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Brossa (secreto)

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El aleph poético (de Barcelona)

1.

Releo estos días “El Aleph”, el mítico cuento de Jorge Luís Borges que este incluyó en su libro de título homónimo en 1949.

Lo había leído hace ya unos cuantos años, pero al volver a él me sorprenden igualmente algunas cosas, cosas que andaba buscando, pero que no sólo no sabía que incluía el propio cuento, sino que ni siquiera sospechaba que buscaba yo mismo.

Así, el narrador del cuento, que se identifica con el propio Borges, nos dice muy al principio que “comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable”. Y pronto, su contrincante intelectual, Carlos Argentino, sobre los críticos, nos informa de que su opinión es la de que [los críticos] son equiparables  a esas personas “que no disponen de metales preciosos, ni tampoco de prensa de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro”.

Un poco más hacia delante, el propio Carlos Argentino le cuenta a Borges que en el sótano de su casa ha encontrado el aleph, “uno de esos puntos del espacio que contienen todos los puntos”, nos dice Argentino, “el lugar, donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”.

2.

Así, pensando en estos tres temas (la labor del poeta, los críticos, el aleph) me acordé de un incidente que me sorprendió en su momento, la semana pasada, pero que no pude interpretar de manera correcta entonces.

Sería el martes o miércoles de la semana pasada, espero que me sepan perdonar tal leve imprecisión en este asunto que, como verán trae la magnitud de la infinitud como tema; lo que es seguro es que sucedió en algún momento entre la una y la una y media del mediodía y no duró más que de tres a cinco segundos.

Bien, el caso es que Ángela y yo veníamos caminando desde la librería El Raval, sita en la calle Elisabets y nos desvíamos por el Carrer dels Ángels, bajando en dirección mar hacia el Carrer del Carme.

Así, al llegar al paso de cebra que hay en la esquina del Carrer del Ángels con Pedró de la Creu, nos detuvimos y antes de cruzar, tal como hace cualquier ciudadano, levantamos la vista sólo para sorprendernos de que pasaba por delante nuestro en bicicleta, vestido con pantalones cortos y una camiseta de algodón, negra o verde militar, Eduard Escoffet. Tan pronto éste sobrepasó el punto en el que estábamos nosotros, cruzamos a través del paso de peatones solo para llevarnos la nueva sorpresa de que, en el momento exacto en el que aterrizamos en la siguiente acera, vimos aparecer frente a nosotros esta vez a  José María Castellet, que salía de Edicions 62 y que, vestido con una elegante chaqueta azul a cuadros y unos pantalones negros de pinzas, hacía una señal con un atildado (e innecesario) bastón de punta nacarada a un taxista que le aguardaba allí mismo, en la esquina.

Aquello no duró más de, ya he dicho, tres o cinco segundos (lo que se tarda en cruzar de acera a acera del Carrer del Ángels): dos críticos de referencia para su generación, primero Escoffet, veloz y algo esquivo gracias al fulgurante empuje de su bicicleta, signo así de los tiempos rápidos en los que debe moverse hoy la literatura en tv (así él en su apartado final del programa de rtve Nostromo), y pronto la figura anguiliforme de José María Castellet, casi remolcándose a sí misma, como quien, con mirada torva, le recriminase al mundo su trasiego antipático y cruel, vinieron a nuestro encuentro.

Con Escoffet sí que nos quedamos mirando y es que nos hemos saludado en alguna ocasión anterior. Sin embargo, Castellet, premio Nacional de las Letras 2010, ni siquiera se apercibió de nuestra presencia, concentrado como estaba en advertir(le) al taxista de su regreso; supongo que para que no huyese éste acaso por descuido o debido al tedio de la previsbible espera.

3.

Lo que en ese momento no entendí y ahora sí entiendo, una semana después y tras la (re)lectura de “El aleph”, es aquello que dice en él Borges de que “basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados”. Pero la cosa no es exactamente como la plantea Borges, en términos de silogismo truncado; es decir, que afirmar que “el problema central es irresoluble:  la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito” es hacer uso de una trampa dialéctica.

Porque el conflicto no se halla en la diferente naturaleza de la simultaneidad de la visión y el trabajo del lenguaje, que es sucesivo. De hecho, la poesía, siendo la eternidad de un instante, y funcionando de modo acumulativo, creando múltiples instantes eternos, desmiente tal proposición (pues del lenguaje hace manar eternidades).

