La música de las palabras

En la edición de esta semana del suplemento Cultura/s del periódico La Vanguardia (Miércoles, 06-Julio-2011), aparece un interesante análisis de Esteban Hernández sobre el estado actual de la creatividad musical. El artículo, que lleva por título El talento de la precariedad (pp.27-28) indaga sobre las consecuencias de la crisis en los grupos que comienzan, pero también en los que andan medioasentados.

Así, nos dice Esteban Hernández que: “vivimos en una sociedad precarizada, donde los mecanismos de aprendizaje son costosos […] donde apenas hay oportunidades para quienes empiezan y donde quienes están a mitad de su carrera lo pasan mal para continuar […] Este problema endémico está provocando una gran pérdida de conocimiento”.

“Los grupos contemporáneos -continua Hernández- que más lejos han llegado creativamente son aquellos que priorizan el instante, los que se relacionan bien con lo inesperado y saben sacar partido del entorno fluido en el que se desenvuelven. Por el contrario, los que necesitan acumular experiencia, pulir sus aristas y mejorar poco a poco, lo tienen mucho más difícil”.

Que tenga Hernández toda la razón no significa que la razón sea cosa justa ni verdadera, sino sólo especificadora de un status quo: el nuestro, el de la precariedad.

Y esa precariedad del tiempo es, en la música, fructífera; porque a la música le cae bien la urgencia y el alboroto, el ruido y el éxtasis.

Pero no pasa lo mismo con la literatura, un arte que exige una armoniosa conjunción (aunque en ella albergue las necesarias disonancias) de espacio y tiempo. Y no sólo de uno (como en la música, donde todo sucede a tiempo real), sino de dos: el tiempo de la escritura, y el tiempo de la lectura. Ambos se caracterizan por exigir un tiempo de solaz más un espacio libre en el que leer en soledad o silencio.

Están cambiando estas premisas, sin embargo, ya que la literatura -cada vez más- se está contaminando de la precariedad de la música, y así las novelas contemporáneas -paulatinamente- parecen esbozos, tanteos y, en ese frágil construir imperioso, resultan igualmente precarias, pero no es su inestabilidad provechosa, sino más bien de una angustia desoladora, como la tristeza de un papelillo de fumar que se lo lleva el viento.

Así, donde la música puede hallar productividad en la afligida desesperación del grito, la literatura necesita especificar ese grito con el análisis, la descripción y/o evocación y la explicitación de su raigambre.

Porque lo que le va bien al sonido no le va bien a la palabra, a pesar de ser ésta -en parte- también sonido. Es decir, la fluidez no es mala en la literatura; ya lo decía Calvino al hablar de la levedad. El problema es que esa ligereza está hecha con materiales no frágiles y volubles, sino quebradizos, es decir, son fibras mínimas y endebles lo que hoy constituyen la estructura de una novela. Donde antaño hubieron gruesas y robustas tablas de roble, hoy no hay más que su reflejo rompible.
En otras palabras, no es que hayan mejorado los materiales de construcción, sino que estos se han estilizado hasta quedar en la misma hebra de su médula.

Decía Hermann Broch, en su serie de poemas Voces/1913 (incluidos en la novela Los inocentes) que:

“el hombre resulta sin espacio un ser ingrávido”.

Para enseguida continuar:

“el alma no necesita de progreso,

pero sí en cambio de gravidez”.

La conclusión aquí parece bastante clara:  la precariedad de la literatura hoy no es tanto que en ella no habite lo humano, sino que de ella se ha volatilizado el alma, quiero decir: el estilo, eso que se consigue con tiempo, con dedicación y con un pertinaz lugar en el mundo desde el que permitirse hablar por derecho.

Anuncios

Comentarios desactivados en La música de las palabras

Archivado bajo ¡Viva el verano!, El arte del siglo XXi, El ejercicio de la escritura

Los comentarios están cerrados.