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Un bromista nada solemne

Al parecer eran legendarias -y constantes- las bromas de Roberto Bolaño.

Cuenta Rodrigo Fresán en el documental La batalla futura cómo una vez que llevaban de vuelta a Roberto a Blanes, en coche, y yendo Bolaño en la parte trasera, se hizo el muerto durante un rato y cómo casi llegaron a creerle (el susto, al menos, no se lo quitó nadie).

La última de sus bromas, o la última que conocemos, la refiere Mónica Carmona -aquí-, quien fue editora de Bianca para el sello Grijalbo. Cuenta Carmona que Roberto la llamó por teléfono (y apenas hacía unos meses que ésta venía trabajando en la editorial) haciéndose pasar por Gabriel García Márquez y que, de primeras, Carmona le creyó y actuó como si, en verdad, Bolaño fuese Gabo.

Ese juego del otro, del que no está, esa presencia de una ausencia, por decirlo en términos de teoría de la imagen, es lo que se percibe ahora cuando uno escucha o lee tales comportamientos del escritor chileno; al modo pictórico, pues.

Y pienso en esto al calor de ese aire de nostalgia que se percibe en el ambiente en estos últimos meses, y que proviene de ese intento de recuperación de ciertas tendencias de los años 90, especialmente en lo referido a la solemnidad de un nihilismo, por momentos, melancólico (como si quisieran obligarnos a ahondar aún más en nuestras miserias contemporáneas).

Porque contra eso, mejor quedarnos (o así lo prefiero yo) con el eco risueño y embriagador de las múltiples bromas de Bolaño, así: acordarnos de él como irrenunciable antídoto contra la gravedad de un presente que no promete ni prosperidad ni socorro ni solaz alguno.

Pensar, como Bolaño, que ante las adversidades, sean éstas cuales sean, siempre quedará la felicidad de saberse vivo, teniendo la certeza -además- de que en la madrugada nos queda(rá)n unos minutos sueltos para venir aquí a escribir unas breves reflexiones.

Y dar gracias por ello; con alegría, huyendo de todo protocolo.

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Los escritores y la edad

1.

Es bien conocida la historia sobre cómo comenzó a escribir Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927) y que éste ya contase en su discurso “Cómo comencé a escribir” –aquí– pronunciado en Caracas (Venezuela) el 3 de mayo de 1970 y que se incluyó en su último libro Yo no vengo a decir un discurso (Mondadori, 2010).

Entonces contó Gabo que, Eduardo Zalamea Borda, viejo zorro del diario bogotano El Espectador, había afirmado con pompa de señor conservador en las páginas del mencionado periódico, que los escritores jóvenes colombianos no sabían escribir.

El por aquel entonces joven Gabo,  por el vejamen, se obligó a sí mismo a escribir un cuento en un intento de callarle la boca a Zalamea. Y, así, lo mandó al periódico y a fe de que lo consiguió, pues, para su sorpresa, el cuento acabó publicado en El Espectador.

Viéndose en la tesitura de no quedar mal con Eduardo Zalamea, pues éste digamos que había tenido que retractarse públicamente al mismo tiempo que hacía una apuesta literaria por el joven Gabriel García Márquez, el futuro premio Nobel sintió que no tenía más remedio que seguir escribiendo.

De por vida.

Con el tiempo, confesaría el escritor colombiano que

“el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica”.

Pero, ¿sucede lo mismo con el oficio de lector?

2.

Gunter Grass decía que “No hay espectáculo más hermoso que la mirada de un niño que lee

3.

El escritor chileno Rodrigo Díaz Cortez (Santiago, 1977), que acaba de publicar este año en Libros del lince su novela El peor de los guerreros, confesaba en una entrevista reciente que le hizo Pablo Suárez -y que ha salido publicada en el número de Junio de la revista Qué Leer- que fue un niño inquieto y travieso,  hasta que se serenó al descubrir el inmenso mundo de los libros y que:

“desde que comenzé a leer, quise embarcarme en la producción de mis propios relatos”.

Rodrigo Díaz Cortez tiene en la actualidad 33 años y,a lo que parece, la lectura de libros le condujo a la escritura de los mismos.

4.

A este respecto llama mucho la atención que Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), aprovechando la presentación de En un lugar solitario (Narrativa completa 1973-1984) en la editorial DeBolsillo –aquí-, y contradiciendo ese supuesto mantra que dice que “el buen escritor, antes incluso de sentirse o de llamarse así, es un buen lector”, declaró que nanai de la china, que esto no era necesariamente cierto y que, como su propia experiencia corrobora, él fue primero escritor y más tarde lector.

Enrique Vila-Matas tiene en la actualidad 63 años y, con el tiempo, parece que se haya hecho mejor lector -y, también, mejor escritor-.

5.

Según afirma Miguel de La Cruz –aquí-, coordinador de cultura de oncetv México, Mario Vargas Llosa, el último premio Nobel de literatura, en la actualidad, lee a un promedio de 77 páginas por hora, ¡77 páginas por hora!, pues se leyó Traiciones a la memoria de Héctor Abad Faciolince en un vuelo Cartagena de Indias-Lima, un vuelo que dura exactamente tres horas y media.

Mario Vargas Llosa tiene en la actualidad 74 años y, a lo que parece, lee a la velocidad de la metralleta; en lo que respecta a su escritura, digamos que anda un pelín distraído.

6.

En un reciente encuentro digital con sus lectores promovido por el periódico El País –aquí-, el premio Cervantes 2008 Juan Marsé (Barcelona, 1933), decía:

“debo confesar que mi plan de lecturas se ha resentido mucho últimamente. Estoy en esa edad que uno debe escoger entre leer o escribir; e incluso, en lo referente a lecturas, entre lo nuevo o relecturas de aquellos autores que siempre fueron un verdadero estímulo. Y confieso que yo estoy en eso”.

Juan Marsé tiene en la actualidad 78 años y sigue escribiendo a un buen nivel, pero leyendo poco.

7.

Rodrigo Fresán (1963), con ocasión de la presentación de la última novela de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) El ruido de las cosas al caer, premio Alfaguara 2001 –aquí-, hablaba de sí mismo no ya como una joven promesa, sino más bien del lado de los más viejos, esos que él recuerda que en su juventud se excusaban con afirmaciones tipo “estoy releyendo a Tolstoy” para no tener que leer a los jóvenes, o sea, al mismo Fresán y a sus compañeros de generación (y esto le irritaba profundamente, nos cuenta).

Siendo que ya no es un escritor joven, nos dice Fresán, pero que tampoco está dispuesto a incurrir en la vejación de no leer a los jóvenes, nos confiesa Rodrigo que tiene un método sencillo para no caer en la trampa.

Nos dice que:

“me limito a leer –no son demasiados, me temo que son cada vez menos– a los jóvenes escritores que saben leer”.

