Archivo de la categoría: Diatribas

Escribe de lo que sabes

Mark H. Miller “Write a word” (1972)

1.

Escribe Philip Hensher en the Telegraph –aquí-:

“The London novel is currently enjoying a bit of a renaissance”.

Lo escribe al hilo de la nueva novela de Zadie Smith, NW, pero también de algunas otras (de John Lanchester, Sebastian Faulks o Blake Morrison). Y sobre Londres (comparada con otras grandes ciudades de otros países) dice:

“Other nations have written about their major cities in a compelling way, but very few have been able to talk about them as places where everyone, from every point on the scale, mixes “

Y termina su artículo de la siguiente manera:

“Has there ever been “The Great London Novel”? No: there is too much there to cover.”

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2.

La propia Zadie Smith ha declarado en el Edinburgh internacional book festivalaquí– que su intención para con NW era replicar la experiencia de Londres a través de una prosa discontinua (con visos de fragmento) y con diversas variaciones estilísticas.

“Se podría imaginar el mismo libro escrito en un tono más homogéneo”, ha dicho la escritora inglesa, “pero la ciudad en la que yo crecí no era así”.

Y concluye Smith: “la vida no es homogénea y perfecta, y eso quería repetirlo, también”.

En otras palabras, después de haber escrito On beauty, novela ambientada en los States y sobre la que todavía hoy recibe mails de gente que le señala cosas incorrectas, Smith ha decidido que es hora de escribir sobre lo que se conoce: la zona Noroeste de Londres.

Ella lo ha dejado dicho de una manera más concluyente: “ya Nueva York tiene mcuhos escritores, así que no hace falta que me una yo también”.

El consejo es diáfano: busca tu espacio literario, que no va a ser más que tu espacio personal, ese del que conoces a la perfección su aroma, su sabor, su color, sus texturas. Déjate de tratar de novelar tu experiencia de quince días en Nueva Tork, tu visita de dos meses a China o tus hipótesis sobre cómo viven los granjeros de Iowa de los que no tienes ni la más remota idea.

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3.

Vale la pena demorarse un segundo en un pensamiento que parece más que generalizado: no nos interesan los escritores jóvenes en español. Las lecturas de sus libros no nos atrapan, nos dejan indiferentes o más bien fríos y eso cuando conseguimos (si es que esto felizmente sucede, en muy pocos casos) hincarles el diente habiendo sido capaces de sobreponernos al pasmo de la contraportada o las chorradas con que decoran la biografía.

Y una pregunta: ¿por qué?

Respuesta: porque hablan de cosas de las que no tienen ni idea, y sus textos parecen -y son- fakes.

No hay en ellos vida y, por lo tanto, tampoco hay verdad.

Escriben en base a clichés culturales, a referencias camp o a paisajes turísticos.

Y la pregunta es, ¿por qué? ¿por qué ese miedo a describir la experiencia contemporánea -real- del mundo facticio?

¿Acaso las ciudades españolas no merecen ser descritas, nada hay en ellas que las haga particulares, y así a los individuos que las habitan?

En mi opinión, negar la ciudad es negar la propia experiencia individual (ligada a esa ciudad y, por lo tanto, nuestra verdad histórica).

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4.

Solo un apunte y que debería ser suficiente para dar por zanjada esta breve disquisición: dos de los escritores españoles más reconocidos en el extranjero, más reputados, admirados, leídos y queridos son de fácil adscripción a una ciudad.

De un lado, el Madrid de Javier Marías y, del otro, la Barcelona de Enrique Vila-Matas.

Saquen sus propias conclusiones.

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ADDENDA:

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Leyendo azarosamente los aforismos de Lichtenberg (y como si todo estuviese relacionado, que sí, que lo está), me encuentro con lo siguiente:

“Sería ciertamente muy útil presentar al mundo los escritores que, aun conociendo a otros anteriores a ellos, se han inspirado sólo en sí mismos. Únicamente de ellos se aprende, y son sin duda muy pocos, por lo que cualquiera podría leerlos fácilmente. Los otros acuñan con troqueles ya hechos y, en sentido estricto, son monederos falsos” [1]

[1] Georg Christoph Lichtenberg, Aforismos, Edición de Juan del Solar, Edhasa, Barcelona, 2002 (p. 254)

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BOLA EXTRA:

El próximo lunes 17 de septiembre y a las 19:30 Teju Cole mantendrá un diálogo en el CCCB (Barcelona) con el escritor Patricio Pron sobre el tema Ciudad abierta (que es al tiempo el título de su segunda novela que en castellano acaba de publicar El Acantilado y en catalán Quaderns Crema) y que versará sobre diferentes temas relacionados con la diversidad, la inmigración, la violencia y la pervivencia de las fronteras y la convivencia en la ciudad.

