santi Moix –aquí-: «Aprendí a no buscar explicaciones, a creer en el orden oculto de las cosas».

Siendo así, y si me viese obligado a explicitar con una sola imagen lo presentido -y sufrido- en estos días, esa enfermedad que no tiene explicación, me parece que no me quedaría más remedio sino que hacerlo con una obra del propio Moix; es la siguiente:

Santi Moix, «Farka» (2006)

*

*

*

ADDENDA:

Y por si a alguien le quedan dudas del secreto conciliábulo de los vapores de esta canícula feroz, sépase que este post hace el número 966 de este blog.

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¿Qué no ves que estamos en crisis?

1.

Pensar el mundo en términos macroeconómicos es, hasta cierto punto, abstruso. Pues en esta esfera todo roza el nivel filosófico de la abstracción. La medición de las fluctuaciones se realiza al tanteo, por sorpresa (es decir, siempre a posteriori) y los planes de control y previsión no son más que quimeras, hipótesis que -tal como nos demuestran cada día los mercados- más veces que menos, fallan.

Así, mejor fijarse en un ámbito más pequeño y manejable (aunque no menos caprichoso). Observando la microeconomía podemos colegir  el valor más ajustado del carácter de las gentes, sus sentires, comportamientos e ideales, pero, por sobre todo, sus protocolos de actuación.

2.

David C. Schmittlen, que es el decano de la Sloan School of Management del MIT, ha dejado dicho que “La innovación no se refiere sólo a un nuevo producto que entrará en el mercado. La innovación puede producirse en los procesos y enfoques para el mercado».

Innovación, por tanto, no es que una empresa (y aquí hablamos de pymes) introduzca sus datos en una base de datos digital igual que antaño se hacía con las páginas amarillas, ni tampoco que permitan el contacto por e-mail (contacto que antes se realizaba telefónica o presencialmente). Eso no es innovación, eso sencillamente es adaptarse a los nuevos tiempos o, si acaso, facilitar el contacto a los usuarios.

3.

Y todo esto para poner en cuestión el carácter de las empresas españolas y con un ejemplo bastante concreto: las empresas de mudanzas.

Me he visto en la obligación estos días de solicitar tal servicio con urgencia y, para ello, he hecho uso de las guías digitales, los listados web de empresas locales y he funcionado de manera preferencial en base al e-mail y a las plantillas que las empresas tienen en sus webs para instarles a la realización de presupuestos personalizados.

He dedicado tres horas (entre las cinco y las ocho de la mañana del pasado lunes) a la tarea de solicitar los presupuestos, detallando pormenorizadamente el lugar de carga y el de descarga, la carga a transportar y sus medidas, y he clarificado por activa y por pasiva de que se trataba de algo urgente.

Diría que, en total, he trabado contacto con diez o doce empresas, de las cuales solamente me han mandado el presupuesto por escrito seis (cuatro de ellas el mismo día de la solicitud y dos de ellas al día siguiente).

Después de mi contacto via e-mail, cuatro empresas me han contactado por teléfono. Una de ellas a las nueve de la mañana del mismo día de la solicitud (es decir, apenas una hora después -o acaso hora y media después- de haberles solicitado la gestión). Dicha empresa, la más rápida, me contacta para concertar una cita con el comercial para que vea in situ -esa misma mañana- las condiciones de carga, así como la carga misma y valorar el tiempo y las dificultades que requerirá el traslado. A los cinco minutos de haber visto todo y tras estudiar las notas que ha venido tomando, el comercial me da un precio y un día y una hora para la mudanza.

Y cerramos el trato allí mismo.

4.

De las otras tres empresas que me contactan via teléfono (esa misma mañana) una me contacta para decirme que me mandará un presupuesto por mail (mándela, buen hombre, de una vez y déjese de avisos), la otra me da un precio por teléfono y un día, y con la tercera empresa acabo discutiendo con el tío que me llama porque quiere cobrarme más horas de las que realmente se necesitan para el trabajo.

5.

Respecto a los presupuestos, solamente uno de ellos es legal y podría ser aceptado en caso de reclamación judicial o queja en la asociación de consumidores, pues es la única empresa que ha puesto toda la información correcta, los precios totales y, lo más importante, un número de CIF. El resto de presupuestos adolecen de alguna información, o bien informan de precios orientativos, o bien no ponen los datos correctos, o bien ni siquiera te dicen lo que costará el servicio, pues no informan sino del precio por hora de sus servicios (¿?).

Eso sí, todos los presupuestos (exceptuando el que viene con el CIF) incluyen un boato en la redacción y el diseño bastante notable (amén de múltiples erratas), dejando de lado la información útil, certera y práctica.

6.

Pues bien, dije al principio que hubo una de las empresas que fue la más rápida en contestar, la más diligente en mandar un comercial para que peritase la operación, y la más clara en cuanto a las especificidades del traslado y el dictamen de un precio. Por si no fuera suficiente con todo ello, el coste del servicio de esta empresa es la mitad del que me pedían todas las demás, y en un caso incluso casi la tercera parte.

Así, volvamos de nuevo a la frase de David C. Schmittlen, que dice:

“La innovación no se refiere sólo a un nuevo producto que entrará en el mercado. La innovación puede producirse en los procesos y enfoques para el mercado»

Y es que no se trata de estar en Internet, no se trata de tener una página web pintona con múltiples fotos hermosísimas y sellos de calidad, ni de tener un twitter o un facebook o un blog o lo que sea. Se trata de que se innove sobre todo en el proceso, especialmente en el trato y la claridad de la comunicación. Y, por supuesto, en la competitividad del precio.

Que solamente una empresa de diez consultadas sea capaz de darme la información precisa que demando, en el tiempo adecuado a mis necesidades y cumpliendo mis expectativas razonables de coste, me parece que algo dice de la economía española, de esa pequeña, la de las pymes, la economía real con la que hemos de tratar a diario y que sostiene a la mayoría de las familias.

*

BOLA EXTRA:

María Fernanda Ampuero escribe para Gatopardo una interesante crónica sobre la crisis española vista desde los ojos incrédulos de una latinoamericana que justamente lleva por título «¿Qué no ves que estamos en crisis?» y que puede leerse íntegra aquí.

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¡Descongélate!

A la 01:09 (hora peninsular) de ayer jueves llegó el verano a España.

Y hoy hizo ya aquí en Barcelona un calor de espanto, y no tuvimos más remedio que acomodarnos al bienestar del aire acondicionado.

Así las cosas, yo, por refrescarme, o porque acaso no quedaba opción viable, me doy ahora a la descongelación de una vieja nevera.