Rodrigo Fresán tiene en la actualidad 48 años y, como demuestra con cierta asiduidad, suele gustar bastante de las aporías.

8.

En el prefacio a su libro de 1925 La danza piadosa (Cabaret Voltaire, 2009), Klaus Mann (Munich, 1906), el hijo de Thomas Mann afirmaba que:

 “A veces casi tengo la impresión de que ya, de por sí y a priori, sea una señal de atraso y melancolía por parte de un joven escribir, todavía hoy, libros”.

Caso de seguir vivo (se suicidió en 1949) hoy Klaus Mann tendría 105 años y, por lo tanto, sería el más viejo del lugar.

*

Por ello, en lo que respecta a la escritura de libros, y en la misma línea de Enrique Vila-Matas, afirmaremos aquí en La Soledad del Deseo que la escritura es una pulsión que se le presenta al sujeto en un momento indeterminado de la juventud y que le lleva a la escritura de libros. Esto no viene producido ni por la lectura de libros ni por ninguna otra cosa. Puede que sí, que el escritor además sea un lector, o puede que no. Pero ni lo uno ni lo otro implican que el escritor vaya a ser mejor o peor escritor en el futuro. Con Gabo afirmaremos que sí, que el escritor sigue escribiendo sin detenerse, por orgullo, honestidad, o en el caso de Vargas Llosa, por deportividad olímpica.

Respecto a la lectura de libros, sospechamos que hay una correlación clara entre el descenso del nivel de lectura y la edad.

Así lo demuestra, por lo menos, el Informe de hábitos de lectura y compra de libros en España 2010, llevado a cabo por la empresa Conecta para la Federación de gremios de editores de España, con el patrocinio del Ministerio de Cultura. Fíjense como tanto la línea azul (hombres) como la amarilla (mujeres) van cayendo en picado a partir de los 44 años.

El informe completo se puede consultar aquí.

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A vueltas con la nostalgia

1.

Mejor que no nos llevemos a equívocos y que quede claro desde el principio:

detesto la editorial Blackie Books.

Y la detesto porque trabaja con un material que me parece mezquino y deleznable: la nostalgia.

Porque su target es el de aquellos que añoran su juventud (los nacidos en los años 70´s), y no tanto porque fuese entonces mejor, sino por pura idealización del pasado (por no querer constatar la desazón del presente).

Se podría decir, pues, que Blackie Books es una editorial bienentencionada, casi católica, en su sentido mesiánico y abarcador, en ese querer estar en todos sitios y en ninguno (en su caso, en todas las baldas de la librería, sin distinción).

Y así, justamente por ello, resulta fuertemente reaccionaria.

Lo irónico es que se vende como todo lo contrario: como una editorial moderna y fresca. Me extraña -además- que nadie saque a relucir las semejanzas entre sus ediciones y aquellas de Enid Blyton para la Editorial Juventud (con la salvedad de que donde aquellos ponían brillo estos ponen mate).

Ha de decirse, eso sí, que la calidad de sus libros es incuestionable, muy superior a la media, y que lo que paga por ellos el consumidor es, en este caso, lo justo.

2.

Como lo cortés no quita lo valiente, hay que decir que uno de los títulos de su catálogo brilla con luz propia:

Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett.

Charlie Numberg, editor de Sterling, dice que “every book is new to the person who hasn’t heard of it yet” [1] y es que, a pesar de que ya lleve siete ediciones, puede que Vd. lector, no haya oído hablar de este libro.

Puede ser.

Yo mismo he desoído su publicación durante todo este año, de hecho, he huido de él como de la peste.

Pero PapáNoel, quien parece tener sus propios planes, ha venido a mediar en esta relación de desprecio unilateral mía con la editorial Blackie Books.

Para bien.

3.

El libro del cantante del grupo norteamericano Eels es notable por su naturaleza tétrica, por las sombrías intrusiones de la desgracia, y es que como el mismo Everett nos confirma “la sensación que tengo es que la muerte no anda nunca muy lejos de mí” [2].

Se diría así que su mayor propósito es el de conjurar el miedo, pues el libro podría resumirse con la siguiente sentencia: “hubo tantos momentos lamentables que resulta difícil escoger uno entre la larga sucesión de miserias que conservo en la memoria” [3].

Por ello se puede afirmar que el libro es como es, pero podría ser de mil maneras diferentes; es así un libro fiel al carácter escéptico de Everett, quien mantiene siempre “una actitud abierta a todas las posibilidades” [4].

En ese ir escogiendo -sobre la marcha- una entre muchas otras variopintas sensaciones posibles y tirar hacia delante, sin mirar  atrás, es donde se halla su belicosa poeticidad.

Porque el libro, a pesar de las mil tragedias (la muerte de su padre, su madre, su hermana, su prima y hasta su mánager), no deja espacio para la sensiblería, los dogmas de fe; tampoco para la resiliencia -como se ha dicho por ahí-.

Es una memoir sobre cómo sobrevivir a la desesperación, sobre cómo vivir en el interior de uno y salir si no indemne sí fortificado, “viviendo de puertas afuera de modo automático” [5].

4.

Cosas que los nietos deberían saber es un libro sobre el don, “el de una inseguridad abrumadora” [6] y que se manifiesta en la fortaleza de la convicción artística, la de “mejor hacer algo bueno, algo duradero” [7], porque, además, no queda otra opción “no hacerlo equivaldría a estar fingiendo” [8].

Y así, Everett nos va contando su proceso de maduración artística, su inevitable destino, el de escribir canciones, porque “literalmente, era eso o morirme” [9], y es que “si lo hacía era sólo por no saber qué otra cosa hacer” [10].

Así lo acompañamos en ese ir “intentando eliminar capas para llegar a la verdad que subyace a todo” [11], porque Everett nos confiesa que “quería ser sincero, seco; aunque me hiciese sentir incómodo” [12].

Todo ello nos es contado en un “estilo directo, sucinto y sencillo” [13].

De refilón, cómo no, está la locura del circo de la industria musical, su irrealidad, la tiranía de los fans, que se cabrean cada vez que Everett saca un nuevo disco porque “no era lo que ellos esperaban” [14].

Pero también está su matrimonio con una alocada e impredecible rusa llamada Anna, una “aventura rara, muy rara, pero divertida” [15] y que iba a durar, a la postre, “cinco o seis años” [16].

Sus depresiones, su mudanza a los Ángeles desde su Virginia natal, sus trabajos precarios, sus giras por Europa y, otra vez, su resignada y vitriólica desesperación.

Todo ello dispuesto con esa misma rara música de sus canciones, como sin querer, para llegar al punto final de la victoria, donde Everett sin el menor rubor afirma que “tengo que reconocer que para ser alguien sin plan las cosas me han salido bastante bien” [17].

Y, vaya… si es verdad.