Caso de que no puedan ir, sepan que el CCCB va a registrar la conversación en video y pronto estará disponible en su web.

+ info: aquí.

Y si quieren echarle un vistazo a las primeras páginas de la novela de Cole, en traducción de Marcelo Cohen, pueden hacerlo aquí.

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El acento con el que dices las cosas

Sebastià Miralles, “El acento con el que dices las cosas” (2008-2009)

1.

Sobre el conjunto creativo de Sebastià Miralles (Vinaròs, 1948) que adoptó el nombre de El acento con el que dices las cosas (2008-2009), dejó escrito Assumpta Rosés –aquí– en el catálogo para la galería Kessler-Bataglia que:

“Creo ver claro que sus obras, casi todas las que ha hecho a lo largo de muchos años, tienen unos referentes iniciales muy estables: constructivismo, minimalismo, abstracción. Todas ellas tendencias amigas de la geometría”.

Pero, de otro lado, habría también una segunda línea:

“aquella que da protagonismo a los valores sensibles de la materia, la leve irregularidad o naturalidad de las formas, el tratamiento de las superficies, digámosle pictórico, orgánico, sensible y expresivo”.

Entre ambas líneas, sin embargo, opina Rosés, queda una zona de misterio, y en esa fisura “los sistemas lingüísticos cuelan los dictados inconscientes, la síntesis de creencias y pensamientos, ayudando a configurar un corpus simbólico propio”.

El acento con el que dices las cosas se componía de un conjunto de dibujos, esculturas y un libro de poemas (que no se llegó a publicar).

La idea que, a mi parecer, es la más representativa del proyecto (y que también menciona Rosés) es la de la reversibilidad.Y ello por la fuerza de los arquetipos que la componen, significaciones que funcionan al modo del flujo de boomerang.

Porque nada en este conjunto artístico es mezquino, puntualiza Rosés.

Dice el propio Miralles que “la abstracción conforma una alternativa a la angustia con que percibimos el mundo”.

Cierto, pero esa misma angustia se percibe en el conjunto, en la fisura por donde se cuela lo personal, que atenta contra la idealización de la forma y la geometría.

En resumidas cuentas, es una obra que basa su fuerza expresiva en el (re)conocimiento del espectador; en conocer dos veces lo ya sabido (por intuición, herencia genética y/o evolutiva de la especie o acaso por la sabiduría de los arcanos universales). Un conjunto de dibujos, esculturas y poemas que se mira y (re)mira con el placer de saber que la contemplación nos va a devolver algo de nosotros mismos, cierto ideal perfecto cuya idea anida en nuestra conciencia, pero que sabemos inalcanzable, deseable y siempre esquiva.

Por ello, las diferentes modalidades significativas que la obra es capaz de asumir (y que se cuelan por esa fisura que menciona Rosés) las pone no solo el autor sino el espectador.

Es una obra que, por tanto, requiere de una participación activa, y no en el hacer o en el decir, ni tampoco en el contemplar del espectador, puesto que no requiere de este la mera contemplación o una mirada cómplice. Sus demandas, expresadas de manera clara, concisa y sin dobleces exigen algo más al espectador: le piden que asuma y personalice la obra; que la dote de un énfasis individual.

 

*

2.

Estamos acostumbrados a que en España se haga hincapié en la valentía, independencia y autonomía de los jurados de los premios literarios. Estamos demasiado acostumbrados a que el empaque de la voz severa que se utiliza en la comunicación de tal idea, la pomposidad y, por qué no decirlo, la pedantería con la que se nos notifican los resultados de tales premios cree una nebulosa tan fuerte y letal que aparque a un lado lo realmente dicho, es decir, el nombre -y las circunstancias del nombre- premiado.

Así, se vanaglorian los jurados que comunican sus decisiones a la prensa de ese mismo decir, ampuloso y fatuo, en ocasiones de intención doctrinal.

Pero, ah, luego queda el hacer (que debería ser más importante que el decir). Y ese hacer está tan hueco como una lata vacía de hojalata en la que resuena infame y tortuoso ese decir, decir, decir (acuérdense aquí de Juan Ramón y de la prosodia fútil).

Siendo prosaicos: los jurados se llenan la boca diciendo que las obras que premian son magníficas, que han leído con interés los manuscritos, que han sido libres en su decisión y, convencionalmente, presentan la obra adornándola con unas sentenciosas medallas de una guerra inventada.