El conflicto verdaderamente se halla en la rareza de querer aceptar (pues es cuestión de voluntad) el espacio ilimitado de la percepción, y así ver su registro como una actividad igualmente ilimitada, pero es que, como demuestra nuestro encuentro intergeneracional de la semana pasada, la infinidad se halla a nuestro abasto, es asequible.

Dicho en otras palabras, que lo eterno se hace con las palabras, así como yo ahora lo estoy escribiendo, pues entonces, la semana pasada, tal eternidad no sucedió sino que sencillamente se trató de un instante poético llamativo, pero sin transcendencia. La eternidad está sucediendo ahora, mientras escribo lo que recuerdo y así, consecuentemente, lo olvido.

Y es que el concepto de eternidad es algo inefable y, hasta cierto punto, ridículo; nuestro castigo -pensábamos- por haber inventado esa misma eternidad nos ha traído la exquisita redención a través de la culpa.

Pero no es eso, porque la eternidad, como bien sugiere Borges, se halla en la porosidad de la memoria, y tal eternidad (tal superposición de todos los puntos en un solo punto), irónicamente, se produce a través de la escritura, que trabaja de manera secuencial, pues está llena de tiempo y de espacio; es decir, de lenguaje.

Hoy puedo decir que el aleph poético de Barcelona me ha servido para conocer mi sino: el de este borrado interminable de mi personalidad que es -y será- la escritura, y el hallazgo de la razón por la que esto sucede: por querer seguir siendo yo, siendo -paradójicamente- cada día menos yo.

Lo decía Lou Andreás-Salomé con otras palabras: “a través de tu mal presiento la felicidad”. Eso es pues, ni más ni menos que la eternidad en constante proceso de borrado del aleph borgiano: un inacabable palimpsesto.

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Cartografía sentimental (LXXXI) – La ciudad (in)habitable

<<<5 cosas>>>

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

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1.

La serie Innaperçu de la artista quebecquiana Chloé Desjardins y que, para mí, representa la dicotomía que parece ir adueñandose de la ciudad de Barcelona (aunque no más que de cualquier otra ciudad española) y que, me parece, necesita de una rápida (re)conceptualización: una suerte de hostilidad amable, una hospitalidad con condiciones.

Una ciudad -todas las ciudades españolas, en general- que, como la rosa, ofrece ahora siempre al visitante su lado más amable, fresco y pizpireto, pero que, a la que tratas de hacerte un hueco en el jardín y plantar tu propio menudo arbolito, por la promiscuidad del roce de los pinchos de la rosa y el espacio exiguo, te acaba pinchando.

Y sangras.

Chloé Desjardins "Innaperçu" (2008)

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2.

Un estudio conducido por Jens Pruessner, investigador del Douglas Mental Health University Institute, ha mostrado por vez primera cómo las 2 regiones diferenciales del cerebro que regulan la emoción y el estrés se ven afectadas por la vida en la ciudad.

El riesgo de sufrir esquizofrenia casi se dobla en el caso de individuos nacidos y criados en ciudades.

El estudio, publicado en la revista Sciencie, demuestra que la vida en la ciudad se asocia con un nivel de respuesta al estrés mayor en la amígdala, un área del cerebro relacionada con la regulación emocional y el humor. Lo que contrasta con el hecho de que la crianza de individuos en la ciudad se asocia con actividad en el cortex cingular, una región asociada a la afectividad negativa y al estrés.

Dice Jens Pruessner que “los resultados sugieren que diferentes zonas del cerebro son sensibles a la experiencia de la vida en la ciudad a lo largo del período de vida de un individuo”. A lo que añade que: “próximos estudios deberán clarificar el vínculo entre psicopatología y tales afecciones en individuos con desórdenes mentales”.

Según el investigador del centro canadiense “los resultados contribuyen a nuestro entendimiento del riesgo del entorno urbano para los desórdenes mentales y la salud en general. En ese sentido, apuntan hacia un nuevo acercamiento sobre las interacciones entre ciencias sociales, neurociencia y políticas públicas para responder al importantísimo desafío a la salud que impone la urbanización” [1].

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3.

El poema, que lleva por título “Global Village”, está incluido en el libro Book of revelations de Andy Moorad, publicado por Artistically declined press (2011).

Se puede leer íntegro aquí.

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4.

Lucius Burckhardt (Davos 1925 – Bassel 2003) es un sociólogo suizo y el fundador de la Spaziergangswissenschaft o strollology (“la ciencia del paseo”), teoría que entiende el paseo urbano como instrumento válido para la investigación del entorno y el desarrollo de conocimientos útiles sobre éste.