El mejor resumen de este libro sería mentar a los fantasmas, pues Cosas que los nietos deberían saber es un tratado sobre cómo conjurarlos, a los fantasmas, dirigido a esos nietos igualmente fantasmagóricos que Everett no tiene, y quizá tenga (o no) algún día.

De momento, podemos servir nosotros, los lectores, como obedientes pupilos quienes escuchan con atención los consejos de Everett.

Tomemos este, por ejemplo:

“si vas a tener un fantasma en casa, lo mejor que puedes hacer es pensar que es un fantasma amigo” [18].

Gracias Mark por haber compartido con nosotros tu irreverente, hermosa e inspiradora singularidad.

Estamos en deuda contigo.

Y un poco, también, con Blackie Books.

– – – – – – –  –


[1] Mike Shatzkin. Selling the backlist (and other things) and finding the next battleground. The Shatzkin Files. 28-December.2010.

[2][18] Cosas que los nietos deberían saber. Mark Oliver Everett. Presentación de Rodrigo Fresán. Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria. Ed. Blackie Books. Barcelona. Quinta edición. Julio de 2010. [págs 172, 52, 141, 20, 6, 115, 110, 61, 61, 85, 86, 166, 160, 146, 149, 192 & 100]

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Actualización [15-01-2011]

El editor de Blackie Books, Jan Martí, dice hoy en el suplemento Babelia de El País acerca de los libros de su editorial:

“tienen cierto aspecto retro […] recuerda un poco a los libros de Los Cinco de Enid Blyton” [1]

[1] Sergio C. Fanjul. Diseño inteligente (de libros). Babelia/ElPaís. 15-01-2011.

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Escritor en Allak – Sr. Proust, pase sin llamar

Dijo Enrique Vila-Matas

-con gratificante alegría- hace unos días [1], al respecto de la obra Verano de Coetzee, alentado por la sorpresa que le producía que una serie de escritores la hubiesen recomendado como obra de lectura veraniega, que en ella [en Verano], uno descubre que persiste todavía “algo” […]  un arte estrictamente literari0″ [2].

Y yo diría que sí, pero no como placer estético, sino como respuesta a ese “arte a medio camino entre el rigor histórico y la gracia de la literatura” [3] que es la biografía. Y que, hoy día, parece estar en  auge creciente.
En Summertime (aquí manejaremos la versión original inglesa) hay una idea, sí, y que huye del signo lingüístico (o más bien que se agazapa peleona tras él), pero no tanto como afirmación de originalidad, sino como réplica.

El libro de Coetzee se abre y se cierra con dos secuencias de anotaciones del propio diario (falso) de Coetzee. Las primeras fechadas (1972-1975) y las segundas sin fechar.

Y, entre medias (la carne del libro) hay cinco secuencias que se corresponden con las entrevistas (sin editar) mantenidas con cuatro mujeres y un hombre: Julia, Margot, Adriana, Martin y Sophie.

Las tres primeras secuencias componen el grueso del libro (218 páginas en total).

La primera y la última (Julia y Sophie) han sido amantes esporádicas de Coetzee, Margot es una prima suya de la que estaba enamorado a los seis años, Adriana es la madre de una alumna de Coetzee cuando este daba clases de apoyo de inglés y Martin es un colega profesor de la universidad de Cape Town (donde Coetzee también dio clases).

Quien conduce (bueno, por decir algo) las entrevistas es Mr. Vincent, un inglés que se las pretende de biógrafo de Coetzee y cuyo propósito es el de “a seriously intended biography” [4] mientras recorre un periodo de tiempo en la vida de Coetzee [1971/72-1977] crítico -según el- para su formación como escritor.

Y aquí nace la gran contradicción del libro: su propósito y lo que verdaderamente nos ofrece. Hablo siempre en términos de Mr. Vincent que es quien -supuestamente- escribe el libro (y que es una suerte de no tanto work in progress como de material en bruto).

El quid de la cuestión es la siguiente (en palabras de Adriana, la madre neurótica de una de las alumnas de Coetzee cuando éste daba clases extra de inglés):

“How can you be a great writer when you know nothing about love?” [5].

Y la respuesta es: Proust.

Tanto la crítica anglosajona como la española han pasado por alto este punto. Y es que han caído como bobos en la trampa de Mr. Coetzee.

Porque, veamos, al igual que hiciese en las dos partes anteriores de su (hipotética) biografía, Coetzee se sitúa aquí afuera de la narración; contra la utilización -esperable-de la primera persona, antes utilizó una tercera persona.
Aquí, en Summertime, se aviene ya al indiscutible deceso: Coetzee desaparace de la acción, puesto que la novela da por supuesto que Coetzee está muerto (y que murió en 2008).

Coetzee nos quiere hacer creer que anda fuera el foco, cuando -en realidad- el foco le está quemando su beatífica barba blanca.

Con increíble astucia, Coetzee va dejando todo lo que la gente quiere oír, y se lo dice además bien clarito a través del zafio e incompetente Mr. Vincent (una elección de personaje magistral, dicho sea de paso); a saber: el apartheid, su infancia traumática, sus problemas con las mujeres, su descalabro sexual, su egoísmo, la figura del otro en la narrativa postcolonial, la construcción identitaria y cultural que hacen con nosotros los demás y que es necesariamente errada, o acaba siendo arbitrariamente poliédrica, etc etc etc

Es decir, carnaza para los departamentos de inglés de las universidades, los críticos literarios más ciegos y los lectores más vagos.

Y es que se equivoca Boyd Tonkin cuando dice que esta novela es autoficción [6]. Ni modo. Sí tiene razón cuando habla de su metaficcionalidad, pero ésta se construye en otros términos.

Así que vuelvo sobre lo mismo: Proust.

Porque no hace falta hacer un close-reading para darse cuenta de que en las diferentes formas contenidas en el libro (Mr Vincent,por ejemplo, ficcionaliza -en una ficción vacua y pobrísima- la parte de Margot) se repiten una serie de motivos y excursos lingüísticos, pero, por sobre todo, un estilo.

Porque “style is the beginning of distinction” [7].

Y este estilo es la ficción adentro de la ficción de la que habla Manuel Arranz [8].

Dicho en palabras más simples: Coetzee se parodia a sí mismo.

Y lo hace con un propósito muy claro: que el lector avispado se de cuenta de que todo en la novela lo está escribiendo Coetzee, es decir, dinamita soberbia -y sutilmente- el efecto de la verosimilitud, cargándose, de paso, la convención de esos libros de cotilleo que ahora se justifican a través del pacto biográfico, y de los que tanto se habla estos días.

El mismo título: Summertime, una bomb-word.

Lo dijo Rodrigo Fresán: “Ganas de confundir desde la claridad absoluta […] Desvelando de antemano que es un mago que conoce el truco” [9].

Todo, absultamente todo, está anunciado desde el título mismo.

