Febrero 9, 2010
Pistas de lectura (08-12/02/2010)
Febrero 5, 2010
Escritor en Allak – La nube negra
No me da vergüenza reconocer que me he visto un día de esta pasada semana, afanoso en un íntegro bloqueo especulativo, cantándome glacial a mí mismo, repetitiva y voluntariosamente –y esto con una flema de muerte-;
el agua cayéndome en el cogote, en posición fetal, desplomado adentro de la bañera, y yo cantaba y cantaba y cantaba… aquello de los Rolling Stones, lo de:
Hey! You! Get off my cloud!
Don’t hang around ’cause two’s a crowd
On my cloud, baby
Pero es que era tan negra mi nube sobre la mollera…
Y sí, podría argüirme –como descargo- las melancólicas lluvias de estos días últimos, algún que otro ladino rechazo editorial, la pamema misma que es febrero, o el exceso de trabajo de mi propio raciocinio: esa agotadora intención especulativa que lleva el pensamiento cercano al paroxismo.
Sí, sí, claro que sí, claro que todas estas razones serían válidas… pero parciales.
Pues también es cierto, como opina Bernard-Henri Lévy que el “lugar natural de la seducción, su buena longitud de onda, o su fuente, no es la luz, sino la sombra” [1]. Y puedo dar fe de que así es, sólo que las malas artes del pensamiento juegan sus trampas al seducirnos con nuestras propias miserias.
Algo muy parecido a lo que canta Jordi Julià en unos versos que dicen: “Som cadenes de gestos i actituds, / de vicis i temors abans de néixer, / parats a taula” [2]. O en otras palabras, que nuestro deseo, a veces, se enfurruña en dejarnos ver sólo lo que Leibniz llama “las pasiones tristes”, rastrojos de nuestro pasado, sentimientos menores y tóxicos que, en un ardid, en un festín gravoso del intelecto nos hunden en nuestras más vanas penurias.
Y yo me atrevo aquí a aventurar que esto un problema de ética. Pues sucede que cuando nuestro pensar deambula cómico por entre argumentos que ni acepta ni desmiente, se celebra en nuestro cerebro una orgía desordenada en la que, debido a la carencia de categorización o jerarquía, las palabras podridas acaban afectando a todo el resto del capazo y, por ende, a nuestra sensibilidad.
Y, claro, la angustia, las reprimendas y, tal vez las lágrimas, no dejan más espacio que para un desencanto terrible.
Es más o menos lo que le reprocha el otrora discípulo de Jacques Derrida, David Mikics, a su maestro, que toda esa cháchara que conforma su corpus teórico basado en el hastío y la alergia a la toma de posturas, no es más que un camelo llamado caprichosamente escepticismo. Y es que Mikics, en su biografía Who was Jaques Derrida (Yale University Press, 2010) expone cómo la desilusión sólo produce contrariedad (pues acaba grangrenando toda posibilidad relevante de sentido y significado).
O lo que es lo mismo: que toda estética, por muy esquiva que ésta sea, para resultar válida, necesita de una ética.
De la ética de la escritura y de muchos otros temas relativos a la figura del intelectual/escritor hablan Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy en un intercambio de veintiocho e-mails llevado a cabo entre enero y julio de 2008 y que se ha recogido en libro con el título de Enemigos públicos (Anagrama, 2010).
El intercambio comienza con la nube negra del ataque preventivo de Houellebecq: “tanto Vd. como yo somos individuos bastantes despreciables” [3]. A partir de aquí comienzan los rifirrafes disfrazados de confesiones de infancia, discusiones sobre el judaísmo y las religiones, la fe, el ateísmo, diferentes impresiones filosóficas, los compromisos con la izquierda ideológica de Lévy, la misantropía de Houellebecq y, fundamentalmente, la concepción que cada uno de ellos tiene sobre el ser humano en general y sobre sí mismos en particular.
Los e-mails, al principio, están impregnados de una suerte de impostura por ambas partes, provocada por el cinismo de tener la “tenaz impresión de que interpret(o)amos un papel” [4].