La idea es la de exponer a la luz las partes inadvertidas del entorno que nos es más inmediato y, al mismo tiempo, que ésto sirva como crítica a los procesos convencionales de percepción, que suelen excluir la inclusión de nuevas perspectivas sobre lo percibido de manera habitual, ergo, de manera automática y mecánica.

El paseólogo (el neologismo es mío, sorry) trata de descifrar la ciudad “desde abajo”, a través de la experiencia física que sucede al moverse a pie por la ciudad.

Y es que, como dicen Irene Grillo y Maren Brauner, “pasear, siendo la más simple y elemental forma de movimiento humano […] permite [no como el coche, el tren, el avión o el barco] un tipo de libertad que está perdiendo valor” [2]. Y ello porque, obviamente, en una época de conexiones rápidas y de movilidad ultraligera (la dromótica de Virilo), el paseo no puede competir como modo de transporte.

La clave está en la (re)conceptualización del paseo, no ya considerado como modo de transporte sino como alternativa al paradigma de la idea moderna de la libertad (asociada a la velocidad y que es más cuantitativa que cualitativa).

Así, perdida su función central y arcana (la de ir de un sitio a otro), el paseo se (re)constituye como una alternativa a la dromótica y, con ello, se convierte en objeto de crítica radical contra el capitalismo tardío, siendo que sus constituyentes fundamentales son la falta de propósito y su erraticidad (cuidado, que no nos referimos a la noción de la filosofía espirita de Kardec); ambos, pues, puntales inquebrantables de lo arbitrario.

El paseólogo,así, es aquel que se dedica, en palabras de Harald Neumenyer a “ir yendo al azar” [3], sin tener en cuenta un punto de llegada previamente marcado; entonces el pasear se constituye en una marcha, o estado situacional que dispone  libremente de su tiempo.

Una afrenta a lo establecido, vaya.

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5.

Alex Nortub, desde Noviembre de 2010, aparte de su blog Hotel junto a la víaaquí-,  se dedica también a la creación de lo que él llama Frasecollagesaquí-, igualmente conocidos como anti-haikus.

La idea, como su propio nombre indica, es la de combinar imágenes con texto, digámoslo así: de una manera problemática.

Por ello, algunos de los frasecollages son hilarantes, otros incomprensibles, pero, en su mayoría: sorprendentes.

Para el tema que nos ocupa y que es la (in)habitabilidad de la ciudad, el siguiente frasecollage me parece oportunísimo:

 

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[1] ScienceDaily. Retrieved July 1, 2011, from http://www.sciencedaily.com­ /releases/2011/06/110622135216.htm

[2] Irene Grillo y Maren Brauner. Walking as a form or critical curating. OnCurating.org #8/11.

[3] Harald Neumeyer, “Der Flanneur”. Konzeptionen der Moderne, Würzburg, 1999. [p.11].

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BOLA EXTRA:

En nuestro afán por (re)conquistar los espacios simbólicos de la ciudad (los cotidianos, pues) esta semana Ángela y yo nos dimos al ejercicio del strolling.

El resultado, a mi parecer, es bastante sorprente.

Sólo les incluyo dos instantáneas de lo visto y que, en mi opinión, evidencian lo hablado hasta aquí, de cómo las características individuales de los ciudadanos de Barcelona se han (re)colocado en las plantas urbanas y amenazan si no conquistar la ciudad, sí, al menos, formar parte de un sub-universo adentro del espacio psicofísico de la urbe.

Vean y juzguen Vds. mismos:

 

a)  La planta difamatoria:


[Visto en la Calle Viladomat a la altura de la Calle Manso]

 

b) La planta voraz:

[Visto en la Calle Bruc a la altura de Còrsega]

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Ya nadie baila

1.

El problema lo puso sobre el mapa el grupo barcelonés Ultraplayback en 2005 con su grito de guerra “Ya nadie baila, todo el mundo es dj”, incluido en el ep autoeditado Minifalda Scratch.

Y es que, en aquel entonces, en 2005, si uno quería convertirse en dj, lo tenía mucho más fácil que nunca; de ahí la ironía, tan propia del postmodernismo tardío de la música underground española que encontró su apogeo hipster en la primera década del siglo XXI, especialmente en Barcelona y Madrid (y por este orden).

Las consecuencias de lo que vociferaban Ultraplayback en su canción es que se produjo un desplazamiento de intereses desde la producción de contenidos hacia al subrayado crítico (djing), y esto porque la audiencia demandó su derecho a convertirse en canal selector.

La ampliación del espectro de conocimientos, empero, gracias a la aparición del cd grabable el cual tenía un coste de hasta doce o trece veces menor que el del cd original, no se tradujo en más conneiseures, sino en hordas de iconoclastas nihilistas.