Durante todo el libro se repite con una insitencia cansina que los modelos coetzeeanos son los escritores modernistas.

Así, lo que hace en esta novela Coetzee es crear un fantasma postmoderno, que supere el manidísimo cliché de ese postmodernismo tardío (o retardado) que parece abrumarlo todo, y ello, con el inestimable próposito de defender la continuidad de su obra creada à-la-Proust, es decir, una obra cuyo valor estilístico radica en sí misma, en la capacidad de su estilo para convertirse en un constante aprendizaje narrativo y vital.

Una afrenta al dogmatismo materalista, al cientificismo que considera que sólo con los datos biográficos es posible entender el corpus de una obra literaria mayor.

Así, inventándose una biografía para sí mismo, traiciona las expectativas de los cotillas y afirma la pervivencia de su excelsa obra, desde dentro.

La mayoría de críticos y lectores se han quedado con la idea de que Coetzee se estaba justificando, y que les estaba diciendo que “So sorry to disappoint” [10].

Y del guiño secreto al novelista yugolasvo Danilo Kîs, ya ni hablemos.

Es una pena que nadie se haya dado cuenta de la verdadera naturaleza del libro, excepto Vila-Matas, claro.

Y es que Vila-Matas, quizá temiendo esto (que nadie le entendiese), y habiéndose dado cuenta de lo cafres que llegan a ser los críticos españoles, ha decidido ser más explícito a la hora de exponer su proyecto literario, para evitarse confusiones.

Por si acaso, y para ganar tiempo, ya publicó  primero el libro en Francia (Perdre des theories, Christian Bourgois Editeur, Paris, 2010).

Perder Teorías sigue la secuencia de París no se acaba nunca, más pulida, mejorada y cincelada con la esencia del genio.

Para entender este libro, pienso que deberíamos situarlo en el vórtice del triángulo que conforman Seis propuestas para el nuevo milenio de Italo Calvino y las Siete Noches de Jorge Luis Borges.

En el primero Calvino habla de seis propuestas para la narrativa del siglo XXI quizá un tanto vagas (levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia), mientras que Borges en sus conferencias de Buenos Aires de 1977 repasa las obras de sus maestros.

En Perder Teorías, Vila-Matas produce una simbiosis de ambas propuestas.

De un lado, propone cinco puntos irrenuciables que habrá de tener la narrativa del siglo XXI, y lo hace con mayor claridad que la utilizada por Calvino.

Sus propuestas son: “intertextualidad”, las conexiones con la alta poesía, la escritura vista como un reloj que avanza, la victoria del estilo sobre la trama y la conciencia de un paisaje moral ruinoso.

Es decir, again: Proust.

De otro lado, y como viene siendo habitual (a pesar de que -como él mismo dice- es menos continuo de lo que él predica) el recuerdo y apoyo de los autores amados, maestros imprescindibles para su formación:

principalmente Julien Gracq y su El mar de las Siertes (verdadero pivote de su teoría), Blanchot, Russell, Ribeyro, Robbe-Grillet, Duras, Kafka, Pessoa, Breton, etc

Perder Teorías sigue la secuencia del relato/crónica/testimonio autoficcional en el que Vila-Matas es invitado a un congreso de literatura (en este caso en Lyon) y siguiendo el interes vilamatiano por la antítesis, aprovecha el escritor la acción, el movimiento, para explorar la inacción, o sea, la desaparición, pero también la figura del otro o el alterego.

Indaga -de paso- en la timidez “causa directa […] de toda riqueza interior” [11], la felicidad “el novelista que termina una novela y siente que ha recuperado su libertad [12], el sentido “no […] el sentido general de las cosas, sino el de la vida propia” [13] y en el destino del ser humano: “es la nuestra una pura actividad sin fin, una enloquecida carrera hacia la nada” [14].

Al mismo tiempo, sirve Perder Teorías como  “apuntes para una teoría general de la novela” [15]. Y, también, como anexo a la magistral e imprescindible Dublinesca (Seix-Barral, Barcelona, 2010).

Pero, sobre todo, y en la línea de Coetzee, es “la triunfal afirmación de la literatura sobre el mundo” [16].

Una invitación, en suma, para unirse al club de los que “consciente o inconscientemente [guardan] una gran fe en la humanidad” [17], verbigracia, los buenos escritores, los buenos lectores, los mejores críticos: amantes de la verdadera literatura.

A diferencia de Coetzee, este libro de Vila-Matas es ameno, didáctico, breve y -encima- produce un deleite estético inenarrable.

Es la demostración de que “parafraseando a Antonio Machado, [uno] hace teoría al andar” [18], pues “toda teoría acerca de la construcción de una determinada novela es algo que […] uno siempre construye después de haber terminado una novela” [19].

Una invitación, pues, al feliz país de la literatura, donde, por supuesto, se puede pasar obviando el protocolo.

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[1] Fátima Cruz. Verano, de Coetzee, la novela más recomendada por los escritores españoles para estas vacaciones. Tentaciones de Verano. El País. 31-07-2010.

[2] Enrique Vila-Matas. Pensar de otro modo. El País. 14-09-2010.

[3] Jesús Ruíz Mantilla. Hurgar en la vida de los otros. El País. 12-09-2010.

[4], [5], [7], J. M. Coetzee. Summertime [Scenes from provincial Life]. Harvill Secker. London. 2009. [pp. 225, 199, 242]

[6] Boyd Tonkin. Portrait of the artist as a loser. The Independent. 04-09-2009.

[8] Manuel Arranz. Verano, de J. M. Coetzee. Letras Libres. Junio-2010.

[9] Rodrigo Fresán. El muerto vivo. Página 12/Radar Libros. 25-Abril-2010.

[10] Marie Arana. The artist through the eyes of others in J. M. Coetzee´s Summertime. The Washington Post. 08-01-2010.

[11][19] Enrique Vila-Matas. Perder Teorías. Seix-Barral. Barcelona. Septiembre de 2010.  [pág 59, 57, 54, 51, 14, 42, 7, 17, 62]

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Escritor en Allak – Diario(s) del Abismo

Me gustan mucho los diarios en general,

y más si son de escritores,

porque siempre tienen una razón de ser; y es que en ellos sólo hay dos cosas legítimas para contar: la floración de la adolescencia o la venida de la muerte.

Son, pues, de alguna forma, vida y resurrección.

Lo dice muy claramente Josefa Contijoch:

ara i sempre ho hauries de saber:

hi ha un temps per a cada cosa [1].

Sucede igual con la miscelánea: que acontece cuando los hallazgos de la vida se tornan fetiches, bien por la acumulación diogenesíaca, bien cuando ya no se puede trabajar sino “con el empuje de los recuerdos” [2].

Es por esta razón que el diario, en múltiples ocasiones, se convierte en una forma más de la miscelánea.

