Algunas palabras sobre el desencanto

1.

En uno de los artículos periodísticos incluidos en el libro Los mitos y las máscaras (Tusquets, 1994) y que lleva por título “Algunas palabras sobre El desencanto”, Juan Luis Panero da un somero recuento de su vida, la biográfica, digamos, y llama a esos hechos de su vida personal “una especie de carnet de identidad de una máscara”; variopintos menesteres han sido los que ha desempeñado en el ámbito de la cultura, nos dice, e igualmente de su vida saltimbanqui podría decirse algo parecido: una sucesión heterodoxa de velos distractores. Pero lo que más me interesa ahora es lo que dice sobre la película El desencanto, que Jaime Chávarri rodase en 1977. Panero nos recuerda que, contra lo que se piensa, que la cinta tiene que ver con el cinema verité, pues que no, que lo mismo que su propia vida (tanto la biográfica, como la artístico-performativa): que no es más que un ritual de máscaras. Y lo dice amparándose en unos versos de Jorge Gaitán Durán que rezan:

“No somos más que máscaras, máscaras que el Destino dirige como quiere”.

Sin embargo, el desencanto hoy es cosa bien diferente, pues no tiene que (ni puede) ver con el rito, el juego o el disimulo. Ya no puede ser pose ni reclamo ni actitud. Hoy el desencanto ya ni siquiera podemos relacionarlo con la atildada sospecha o el postmodernismo bienintencionado.

Andaba pensando en todo esto mientras veía un reportaje que hace unas semanas programó Televisión Española y que lleva por título El desencanto de Europaaquí-. En él se nos viene a decir que se ha establecido en Europa un muro invisible entre ricos (Norte) y pobres (Sur); un muro hecho de desconfianza y que nosotros (que estamos entre los países mediterráneos) nos vamos a llevar la peor parte. Que los pueblos europeos están en un callejón sin salida, se nos dice. En el aire, concluido el visionado, queda flotando una pregunta:

¿cuántos sacrificios más será capaz de aguantar el ciudadano europeo?

2.

Pero también hay desencanto –e indignación- en Noche de los enamorados (Mondadori, 2012) la novela (no póstuma como se indica en la faja promocional, sino publicada póstumamente, que es otra cosa, queridos editores) del escritor zaragozano Félix Romeo (1968-2011).

Así de primeras, enseguida uno piensa en las novelas autobiográficas de Lolita Bosch y Julián Rodríguez: en esa sequedad del dato, en la hechura tosca de los hechos brutos y en la emoción narrativa que proviene de la elucubración del autor (que se manifiesta en violentos asíndetons y en timoratas expresiones verbales condicionales); un autor (post)literario, Romeo, despojado ya del sueño de la omnisciencia, la focalización interior de la psique y sin acceso a los testigos –ya muertos en el momento de la escritura- del drama.

Romeo (d)escribe tal sentir de la siguiente manera:

“Pero no importa lo que yo puedo imaginar.

Ni la facilidad con la que lo haga.

Sólo importa lo que yo puedo averiguar” (p. 24)-

Sin embargo, el libro “no es un juicio […], ni trata de sembrar dudas […], ni es la defensa imposible de una víctima […], ni es un ensayo sobre la justicia. Sólo escribo sobre las palabras: sobre lo que apareció en los periódicos, sobre lo que reflejó la sentencia, sobre documentos legales de libre acceso, y sobre los recuerdos de las palabras que guardo de Santiago Dulong, nublados por el tiempo y por el mal olor” (pp. 32-33).

Estructuralmente, el texto se divide en dos partes (La escena del crimen, Reconstrucción de los “hechos probados”), a las que hay que sumar una coda final. Y el tema es bastante sencillo: se trata de la historia de Santiago Dulong, quien compartió celda con el propio Félix Romeo cuando éste cumplió condena por insumiso en la cárcel de Torrero. A Dulong se le acusó de asesinar a su mujer, María Isabel Montesinos Torroba, en el domicilio que ambos compartían de la calle Barcelona de la ciudad de Zaragoza.

Domicilio de la calle Barcelona. Ya aquí se nos hace evidente una idea: que todo dolor tiene su sombra. Veamos lo que al respecto nos dice Félix Romeo:

“Cuando se publicó Amarillo, mi anterior libro, había transcurrido dieciséis años desde el momento de los hechos, el suicidio de Chusé Izuel, e hizo que eclosionaran miles de moscas.

Todavía las estoy espantando.

Sin mucho éxito.