La pongo en el medio de la cocina, cojo unos trapos y unas toallas viejas y cubro el suelo para que el parquet no se estropee. Abro las puertas del vetusto frigorífico y me siento enfrente, a esperar, oteando esa blancura inmensa y acomodando la vista a esa pulcritud del frío que se manifiesta en las primeras humaredas.

Entretanto, fumo; cómo no.

No es tan distinto de otras actividades reguladas por la paciencia, pienso, esta de descongelar un frigorífico; actividades como la pesca (que yo practiqué a conciencia durante mi infancia y adolescencia) o la escritura (que también desde la primera adolescencia practiqué y practico), que no se basa más que en sentarse en una silla, con el computador en marcha y abierta la hoja del word, tentando ese ínfimo fleco por el que -quizá- sobrevendrá la sorpresa de una metáfora idónea. Lo mismo que divisar durante horas el vaivén del corcho que pende de la caña de pescar, en el mar casi en calma, hasta que un pez pica y siquiera lo hunde, si no más que lo ladea o sumerge casi imperceptiblemente, pero uno ya sabe que ahí bajo alguien le está tocando la carnada.

Pues lo mismo con la descongelación.
Hay que estar atento, recogiendo cada poco (primero durante minutos más largos y cada vez más breves) con una bayeta el mínimo charquito que se va formando en el fondo del congelador, y habiendo dispuesto por si acaso un cuenco al final de ese pequeño meandro que le hace de canaleta a la base del frigorífico, para algún posible afluente que se desligase del riachuelo principal.

Y, así, ese goteo continuo del agua, ese clic-clic impávido, me va marcando el ritmo de la madrugada.

Pero luego, además, está el placer de ir incrustando la punta de un cuchillo o el destornillador por los flancos libres que dejan las placas de hielo e ir perforando sutilmente, para pronto hacer palanca e ir sacando los primeros islotes.

O acaso la sorpresa de un ploc, la alegría de un gran ploc que te alerta de que un primer pequeño atolón ha sido vencido y viene a sumarse a la fiesta del charquito con forma de laguna que se viene originando en la base del frigorífico y te dice que ya queda menos para completar la tarea.

Y, después de todos esos indicios, sabiéndome aplicado en la tarea de la descongelación y habiéndome habituado con paciencia a sus ritmos, venir aquí y sentarme un breve segundo en el ordenador, haciendo apenas una pausa en mi cometido nocturno, y decirles hola a todos Vds., queridos lectores que me leen en la complicidad del sigilo, y al bendito verano salvador, con este leve post festivo.

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Remolino(s) [en un estanque soñado]

1.

El pasado, al menos aquel pasado que queremos olvidar (o que acaso ya hemos olvidado), suele tener siempre el rostro de un pedigüeño enfermo y el alma de una guitarra desafinada, normalmente acústica, sin amplificación.

Pensaba en esta brava –y quizá algo pueril- metáfora el otro día, mientras en las playas de Barcelona se formaba una tormenta de arena, un pequeño tornado y, al tiempo, a media tarde, nos vimos sorprendidos en el medio de Plaza Catalunya por un severo remolino de aire que se encarnizó con nosotros, los transeúntes, echándonos las hojas sucias de los árboles contra los rostros, provocando el revoloteo pringoso de una tarrina de helado mal abandonada en una papelera y fumigando de vuelta las cáscaras vacías de insectos porta-enfermedades contra nuestros ojos, nuestras bocas y nuestros oídos.

En eso pensaba el otro día, ya digo, cuando al llegar a casa encontré unas líneas que vinieron a poner coto a mi reflexión. Decían así: “porque no siempre quieres saber ciertas cosas debido a que lo que sabes se convierte en algo de tu propiedad, y hay ciertas cosas que tú no quisieras poseer nunca” [1].

El pasado (el pasado malo, el gravoso y el que aparece como una hipoteca imprevista), visto por un autor argentino que vive en España, como el solar de una casa que se derrumba y sobre el que ya han caído probablemente los rastros de la degradación más putrefacta, esa que viene con el olvido vituperante del transcurrir de los años silenciosos, y así: polvo, polillas, polen, polímeros industriales cargados de mala electricidad puede que algo peligrosa y quizá incluso (filo)plancton pútrido, se han cebado ya con él.

2.

Leo el último número de la revista Ínsula, dedicado a Javier Marías.

Incluye éste un texto del propio Javier Marías que presumo inédito. Lleva por título “Para empezar por el principio”. En él dice, “Cada vez que oigo o leo eso [Basado en hechos reales], lejos de sentirme tranquilizado, o atraído, o intrigado; lejos de pensar que no se me van a contar disparates y arbitrariedades, baraturas y caprichos y coincidencias increíbles; lejos de considerar que se ha añadido prestigio o verosimilitud a lo que me dispongo a contemplar o a leer, me invade una sensación de pereza y de aburrimiento previo, de desconfianza y rechazo, de suspicacia y hasta de escepticismo”.

Y más adelante, prosigue: “Soy de los que opinan […] que la única manera de contar algo verdadero es bajo el elegante y pudoroso disfraz de una invención, precisamente porque el que inventa o fabula […] nunca va a plegarse a las groseras  rocambolescas imposiciones de la realidad” [2].

3.

Pues bien, el último libro de José Antonio Moreno Jurado (Sevilla, 1946), Últimas mareas (Vaso Roto, 2012), explora justamente –pero a su modo, claro- los dos niveles de interpretación apuntados en los apartes uno y dos.

4.

Últimas mareas surge como un milagro después de Las elegías del Monte Atos, de 1997, cuya consumación hubo de sugerir a su autor que su pasión por la poesía se le había terminado.

Sin embargo, diez años después, la poesía volvió a brotar, en forma de breves –pero esperanzadoras- mareas, que vinieron de ese mar “que nunca se pregunta”.

5.

El volumen se concibe como un homenaje sincero al poeta griego Odysseas Elytis (cuya obra ha traducido Moreno Jurado). Y así, en los poemas más largos, se utilizan –igual que Elytis- los asteriscos que separan las diferentes partes del verso, al igual que los espacios versales, éstos para los poemas menos extensos (que vienen numerados). Igualmente, se distribuyen los poemas más breves en parejas, para que queden completos, al modo pictórico, frente al lector.

6.

