Ya nadie baila

1.

El problema lo puso sobre el mapa el grupo barcelonés Ultraplayback en 2005 con su grito de guerra “Ya nadie baila, todo el mundo es dj”, incluido en el ep autoeditado Minifalda Scratch.

Y es que, en aquel entonces, en 2005, si uno quería convertirse en dj, lo tenía mucho más fácil que nunca; de ahí la ironía, tan propia del postmodernismo tardío de la música underground española que encontró su apogeo hipster en la primera década del siglo XXI, especialmente en Barcelona y Madrid (y por este orden).

Las consecuencias de lo que vociferaban Ultraplayback en su canción es que se produjo un desplazamiento de intereses desde la producción de contenidos hacia al subrayado crítico (djing), y esto porque la audiencia demandó su derecho a convertirse en canal selector.

La ampliación del espectro de conocimientos, empero, gracias a la aparición del cd grabable el cual tenía un coste de hasta doce o trece veces menor que el del cd original, no se tradujo en más conneiseures, sino en hordas de iconoclastas nihilistas.

O dicho en otras palabras: la así llamada Revolución Napster, en aras de su gratuidad, fue minusvalorando la figura del melómano, y favoreciendo la del acumulador de contenidos desparejos. A este propósito contribuyó enormemente la aparición de Myspace,  una plataforma donde cualquier grupo podía colgar sus maquetas o acaso construir una página personal donde hablar de sus gustos musicales (o buscar novio/a).

El resultado fue el tan temido petardeo, tan propio de la cultura española: una suerte de segunda movida madrileña, con el centro de operaciones en el club Ocho y Medio cercano a la Gran Vía y la eclosión del technoclash en Barcelona, con Pueblo Nuevo y el Razzmatazz como gravantes de la desmedida alegría generacional, y la discográfica y productora de conciertos Sinnamon Records como bomba de aire para esa burbuja de la creatividad (¿?).

La democratización implicó la necesaria participación de los públicos, que pasaron de ser mera audiencia a agentes activos del circuito musical; así, pronto se vio que era más sencillo, práctico y rápido dedicarse a la crítica que no a la creación. Pronto aparecieron páginas web más o menos amateurs y algunos fanzines que fomentaron una crítica de raigambre impresionista.

La explicación es muy sencilla y podemos encontrarla en el hecho de que la creación requiere de la colaboración del tiempo, del trabajo, el esfuerzo y la completa dedicación (ah, y el talento, claro).

La crítica, por el contrario, se puede ejercer de una manera mucho más liviana y (des)comprometida: la selección de una canción se convirtió así en un germen del botón de me gusta/no me gusta de Facebook.

La audiencia musical (devenida en parte integrante del movimiento) se multiplicó de manera exponencial y, con ello, los pinchadiscos. Ser dj significaba ser parte de la “escena”. Ser dj se convirtió en el mejor modo de medrar en el ambiente de la música (o en el mundo de la sociedad cosmopolita de Barcelona y Madrid); ser dj era ahora más importante que ser diseñador de moda o redactor de una revista de tendencias e incluso que diseñador gráfico.

En otras palabras: ser dj molaba. Molaba mucho.

Entretanto, el negocio musical iba haciendo aguas a un ritmo vertiginoso.

Se fueron cerrando los clubs, uno a uno, y apareció Spotify.

Si el video mató a la estrella de la radio, podemos decir que las listas de reproducciones mataron al dj.

2.

Al mismo tiempo que la música perdía importancia en la estima del público juvenil (o acaso que este público juvenil se iba haciendo mayor y prefería actividades lúdicas más sedentarias), la aparición de los blogs a mediados de la primera década del siglo XXI hizo que la palabra volviese triunfante de su letargo fin de siecle.

Como vulgarmente se afirma: todo el mundo quería decir la suya.

El postmodernismo, pues, se instaló (por fin) en España (con 30 años de retraso) en el mundo de la palabra. De una manera fulgurante, además. Y cancerígena.

Así, pronto los diarios personales tomaron ínfulas de diarios secretos (escritos por personas anónimas) o acaso de novelas por entregas o mínimos relatos literaturizados de la vida cotidiana. Los primeros premios de blogs del periódico 20 minutos, a la par que los de Bitacoras.com, dieron un fuerte impulso al fenómeno.

Selecciones de blogs personales llegaron incluso a editarse en formato libro.