En esto andaba pensando mientras me saltaron a los ojos unos versos elusivos y, por ello, prodigiosos. Son los siguientes:

Quisiera ser lo que no hay

en el espejo y seguir

descendiendo para siempre

hasta la playa [3]

Este asunto justamente es el que deben tratar los buenos diarios de escritores, me digo, esa escritura que tendría que parecerse “a la sensación de verse desnudo en público durante un sueño” [4].

Y esto es lo que nos cuenta Harold Brodkey en su libro/diario Esta salvaje oscuridad. La narrativa comienza cuando a Brodkey (a pesar de llevar una vida de casado heterosexual) se le diagnostica que está afectado por el sida (tuvo una previa vida como promiscuo homosexual durante décadas en Nueva York).

Así, lo primero que le evidencian sus afectos es que su tiempo restante de vida se torna -de pronto- “muy confuso, quizá anodino, insulso” [5], y al estar muriéndose, Brodkey (nos) confiesa que no tiene “muchas emociones privadas” [6]. Este es el sentido de este diario para él, el de luchar con arrogancia frente a la pena de la cobardía por la muerte.

Por esta razón este diario es una especie de “esnobismo con la muerte” [7] puesto que a pesar de hallarse Brodkey “coleccionando minutos” [8], los últimos minutos de su vida, sabe que “cierto tipo de frivolidades […] tienen algo de honrado [9].

Este diario es una lucha contra la tortura y la eterna inestabilidad de su mente.  Es tanto una muestra de valor  y soberbia, como un arrebato lírico por saber que todo lo humano puede ser materia para el novelista. Y esta segunda parte es la que a mí más me interesa: que nos comparta el testimonio de cómo “las hojas de los árboles y yo estamos muriendo juntos” [10].

Hallarse en la confidencia de ver a Brodkey “sentirse humo” [11] y notarle temblar y que rápidamente su cuerpo sea en la página un revuelo, por la simple captación del ojo de la parábola de un pájaro en la tarde.

El libro, a medio camino entre el testimonio, el testamento, el ensayo y la despedida, es también una declaración de principios (literarios y vitales), pues Brodkey opina que “desprecio la vida si no puedo vivirla en mis términos” [12].

No hay, quede claro, nada de sentimentalismos, cursilerías o quejas, y eso que tampoco se nos escatiman detalles sobre su enfermedad.

Sí hay, de otro lado, la misantropía marca de la casa brodkiana, por supuesto.

Pero también hay accesos de bondad y humildad, también hay contrición, amabilidad y, sobre todo, amor. Mucho amor a su mujer, Ellen, la cual confiesa que, irónicamente, a pesar de la enfermedad de Harold “nadie creería que es uno de los momentos más felices de mi vida” [13].

Y hay amor a la literatura. Mucho amor al lenguaje, a la palabra, al verbo noble y orgulloso, a la propia obra, pues Brodkey nos confía sin atisbo de duda que tiene total confianza en que “su obra vivirá” [14]. Y más aún, incluso asegura (a pocas semanas de su muerte) que “si me ofrecieran verme libre de esta enfermedad a cambio de mi obra, no lo aceptaría” [15].

Se trata -como se ve- de un libro violentamente hermoso, necesario – imprescindible, más bien-, que no busca la comprensión ni el amparo del lector sino su complicidad para que le permita al autor “quedarse solo, enclaustrado en lo real […] en la crueldad y el silencio” [16], para finalmente acabar perteneciendo “por entero a la naturaleza, al tiempo” y así descubrir que “la identidad era un juego” [17].

Es infrecuente y disparatado “que uno pueda disfrutar de su muerte” [18], pero así es, y no sólo la disfruta Brodkey, sino también nosotros, por la sencilla razón de que ya no es vida su vida, sino literatura: es decir, cultura; propiedad de todos.

Y eso es lo que ha de pedírsele a un buen diario, que transmita la auténtica esencia poética de quien lo escribe, que extraiga de las cosas el término que lleva adherido para que podamos empezar a “redescubrir, más acá de su sentido, su figura, y, más acá incluso de su figura, su propia fisonomía” [19].

Es lo que trata de hacer también Richard Brautigan en su libro/diario Una mujer infortunada, pero éste fracasa estrepitosamente.

Él mismo lo sabe y por ello finaliza confesando que  “de verdad lo he intentado” [20]. Y es verdad, se nota, oh, sí, y ahí es donde radica también su absurda grandeza, reconozcámoslo.

Igual que el diario de Brodkey, el de Brautigan se escribe pronto al deceso físico del autor. Si Brodkey murió con 65 años, Brautigan lo hace con 49.

Donde el primero muere de sida, el segundo se pega un tiro en la cabeza con una magnum del calibre 44.

Donde el primero es un autor de culto semifamoso, Brautigan es un autor que ha dilapidado su fortuna [vendió casi tres millones de ejemplares de Trout fishing in America (1967), novela que ha sido recién publicada en castellano por la editorial Blackie Books].

Brautigan es en el final de su vida (y, por tanto, en su diario) puro embrollo, desorden, indisciplina y descontrol. Pero algo importante une su diario con el Brodkey: el anhelo de la eternidad.

Donde Brodkey la busca en la perduración del conjunto de su obra, Brautigan la busca en la vivencia de la casa en la que se ahorcó la extraña infortunada mujer a la que se alude en el título y que ésta compartía con el autor.

En principio, el diario Una mujer infortunada, relata sucesos novelados y no se basa en hechos reales, pero por el dolor que atraviesan las palabras es fácil adivinar que, como acertadamente apunta Rodrigo Fresán, se trata de un testimonio sobre “la imposibilidad de seguir escribiendo y la inminencia de un final inevitable” [21].

Brautigan, igual que Brodkey, se impone una limitación, que es una suerte de metáfora de la muerte: sólo podrá escribir lo que le quepa en una libreta japonesa de 160 páginas (una libreta que, nos dice, le hubo de costar dos dólares con cincuenta céntimos).

La novela/diario termina pues cuando Brautigan llega a la página final de la libreta japonesa.

Entretanto nos encontramos con un Brautigan errático (mi corazón es como una colonia en la luna [22]), dubitativo, contradictorio (“odio viajar, aunque continuamente esté viajando” [23]), paradójico, determinista (“me cuesta creer que las cosas de veras puedan cambiar ” [24]), incrédulo (“debería aprender a nunca fiarme de mis intuiciones” [25]) y excéntrico (siempre me han gustado los cementerios […] he desperdiciado demasiado tiempo […] en cientos de ellos allá por donde he pasado en este mundo [26]).

Un Brautigan que nos habla de sombras y reflejos: de una mujer que se suicidió en la casa que compartían ambos, y también de otra amiga muerta de cáncer; sucesos, empero que no acaban de clarificarse (el autor se disculpa y confiesa su incapacidad para hacerlo: de ahí su manifiesta derrota).