Pero entonces (más o menos hacia la mitad del libro) van tomando consciencia del cometido que les une, y las misivas se van volviendo más íntimas, en el sentido de afectuosas y compasivas, más éticas, pues. Sobre todo según aparece el tema de la madre de Houellebecq (que por esa época acaba de publicar un libro repudiándole) y esto conduce a la discusión sobre la función misma del escritor: “esa actividad, en definitiva extraña, que consiste en arreglar, moldear, fabricar, sobrecalentar ese material distinto que son las palabras” [5].
La furia paulatinamente cede paso a la compasión y ambos coinciden en darse cuenta de sus análogas posiciones en la vida pública francesa, como objetivos a batir. Es decir, ambos entienden que están en el mismo bando y se desarrolla entre ellos ese afecto secreto que uno las confesiones de dos desconocidos.
Y aunque Lévy no cree que sirva para nada el diálogo [6], reconoce(mos) hacia el final del libro que el intercambio de e-mails ha servido para algo: para disipar la destemplanza de eso que canta Jordi Julià y que es todo aquello que ya nos viene dado, la imagen externa (nuestra y de los otros), bien como construcción social, bien como parte ineludible del ADN de nuestros ancestros.
Y eso es lo que yo he aprendido también con este libro, que el diálogo (en el plano real de las cosas) realmente servir no sirve para nada, porque igual que opina Lévy, la oposición de argumentos contrarios (tesis y antítesis) no nos gratificará con una síntesis nueva e iluminadora, según se le suele atribuir a las pretensiones hegelianas.
El diálogo (sea con nosotros mismo o con los otros) solamente sirve para recordarnos que siempre “el sentido, la lucidez […] prevalecen sobre lo oscuro” [7] .
O dicho con otras palabras: la ausencia de diálogo obliga a nuestro cerebro a albergar una cantidad creciente de manzanas podridas. El diálogo sirve para sacar afuera lo tóxico y refrescar el poder de nuestra imaginación. Porque el discurso no tiene cualidades teóricas sino dietéticas (el ánimo se construye a cada momento).
O sea, que lo que viene a ilustrar Enemigos públicos es el hecho de que la verdad se nos revela sólo con la praxis de la palabra y, de paso, nos hace evidente ese “arte de esconderse mostrándose y de mostrarse escondiéndose” [8] que es la tarea misma del escritor y del intelectual.
Un modo útil pues, para mandar de un manotazo a la nube negra a pasearse por otras latitudes bien lejanas a nosotros.
[1], [3], [4], [5], [6], [7] & [8]. Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy. Enemigos públicos. Traducción de Jaime Zulaika. Ed. Anagrama. Barcelona. Enero de 2010.
[págs. 237, 7, 174, 241, 294, 296 & 210]
[2] Jordi Julià. ”Parats a Taula”, incluido en Planisferi Lunar. Premi Mallorca de Poesia 2007. Editorial Moll / Balenguera. Palma de Mallorca. Septiembre de 2008. [pág 71]
Enero 29, 2010
Escritor en Allak – La extraña felicidad del gato callejero
Es una norma básica que sospecha todo aquel que haya indagado un poco en las estructuras narrativas: que cuando el guionista o escritor no se aclara a trabajar el desarrollo de algo, se lo carga.
Si es una situación, la desluce pronto y mal, o directamente la borra del script o la novela, y si se trata de un personaje, pues lo mata. Y no es tanto cuestión de impericia, como de ajetreo, viveza y premura.
Es lo que le sucede a la cimbreante 7 maneras de matar a un gato, la primera novela del periodista cultural Matías Néspolo.
Y es que sí, se trata de una novela gatuna, que opera rapidísima y que, por ello, justamente, necesita de un desenlace que no puede ser sino una trompada frontal contra la pared. Y la razón para ello es que es una historia de droga, desesperación y balaceras, la cual se obliga (por su propia naturaleza) a dispersase tan rápida e inane como las volutas ociosas de un cigarrillo arrugado. Y ello no es una crítica, sino un elogio.
Porque es gracias a esta precisión que entende(re)mos que el Gringo, héroe moral de la novela, no puede más que correr mientras las ve venir, e ir agachándose y escondiéndose, dando vueltas a las esquinas y buscando las sombras, del modo análogo al que haría un gato.