Y aparecieron las primeras revistas de relato, prosa más o menos breve y, más tarde, las de poesía. Decenas de ellas. Al principio en formato *pdf a imitación de las revistas impresas, progresivamente mutando al formato blog utilizando las aplicaciones que ofrecía gratuitamente wordpress o acaso tomando la forma de la asociación cultural, como comunidad interconectada de lectores “no entrenados” y finalmente al modo de cápsulas breves -apenas informativas- de consumición rápida (330 ml, La comunidad inconfesable o las TwitReseñas de The Barcelona Review son los tres últimos ejemplos de esta tendencia).

La historia de los blogs es espectacular, pues han hecho una transición de dos siglos (de los diarios íntimos del XIX a la experimentalidad de la época pre-bélica del XX y, de ahí, al postmodernismo (a)crítico posterior) en menos de ocho años.

Concentrémonos, de todos modos, en el dato más relevante de la pérdida de status del creador literario en favor de la del crítico más o menos amateur: la gratuidad.

Lo mismo que mató a la industria de la música va camino de enseñorearse con el mundo de la literatura.

La aparición de bloglines y wordpress extendió la práctica de la escritura personal hasta unos límites desconocidos. De la exposición pública de la vida privada hemos pasado a la manifestación –sin filtro, es decir, sin edición de ninguna clase- de los gustos personales.

La perversión del asunto es que la mera exposición de una opinión personal (válida en tanto expresión de la subjetividad, pero no como acción comunicativa válida para el debate) se la viene en llamar ahora crítica literaria.

El problema radica en que la escritura, mucho más que la creación musical, exige dedicación, esfuerzo, paciencia, pero -sobre todo- tiempo. La crítica, por el contrario, puede ser más liviana y (des)comprometida, rápida y -lo más importante- breve (en apenas 350 o 500 palabras queda todo dicho).

Un libro lo puede leer el crítico/reseñista/opinador en una tarde.

Escribirlo probablemente le llevaría al menos un año.

Escribir un libro es cosa fatigosa y lenta, de dedicación absoluta y resultados inciertos. La crítica, sin embargo, es rápida y da réditos inmediatos.

Además hay un factor determinante: el escritor ha de hacerse responsable de su obra, el crítico jamás permite la refutación de su crítica, amparándose en la subjetividad de su juicio.

Así, la audiencia de la literatura, poco a poco, está demandando el derecho legítimo a convertirse en selectores y no tanto en público receptor, a la manera del dj.

Es decir, la situación que en 2005 denunciaba (no sin cierta retranca hedonista) el grupo barcelonés Ultraplayback, comienza a avistarse hoy en el horizonte de las letras.

El hecho, sin embargo (de igual modo que sucedió con la industria musical) no puede ser disgregado de las prácticas de la industria editorial misma. Y ello porque aquellos que llegaron tarde a la época hispter de la primera década del siglo XXI o que acaso se quedaron fuera de ella (se les pasó el arroz como vulgarmente se dice), viendo que la música ha perdido su importancia como actividad lúdico/social que favorece la figura del medrador, han decidido integrarse al terreno aun virgen de la literatura.

Y comienzan ya a verse los primeros síntomas de agotamiento: en los últimos tres años las editoriales están viendo menguar sus ventas de un modo dramático.

Los antiguos selectores musicales (los dj´s) son ahora activistas culturales, editores, organizadores de veladas literarias de todo tipo, promotores de lecturas y recitales, presentadores de libros, ponentes o prologuistas y, sobre todo, selectores de canciones, es decir, críticos literarios.

Y todos ellos comparten la misma actitud nihilista e iconoclasta que dominó el mundo de la música en la primera década del siglo XXI.

En otras palabras, en su gran mayoría son o aspiran a ser modernos.

Lo que en lenguaje diáfano significa que abrazan el postmodernismo más vacuo y diligente: aquel que basa sus derechos en la individualización extrema, en la demolición de la jerarquía y en la ausencia real de un juicio de valor razonable y razonado.

Como es norma en la práctica de los medios, éstos desvían la atención del problema hacia otros frentes y así achacan el estado de cosas a la amenaza del libro digital o al precio abusivo de los libros o acaso a la tan cacareada crisis, cuando la verdad más cristalina es que la amenaza mayor de la literatura hoy es la pérdida de las audiencias.

O mejor dicho: la reconversión de las audiencias en agentes perversos del sistema.

Si el video mató a la estrella de la radio y las listas de reproducciones del Spotify (y afines) mataron al dj, podemos temer que las así llamadas prácticas de literatura ampliada acaben con la novela como instrumento de conocimiento del mundo, y sus circunstancias.

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