De un lado, impone Últimas mareas una realidad con su cara más asténica, pero furibunda, pues como se repite en los versos finales de los poemas largos, todo va “hacia la muerte”. Y es por ello que una de estas dos líneas funciona no específicamente como un testamento, pero sí como un recuento de severas dolencias (del alma, se entiende), y que podrían ser expresadas de la siguiente manera: “sentir la atracción impronunciable de la plenitud y, al mismo tiempo, la perplejidad de la renuncia”. Son también estos poemas largos un estudio de la muerte.

Sin embargo, no se piense que es un libro de senectud.

Para nada.

7.

Pues pareja se despliega la segunda línea y que discute contra las baraturas de la realidad y las desoye, re-inventando para ellas “un gesto a la intemperie  / una cierta / utopía un algo para nada”.

Una línea (esta segunda), sin embargo, efímera.

Lo dice Moreno Jurado de la siguiente manera:

“Pienso    con frecuencia   en la vana

intención   de nuestros propios actos  her-

mosos si se quiere   pero inútiles  marchitos

de cara a lo real que nos fue dado  la fragili-

dad imperdonable    de lo perecedero.”

8.

Y una ars poética que lo resume todo:

“He cantado con insistencia * casi en prosa * más el resultado sorpresivo de la acción * que el sentimiento embustero de la lírica”.

9.

Los poemas largos, con su coda final repetitiva, acuerdan una forma de espiral (impulsada muchas veces por un recuerdo); de remolino, en tanto que los poemas más cortos funcionan de modo especular, el poeta tiene de frente al poema (y se da una tendencia a que este suceda en el presente de la escritura), al tiempo que el poema se le enfrenta.

Es por ello que se puede hablar de una estructura bimembre, con dos pilares enfrentados (prosa y poesía / realidad y ensueño / el yo ciudadano pasivo, pero enconado y el yo poeta belicoso, pero grácil), por entre los que un torbellino, a veces apenas una súbita explosión de humo ascendente, a veces un perfecto tornado airado que todo lo trastoca y hace desaparecer, atraviesan las mareas que se le acercan entorno, echando beatífica agua salada en el rostro del lector.

Así, en este libro, escrito en “las órbitas eternas de mi círculo”, “conmigo mismo * a ciegas y palpando“, se muestra “lo que cabe exactamente en el abrazo”; un abrazo hecho de las intransigentes “últimas mareas de la tarde” a las que el poeta dedica su canto jubiloso, a pesar de saber(se) incapaz de doblegar a su sombra disconforme (la incontestable acumulación del tiempo y la estupidez humana y también las injusticias del mundo).

Del resultado de tal precario acuerdo queda como prueba “una bola inmensa de ternura en las manos”, después de que las marcas identificativas del yo sean borradas periódicamente, al modo de la resurrección diaria (o de un bautismo repetido ad hoc), por las mareas, y el yo del poeta no aguarde sino en estos breves versos que nos ofrecen los poemas contenidos en Últimas mareas.

11.

Unos versos que, sin embargo, están hechos de “las palabras más hermosas   las que penetran y encienden la llama de los sueños”.

Porque, lo que se desea, nos dice Moreno Jurado, por mucho que no vaya a ser posible ya, “aún sigue siendo hermoso”.

Así este libro, del que no se puede escamotear su doble vertiente, el de ser una “dura coz * del caballo invisible * que me empuja sin alma hacia la muerte” y, al mismo tiempo, un pertinaz reclamo de la fortuna de haber vivido “como viven los libros”. Esto es: “confundiendo la realidad * con la pasión y el miedo vespertino”.

Pues no es este el libro ni de un cínico, ni de un epicúreo, ni de un cirenaico, como el mismo Moreno Jurado nos dice en el poema con el que se abre el libro y que lleva por título “Confesión personal”, sino el de un hombre idealista y torpe. Es el libro pulcro de un ser humano perdido adentro de sí mismo a quien la ventura de las buenas olas y el chispazo mejor de la poesía más clara y franca, la de los dioses antiguos surgidos de ese gran y viejo estanque helénico  del que hablaba Platón, nos trajeron de vuelta.

El libro pues de un mediterraneista convencido, en cuya garganta enferma –y sin él esperarlo- ha estallado un volcán precioso (obstinado en reavivarle las ascuas).

 – – –  – – –  – – – –  – – – – –  — –

[1] Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Ed. Mondadori, Barcelona, 2011 (p. 53)

[2] Javier Marías, “Para empezar por el principio”, Revista Ínsula (nº 785-786, monográfico: Javier Marías. La conciencia dilatada), Madrid, Mayo de 2012 (p. 6)

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Unas breves palabras sobre el malestar

Escribía Ana María Matute en un viejo artículo de 1961 titulado Otra nostalgia que: «Y creo que la tristeza es necesaria a los hombres, incluso a los niños […] No podríamos vivir, a buen seguro, sin esos instantes de necesaria melancolía, sin la nostalgia» [1].

Pues en esa melancolía racheada he venido regondeándome estos días postreros. Y por solazarme con gusto he venido leyendo Cultura Mainstream (cómo nacen los fenómenos de masas), del periodista francés Frédéric Martel, en la edición de bolsillo que acaba de sacar Punto de Lectura.

Escribe Martel: «el papel del crítico cultural cambia […] el nuevo árbitro tiene la misión de evaluar la cultura, no ya sólo en función de su calidad -un valor subjetivo-, sino también de su popularidad -un valor más cuantificable-. Ya no juzga, entra en conversación con su público» (p. 167).

Pienso que quizá tenga razón Martel, pero que, en cualquier caso, mi único público de estos días he sido yo mismo, lo que implica que todo lo que haya pensado éste -o sea: yo- de la crítica cultural que he venido juzgando mentalmente, en el silencio explosivo de las jaquecas y los dolores brutales de cabeza de estos días, vendrá a resultar improcedente y banal.

Habla Martel de un nuevo capitalismo cultural al que llama capitalismo hip, y asegura que hoy el crítico es un consumer critic (ay, y cómo le gustan a Martel los barbarismos); en su opinión, el crítico le dice al consumidor «cómo gastar bien su dinero en la cultura, mientras que ayer el crítico […] estaba al servicio del arte» (p. 174).

Y añade: «antes era un gatekeeper [el crítico], un guardián de la frontera entre el arte y el entertainment, y un tastemaker, el que definía el gusto. Ahora es un mediador del entertainment o un trendsetter, el que decide la moda y el buzz, acompañando los gustos del público. Al nuevo crítico le importa sobre todo lo cool y, precisamente, lo cool detesta las distinciones culturales» (p. 174).