Es esta una novela de apariencias, pues El Gringo tiene un amigo que se llama el Chueco y que, en verdad, de amigo poco. El Gringo vive con una señora a la que llama abuela, y que lo crió, pero que no es su abuela. Tiene un (pseudo)familiar llamado el Toni, desaparecido diez años atrás, al que llama hermanastro, pero que, como él, es huérfano. Y también tiene (tenía) una madre, de la que apenas sabe, recuerda ni quiere averiguar nada.
Aparte de esto sólo tiene una copia de Moby Dick, de Herman Melville, que desprecia, y no quiere leer, pues le espeta que “[Ismael, el narrador] se cree que somos todos tarados. ¿Cómo puede contar semejante bolazo?” [1]. Pero el bolazo, en realidad, es la incapacidad de el Gringo para encontrar un motivo entre tanta desdicha; ni le sirve el amor, ni la promesa de la huida, ni el conocimiento de la sórdida historia de la muerte de su madre (en la que el Toni está involucrado).
Siete maneras de matar a un gato es justamente por ello una novela de lejanías, que delata la distancia geográfica del autor con lo narrado, la distancia sentimental del personaje con lo vivido, y la distancia empática del lector con los hechos.
Ello viene sabiamente vehiculado en un lunfardo desafecto, casi discrepante, y que obliga a todos los personajes que transitan por la novela a hablar casi igual, negándo(se)les la identidad.
El mayor acierto de la novela, a mi juicio, reside aquí, en la evidencia de eso que quiere retratar: la generación menemista de los ochenta, una generación perdida que había sido olvidada por la narrativa argentina.
Y otro de esos longevos olvidos es que el que nos recordaron los periódicos ayer: la del “anónimo” J. D. Salinger, que murió el miércoles, en New Hampshire, a sus 91 años.
Podría pensarse que el recorrido personal e intelectual de Salinger tiene también algo de gatuno, pues tan felinas son las garras al frente con las que recibió al cámara que le pilló hace unos años empujando el carrito de la compra (y que es su única fotografía conocida desde aquella foto lejana de su graduación), como sagaces son los devaneos de Caulfield, el personaje de The catcher in the rye, e igual de taimados son los perfiles psicológicos tanto de los protagonistas de su novela Franney & Zooey, como perspicaces los de sus Nine stories.
Y es que en su empeño de cuatro décadas de ronronear por las callejas de su ofuscación y su genialidad (si es que no son la misma cosa), Salinger no nos permitió más que adivinar -y esto de soslayo- su sombra estirada y siempre esquiva de maldito gato negro, aquel que negando las leyes de la superstición y el azar, ya sabe que “la fórmula de la felicidad y de la longevidad es hacer lo que a uno le dé la gana” [2]. Y lo hace.
Pensando en esto, no dejo de confiar en la incrédula afirmación de Rafael Narbona, al decir que la muerte de Salinger no es más que una “notable exageración” [3]. Supongo que la misma que sostiene el título de la novela de Néspolo, y que el propio libro niega, pues “a la hora de la verdad sólo hay dos [maneras de matar a un gato]: por las buenas o a la brava” [4].
Será que Salinger lo intentase cordialmente durante tanto tiempo que no le quedó más que darse al deguello. Y marchó. Silencioso. Sin previo aviso, igual que los zarpazos traidores de los gatos.
O igual es que sabía que, aunque haya siete formas de matar a un gato, los linces bravos como él, tienen nueve vidas.
[1] & [4] Matías Néspolo. Siete maneras de matar a un gato. Ed. Los Libros del Lince. Barcelona. Junio de 2009. [pág 156 & 7]
[2] Gabriel García Márquez. Citado por Miguel Dalmau en su columna “Territorio Dalmau”, incluido en La Bolsa de Pipas. nº 76. Esporles (Mallorca). Enero-Marzo 2010. [pág 64]
[3] Rafael Narbona. La segunda muerte de J. D. Salinger. El Cultural, de El Mundo. 28-01-2010.
Enero 27, 2010
Lecturas semanales
Esta semana ha estado todo el mundo loco (hasta los neófitos parecieron volverse geeks) con la iPAd de Apple, que se presentó esta tarde, a las 19:00 (hora española).
Nosotros, aquí en tierras allakenses hemos estado más atentos a la iniciativa The City “I love it when artists rule the streets” que también ha comenzado hoy y donde se propone la unión de arte, cultura y ocio en aras de re(a)vivar la ciudad de Barcelona.
