Los lugares de la memoria

Una de las revelaciones vitales de las que da cuenta Paul Auster en su Diario de invierno (Anagrama, 2012) es la de descubrir que “podías apañártelas con casi nada, y con tal de que fueras capaz de escribir, te daba igual el sitio en el que vivieras” (p. 85). Tal aseveración no deja de ser verdadera, pero, sin embargo, no es menos cierto que, como el propio escritor sugiere contando una anécdota vivida a los 14 años, y que le hace olvidarse de su rostro de hombre blanco al andar trabajando un verano en Jersey City con negros, el contexto hace la identidad (p. 176), pues no somos sino reflejo de los otros que (nos) miran.  A este respecto, uno de los recursos más originales e interesantes de Diario de Invierno es que Auster recurre a un listado pormenorizado de las diversas casas en las que ha habitado.

Conforman la serie un total de veintiún domicilios permanentes (sin contar estadías de profesor o writer in residence en diferentes universidades, así como las breves estancias en el extranjero o las vacaciones): Nueva Jersey, Columbia, Manhattan, París, Var, Berkeley, Stanfordville, Brooklyn y Vermont son los lugares que ha venido habitando. Lo primero que a mí me llama la atención es que se acuerde no sólo de las calles donde se hallaban los apartamentos, casas o habitaciones, sino incluso el número exacto. Auster nos describe arquitectónicamente los lugares y sus aledaños, y también parcela perfectamente cada época de su vida en la que vivió en cada uno de los lugares (número de meses o años, edad) como si se tratase de cajas de una mudanza con la indicación sobre su contenido clara en el exterior. Amores y desamores, estudios y trabajos diversos y, lo más importante, la escritura. Nos dice dónde y cómo comienza su primera novela, sus primeros poemas, sus traducciones, etc aunque, desgraciadamente, no lo hace de una manera sistemática ni exhaustiva. Al recuento de los espacios habitados, no obstante, le dedica Auster la nada desdeñable cifra de cincuenta y ocho páginas (pp. 67-125).

Sobre el trabajo de escribir dice Auster que en el momento en el que escribe –y ha escrito todos sus libros- el único espacio que ocupa es el de la página que tiene delante de la nariz, que los cuartos y las habitaciones en las que se ha sentado a lo largo de los últimos cuarenta años, le resultan invisibles (p. 116). Siendo cierta tal aseveración, cualquiera que más o menos haya seguido su trayectoria y guarde en la memoria los lugares en los que transcurren sus novelas, se dará cuenta de que, a pesar de que puede que en el momento efectivo del trabajo (cuando aparece la música de las palabras) resulten irrelevantes las coordenadas geofísicas en las que se encuentre, no son – ni pueden ser- descartables las coordenadas psicogeográficas. Y es que la gran mayoría de los espacios que Auster nos describe en Diario de invierno como habitados en diferentes fases de su vida aparecen de un modo u otro en sus novelas.

Siendo así la cosa, uno le pediría a cualquiera de esos investigadores académicos ocupados en la obra de Auster que se dedicase a un estudio detallado de los lugares habitados por el escritor y las novelas que surgieron en tal o cual momento de su vida y el lugar en el que fueron escritas. Es decir, sería magnífico que alguien se tomase el trabajo de relacionar la escritura con los lugares que refleja esta misma escritura (pues en el caso de Auster hay un fuerte componente experiencial) para tratar de comprobar dos cosas: primero, si el contexto afecta a la escritura de un modo en el que el escritor desconoce (pues operaría de manera inconsciente) y se puede dar el caso de que un escritor sea capaz de escribir –sin poder remediarlo, al no hacerlo conscientemente- sobre su contexto más cercano (lo cual demostraría que no se escribe con la imaginación o la memoria, es decir, que no habría escritura inmanente, sino que se produciría una suerte de diálogo –subliminal- con el entorno) y en segundo lugar, ver si el estudio demuestra lo contrario, si solamente se puede escribir desde la memoria, o sea, que los lugares solamente pueden ser apresados -artísticamente- una vez que han desaparecido de nuestro alcance inmediato y habitan ya de manera privativa (e ideal, claro; libres para fantasear en y sobre ellos, pues) en nuestro recuerdo.  En el caso de que no se pudiese demostrar una preeminencia efectiva de cualquiera de las dos posibilidades, sería igualmente interesante descubrir de qué modo ambas dialogan, debaten, pelean o se alían.

Dicho queda.

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