La escritura (in)interrumpida

Muy al principio del quinto tomo de sus diarios, que se corresponden con los años 1998-2000 y que fueron publicados en 2006 bajo el título de La escafandra (Ed. Destino), deja dicho lo siguiente José Carlos Llop: “Esta tarde estaba escribiendo mi artículo semanal para el periódico. Ha sonado el teléfono. Cuando uno escribe, siempre acaba sonando el teléfono” (p. 17). Pero luego, un poco más tarde, matiza: “El teléfono es el cordón umbilical de los afectos. Cuando un teléfono deja de sonar, es que nadie ama a su propietario” (p. 21).

Deberíamos hoy sustituir el teléfono por los mails, menos ruidosos e intrusivos. Pero, sin embargo, igualmente distractores. Pues lo que de un mail nos provoca impaciencia y nos obliga a detener el trabajo y a (des)concentrarnos ni siquiera es el mismo mail, sino el deseo de su presencia en nuestra bandeja de entrada.

Si al levantarnos por la mañana no encontramos una buena decena de mails pendientes (así sean de propaganda o suscripciones de un blog o novedades editoriales o anuncios de presentaciones o saraos diversos) pues nos entra como una desazón tremenda. A mí me sucede, el menos. Pero tal buena decena de mails mañaneros, contra contentarnos para el resto del día, nos aturde, pues su presencia temprana alienta en nosotros la esperanza de que a estos mails corporativos o impersonales les sucederán otros íntimos, de implicaciones individuales y con proyectos, propuestas o sugerencias exclusivas, para nosotros; para nosotros y para nadie más.

Pero, claro, no es lo que suele suceder. O no, al menos, a mí. O no, al menos, con la frecuencia que yo desearía (o que creo desear).

Así, lo que sucede, es que en las largas horas de la noche, mientras uno escribe, alejado del mail y de Internet, habiendo puesto todas las vallas, trabas y obstáculos que ha sido capaz uno de disponer entre su actual dedicación laboriosa a la escritura y el deseo, la esperanza y la ilusión de algún mail nuevo, el tranquilo equilibrio de la madrugada, vencido al silencio ecuánime y pausado, se rompe. Por alguna razón, la que sea, se nos rompe. Y allá que dejamos lo que estamos haciendo y nos vamos, cada poco rato, a comprobar el mail de nuevo, por si en un descuido hubiese arribado ese tan ansiado mail que nos transmite los afectos de las personas por nosotros queridas y que viven a una distancia insuperable, distancia que –claro está- no permite los encuentros personales.

Pura y perentoria nostalgia del presente (de ese mail que está pero no está, ese mail incorpóreo que se nos anuncia por virtud de nuestra ingenua esperanza, la de sentirnos –la de querer sentirnos, mejor dicho- en todo momento en la mente y los afectos de los otros).

Quizá, en el fondo, igual no sea siquiera una cuestión tecnológica, sino más bien la tragedia de tener que poner siempre a prueba nuestros afectos, como si la velocidad en la que vivimos nos alentara el miedo de pensar que, de distraernos un momento en algo que sea privado y ajeno al mundo exterior, se habrá provocado una fractura irrevocable en nuestra relación con el mundo y los demás se habrán olvidado de nosotros, para siempre y de manera fatal.

El miedo de que la soledad de la escritura se nos torne crónica y se nos cuele en todos los ámbitos de la vida, será, supongo.

O quizá, en el fondo, lo único que quería decir de una manera ciertamente alambicada y elusiva, es que todo, absolutamente todo, (con)tiene la potencial amenaza de distraernos de la escritura.

Igual por eso deseamos con tanto ardor que nos envíen muchos mails, para poder tener la excusa de contestarlos, para al menos escribir algo (y poder sentir que sí, que estamos escribiendo), ya que –de repente- nos hemos quedado bloqueados en nuestro trabajo de ficción y nos damos cuenta de que llevamos más de cinco horas y no hemos sido capaces de avanzar siquiera más allá de unos frágiles párrafos inconexos. Párrafos que, encima, ya no van a leer sino los enanillos alborotadores que habitan la papelera de reciclaje de nuestro portátil.

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