Pero, resulta muy extraño que la casi totalidad de esas obras pertenezcan a nombres reconocidos, a nombres vinculados a los propios jurados o a la editorial. Hombre, podría ser; mas, si aceptamos que es así, la literatura española estaría rompiendo moldes internacionalmente y dictando la vanguardia. Pero esto…  como todo el mundo sabe, no es así -ni de largo.

Por eso llama tanto la atención declaraciones como las de Peter Stothard, jefe de los jurados del Man Booker y editor del Times Literary Supplement, al decir que:

 “Who published a book, and indeed even the author, is of very little concern to Man Booker judges. We were considering novels not novelists, texts not reputations” [1]

A lo que añade:

“We’re not looking for books that you can pick up in a shop and say ‘I must have that’. We’re looking for books that are good value for money, that you don’t leave on a beach, that you read again and again,”

Escuchen: en la long list del Man Booker se han incluído 4 escritores noveles con ficciones innovadoras y han dejado fuera pesos pesados como Martin Amis, Ian McEwan o Zadie Smith.

Se trata -como ven- de decir, sí, y de decir bien (lo cual es importante), pero más importante todavía: de hacer.

A ver si esta crisis profunda general española, pero específicamente del sector editorial, sirve para que, de una vez, se comience a hacer, y a hacer bien, de manera elocuente y con dignidad, y se dejen de tanta verborrea pueril y de tanta obra previsible y y anodina y se apuesta de una vez por algo tan sencillo como por libros que de veras valgan lo que se nos pide pagar por ellos, libros que te dan ganas de leer no ya varias veces, con que den ganas de terminarlo yo ya me conformo y me doy con un canto en los dientes.

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[1]  Alison Flood. Booker prize 2012: new guard edges out old in wide-ranging longlist. The Guardian. 25-July-2012.

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ADDENDA:

Sobre el tema del precio de los libros (hay que bajarlos, hay que bajarlos, ¿cuándo se darán cuenta?), Manuel Gil (del blog Antinomia Libros) ha dejado escrito un largo post que merece la pena leer y que lleva por título La zona cero de la crisis de las libreríasaquí-.

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Un apunte -más o menos rápido (y enconado)- sobre lo que entendemos por cultura

Raffi Kalenderian, “Self-portrait” (2008)

Recuerdo cómo en cierta ocasión, y me refiero a un evento público (a un curso de extensión universitaria, para más señas) y frente a cierta algarabía que se había montado por la supuesta indignación de algunas personas ante lo que era o no era arte, o lo que -mejor dicho- debería considerarse arte contemporáneo, recuerdo, ya digo, que David G. Torres dijo “yo creo en esto”.

Se refería a la cultura.

Dijo: “yo creo en la cultura”. E implícito en su declaración venía el hecho de pensar que  si no hacernos mejores, sí al menos tornarnos mas críticos, que éste es el efecto que el arte vendría a producir en el ser humano.

Traigo esto a colación no porque me resultase llamativo que Torres dijera tal cosa, sino por la incredulidad que supone tener que oír como alguien se ve en la obligación de profesar tal acto de confesión pública.

Y me he acordado de esto al enterarme del comunicado SOS –aquí– de la librería Robafaves de Mataró en el que solicitan -bajo la forma encubierta del mecenazgo- 250.000 euros (sí, un cuarto de millón de euros, ahí es nada) para hacer frente a sus innumerables deudas.

Sucede que existe una praxis bastante perversa en el mundo de la cultura y que resumiéndola mucho consiste en lo siguiente: cuando la cultura se quiere presentar como negocio, el beneficio se concentra en las manos de unos pocos, pero cuando la cultura se convierte mágicamente en ocio no solo deviene propiedad -inmaterial, claro- de una multitud, sino que tal multitud ha de poner dinero de su bolsillo en aras de los beneficios magníficos que la cultura supuestamente proporcionaría al ser humano.

Sin menospreciar -en absoluto- los logros y méritos de la librería Robafaves (a la que se le han concedido importantes premios por su difusión de la lectura), merece la pena llamar la atención sobre un punto clave de este llamamiento suyo “a la complicidad”.

