Creatividad efímera

(H)ojeando esta tarde el suplemento Vivir de La Vanguardia me he dado cuenta de que eso de que la gente es creativa y tiene ideas y son emprendedores es tan falso como una nube de algodón. En fin, siempre que no consideremos a las variaciones artesanales creatividad, claro.
España es un país tristemente mimético. De repente funciona una inmobiliaria y aparecen doscientas mil más. Y así con las tiendas de todo a cien, las peluquerías, las carnicerías, los colmados y, últimamente, las panaderías chic.
Y luego existe otro tipo de mímesis que es un poco más canallesca. Se trata de todos esos jovenzuelos que se van de Eramus o que pasan dos semanas en Nueva York y, de repente, descubren algo que en los hábitos del comercio de una ciudad europea o en la mencionada megalópolis norteamericana son norma habitual, y la implantan en Barcelona o Madrid, pretendiendo que se les reconozca su genialidad. Uno de los casos más flagrantes (por recientes) de esto son los restaurantes escondidos y las galerías efímeras patrocinadas por marcas (preferentemente de cerveza). Huelga decir que –mayormente- la inversión necesaria para tales canalladas suele proporcionarla la propia familia del interesado o interesada.
Pero hay algo en todo ello que no se nos ha de escapar. Y es su carácter efímero. Un ejemplo: el 24 h museum patrocinado por Prada. O la pasarela Cibeles que ahora toma el nombre de una marca alemana de coches. O cualquiera de los megaconciertos que se dan por todo el territorio español. El patrocinio de las marcas busca siempre lo etéreo, lo extravagante, en suma: busca contaminar lo intangible (o lo tangible momentáneo que pronto se vuelve vaporoso).
Esto, no obstante, no es algo que la economía se haya propuesto mediatizar, sino que más bien se aprovecha en este ámbito de uno de los rasgos señeros del ser humano contemporáneo: la volatilidad y veleidad de su juicio. En otras palabras: la superficialidad.
Sin embargo, donde más evidente se hace esa creatividad efímera es en las redes sociales. Y, de ahí, su popularización masiva y su inclusión en los informativos, y las tertulias deportivas y políticas. De hecho, que los mensajes de twitter se incluyan en un informativo nos habla precisamente de su superficialidad inane y del nulo valor que se les presta. O sea, que como instrumento de poder o de presión son absolutamente inútiles. Pero no solo twitter, Actuable, por ejemplo, sería otro caso. Y, en fin, muchos otros más.
Escribían ayer (01-Febrero / nº 502) en el Cultura/s Jonathan Millán Y Jordi Costa –con título para la columna proporcionado por Patricio Pron- a propósito de El rey Pálido de Foster Wallace que:

“Cabe la posibilidad de que el escritor decidiese irse de este mundo porque ya no podía soportar más su extrema lucidez, su visión con un grado de detalle casi sobrehumano”.

Y citan, para justificarlo, una frase de la propia novela que dice: “el tedio abstruso es un escudo mucho más eficaz que el secretismo”.
Y ahí está la clave: ese tedio abstruso hoy es la creatividad efímera de los internautas que se da en las redes sociales y que bombardean las pantallas con información basura, creando un escudo a través del cual no puede pasar el pensamiento. Tal abuso exhibicionista acaba opacando la claridad de la página y, así, la potencialidad del decir queda ahogada en ese mismo querer decir, para acabar diciendo demasiado; o sea, nada. Dicho de otro modo, la rutina del exceso no proporciona lucidez sino abatimiento. Y, así, tal creatividad masiva posibilita un aburrimiento compartido que tiene tintes de tragedia, pues revela una indigencia intelectual, un vagabundeo, que asusta.

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