Pues bien, en estos días últimos de inaudible ruido, mi público (o sea yo) y yo mismo hemos llegado al convecimiento y al acuerdo de que la única instancia de lo cool válida para nosotros hoy -nosotros que seguimos creyendo en el arte- es precisamente estar tristes y melancólicos, y que el mejor modo de comunicar tal infecta situación de desánimo y malestar contra ese capitalismo hip es tirar piedras, en silencio, contra todo y contra nadie, igual que en esa pieza de Jorge R. Nuñez «Canto rodado» (2011).

Quede dicho.

– – – – – – – – – – – – – – – –

[1] Del libro «A la mitad del camino», incluído en La puerta de la luna (Cuentos Completos), Ed. Destino, Barcelona, 2010, (pp. 690-691)

– – – – – – – – – – – – – – – –

Y si a Vd. se le ocurre otro modo de canalizar su crítica, especialmente en lo que se refiere a aunar crítica y negatividad, sepa que el gobierno colombiano ofrece un premio de 1.400.000 pesos colombianos libres de impuestos como premio a aquellas «miradas que trabajen por develar el mecanismo de las cosas; que busquen el revés de cada situación o fenómeno para exponer sus costuras».

+ info: aquí.

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La chispa adecuada

Ajá, acabo de entenderlo.

Llevo semanas y semanas en las que ese ruido me tiene frito y no sé (no sabía) a qué se debe (a qué se debía).

En los pisos del Raval, sobre todo en estos edificios que datan de mediados del siglo XIX (y a diferencia del Eixample, por ejemplo), los patios de luces están hechos de una manera tal que apenas median breves pasadizos de luz y aire entre los diferentes edificios contiguos. Ello implica que apenas le llegan a uno las voces (sobre todo en la madrugada) de gentes que no se pueden ubicar, pues no se sabe exactamente de qué ventanas o balcones proceden las voces de esas gentes, ni de qué edificio exactamente, pues andan todos los edificios de una misma manzana mezclados en una jubilosa arquitectura asardinada.

En fin, que llevaba, como digo, largas semanas escuchando un clic-clic constante desde mi cocina (que es donde yo trabajo), un clic-clic como de grillos metálicos y que yo por momentos he achacado al funcionamiento renqueante de algún electrodoméstico avejentado (y en ocasiones peores a la pura alucinación).

Las voces que a veces escucho cercanas a ese clic-clic metálico (y tampoco mucho, pues gran parte de la madrugada no se escuchan) hablan en árabe, a veces en francés y muy muy esporádicamente ensayan mínimos vocablos en español.

Yo siempre pensé que miraban alguna pantalla conectada al satélite (aunque nunca se me ocurrió barruntar el porqué del silencio de tal televisor, pero en fin) y que las interferencias producirían ese ruidillo, o dios sabe con qué precaria instalación electrónica contarán, me decía; tal vez, el punzante sonido eléctrico de alguna vetusta lámpara de techo o pared, qué se yo… no sabía, todo eran cábalas marcianas.

Y ahora, y a falta de un minuto para las cuatro de la madrugada (supongo que algún significado tendrá esto), ¡zas!, me he dado cuenta de mi idiocia; así, como un puro relámpago, con una chispita ínfima de lucidez como solo a estas horas se puede producir, me ha venido la explicación iluminada: son los cubiletes donde hacen rodar el dado del parchís lo que hace ese clic-clic metálico, rutilante y nocturno.

Mis vecinos conspiran partidas interminables de parchís en la madrugada, en un silencio casi completo, apenas punteado por algunas palabras en francés, alguna frase suelta en árabe y acaso algún sustantivo en español.

Pero, por supuesto, con los malditos cubiletes incesantes en su percutir metálico: clic-clic-clic-clic.

¿Parchís?

Hay que joderse.

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Llegar tarde

Siempre he tenido la sensación de llegar tarde a los sitios, no cuando todo se ha terminado, pero sí cuando las cuestiones de verdadera importancia ya han sido resueltas y no queda sino más que el baile, la danza, el regodeo en lo fútil, por así decir.

Por decisión, nunca he acudido puntual a una cita, y si acaso por un mal cálculo llegaba antes, hacía lo indecible por echar a perder unos minutos y acabar así llegando tarde, llamando además la atención sobre mi voluntariosa presencia demorada en cualquier lugar.

Pensaba (no estoy seguro de si lo sigo pensando) que acudir a un llamado claro, fuera este del tipo que fuese, evidenciaba algún tipo de sometimiento a la voluntad de los otros, que era, por qué no decirlo, un síntoma de debilidad o cobardía o conformidad a las reglas.

El caso es que ahora, por contra, cuando acudo a algún tipo de encuentro, me fastidia si no comienza a su hora. Si la gente se demora o acaso noto cierta indolencia en el desarrollo del mismo. Me fastidia, sí, por qué no decirlo, la parsimonia y ese sentimiento generalizado de “tanto da”. No sé si esto tiene alguna relación con el hecho de volverse adulto, o acaso es una suerte de envejecimiento prematuro (en el sentido de que la constatación de la finitud llama la atención sobre el tiempo mismo que nos queda, limitado, por definición).

Y es que -me he dado cuenta- de que en esos momentos en los que uno aguarda sin decisión clara, motivo o propósito, se siente un vértigo raro, ya que la convicción y el deber de quedarnos clavados en un punto nos lleva a que se nos potencie la conciencia (y, por entre todas, la espacial), y así una fulgurante lucidez se adueña de nuestros pensamientos al darnos cuenta de cómo el resto del mundo gira inagotable, sigue girando impertérrito, mientras nosotros nos mantenemos clavados, en una silla invisible que no podemos abandonar.

Y lo que sucede es que nos abruma otra vez la misma sensación de llegar tarde, de estar perdiéndonos algo (que no sabemos exactamente lo que es) mientras aguardamos sin remedio; pero esta vez, la sensación es más culposa, pues ni siquiera hemos sido nosotros los responsables de este desfase.

Y, así, tal sentimiento incierto de desajuste nos golpea doblemente.

Y es peor, claro, mucho peor.

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«La boda», en Río Grande Review

La revista Río Grande Reviewaquí– de la Universidad de Texas en El Paso ha publicado en su número de primavera  (nº6, Rebirth Issue; con un diseño verdaderamente franzeniano, quede dicho) mi relato titulado «La boda» y que forma parte del nuevo libro de relatos interconectados en el que ando trabajando durante el último año, bautizado -de momento- con el título tentativo de Vientos de Levante.

