Frío, frío, frío

El frío,

si he de pensar en algo que me caracterice como el personaje de la narrativa que es mi vida, este rasgo peculiar -el frío- sería el más definitorio, pienso.

O caigo en ello, al hilo del recordatorio que me hace un amigo mío en un mail reciente, me decía: “tú siempre has tenido frío […] La verdad es que siempre tenía ganas de ofrecerte mi abrigo”.

Y es verdad, que ahora, en manga corta, pero sin embargo con una estufa al lado, amén de una manta sobre las piernas, sigo teniendo frío.

A pesar del café caliente.

Frío, frío, frío.

Pienso en una de las primeras imágenes que recuerdo de mi mismo.

De mi infancia.

La más lejana no rebasa el linde de los nueve o diez años (no recuerdo nada de antes), en el colegio, en pleno invierno. Me recuerdo a mí mismo en manga corta, tiritando, pero feliz, en el patio del colegio.

Recuerdo cómo todos los demás van abrigados, con bufandas incluso, pero yo corro, correteo por el patio del colegio de los Carmelitas, en manga corta, el vello erizado. Pero feliz (indolente, al menos).

Durante un tiempo este frío se cifró racionalmente como una actitud reivindicativa de reproche a los desmanes del invierno.

Quizá una actitud algo naïf: conseguiré vencer al invierno, me decía, no haciéndole caso, así, por fuerza, dejara de existir. Esta era mi actitud.

Bueno, lo sigue siendo.

Pero vayamos a la pregunta más pertinente y la que ha propiciado la escritura de esta reflexión, pues mis instancias biográficas resultan de escaso interés.

A ver, la pregunta pertinente -para mí, al menos-: ¿es mi narrativa gélida?

¿intersecciona mi biografía, mi yo narrativo real, digamos, con los personajes ficticios de mi narrativa?

Hago la prueba (re)leyendo varios relatos pertenecientes al libro La tristeza de los cedros.

En “Hanna”, se llama el relato, en el arranque de la narración se nos dice:

“El frío enrojecía su nariz y Hanna hacía por cubrírsela, intentando meterla en su propio cuello. Llevaba el pelo además escondido bajo la capucha verde de la guerrera, la mochila roja colgada de los hombros. Era una chica menuda.”

Otro ejemplo, más o menos al azar, el relato lleva por nombre “Clases de teatro”; en él se dice:

“A los minutos de estar paseando, Claudia comprobó cómo Julio temblaba. Llevaba apenas una camiseta negra de manga corta y una chaqueta vaquera. Con todo, no hacía demasiado frío para ser noviembre.”

Y todavía en un tercero, “Un amor de verano”, al finalizar el texto, al protagonista le sucede que:

“A Jaime el frío ya se le estaba colando por el hueco de la camisa, que se le había salido de los pantalones.

Estaba terriblemente sudado”

Es interesante poner la nota sobre el hecho de que Andy Warhol decía que “con los años sesenta se terminó todo porque la gente olvidó lo que eran las emociones y jamás volvió a recordarlo”.

Tal vez esto explicaría el porqué la narrativa española de los noventa, entre otras muchos mandamientos, tenían como ley “la expresión de pasividad […] la sexualidad sin erotismo […] la soledad y el fracaso […] la conciencia generacional […] y la ausencia de notas líricas” [1].

Así, pues, sirva esto para destacar que los primeros escalofríos ya se hicieron sentir en la década de los 90.

Ahora, ya en el siglo XXI,  el escritor José Ángel Cilleruelo dice que “La emoción, como los buñuelos, es un sentimiento hueco, sin contenido.” [2].

Yo no sé si esa frialdad, esa ausencia sentimental o nostálgica explicaría el adelgazamiento tanto estético como argumental e ideológico de la narrativa contemporánea, la más actual, que parece una narrativa traducida, presentista y vacua en sus pretensiones audiovisuales (de imágenes planas que no hacen más que sucederse la una a la otra, con la única solución de continuidad que es el desarrollo de una trama detectivesca), pero lo que sí es cierto es que, en ella, en esta narrativa fría y aséptica, la emoción es un rasgo que no parece jugar un papel importante y que, más aún, parece hallarse fuera de plano.

Irónicamente, no sé si esto explicaría, a su vez, el interés del sector editorial y del público lector por las literaturas nórdicas, la literatura noir y la narrativa copiada de las de teleseries cuya mayor virtud es la imbricación endiablada de tramas azarosas.

En fin, no estoy del todo seguro, ya digo.

No obstante, ese frío que sienten mis personajes y que yo siento en la vida real me hace sentirme contemporáneo de mi mismo, y no sé hasta qué punto esto es bueno, malo o inevitable.

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[1] Juan Antonio Masoliver Ródenas. Voces contemporáneas. Ed. Acantilado. Barcelona. 2004. [pág 71]

[2] José Ángel Cilleruelo. El visir de Abisinia. Las nubes, 3. 8-Diciembre-2010.

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