A mi entender, el gran hallazgo de este diario es el torbellino con el que está escrito y que trata de “mantener simultáneamente en marcha pasado y presente” [27].

El efecto es hipnótico y tristísimo, puesto que el diario -a pesar de estar pertinazmente fechado- va y viene por el calendario, hace digresiones aquí y allá, pero ya muy desde el principio intuímos que sólo hay un lugar hacia el que puede ir voluntarioasmente: hacia el fracaso total.

Y es que el diarista ha perdido “el control de los días, las semanas, los meses, los años” [28]. Y así confiesa como se le hace “cada vez más evidente […] que uno no puede controlar la vida y quizá ni tan siquiera preverla, y que ciertamente los designios y presagios son de todo punto ilusorios” [29].

Y el diarista va, sin demasiado motivo ni propósito, de aquí a allá de los Estados Unidos, sube a Canadá, baja, se va a su rancho de Montana, vuelve a la casa donde se ahorcó la mujer infortunada (y misteriosa), y ello porque confiesa el diarista que “siempre soy el último en enterarse de qué pasa en mi propia existencia” [30].

Se podría decir que la gran diferencia entre los dos diarios es que el de Brodkey es una rigurosa confesión de desamparo y silencio, en tanto que el de Brautigan “no exige el privilegio de la soledad” [31], siendo más un grito de impotencia animal, al vacío terrible.

Dos testimonios, no obstante, de ese pequeño saltito que le queda por dar a aquel que está frente al abismo,

del que ya sabe que es un cadáver al que un leve soplo de viento le habrá de matar y que, sin embargo, sigue escribiendo, como si la escritura fuera más importante que la muerte,

confiando en que ello le garantizará la eternidad.

En este sentido,

estos dos diarios son el testimonio de sendas pletóricas victorias literarias,

de puro inapelables.

Un estímulo, pues.

[1] Josefa Contijoch. “Poema 74”, incluido en Congesta. Edicions 62. Barcelona. 1ª edición. Noviembre de 2007. [pág 96]

[2], [4], [5], [6], [7], [8], [9], [10], [11], [12]. [13], [14], [15], [16], [17] & [18] Harold Brodkey. Esta salvaje oscuridad (La historia de mi muerte). Ed. Anagrama. [págs 102, 128, 23, 43, 42,141, 116, 110, 154, 106, 30, 174, 106, 169, 174]

[3] Juan Antonio Masoliver Ródenas. Sònia. Ed. El Acantilado. Barcelona. 2008. [pág 205]

[19] Xavier Rubert de Ventós. “Llamar a la vanguardia a romper filas”. Incluido en Dios, entre otros inconvenientes. Ed. Anagrama. Barcelona. 2ª edición. Febrero de 2001. [pág 171]

[20], [22], [23], [24], [25], [26], [27], [28], [29], [30] & [31] Richard Brautigan. Una mujer infortunada. Ed. Destino. Barcelona. 1ª edición. Mayo de 2003. [págs 121, 69, 73, 69, 98, 41, 76, 34, 71, 110, 77]

[21] Rodrigo FresánEl hombre que volvió de la muerte. Radar Libros/Página 12.

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(Des)Conexiones

A. R. Penk (Tríptico para Basquiat) [1984]

A. R. Penk (Tríptico para Basquiat) 1984

1.

Esto lo escribo en un plantilla de word, al modo que hube de forzarme a hacerlo unos cuantos años atrás, justo cuando escribía mi primera novela y, por alguna razón, no tenía Internet.
Lo hago igual, ahora, hemos sufrido una interesante tormenta, caprichosa pero violenta, dispensadora de unos goterones tremebundos y que, al parecer, han acabado jodiendo las conexiones. La mía, al menos. Es de Ono. Mi proveedor de Internet.
Aquí en Castellón.
Desde las nueve de la noche, o así, que no hay Internet.
Y me he quedado sin poder actualizar el proyecto Erótica Mix.
El problema no es complejo, sino de lo más simple, y es su bella simpleza lo que lo torna irresoluble.
Veamos, el router está en la parte de debajo de la casa, y en la parte de debajo de la casa hay un estudio de arquitectura, y el estudio de arquitectura tiene una alarma.
Además no tengo llave de la puerta. Así que, aunque quisiera entrar a riesgo de que saltara la alarma (que seguro que saltaría), no puedo hacerlo.
Es decir: no puedo entrar a resetear el router. No al menos esta noche, y son algo más de las dos de la madrugada.
Así que, por esa razón estoy escribiendo insomne en esta plantilla de word.
He subido con el portátil al tejado, he pillado algunas redes, pero ninguna abierta. Una de ellas se llama “ventura”, y me ha dejado entrar, pero no funcionaba, me ha hecho gracia la ironía, he supuesto que se trataba del bluetooth de algún teléfono. No sé.
El caso es que me he acostado, me he vuelto a levantar…

Deambulando por el salón he encontrado “El ABC de la relatividad” de Bertrand Rusell. Leo en la página 116: “La búsqueda de la exactitud cuantitativa es tan ardua como importante “[1]
Es curioso cómo siempre encontramos lo que buscamos. Mi búsqueda hoy de red es igual: tan ardua como importante. Sólo que yo añadiría. E inútil. Por lo deleznable de su fundamento: buscar paliar mi soledad.

2.

La noche aquí se vela; aquí se llora
El día miserable sin consuelo,
Y vence al mal de ayer el mal de agora
[2]

La noche siempre es territorio virgen, es decir, sin mácula de sosiego. La noche es el gran paradigma de la vida: es la desolación y al mismo tiempo el fértil terreno del amor.
La gran paradoja de la noche: ser una y ninguna.

3.

-La gente está ahí de juerga, tirándose en pelotas a la piscina, y ella está ahí sentada contemplando la luna. [3]