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Un apunte sobre los e-mails

Detesto en particular los mails no contestados. Y no los mails no respondidos porque el destinatario considera que no merecen respuesta (y así lo son muchos) y cuya contestación entra en el mullido y falible terreno de lo sentimental, del ánimo privado o de la moralidad individual (y es del todo lícito que así sea). No, no. Me refiero a aquellos que albergan en su seno la obligación de la respuesta. En otras palabras, son aquellos mails que se escriben justamente para que la otra persona nos dé una respuesta clara sobre un asunto en particular, una respuesta de puro diáfana: o sí o no. Y, de entre todos esos mails, me refiero a aquellos que han sido refrendados por su destinatario, quien se ha comprometido por escrito a darnos una respuesta clara (o sí o no) y dentro, encima, de un marco temporal restringido (x días, x semanas, x meses).

Ya dejé escrito hace unos días algunas impresiones sobre mi deseo de recibir mails. Lo cual implica: a) que los reviso a conciencia y b) que reviso igualmente la carpeta de spam y, eventualmente, la papelera. Es decir, que va a ser no raro, ni rarísimo, sino de puro imposible que se me haya pasado por alto un mail. Y es que, además, como todo el mundo sabrá, los mails privados brillan de una manera especial entre todo el marasmo de mails; nos llaman, de alguna manera. Tiene un foco puesto sobre sí que acaba reclamando nuestra atención y obligándonos a que los cliqueemos.

Por eso me sorprende que, en muchos casos, y después de los largos meses de espera silente, tengas que ser tú quien le llame la atención al destinatario sobre su incumplimiento del acuerdo. En tales casos, suele suceder que el interlocutor se disculpa, te dice que pensaba que ya te había contestado y te da la respuesta ad hoc (respuesta que, obvio, siempre es un no, sea lo que sea lo que se suponía que teníais entre manos). Sin embargo me ha sucedido estos últimos días algo imprevisto. Al reclamarle a mi destinatario la respuesta acordada, me espeta éste que uy, que ya me había contestado hace mucho tiempo, muchísimo tiempo,  y que probablemente –me dice- se me habrá pasado el mail, se habrá quedado en spam o lo habré borrado (sic). Y, aunque no pida disculpas, aduce en su descargo que si es mi deseo puede (re)enviarme el mail. Le digo que sí, que por favor que me lo mande. Pero, como es de suponer, tal mail no arriba nunca a mi bandeja de entrada porque, básicamente, no existe (no, al menos, en la realidad carnal de los bits).

Lo referido hasta aquí resulta algo sintomático del presente. Y es que los mails, al no producirnos una sensación física de cansancio y movimiento, pasan silabeantes y livianos por ese flujo de datos en que se ha convertido hoy nuestra vida. Una carta, escrita a mano y en papel, nos obliga(ba) a una serie de gestos, movimientos y acciones cuya suma determina(ba) que en nuestro cerebro quedase consignado el hecho como “realizado”. La ventajosa fluidez del mail tiene un gran defecto y es que, al no obligarnos a esfuerzo de ningún tipo, sino más bien resultando ser una traslación mental rápida y que –por ello- se olvida con facilidad, no podemos estar seguros de su existencia. De su existencia mental, sí, desde luego, pero no de su carnalidad de bits. Así, la consecuencia es que alguien te asegura que te ha enviado un mail que –en efecto- no te ha enviado y, strictu sensu, no te está mintiendo, pues él piensa que sí lo ha hecho (pues así ha quedado registrado en su cerebro el movimiento mental de la escritura del mail, pero no su traslación real), pero la realidad es que ese mail –al menos hablando no en términos telepáticos, sino de interfaz- nunca ha existido, ni en la bandeja de enviados de tu interlocutor ni en la bandeja de entrada tuya.

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La escritura (in)interrumpida

Muy al principio del quinto tomo de sus diarios, que se corresponden con los años 1998-2000 y que fueron publicados en 2006 bajo el título de La escafandra (Ed. Destino), deja dicho lo siguiente José Carlos Llop: “Esta tarde estaba escribiendo mi artículo semanal para el periódico. Ha sonado el teléfono. Cuando uno escribe, siempre acaba sonando el teléfono” (p. 17). Pero luego, un poco más tarde, matiza: “El teléfono es el cordón umbilical de los afectos. Cuando un teléfono deja de sonar, es que nadie ama a su propietario” (p. 21).

Deberíamos hoy sustituir el teléfono por los mails, menos ruidosos e intrusivos. Pero, sin embargo, igualmente distractores. Pues lo que de un mail nos provoca impaciencia y nos obliga a detener el trabajo y a (des)concentrarnos ni siquiera es el mismo mail, sino el deseo de su presencia en nuestra bandeja de entrada.

Si al levantarnos por la mañana no encontramos una buena decena de mails pendientes (así sean de propaganda o suscripciones de un blog o novedades editoriales o anuncios de presentaciones o saraos diversos) pues nos entra como una desazón tremenda. A mí me sucede, el menos. Pero tal buena decena de mails mañaneros, contra contentarnos para el resto del día, nos aturde, pues su presencia temprana alienta en nosotros la esperanza de que a estos mails corporativos o impersonales les sucederán otros íntimos, de implicaciones individuales y con proyectos, propuestas o sugerencias exclusivas, para nosotros; para nosotros y para nadie más.

Pero, claro, no es lo que suele suceder. O no, al menos, a mí. O no, al menos, con la frecuencia que yo desearía (o que creo desear).

Así, lo que sucede, es que en las largas horas de la noche, mientras uno escribe, alejado del mail y de Internet, habiendo puesto todas las vallas, trabas y obstáculos que ha sido capaz uno de disponer entre su actual dedicación laboriosa a la escritura y el deseo, la esperanza y la ilusión de algún mail nuevo, el tranquilo equilibrio de la madrugada, vencido al silencio ecuánime y pausado, se rompe. Por alguna razón, la que sea, se nos rompe. Y allá que dejamos lo que estamos haciendo y nos vamos, cada poco rato, a comprobar el mail de nuevo, por si en un descuido hubiese arribado ese tan ansiado mail que nos transmite los afectos de las personas por nosotros queridas y que viven a una distancia insuperable, distancia que –claro está- no permite los encuentros personales.

Pura y perentoria nostalgia del presente (de ese mail que está pero no está, ese mail incorpóreo que se nos anuncia por virtud de nuestra ingenua esperanza, la de sentirnos –la de querer sentirnos, mejor dicho- en todo momento en la mente y los afectos de los otros).