O dicho en otras palabras: la así llamada Revolución Napster, en aras de su gratuidad, fue minusvalorando la figura del melómano, y favoreciendo la del acumulador de contenidos desparejos. A este propósito contribuyó enormemente la aparición de Myspace,  una plataforma donde cualquier grupo podía colgar sus maquetas o acaso construir una página personal donde hablar de sus gustos musicales (o buscar novio/a).

El resultado fue el tan temido petardeo, tan propio de la cultura española: una suerte de segunda movida madrileña, con el centro de operaciones en el club Ocho y Medio cercano a la Gran Vía y la eclosión del technoclash en Barcelona, con Pueblo Nuevo y el Razzmatazz como gravantes de la desmedida alegría generacional, y la discográfica y productora de conciertos Sinnamon Records como bomba de aire para esa burbuja de la creatividad (¿?).

La democratización implicó la necesaria participación de los públicos, que pasaron de ser mera audiencia a agentes activos del circuito musical; así, pronto se vio que era más sencillo, práctico y rápido dedicarse a la crítica que no a la creación. Pronto aparecieron páginas web más o menos amateurs y algunos fanzines que fomentaron una crítica de raigambre impresionista.

La explicación es muy sencilla y podemos encontrarla en el hecho de que la creación requiere de la colaboración del tiempo, del trabajo, el esfuerzo y la completa dedicación (ah, y el talento, claro).

La crítica, por el contrario, se puede ejercer de una manera mucho más liviana y (des)comprometida: la selección de una canción se convirtió así en un germen del botón de me gusta/no me gusta de Facebook.

La audiencia musical (devenida en parte integrante del movimiento) se multiplicó de manera exponencial y, con ello, los pinchadiscos. Ser dj significaba ser parte de la “escena”. Ser dj se convirtió en el mejor modo de medrar en el ambiente de la música (o en el mundo de la sociedad cosmopolita de Barcelona y Madrid); ser dj era ahora más importante que ser diseñador de moda o redactor de una revista de tendencias e incluso que diseñador gráfico.

En otras palabras: ser dj molaba. Molaba mucho.

Entretanto, el negocio musical iba haciendo aguas a un ritmo vertiginoso.

Se fueron cerrando los clubs, uno a uno, y apareció Spotify.

Si el video mató a la estrella de la radio, podemos decir que las listas de reproducciones mataron al dj.

2.

Al mismo tiempo que la música perdía importancia en la estima del público juvenil (o acaso que este público juvenil se iba haciendo mayor y prefería actividades lúdicas más sedentarias), la aparición de los blogs a mediados de la primera década del siglo XXI hizo que la palabra volviese triunfante de su letargo fin de siecle.

Como vulgarmente se afirma: todo el mundo quería decir la suya.

El postmodernismo, pues, se instaló (por fin) en España (con 30 años de retraso) en el mundo de la palabra. De una manera fulgurante, además. Y cancerígena.

Así, pronto los diarios personales tomaron ínfulas de diarios secretos (escritos por personas anónimas) o acaso de novelas por entregas o mínimos relatos literaturizados de la vida cotidiana. Los primeros premios de blogs del periódico 20 minutos, a la par que los de Bitacoras.com, dieron un fuerte impulso al fenómeno.

Selecciones de blogs personales llegaron incluso a editarse en formato libro.

Y aparecieron las primeras revistas de relato, prosa más o menos breve y, más tarde, las de poesía. Decenas de ellas. Al principio en formato *pdf a imitación de las revistas impresas, progresivamente mutando al formato blog utilizando las aplicaciones que ofrecía gratuitamente wordpress o acaso tomando la forma de la asociación cultural, como comunidad interconectada de lectores “no entrenados” y finalmente al modo de cápsulas breves -apenas informativas- de consumición rápida (330 ml, La comunidad inconfesable o las TwitReseñas de The Barcelona Review son los tres últimos ejemplos de esta tendencia).

La historia de los blogs es espectacular, pues han hecho una transición de dos siglos (de los diarios íntimos del XIX a la experimentalidad de la época pre-bélica del XX y, de ahí, al postmodernismo (a)crítico posterior) en menos de ocho años.

Concentrémonos, de todos modos, en el dato más relevante de la pérdida de status del creador literario en favor de la del crítico más o menos amateur: la gratuidad.

Lo mismo que mató a la industria de la música va camino de enseñorearse con el mundo de la literatura.