Han pasado dieciséis años desde que María Isabel fue asesinada.” (p. 28).

Félix Romeo trata de averiguar sobre la vida anterior tanto de María Isabel como de Santiago, hurgando aquí y allá. En el ínterin, nos confiesa cómo las palabras sobre las que indaga fueron cayendo antes en su narrativa, en su novela Discothèque, en particular: “[en ella] Santiago Dulong, convertido en un camionero que no tiene nombre, confiesa su crimen a la protagonista, Dalila Love, que se dedica a “alternar”, y habla también de su primer matrimonio” (p. 34).

El libro anda lleno de paradojas y dobleces, analogías, búsquedas; preguntas. Pero, por sobre todo: palabras. Palabras que finalmente se declaran incapaces de remedar la incongruencia de la vida. Por ello es un libro que decepciona, por su desencanto, por saber que su cometido va a ser inútil. Pero ahí radica justamente su fuerza terrible, en su propósito descabellado. Romeo duda constantemente de su propósito, como –por ejemplo- cuando se cuestiona: “me pregunto qué intento encontrar reflejándome en este espejo” (p. 49). Es necesariamente Noche de los enamorados un libro que, como ya se indica en su portada, es un libro “de pestilencia, de malos recuerdos” (p. 50).

La referencia a los enamorados tiene que ver con que Dulong le cuenta a Romeo su historia, en la celda que comparten “desde el 14 de febrero de 1995, día de los enamorados, San Valentín, y durante un mes, en el módulo 2 de la cárcel de Torrero de Zaragoza” (p. 55).

La referencia sirve para que Romeo nos cuente su experiencia en la cárcel: “Yo, ese día plomizo de diciembre, estoy en pleno egotrip porque acabo de publicar mi primera novela, Dibujos animados, y voy a ser el mejor escritor del mundo, y me cago de miedo porque voy a entrar en la cárcel, y me tiemblan las piernas y me late deprisa el corazón” (p. 75).

Con tales recuerdos finaliza la primera parte del libro.

La recurrencia a los “hechos probados” de la segunda parte tiene que ver con que Romeo evidencia cómo “la víctima se ha convertido en la culpable” (p. 86) y, de alguna forma, por causa de su modo de vida (es alcohólica y alterna en un club), “ha pasado a ser la responsable de su asesinato” (p. 87). “La “debilidad hepática” y “el estrechamiento anormal de su “glotis”” (p. 89) van a verse por los forenses anónimos como facilitadores del crimen. Y para acabar de redondear el infortunio, dirá Dulong en el juicio que “las frecuentes discusiones, sólo le permiten recordar “quince o veinte días buenos” durante los cinco años de matrimonio” (p. 104). Después de asesinarla, Dulong le cortará el pelo con unas tijeras. “El corte de pelo es una castración. Y una señal de vergüenza” (p. 110), nos recuerda Romeo, quien pedirá a su compañera Lina, en un ritual bastante sórdido, que le ayude a recrear la escena del asesinato (“como hace la policía en las series de televisión” (p. 112)). Entonces se da cuenta Romeo de que lo contado por Dulong en el juicio (y a él mismo en la cárcel) no puede ser verdad. María Isabel no podía sino estar inconsciente cuando Dulong comenzó la acción de cortarle el pelo con unas tijeras robadas del bolso de esta. Así lo que queda patente es que lo que en el informe del juicio queda como “hechos probados” no son sino “afirmaciones sin contrastar” (p. 114), imprecisas y leves: ilusiones creadas por esas mismas palabras que afirman y concluyen.

El libro finaliza con Romeo y el equipo de grabación del programa La Mandrágora, en una noche de finales de 1998, en Zaragoza y en un bar de la calle Marcos Zapata que se llama Jonathan´s House. Allí: “un señor mayor, con gafas de pasta, se detiene delante de nosotros un instante y me hace un movimiento con la cabeza, como un saludo interrumpido, y sigue caminando” (p. 133). Se trata de Santiago Dulong, que morirá años después.

Para Romeo, y aquí podría encontrarse el leit motiv del libro: “María Isabel invierte la historia de Sherezade y pierde con las palabras. Invierte la historia de Judith y también pierde con la violencia” (p. 117). Podríamos decir que también quien pierde es el propio Romeo, quien invierte unos conocidos y bellos versos de Cernuda, y también pierde, pero a su favor; es decir, contra la belleza.

Los versos son los siguientes:

“El silencio de un mundo que ha sido / Y la pura belleza tranquila de la nada”.

 

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