Quizá, en el fondo, igual no sea siquiera una cuestión tecnológica, sino más bien la tragedia de tener que poner siempre a prueba nuestros afectos, como si la velocidad en la que vivimos nos alentara el miedo de pensar que, de distraernos un momento en algo que sea privado y ajeno al mundo exterior, se habrá provocado una fractura irrevocable en nuestra relación con el mundo y los demás se habrán olvidado de nosotros, para siempre y de manera fatal.

El miedo de que la soledad de la escritura se nos torne crónica y se nos cuele en todos los ámbitos de la vida, será, supongo.

O quizá, en el fondo, lo único que quería decir de una manera ciertamente alambicada y elusiva, es que todo, absolutamente todo, (con)tiene la potencial amenaza de distraernos de la escritura.

Igual por eso deseamos con tanto ardor que nos envíen muchos mails, para poder tener la excusa de contestarlos, para al menos escribir algo (y poder sentir que sí, que estamos escribiendo), ya que –de repente- nos hemos quedado bloqueados en nuestro trabajo de ficción y nos damos cuenta de que llevamos más de cinco horas y no hemos sido capaces de avanzar siquiera más allá de unos frágiles párrafos inconexos. Párrafos que, encima, ya no van a leer sino los enanillos alborotadores que habitan la papelera de reciclaje de nuestro portátil.

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Cosas que suceden juntas

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Elogio del estanquero

Cerca de mi casa hay varios estancos a los que suelo acudir, pero en especial hay tres de ellos que, por la proximidad, suelen ser los más visitados por mí.

Uno, el más cercano, lo lleva una señora de unos cincuenta años, es seca, adusta, y su cordialidad es fingida hasta la náusea; siempre da la sensación, además, de que ella no es la propietaria, de que está esperando a alguien, de que te atiende porque, bueno, ya que está allí no le cuesta nada, tampoco. La mesa desde la que despacha sigue teniendo el mismo cristal y está construido en la misma madera que desde que abrió, en algún momento incierto de los años ochenta. En el espacio ofrecido para la espera al cliente que aguarda, tiene el estanco todavía uno de esos cubiletes rotatorios que ofrecen dvd´s pornográficos y cd´s de rumba y afines.

El otro estanco queda un poquito más lejos de mi casa, a unas tres manzanas, y es nuevo, galantemente diseñado y con multitud de oferta paralela (y no solo de habanos, para los que tiene un espacio especialmente dispuesto, sino chucherías, llaveros, chicles, postales, camisetas, etc). Lo suelen atender dos o tres personas (a veces, incluso cuatro), de diferentes edades y generaciones; depende del día, la hora o las ocupaciones de los dependientes. Y es que, a lo que parece, son todos familia entre sí, por lo que se intuye cierta flexibilidad en los turnos. Aquí no son atentos, sino que, parodiando aquella canción de Astrud, se convierten en los amigos instantáneos. Son tan amables, tan educados, tan solícitos y se preocupan tanto por tus cosas, que si les fallas varios días seguidos ya comienzan a temer que hayas estado enfermo, te hayas marchado de vacaciones o pienses mudarte de barrio.

Por el contrario, el tercer estanco es un cubículo de no más de cinco metros de largo por uno y medio de ancho, uno de esos locales comerciales no ya minimal, sino de puro ínfimos que se inventaron hace años los propietarios de las fincas de pisos para rentabilizar la entrada de los portales, partiéndolas en dos. Es angosto, con poca luz, las paredes no han visto la pintura por largos años, y no hay ningún tipo de oferta añadida. Además, la oferta del propio tabaco es frugal, lo básico. Nada de excentricidades, ni caprichos ni variedad de marcas. Lo justo y necesario (y, a veces, ni eso), nada más. Sin embargo quien lo atiende (un hombre de unos cuarenta años, de complexión fuerte y perilla) es correcto, mesurado, nunca da la impresión de que le estés molestando, pero tampoco da la impresión falsa de que te estaba esperando. Es, pues, neutral. Te atiende con una sonrisa, y nunca pregunta más de la cuenta. Sí tiene, claro, sus leves complicidades al hacerte eventualmente algún comentario, (re)conociéndote la asiduidad y ese cierto afecto que procura la rutina con alguna apreciación sucinta y respetuosa, pero de ahí no pasa. Si te lo encuentras por la calle, además, te suele saludar con un gesto de cabeza, ni se esconde como la señora del primer establecimiento mencionado, ni viene con intenciones de darte un abrazo como los variados dependientes del segundo estanco al que me referí.

No puede ser baladí, ya que estamos, que el tercero de los dependientes de estancos de los que vengo hablando sea un lector. Y un lector voraz. Siempre que entras al estanco tiene un libro entre las manos (y me refiero a un libro gordo, un buen pedazo de letra impresa), abierto sobre la mínima tabla que le sirve para despachar. Y aunque sabe que tú sabes perfectamente que le estás interrumpiendo, jamás le he visto hacer ningún gesto de fastidio o disgusto. Es el único de todos ellos, además, que he visto merodeando por el mercado dominical de libros de Sant Antoni.

Y traigo hoy a colación todo esto, ya que ayer dejaba escrita mi alabanza del libro impreso, por un suceso acontecido esta misma tarde. Se da el caso de que hoy al entrar a comprarle el tabaco al estanquero lector me he encontrado que sobre la mesa tenía un e-reader. Incrédulo le he preguntado lo obvio, ¿pero, no te molesta tanto rato leer ahí, en ese cacharro? Qué va, me ha respondido, es tinta electrónica, no hay reflejos, no cansa; es ideal, me ha dicho. Me ha confesado también que lee cinco o seis libros a la semana. Con su habitual franqueza de ojos limpios, ante mi reparo frente a su e-book, me ha argumentado las consabidas razones prácticas: es que así puedo descargarme un montón de pdf´s. A lo que ha añadido el prurito incuestionable: y gratis.

Voilà: la palabra mágica.

Ah, claro, claro, he concedido yo, como si fuese la cosa más normal del mundo.

De vuelta a casa, he estado pensando en buscarme algún subterfugio para conseguir yo también el tabaco gratis, porque, digamos la verdad, los paquetes de Lucky Strike no valen lo que cuestan, de tanto impuesto con el que vienen gravados. Más o menos lo mismo que sucede con la gran mayoría de libros que se publican hoy, que llegan a tu escritorio después de haber pasado por tantas manos que su precio se ha triplicado, siendo su valor el mismo, o a veces, incluso menor.

