En favor de la invención

Escribe el novelista y cuentista norteamericano Richard Ford:

“nunca es posible remontar las conexiones verdaderas hasta su origen, porque sólo existen en esa turbia y silenciosa, aunque fecunda, noche interestelar en la que reinan el impulso, la asociación libre, el instinto y el error” [1].

Se refiere Ford al intento abocado al fracaso de trazar los orígenes de la escritura.

Es cierto que puede que hayan indicios, alguna pista, aproximaciones, pero todo aquello que queda escrito sobre el papel y tiene algún valor, siempre proviene de alguna zona misteriosa, de un punto de equilibrio inestable en el que la tensión de lo que el escritor quiere decir y lo que quiere ser dicho confrontan abiertamente sus razones, llegando a un acuerdo que a ninguno de los dos satisface.

Es esa misma incomprensible razón la que ahora me embarga, (re)leyendo las Elegías del Duino de Rilke y tratando de hallar alguna pista en fotografías y vídeos que encuentro por Internet del castillo de Duino;, sabiendo que mi tarea está abocada al fracaso.

Richard Ford concluye su razonamiento así:

“En mi opinión, no creer en la invención, en nuestros poderes de ficción, sino pensar que todo es rastreable hasta sus orígenes […] es una receta segura para acabar en las borrascas de la decepción y un pequeño pero innecesario reproche a la capacidad salvadora de la humanidad para imaginar lo que podría ser mejor y luego, con sana esperanza, buscarlo” [2].

“Ninguna cosa es ella misma”, sentencia Rilke en la Elegía Cuarta.

Sea, pues.

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[1 & 2] Richard Ford, “¿De dónde viene la escritura?”, incluído en Flores en las grietas, autobiografía y literatura. Ed. Anagrama, Traducción de Marco Aurelio Garmarini. Barcelona. 2012. (pp. 185 & 189)

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