En los momentos de expansión (la librería fue co-propietaria de la libreria Catalonia, justo al lado de Plaza Catalunya en Bcn y fundó junto a la cooperativa Abacus el espacio Actúa en Mataró) no se tomó en consideración la opinión de nadie que no fuese socio de la cooperativa (lo cual resulta bastante lógico). Sin embargo, cuando vienen los problemas, problemas que no parecen ser debidos a la falta de liquidez o a la imposibilidad de tener un buen stock (aunque también) e incluso al descenso de las ventas en el sector del libro (que sí, que también), sino que provienen justamente de las deudas acumuladas del espacio Actúa (que según confesión de lo propios cooperativistas dio pérdidas desde el primer día) y que se deben al afán expansionista (verbigracia, lucrativo) se propone como medida de salvación el llamamiento popular.

Es decir, que cuando una cooperativa (formada por socios trabajadores) tiene afán de expansión mercantil (y, por tanto, de aumentar el lucro económico; intención que, en principio, sería antitética a la base fundacional de su constitución) funciona como una empresa más, pues todo bien, sin problemas; sin embargo, cuando dicha cooperativa tiene problemas graves (por causa justamente de un endeudamiento hiperbólico) resulta que se nos presenta bien parecida a una suerte de asociación filantrópica y se pide a los consumidores (que ahora ya no son consumidores sino “cómplices”; nótese el eufemismo) deben hacerse cargo de tal empresa fallida en base al mecenazgo; una inversión elefantiásica en la que no tienen ni tuvieron voto ni participación, pero de la que ahora deben pagar, como comúnmente se dice, “los platos rotos”.

Esta trampa del capitalismo emocional que sucede en el mundo de la cultura (y valga el caso de Robafaves no más que como uno entre los miles de ejemplos que existen) es ya endémica y no parece que Internet haya venido a solucionarla. Porque permítanme extender el razonamiento a las empresas culturales más populares en la red: las revistas literarias y/o de cultura.

Prácticamente la totalidad de ellas no pagan. Pero con matices.

Es decir, no pagan a los que escriben justamente porque creen en la cultura, porque piensan que es bueno para la gente, que les hace críticos y, en el fondo, más libres. Pero sí pagan a determinadas firmas que ya venían publicando (y cobrando) en los medios convencionales del papel.

Por supuesto, huelga decir que los directores, maquetadores y la secretaria (siempre hay una secretaría, vaya Vd. a saber por qué, y normalmente tiene algún vínculo de parentesco o emocional con el director) de tales revistas sí les pagan (o mejor dicho, se auto-remuneran), cómo no, pues como podrán ver (y a poco sean un poco perspicaces ya sabrán a qué cabeceras me refiero) la publicidad está presente en tales páginas. Y el anunciante, por supuesto, paga. Sea poco o mucho eso resulta improcedente.

A partir de un euro ya estamos hablando de dinero y, por lo tanto, de afán de lucro.

Decía Trapiello en algún lugar de sus diarios que hay cosas que sólo se pueden escribir gratis y que hay otras que sólo se pueden escribir por dinero.

Yo creo en eso.

No tengo ningún problema en admitir que ciertos textos sólamente deberían escribirse desde la libre gratuidad y el compromiso con la cultura. Ahora bien, tal compromiso debe ser respetado por todo el mundo. No es posible que los que creamos en la cultura hagamos ciertas cosas de manera absolutamente altruista mientras haya alguien que esté poniendo la mano y aprovechándose de tal altruismo (sea por la vía de la subvención, la publicidad o la venta de ejemplares).

La cuestión aquí es de nuevo la misma: en el momento en el que los ingresos por una actividad se multiplican, no se reparte de manera solidaria, sino que quedan concentrados en las manos de unos pocos (y dicho de manera más clara, normalmente el sustento de esos pocos se consigue gracias a la colaboración desinteresada -o esclavismo, según se mire- de unos cuantos muchos) . Sin embargo, cuando a tal actividad relacionada con la cultura (y aquí hablamos de revistas) no les va bien con los ingresos, se pide la colaboración desinteresada de los escritores apelando a los beneficios de la cultura (o peor, a esa supuesta e incalculable “visibilidad”), e incluso, a veces, se llega al punto de pedirles directamente dinero, bien como donación, bien como suscripción (lo cual, queridos, es producto de la desvergüenza más infame que he visto en mi vida).

En fin, que sería bueno que nos pusiésemos de acuerdo sobre a qué nos referimos cuando hablamos de cultura y a qué nos referimos cuando hablamos de negocio. Y que tengamos claro que sí, que ambas cosas pueden estar relacionadas (deben estarlo, más bien), pero que aquella no puede pagar los cristales rotos de este. No, al menos, basando el argumento en una apelación mostrenca a la magnanimidad del espíritu.

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