La aparición de bloglines y wordpress extendió la práctica de la escritura personal hasta unos límites desconocidos. De la exposición pública de la vida privada hemos pasado a la manifestación –sin filtro, es decir, sin edición de ninguna clase- de los gustos personales.

La perversión del asunto es que la mera exposición de una opinión personal (válida en tanto expresión de la subjetividad, pero no como acción comunicativa válida para el debate) se la viene en llamar ahora crítica literaria.

El problema radica en que la escritura, mucho más que la creación musical, exige dedicación, esfuerzo, paciencia, pero -sobre todo- tiempo. La crítica, por el contrario, puede ser más liviana y (des)comprometida, rápida y -lo más importante- breve (en apenas 350 o 500 palabras queda todo dicho).

Un libro lo puede leer el crítico/reseñista/opinador en una tarde.

Escribirlo probablemente le llevaría al menos un año.

Escribir un libro es cosa fatigosa y lenta, de dedicación absoluta y resultados inciertos. La crítica, sin embargo, es rápida y da réditos inmediatos.

Además hay un factor determinante: el escritor ha de hacerse responsable de su obra, el crítico jamás permite la refutación de su crítica, amparándose en la subjetividad de su juicio.

Así, la audiencia de la literatura, poco a poco, está demandando el derecho legítimo a convertirse en selectores y no tanto en público receptor, a la manera del dj.

Es decir, la situación que en 2005 denunciaba (no sin cierta retranca hedonista) el grupo barcelonés Ultraplayback, comienza a avistarse hoy en el horizonte de las letras.

El hecho, sin embargo (de igual modo que sucedió con la industria musical) no puede ser disgregado de las prácticas de la industria editorial misma. Y ello porque aquellos que llegaron tarde a la época hispter de la primera década del siglo XXI o que acaso se quedaron fuera de ella (se les pasó el arroz como vulgarmente se dice), viendo que la música ha perdido su importancia como actividad lúdico/social que favorece la figura del medrador, han decidido integrarse al terreno aun virgen de la literatura.

Y comienzan ya a verse los primeros síntomas de agotamiento: en los últimos tres años las editoriales están viendo menguar sus ventas de un modo dramático.

Los antiguos selectores musicales (los dj´s) son ahora activistas culturales, editores, organizadores de veladas literarias de todo tipo, promotores de lecturas y recitales, presentadores de libros, ponentes o prologuistas y, sobre todo, selectores de canciones, es decir, críticos literarios.

Y todos ellos comparten la misma actitud nihilista e iconoclasta que dominó el mundo de la música en la primera década del siglo XXI.

En otras palabras, en su gran mayoría son o aspiran a ser modernos.

Lo que en lenguaje diáfano significa que abrazan el postmodernismo más vacuo y diligente: aquel que basa sus derechos en la individualización extrema, en la demolición de la jerarquía y en la ausencia real de un juicio de valor razonable y razonado.

Como es norma en la práctica de los medios, éstos desvían la atención del problema hacia otros frentes y así achacan el estado de cosas a la amenaza del libro digital o al precio abusivo de los libros o acaso a la tan cacareada crisis, cuando la verdad más cristalina es que la amenaza mayor de la literatura hoy es la pérdida de las audiencias.

O mejor dicho: la reconversión de las audiencias en agentes perversos del sistema.

Si el video mató a la estrella de la radio y las listas de reproducciones del Spotify (y afines) mataron al dj, podemos temer que las así llamadas prácticas de literatura ampliada acaben con la novela como instrumento de conocimiento del mundo, y sus circunstancias.

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El sótano más negro que la reputación de Jaime Gil de Biedma

Si hace poco descubrimos que la antigua imprenta de la editorial Seix-Barral se había convertido en un parking, hoy nos hemos llevado la sorpresa de ver cómo ese “sotano más negro que mi reputación” (C/ Muntaner, 520) en el que vivió durante una temporada el poeta barcelonés Jaime Gil de Biedma se ha convertido hoy en la peluquería Naf Perruquers.

A las pruebas me remito:

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Retorn al Turó Park

Entre 1948 y 1954 la familia del poeta Joan Margarit vivió frente al Turó Park.

En 2007 Joan Margarit (rememorando esos años) publicó un libro titulado Barcelona Amor Final (Ed. Proa) en el que se incluía el poema “Retorn al Turó Park”.

Como el invierno es un momento memorable para la emoción del recuerdo e igualmente para el incendio de los ojos, esta tarde Ángela y yo fuimos allá a tratar de comprobar si era verdad eso que dice Margarit de que:

“com un luxe d’antany el parc estén

el seu color verd fosc dins els teus ulls”

 

El resultado, como sigue:

 

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