Dibujos animados

Nicolas Party, "Dinner for 24 Elephants" (2011)

1.

Veía estos días el brechtiano documental de Joaquín Jordá El encargo del cazador. No sé qué hubo antes en mi relación con Jordá. Y es que recuerdo cuando la Filmoteca de Catalunya programó hace no demasiados años (quizá hace un par) un ciclo completo de sus documentales. Pero algo se me resistía. No sé bien qué. Sus problemas con el lenguaje (de los que huía como al diablo, quizá por temer el contagio), el haber oído hablar de él a las personas inadecuadas, el rechazo visceral que me producen algunos de sus temas; el de la pederastia en el barrio chino, particularmente… quién sabe, es difícil acertar motu propio con la obra de arte.

Por esa razón, suele ser la obra de arte la que nos encuentra.

Así sucedió este fin de semana pasado para mí con El encargo del cazador. Aunque no es menos cierto que la llegada del documental a mi ribera, vino de la mano de Alberto Villamandos y de su libro El discreto encanto de la subversión (Laetoli, 2011). El análisis que hace Villamandos de la cinta no solo es primoroso sino iluminador, sin embargo, leyendo este mismo fin de semana también Dibujos animados (Anagrama / Compactos, 2012) de Félix Romeo (libro con el que me ha pasado lo mismo que con Jordá) se me ha hecho presente de nuevo ese modo en el que las obras dialogan necesariamente entre sí (conspirando, de alguna manera, contra la tradición individual) y forman parte de constelaciones que, una vez formadas en la psique, se le vuelven a uno ineludibles a la hora de abordar otras nuevas obras. Y es que igual que el personaje/narrador innominado de la novela de Romeo, Jacinto Esteva, protagonista de El encargo del cazador, cineasta de la escuela de Barcelona, perdido en África en los años 70 y en el alcohol y en las drogas después, atraviesa un camino de soledad y depresión que le conduce a convertirse en una caricatura de sí mismo, en un parodia: en un dibujo animado, pues.

Lo mismo sucede, como he dicho, con el protagonista de Dibujos animados, un personaje atrapado en el terreno de la posibilidad, en un infantilismo fundamentado en su carencia (por temor y miedo, entiendo uno) de objetivos plausibles. Un personaje confinado en su pasado, del cual quiere huir, pero no puede. Un pasado que quiere borrar, porque “cada vez el pasado es más grande […] es como una piedra en el centro de la cabeza” (p. 60).

2.

Así se  nos define el protagonista de la novela de Romeo:

“Los peces no tienen secretos. Ni guardan secretos. Yo miraba los peces de los donuts. Me gustaba mirar los peces después de meterme cola. Era la mejor manera para estar en ningún sitio” (p. 97).

La línea principal del argumento de Dibujos animados guarda un subtexto narrativo que tendría que ver con una segunda línea argumental; línea que es, por definición, inagotable. Se trata los dibujos animados que dan en la televisión, pero, más concretamente, los de Coyote y Correcaminos. Romeo juega con la yuxtaposición de significantes, y así poco a poco ambos se van contagiando. “Sólo soporto a los animales de la Warner” (p. 25), nos dice el protagonista bien al principio, rehusando lo real de la vida y cayendo cada vez más en la neurosis repetitiva del formato narrativo de las series de dibujos animados. En este sentido, guarda cierta armonía con la vida de Jacinto Esteva, tal como nos la cuenta Jordá. La de alguien que opta por la teatralidad de su vida, por representar el papel de divino Peter Pan chapoteando en una ciénaga de alcohol, ansiedad y neurosis. Un viejoven a quien tanta memoria le deja la voz ronca, quebrada y dubitativa. Un viejoven que, de tanto repetirse, ha perdido el referente y es ya calco de no se sabe qué, eco lejano de ese personaje colectivo que fue la gauche divine.

3.

La escritura de Romeo no es una escritura lacónica, sino concentrada, epifánica. Instantes sentenciosos, divertidos, absurdos, incomprensibles, pero contados con cierta suficiencia, con la descarada usura del superviviente, del que sobrevive un segundo más a su destrucción meditada, consentida y final.

El cine de Esteva, tal como se ha repetido tantas veces, no es un cine que cuente historias ni que se ciña al argumento. Es más bien un cine de instantes, de sensaciones apresadas por la cámara, sentimientos particularmente vinculados a la soledad de la infancia. “Estábamos solos incluso en nuestros sentimientos” (p. 64) dice el protagonista de Dibujos Animados sobre esa indefensión pre-púber.

4.

El encargo del cazador es de 1986 y Dibujos Animados se publicó originariamente en 2001. Si en la cinta de Jordá el protagonista se parodia a sí mismo y acaba siendo una caricatura de lo que fue, los personajes de Romeo se mimetizan al modo de actuar del cómic infantil: piensan en el presente eterno y discontinuo de los dibujos animados (con breves incursiones al pasado, al modo de la viñeta aislada, igual que un fotograma descartado). El padre del protagonista de Dibujos animados ha sido expedientado y suspendido de empleo y suelto durante ocho meses en su trabajo (un trabajo asquerosamente real) de policía. A partir de ese momento se queda en casa, todo el día sentado en el sofá, viendo todo, lo que sea que echen en televisión. Llega un momento que no hace más que repetir “y no olviden vitaminarse y supermineralizarse”. La madre del protagonista, por su parte, “se comía las migas y las cortezas de pan que habían quedado en la mesa […] como Piolín” (p. 132). El protagonista dice con la voz del gato Jinks “Mardito roedore” (p. 132).

El leitmotiv de la novela de Romeo se puede encontrar aquí:

“el deseo es así, uno se pega toda la vida esperando algo y cuando ese algo llega la vida se te queda como rota” (p. 21).

La novela finaliza con un accidente de coche, con el 124 de Ramón y que deja al conductor “como Coyote después de ser aplastado por un tren” (p. 133). El deseo, pues, de que la vida sea igual que los dibujos animados se consuma. El pasado desaparece, de una vez.

Pero lo que entra en juego es la muerte, real para Ramón y simbólica para el protagonista de la narración.

“Todo lo que se parecía a la vida se parecía a la muerte y eso me reventaba” (p. 17), nos ha dicho el protagonista al comienzo de la narración. El accidente del 124 de Ramón podríamos decir, igual que le sucede a Esteva con el suicidio de su hijo (y que provocará la aceleración de su decadencia), que es la destrucción de un postmodernismo alargado malamente y supone la ineludible confrontación con la realidad de la vida, finita y falible, pero también feraz y espléndida.

 

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ADDENDA:

Manuel Delgado impartirá una conferencia el próximo 21 de marzo en el auditorio del MACBA a las 19:30 sobre Jacinto Esteva.

+ info: aquí.

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