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Subordinación y Servidumbre

Forrest Best, "Untitled" (1946)

Íbamos el otro día en un taxi camino del dentista cuando, por ser cordial y no parecer mezquino, desatento o quizás altivo –y como suelo hacer casi siempre-, intercambié unas breves palabras con el taxista. Todo muy leve y epidérmico. Lo que viene siendo usual cuando uno no quiere resultar grosero y, tras el ordenamiento de una tarea a alguien, hace por distender la jerarquía mentando algunas frases convencionales, de puro trato cortés. Lo normal suele ser que entonces, tanto quien da la orden como quien la acata, ambos amparados por la consciencia –adulta- del trato mercantil, se ocupe con lo suyo. En el caso que nos trae aquí: el taxista concentrándose en el gps y el estado de las vías de circulación, los semáforos y el resto de vehículos y eventuales viandantes que pudieran entorpecer o poner en peligro el correcto cumplimiento de su labor y el otro, o sea nosotros, los viajeros, concentrándose en sus asuntos, en una charla no íntima, pero sí privada, o acaso sencillamente en mirar el breve paisaje que dejan ver las ventanillas de un taxi.

Pero esto, que debería ser lo habitual e incluso lo deseable, no se dio de esta manera, sino que el taxista, rompiendo las más elementales normas de cortesía, enseguida entró al asalto de la fortaleza de la privacidad y la burbuja personal que nos otorgamos entre desconocidos quedó, de inmediato, en serio peligro. Claro que no la nuestra, sino más bien la suya. En tal caso, en el supuesto de que el osado taxista (de 38 años, ya se ocupó de hacérnoslo saber, y separado –no divorciado, tal matiz también lo recalcó en varias ocasiones) hubiese pretendido inmiscuirse en nuestros asuntos, hubiera sido más sencillo, pues simplemente con no contestar, saliendo con evasivas o reconduciendo la charla hacia otro lado, tal vez se hubiese dado cuenta el taxista de que no era pertinente seguir por ahí. Ahora bien, qué hace uno cuando la persona a la que le está pagando por un servicio comercial –y solo por eso-, y amparado por la trampa de un coche cerrado del que no se puede huir,  comienza a contarle a uno –sin parar apenas para respirar- toda su vida y milagros. Y no hablamos ya de cuestiones superficiales, sino de un verdadero drama (contado con detalles escabrosos e impúdicos) y con múltiples personajes involucrados.

Me sucedió lo mismo varias semanas atrás, mientras esperaba a un amigo en una coctelería. El camarero, a sabiendas de que no me quedaba más remedio que escucharle, y habiendo sido yo, como suelo, amable y cordial de primeras, por distender aquí también el trato comercial, se lanzó a contarme igualmente su vida y milagros, con una profusión de detalles y variables que, sinceramente, me dejaron estupefacto. Y violentado, además, por verme en la obligación de tener que inmiscuirme (por razón de la mera escucha activa) en experiencias y pareceres que no lo solo me eran ajenos y, obviamente, no solicitados, sino que no sentía por ellos el menor interés. Y ello porque no se trataba de ideas o análisis sobre cosas vagas o abstractas o acaso cuestiones que atañen al ciudadano y sobre las que, tal vez, podríamos haber mantenido un coloquio. No, tanto en el caso del taxista como el del barman, su conversación se circunscribía exclusivamente a hechos personales, radicalmente subjetivos y, por tanto, basados únicamente en la opinión de los sujetos que hablan y que, con ello, mantienen bajo un yugo invisible y temporal a quienes les escuchan. Y es que poco se puede argüir o contra-argumentar en virtud de hechos que ni nos conciernen, ni mucho menos estamos capacitados para juzgar.

He estado pensando sobre ambos hechos durante las últimas semanas. Sobre todo a raíz de un documental que vi hace unos días llamado La ansiedad del statusaquí-, del filósofo y escritor suizo Alain de Botton.  En él se venía  a decir más o menos que el gran trauma contemporáneo es que la gente no sabe nunca a qué atenerse y eso crea frustración y melancolía, y ello por la causa de la –supuesta- laxitud de la escala social. El liberalismo salvaje que domina este capitalismo tardío en el que hoy vivimos nos ha hecho interiorizar la idea de que seremos capaces de movernos sin dificultad en la escala social; de que, en verdad, es nuestro derecho el poder acceder a todos los órdenes y a los diferentes status, y que todo depende exclusivamente de nuestros talentos, sacrificio, trabajo y disciplina. Pero esto, como cualquiera sabe, no es cierto en absoluto. La tesis del documental era que en la Edad Media no existían estos problemas, porque uno sabía dónde nacía y sabía dónde iba a morir, y de qué modo ganarse el pan y cuánto pan –como máximo- le estaba permitido ganar. Por lo tanto, no se hacía ilusiones vanas sobre su progreso ni mejora social, ya que la posibilidad no es que fuese remota, sino inexistente. Y tal conocimiento le libraba de su ansiedad, y le hacía vivir paradójicamente libre y feliz, adentro de unos límites perfectamente definidos. Uno sabía lo que se esperaba de él y lo que no, lo que podía hacer y lo que no.

Hoy las probabilidades de cambio y mejora parecen infinitas, pero son realmente limitadas; sin embargo, se sigue cultivando la ilusión de su posibilidad real. Y esto, obviamente, crea frustración, ansiedad, y una alergia insoportable a que los demás perciban nuestra subordinación y, más aún, nuestra servidumbre. La razón, a mi entender, es de naturaleza especulativa. Y es que, en diferentes momentos y por diferentes razones, ámbitos ajenos y extraños, por variados motivos se han venido tocando. En el caso de los últimos años en España esto se ve muy claramente con la hinchazón económica de la época del ladrillo, cuando obreros especializados venían conduciendo los mismos coches que personas con profesiones liberales, y largos años de sacrificios universitarios. E incluso los mismos coches que sus jefes y/o patrones o acaso muy parecidos, de similares características.

Algo que me llamó la atención de los casos del taxista y del barman es que su efusividad dialéctica se produjo en un espacio limitado condicionado por un tiempo específico (y finito). Ambos sabían que, en breve, iba a desaparecer yo de su espacio de control y ambos, con frenético delirio, se obstinaron en que me formase una opinión diferente de ellos a la que ellos temían me hubiera formado de no haberse ocupado ellos en hacerme partícipe impunemente de sus vidas (lo cual, nótese, implica la soberbia de ponerse uno mismo en un escalafón de magnífica importancia para el otro). Dos rasgos se destacaron en ambas situaciones: el ruido lingüístico (destinado a que el mensaje quedase borroso) y la urgencia. Y esto porque no estaba en su ánimo transmitirme ningún tipo de mensaje, sino más bien apenas un tono: el eco de una reverberación pasada. Y ello (y esto lo pienso ahora, sobre la marcha) en la confianza de que el eco se mantuviese en mí como amplificador -y cable eléctrico- hacia el futuro.