Siempre hay alguien ausente, cada noche, todas las noches, siempre hay alguien que cada noche se queda contemplando la luna.
No sé si hoy hay luna. Yo no soy ese morador taciturno. No esta noche.
No lo comprobé al subir al tejado. Se me pasó.
Puedo decir sin el menor rubor que lo que hay es llana tristeza;, o ni siquiera eso, pena, una pena que se eleva casi a la categoría de pánico, por saber que “Todas las cosas vuelven a la causa “ [4].
Y la causa siempre es el miedo.
Esto es estúpido, pero me dio miedo subir otra vez al tejado. Pero es que nuestros miedos son siempre estúpidos, pienso.
No sé por qué, pero ahora mismo, y deben ser las cuatro de la mañana, me digo a mí mismo que si subo al tejado estará lleno de invasores, invasores del este o del oeste, con sus caras iracundas y sus gestos toscos.
Gente mala que no quiere matarme sino solo sacarme el corazón de pura ansiedad, gente terrible que, a base de una lenta y minuciosa tortura, quiere reemplazar mi corazón por una turbina.
Y lo harán prohibiéndome dormir, o sea, negándome el sueño ( en sus dos acepciones, el sueño puro y los deseos más primeros de la vida: poder seguir escribiendo).
Yo nunca imagino la muerte como algo plácido o liberador, sino como un libro mal escrito. Yo nunca imagino la muerte (al menos no ahora) como la consecución de nada, ni tampoco como el pasadizo pertinente.
Yo, cuando me hablan de la muerte, siempre imagino que tengo un libro estupendo, que lo tengo en la cabeza y en los dedos, caliente y necesario, y lo escribo, pero para cuando chequeo las palabras que han quedado escritas en la hoja o en el documento de word, las palabras son otras, y más concretamente, palabras impertinentes, de las que no conjugan bien.
Porque la prosa tiene la melodía misma de la excelsa música.
Y esto lo saben algunos músicos, que tienen en su cabeza melodías preciosas y, sin embargo, sus dedos se atabalan. Por eso dejé la música, ahora que lo pienso, porque supe que nunca sería capaz de armonizar lo que había en mi cabeza a través de unos dedos.
Una cosa siempre me martirizó de la música: que incluso en el silencio no se detiene. La música es el territorio preciso de la vida, porque busca perpetuarse y es repetitivo, misterioso y siempre consigue sobrevivirle, al tiempo.
Dicen que la literatura está hecha de tiempo, pero no es verdad.
Algunos lo quieren decir de un modo más poético y dicen que “el hombre era un invento de las aguas para así poder transportarse de un sitio a otro “[5]. Supuestamente, ese hombre sería espacio. Pero no, tampoco es eso.
No sé de qué está hecha la buena literatura, pero sé de lo que no está hecha.

4.

-Mira a tu alrededor, muchacho ¿Qué va a salir de aquí? [6]

Pongamos que fue el miércoles. Una cena. En casa de la madre de J.
Estaba también mi amigo el contrabajista. El que ya no tiene novia. O que está en un impass, yo ya no lo sé.
Lo que sé es que J. tiene novia, la misma desde hace un porrón de años. Pero entre semana nunca queda con nosotros. Sólo los sábados. Las chicas de las ciudades pequeñas sólo salen los sábados, por la noche, quiero decir.
Supongo que está mal visto que lo hagan entre semana. Yo ya no entiendo nada. He desistido.
Llegué tarde a la cena, eso es lo que cuenta, que llegué tarde, y es importante también que tenía cosas pendientes, que no acabé con esas cosas que tenía pendientes…
Y quería además escribir un poco más, uno siempre quiere un poco más, de escritura o de lo que sea. Y ese poco más postergó mi llegada hasta las diez y media
(habíamos quedado a las nueve).
El pollo al curry, afortunadamente seguía en la cazuela.
-Le falta todavía un rato –me dijo J. al llegar- siéntate, bébete una cerveza.
Y de repente se rieron, los dos.
Yo no entendía nada. Al poco dijeron: “estamos colocados, bueno, un poco”.
Me quedé mirando, observando un reloj redondo y plateado que la madre de J. tiene en su cocina. Y es una cocina americana, con barra, taburetes y una mesa.
El reloj se veía franco y jubiloso, por ello, distante, como todas las cosas que se manejan por la precisión, como un fusil, o una máquina de escribir.
Así el reloj, minucioso y certero. Así ese reloj impasible, continuando un año y otro con su trabajo.
Esto es lo que pensé: ese mismo reloj estuvo ahí el año pasado y el anterior y el otro y quizá el de antes del otro y, sin embargo, nosotros aquí, también, sí, igual que el año anterior y el otro y el de antes del otro, pero ya no estamos tan jóvenes, ni el bullicio de los días perdidos resulta tan gratificante como antes.
Pensé en nuestra obsolescencia, en eso es en lo que pensé.
Entonces, supongo, no podría precisarlo, pero diría que ellos hablaban, o no lo sé, o yo simplemente bebía, e iba pensando en mis cosas, recriminándole tal vez algo a J. por el periódico que co-dirige. O fuese que yo hablaba también mientras este pensamiento sinuoso se me desperdigaba por las venas y esa turbina que tengo por alma…
Qué caramba, me beberé dos cervezas, pensé, por ver si les alcanzo el paso.
Y me bebí no dos ni tres sino unas cuantas cervezas (Heineken de lata) y además una botella entera de Ribera del Duero (tinto, Tamarón, mi preferido). Y varios porros que me dejaron más que atontado y pronto a sucumbir al llanto.
No sé qué hora sería de la noche, tal vez tarde. Seguro. Tarde ya en la madrugada.
Lo único que recuerdo es que iba por la calle, unas calles sórdidas, abandonadas de gente y de ruidos, unas calles silenciosas donde resonaban nuestros pasos ebrios, pues caminaba conmigo el contrabajista.
El caso es que pensé: no conseguirás llegar a casa, no, no lo conseguirás.
Y añadí para mis adentros: no, no lo conseguirás, so idiota.
Pero, de repente, miré al contrabajista y lo escuché hablando y me reí y él dijo: qué te pasa.
Y me confié al saber que si él venía a mi lado, tal vez se ocupase él de recogerme si es que caigo, me dije a mí mismo.
Repliqué: nada, nada… no me pasa nada
Y tras una pausa, dije: Es sólo que… bueno…
Pensé: “tal vez estemos más viejos, sí, eso es cierto, pero sabemos caminar juntos, en los malos momentos”.
No puedo asegurar si lo dije o no en alto.
Es lo que tienen la marihuana, que te confunde.

[1] Bertrand Russell. ABC dela Relatividad. Traducción de Pedro Rodríguez Santidrián. Ed. Ariel. Barcelona. 2ª edición. 1989.

[2] Fray Luís de León. “Esperanzas Burladas” de Poesías. C.E.G.A.L. Madrid. 1991.

[3] Charles Bukowski. Mujeres. Compactos Anagrama. Barcelona. 8ª edición. 2000. [Pág 194]

[4] Dámaso Alonso. “Ejemplos”, de Poemas Puros. Colección Austrañ Espasa Calpe. Madrid. 1981.

[5] Rodrigo Fresán, prólogo de “Dentro y fuera (12 cuentos de mar)”. VVAA. Ed. Debolsilo & Fnac (Ed. No venal). Barcelona. 2005.

[6] Óscar Esquivias. Inquietud en el paraíso. Ediciones del Viento. La Coruña. 4ª edición. Enero de 2007. [Pág 190]

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***Actualización (20-Junio-2009 `14:45]):
la conexión ha vuelto (alabado sea dios) y
Erotica Mix ya está actualizado.
En los siguientes días seguirá su ritmo normal
(recemos para que no vengan más tormentas).

