Un apunte -más o menos rápido (y enconado)- sobre lo que entendemos por cultura

Raffi Kalenderian, “Self-portrait” (2008)

Recuerdo cómo en cierta ocasión, y me refiero a un evento público (a un curso de extensión universitaria, para más señas) y frente a cierta algarabía que se había montado por la supuesta indignación de algunas personas ante lo que era o no era arte, o lo que -mejor dicho- debería considerarse arte contemporáneo, recuerdo, ya digo, que David G. Torres dijo “yo creo en esto”.

Se refería a la cultura.

Dijo: “yo creo en la cultura”. E implícito en su declaración venía el hecho de pensar que  si no hacernos mejores, sí al menos tornarnos mas críticos, que éste es el efecto que el arte vendría a producir en el ser humano.

Traigo esto a colación no porque me resultase llamativo que Torres dijera tal cosa, sino por la incredulidad que supone tener que oír como alguien se ve en la obligación de profesar tal acto de confesión pública.

Y me he acordado de esto al enterarme del comunicado SOS –aquí– de la librería Robafaves de Mataró en el que solicitan -bajo la forma encubierta del mecenazgo- 250.000 euros (sí, un cuarto de millón de euros, ahí es nada) para hacer frente a sus innumerables deudas.

Sucede que existe una praxis bastante perversa en el mundo de la cultura y que resumiéndola mucho consiste en lo siguiente: cuando la cultura se quiere presentar como negocio, el beneficio se concentra en las manos de unos pocos, pero cuando la cultura se convierte mágicamente en ocio no solo deviene propiedad -inmaterial, claro- de una multitud, sino que tal multitud ha de poner dinero de su bolsillo en aras de los beneficios magníficos que la cultura supuestamente proporcionaría al ser humano.

Sin menospreciar -en absoluto- los logros y méritos de la librería Robafaves (a la que se le han concedido importantes premios por su difusión de la lectura), merece la pena llamar la atención sobre un punto clave de este llamamiento suyo “a la complicidad”.

En los momentos de expansión (la librería fue co-propietaria de la libreria Catalonia, justo al lado de Plaza Catalunya en Bcn y fundó junto a la cooperativa Abacus el espacio Actúa en Mataró) no se tomó en consideración la opinión de nadie que no fuese socio de la cooperativa (lo cual resulta bastante lógico). Sin embargo, cuando vienen los problemas, problemas que no parecen ser debidos a la falta de liquidez o a la imposibilidad de tener un buen stock (aunque también) e incluso al descenso de las ventas en el sector del libro (que sí, que también), sino que provienen justamente de las deudas acumuladas del espacio Actúa (que según confesión de lo propios cooperativistas dio pérdidas desde el primer día) y que se deben al afán expansionista (verbigracia, lucrativo) se propone como medida de salvación el llamamiento popular.

Es decir, que cuando una cooperativa (formada por socios trabajadores) tiene afán de expansión mercantil (y, por tanto, de aumentar el lucro económico; intención que, en principio, sería antitética a la base fundacional de su constitución) funciona como una empresa más, pues todo bien, sin problemas; sin embargo, cuando dicha cooperativa tiene problemas graves (por causa justamente de un endeudamiento hiperbólico) resulta que se nos presenta bien parecida a una suerte de asociación filantrópica y se pide a los consumidores (que ahora ya no son consumidores sino “cómplices”; nótese el eufemismo) deben hacerse cargo de tal empresa fallida en base al mecenazgo; una inversión elefantiásica en la que no tienen ni tuvieron voto ni participación, pero de la que ahora deben pagar, como comúnmente se dice, “los platos rotos”.

Esta trampa del capitalismo emocional que sucede en el mundo de la cultura (y valga el caso de Robafaves no más que como uno entre los miles de ejemplos que existen) es ya endémica y no parece que Internet haya venido a solucionarla. Porque permítanme extender el razonamiento a las empresas culturales más populares en la red: las revistas literarias y/o de cultura.

Prácticamente la totalidad de ellas no pagan. Pero con matices.

Es decir, no pagan a los que escriben justamente porque creen en la cultura, porque piensan que es bueno para la gente, que les hace críticos y, en el fondo, más libres. Pero sí pagan a determinadas firmas que ya venían publicando (y cobrando) en los medios convencionales del papel.

Por supuesto, huelga decir que los directores, maquetadores y la secretaria (siempre hay una secretaría, vaya Vd. a saber por qué, y normalmente tiene algún vínculo de parentesco o emocional con el director) de tales revistas sí les pagan (o mejor dicho, se auto-remuneran), cómo no, pues como podrán ver (y a poco sean un poco perspicaces ya sabrán a qué cabeceras me refiero) la publicidad está presente en tales páginas. Y el anunciante, por supuesto, paga. Sea poco o mucho eso resulta improcedente.

A partir de un euro ya estamos hablando de dinero y, por lo tanto, de afán de lucro.

Decía Trapiello en algún lugar de sus diarios que hay cosas que sólo se pueden escribir gratis y que hay otras que sólo se pueden escribir por dinero.

Yo creo en eso.

No tengo ningún problema en admitir que ciertos textos sólamente deberían escribirse desde la libre gratuidad y el compromiso con la cultura. Ahora bien, tal compromiso debe ser respetado por todo el mundo. No es posible que los que creamos en la cultura hagamos ciertas cosas de manera absolutamente altruista mientras haya alguien que esté poniendo la mano y aprovechándose de tal altruismo (sea por la vía de la subvención, la publicidad o la venta de ejemplares).

La cuestión aquí es de nuevo la misma: en el momento en el que los ingresos por una actividad se multiplican, no se reparte de manera solidaria, sino que quedan concentrados en las manos de unos pocos (y dicho de manera más clara, normalmente el sustento de esos pocos se consigue gracias a la colaboración desinteresada -o esclavismo, según se mire- de unos cuantos muchos) . Sin embargo, cuando a tal actividad relacionada con la cultura (y aquí hablamos de revistas) no les va bien con los ingresos, se pide la colaboración desinteresada de los escritores apelando a los beneficios de la cultura (o peor, a esa supuesta e incalculable “visibilidad”), e incluso, a veces, se llega al punto de pedirles directamente dinero, bien como donación, bien como suscripción (lo cual, queridos, es producto de la desvergüenza más infame que he visto en mi vida).

En fin, que sería bueno que nos pusiésemos de acuerdo sobre a qué nos referimos cuando hablamos de cultura y a qué nos referimos cuando hablamos de negocio. Y que tengamos claro que sí, que ambas cosas pueden estar relacionadas (deben estarlo, más bien), pero que aquella no puede pagar los cristales rotos de este. No, al menos, basando el argumento en una apelación mostrenca a la magnanimidad del espíritu.

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