Lo único que querían es que yo supiera que en el pasado no estuvieron donde están hoy y que el hecho de que ahora estuviesen ahí, no obedecía sino a una cuestión meramente circunstancial y, por qué no decirlo, de mala suerte o fatalidad exógena. Resultaba meridiano, además, que la veracidad de los hechos que contaban era francamente dudosa (hechos que yacen deliberadamente en una indiscernible y premeditada nebulosa). Y es que su propósito era otro, que guardase recuerdo de algunas anécdotas (convenientemente falseadas, tanto da) que demostraban que: a) habían viajado por lugares exóticos, b) que habían vivido tórridos, dramáticos y peliculeros romances amorosos y c) que eran tipos resueltos, con ideas claras sobre la vida, con una filosofía básica, pero férrea sobre el bien y el mal. O sea, supuestos hombres libres.

Tanto el taxista como el barman quieren/querían que su interlocutor (supongo que igual que conmigo lo harán con todos aquellos que les den la oportunidad) sepa lo siguiente: “yo también tengo una vida plena, un pasado, unas vivencias, caballero, aparte de estar aquí ahora en el taxi y/o como barman de esta coctelería; la tuve, esa vida diferente, y quizá la tendré de nuevo, en algún probable futuro, que Vd. me vea ahora aquí, no teniendo más remedio que someterme al capricho de su demanda y o pedido es apenas azaroso y, por sobre todas las cosas, tenga en cuenta que es una situación reversible y que tal vez mañana sea Vd, quien reciba mis órdenes”.

Se pueden hacer, en mi opinión, dos lecturas fundamentales sobre el asunto que nos ocupa. La primera es bastante evidente, y es que la gente (o una cantidad apreciable de la gente) no siente ya que su trabajo la defina. No, al menos, si es que se hallan en puestos de clara subordinación y/o servidumbre. Pero esto es absurdo porque en mayor o menor medida, todos estamos subordinados a algo o a alguien y servimos a uno u otro fin. El hecho de sentirse subordinado es una cuestión moral (lo invisible), en mi opinión, y no tiene que ver con las circunstancias (lo visible). La segunda lectura sería que la gente (o cierta gente) sometida a una tarea subordinada tiene tendencia a hacer alegatos en favor de la libertad. Y no tanto la vivida, como la percibida o presentida o deseada y que se pretende hacer real con las palabras. En mi opinión, la libertad no se explicita (de manera visible) sino que se vive o no se vive (de manera invisible; dado que es una actitud); se experimenta, pues.

Sin embargo, lo más terrible de todo es aventurar una tercera lectura: que no quede ninguna esfera que no se halle mediada por lo económico. Así, tanto el taxista como el barman lo que estaban haciendo conmigo (y con todo aquel –supongo- que les deje) era capitalizar sus experiencias, sus deseos, su imaginación y, por qué no, incluso su delirio, utilizando todo esto como signo de estatus (el estatus del hombre auténtico, aquel que no se deja avasallar por quienes percibe que le ordenan, demandan o exigen una tarea o servicio).

Lo irónico del asunto es que tal actitud justamente demostraría una subordinación extrema no solo al dinero, sino más todavía a su desmedida ambición personal. La consecuencia es que esta tipología de ser humano (según nos demuestra su comportamiento) se sentiría –sin llegar incluso a sospecharlo- doblemente esclavizado, y lo peor es que se trataría de una esclavitud que proviene de su visión subjetiva y que, por ello, se produciría con su consentimiento y beneplácito.

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Trapiello (Re)Visited

Matias Faldbakken, "Deichmanske" (2008)

Es cierto que un libro nunca es el mismo dependiendo de la edición en la que se lo mire. Y es que, sin restarles la más mínima importancia a su contribución a la labor de publicación ininterrumpida de los diarios de Andrés Trapiello, se ha de decir que las ediciones originales de Pre-textos son absolutamente inmanejables.

Y es una suerte, pues, que Austral se haya decidido ahora sacar algunos de estos volúmenes en bolsillo, a no más de doce euros por ejemplar (seiscientas págs., más o menos, cada uno): El fanal hialino y Siete Moderno son, de momento, los volúmenes a disposición del lector.

El primero de los volúmenes de Salón de pasos perdidos que leí fue, creo, Las inclemencias del tiempo. Y de esto hace apenas unos meses. No mucho. Después encontré Do fuir (ambos sacados de las bibliotecas públicas). Pero no encontré más. Y me quedé con las ganas, hasta que –de pura casualidad- encontré en Casa del libro de Passeig de Gràcia el volumen El fanal hialino en Austral. Y finalizado con este, volví otro día de puro azar y di con Siete moderno. Me quedan menos de cien páginas para terminarlo.

Anoche me desperté, preocupado, y me marché a la cocina a fumar un cigarro sonámbulo. En el desvelo, me puse a buscar en la página web de la editorial Austral y no di con ninguna información que asegurase la próxima publicación de algún nuevo volumen del escritor leonés. En la fnac, sin embargo, sí aparecieron un par de volúmenes en la edición de Destino bolsillo de las primeras entregas del Salón, y ya los tengo pedidos.

Pero me gustaría poder leer, si no al completo sí en su mayor parte, los diarios de Trapiello. Y, con toda sinceridad, ya no es que las ediciones de Pre-textos sobrepasen en algunos casos los 30 euros, es que se necesita una grúa para sostenerlos sobre la cabeza, si es que uno decide leerlos echado en la placidez del sofá. Y, así, entenderán que no se puede.

De hecho, ya lo dije al principio, estos diarios de Trapiello, leídos en estas ediciones de bolsillo de Austral, se disfrutan más, mucho más. Es un formato que les sienta bien, y no todo ese boato anterior, esa solemnidad pomposa del volumen tipo obras completas. Ah, no, así con su blandura, su pequeñez, se sienten mucho más cálidos, y le acompañan a uno mejor en esas horas muertas en las que no quiere uno concentrarse demasiado en nada, en esos ratos inservibles del existir cotidiano que serían –de no acompañarnos la voz de Trapiello- mucho más penosos, si cabe.

Ojalá pues se decidan los señores de Austral a seguir sacando todos los volúmenes del diario de Trapiello o acaso unos pocos más; sepan que le alegrarán la vida a uno, en estos tiempos nuestros tan llenos de esas ingratas horas inservibles.

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