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NO todo va a ser leer...:

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Give it a further thought [Parte 1ª]

Todos los esquizofrénicos acaban estrellándose contra su propio pensamiento [1]

1.

Es interesante

la idea desarrollada esta tarde en su conferencia en el MACBA por

John Rajchman.

Su idea:

el acto de creación es interpretado como la asunción de un nuevo cerebro, tanto de la parte misma del artista (el artista se provee de un espacio diferente al propio y lo transita, lo “crea”),

como del espectador/lector.

El artista cuando sale  metonímicamente “afuera”

(pues la conexión se produce siempre por identificación del espacio neuronal con la proyección imaginativa de “lo real”)

desconoce con qué se va a encontrar, a pesar de que sabe que habrá de verificar su intuición -lo que le motiva a la acción y concluye en un acto creativo-

(y esto sólo cuando se trate de una vívida intuición y no un mero indicio o suposición),

lo que le ha llevado justamente ahí afuera.

* Nótese la abismal diferencia que implica esto respecto al hecho de simplemente corroborar un prejuicio (que es lo que ocurre con el arte que trabaja sobre el cliché).

2.

Del lado del lector, un proceso parecido opera, y es por ello que, de un modo extraño, el lector/espectador es asimismo creador de las obras.

Claro que esta idea es de Deleuze vía Foucault y, más aún, traída de Artaud (el cuerpo sin órganos).

Pero no esta de más que la recordemos ahora.

Una forma fácil de decirlo:

nos gusta justamente Francis Bacon porque no somos Francis Bacon. Porque en el acto de disponer atentamente nuestra capacidad de sorpresa frente a cada uno de sus cuadros, en ese momento y lugar “creamos” a Francis Bacon.

Lo que nos fascina es pues que nos provean de una mente y de un cuerpo nuevo, diferente, ajeno al nuestro, pero que no es ni nunca será (ni puede ser el nuestro) el nuestro.

La consecuencia más inmediata es que la mortalidad del arte está justamente en su mentira: “there´s a taint of mortality in lies -which is exactly what I hate and detest in the world” [2]

Se trata de una asunción propiamente ontológica.

Y lo contrario:

la creación (o llámese en términos de Deleuze “experimentación”) de un espacio nuevo, garantiza su perpetuidad. Y, de algún modo, no tanto su trascendencia (lo que implicaría notaciones religiosas) sino lo que podríamos llamar su “incesante fluir”,es lo que garantizada su perennidad

(la mirada constante).

3.

Y traigo esto a colación por aquellos escritores del no que no vacilan justamente en tomarse la dirección contraria:

llenar ese nuevo cerebro (o cuerpo) con el cerebro de los demás.

Su propia negación de un espacio posible para la creación los convierte en creadores por la vía de la recepción. Es decir, metafísicamente quedan invalidados sus propósitos.

Para que se entienda, me refiero a lo que Rodrigo Fresán llama: “lectores que devienen escritores”.

Y por decirlo en otras palabras,

lo que hacen esos escritores propios de la postmodernidad “negativa”  es jugar con las cosas que ya existen, no proveen al espectador de (re)formulaciones ni por la via de la tradición, ni por la vía del viaje sin “red” a lo desconocido (a tratar de verificar sus intuiciones); o sea, llenan los espacios nuevos de su trabajo con los trabajos de los otros.

Llenan cajas con las sobras de otras cajas encontradas en el desván de la historia de la literatura.

*Se me podría argüir que el problema es más complejo y que tiene que ver con que la originalidad es hogar con pocas habitaciones disponibles, después de que prácticamente esté todo dicho. Sí. Pero, igualmente, esto es una formulación propia del siglo XX. Y, en cualquier caso, sería algo que viene después, cuando ya se han disparado las alarmas. Quiero decir que trabajar los materiales que se parecen a los materiales de otros, es propiamente trabajar con ideas vueltas clichés, no es trabajar con imágenes. El problema de la originalidad, si acaso, vendría a posteriori.

Este tipo de literatura del no se afana en el calambur. Hace imposible que  los mundos posibles sean ontológicamente homogéneos (Lubomir Dolozer).

Y es que el problema sigue siendo de intención. El motor que inicia la acción. Los resultados (la obra), habrían de calibrarse con otros parámetros y tampoco es lo que me interesa tratar ahora.

Digamos solamente que al aferrarse a la imposibilidad de la invención, retoman un discurso circular, propio de los pueblos paradójicamente pre-tecnológicos.

Contra la idea deleuziana de “perjudicar la estupidez” ajena, los escritores del no se mueven en los parametros mismos de la convención (la convención literaria, o sea, el cánon), hábilmente, y esto a través del sarcasmo.

La ironía detenta inteligencia y juego, pero el sarcasmo sólo puede nacer de la amargura y la desolación. Los escritores del no se aferran desesperadamente a una concepción (post)existencialista del mundo y la literatura.

Veamos un ejemplo de esto último:

“Si tú, querido, ponderado lector, te tomas la molesoa de avanzar minuciosamente con el escritor e inventor de estas líneas por el luminoso  amable mundo matinal,no con apresuramiento, sino más bien cómoda, objetiva, llana, prudente y tranquilamente, ambos llegaremos ante la ya citada panadería con rótulo dorado, donde nos sentiremos movidos a detenernos con horror para asombrarnos de manera dolorosa de la burda jactancia y de la triste deformación a ella íntimamente vinculada de la dulce rusticidad” [3]

.

4.

No se les puede negar su ingenio, esto es cierto.

Pero también hay ingenio en los chistes, y nadie con una mínima seriedad considerará al chiste o a la microficción verdadera creación literaria.

Resumiendo: los escritores del no son a los escritores del sí lo que el sarcasmo a la ironía,

una desdichada y grotesca malformación.

Habría que repensar esto:

“what one recognises as desirable for oneself, one ought to be willing to grant to others” (Confucio)

Algo tan sencillo como:

muerte crea muerte; repetición genera tedio, y la serialización invoca el runrún del silencio e induce francas ideas de suicidio.

Así que, más que otra cosa,

lo que necesitamos es la inapelable escritura del sí.

Bienvenido sea, pues, el oxígeno.

Hacer justamente esto (poner las cartas sobre la mesa):

Escribo aquí porque quiero que me vean
escribiendo. Deseo que los chicos se acerquen
para preguntarme qué hago. Deseo que
cada uno de ellos se pregunte
si estoy escribiendo sobre él.
Deseo que la respuesta, siempre,
sea que sí.

Lawrence Schimel“Poema Plaza de Chueca”


[1] Antonio Orejudo Utrilla. “Ventajas de viajar en tren”. Ed. Alfaguara. Madrid. 2000.

[2] Joseph Conrad. Heart of darkness. Penguin Classics. London. 2007. [p.32]

[3] Robert Walser. “El paseo”. Ed. Siruela. Madrid. 5ª edición. 2005. [p. 18]

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