Igualmente nos hemos fijado en la propuesta del C-Digital 2010 de Granollers llamada la Catosfera y que se celebrará este fin de semana.
En el apartado de publicaciones nos hemos fijado en las cuatro que ven en la fotografía y de las cuales probablemente hablaremos el viernes en la columna semanal “Escritor en Allak“.
Enero 22, 2010
Escritor en Allak – James Joyce que estás en los cielos
Habla Zadie Smith en su ensayo “That crafty feeling” [1] sobre algo que ella llama magical thinking. Según la idea de Smith, un escritor, llegado a la mitad de la escritura de su novela, se enfrenta a una suerte de estado mental caracterizado fundamentalmente por el colapso del tiempo. Entonces, todo lo que existe en el mundo, absolutamente todo, está relacionado con su novela.
Dice Zadie Smith que sucede que si este escritor coge un libro de poesía de la estantería y lee la primera línea de un poema (la primera que le venga a tiro), se acabará dando cuenta este escritor -que está en su momento de magical thinking- de que este verso azarosamente encontrado le servirá de epígrafe, y que era justamente el epígrafe que el escritor necesitaba, y todavía más, que ese verso hubo de ser escrito por el poeta con la única intención de facilitarle el trabajo a este escritor que lo ha hallado.
Pues bien, estaba yo hojeando un libro de Paul Eluard llamado El amor y la poesía (Visor, Madrid. 1997) y, de pronto, frente a mis ojos se iluminó un neón al tiempo que leía este verso: “Todo lo que se repite es incomprensible” [2].
Verán, sucede que esta semana estaba (re)leyendo a Joyce, concretamente el libro A portrait of the artist as a young man y, al mismo tiempo, estaba yo escribiendo un ensayo sobre Joyce.
La consecuencia es que no paraba yo de hablar de Joyce con Ángela. Y no fue hasta que encontré ese verso: “Todo lo que se repite es incomprensible” que descubrí, sí, completamente, el misterio de James Joyce.
El caso es que la clave del estilo modernista de James Joyce, y que algunos encuentran incomprensible, farragoso y denso, es justamente eso: su incomprensibilidad.
La repetición poética de Joyce persigue el efecto de nublar el juicio, porque no apela, de ningún modo, a la intelección, sino que ataca directo al sentimiento. Porque a Joyce no se le ha de entender a través de la matemática lingüística, sino a través de las improbables concordancias sinestésicas, de la broma lírica; pero, sobre todo, de los fatales juegos de ingenio, que tantas veces pecan de solipsistas, aceptémoslo. Y, en consecuencia, la frustración del lector proviene de ser incapaz de convertirse en la mente del mismo Joyce, cuyas asociaciones se fundamentan en lo sensorial.
Por ello, es Joyce, de una forma oblicua, religioso. Y no porque hable de religión, aunque también, sino porque el sistema estético que comenzó a desarrollar en sus años parisinos, a partir de 1902, fructificó en un mantra que ya puede verse en A portrait of the artist….
Una compleja nueva teoría de los afectos que, al modo de los barrocos, invoca un nuevo discurso melódico alejado de lo racional y apegado al humanismo. Una estética recitativa, homófona, a pesar de (o justamente por) sus altisonantes divergencias que explotan en una somnolencia propia del discurso sagrado.
Así que, después de haber averiguado la secreta síntesis de la prosa de Joyce y haberme avenido a la revelación del magical thinking, he estado jugando con las páginas conmemorativas de los 20 años de la colección de poesía de la editorial Tusquets, sus Nuevos Textos Sagrados.
Y el neón, para mi sorpresa, nuevamente ha hecho su trabajo.
En esta ocasión ha sido Alfonso Costafreda, quien escribía para mí lo siguiente: “Solitario recorres ciudades extranjeras / y en voz baja murmuras sonidos de disparidad” [3].
El caso es que en mis sueños de esta semana se ha presentado Joyce, no alguien que es como Joyce o se le parece o alguien que dice ser Joyce, no, no, no: Joyce mismo, desde el cielo, se ha presentado en mi sueño conjurando para mi gozo aquello de “Welcome, O life!” [4].
James Joyce, el escritor genial de Dublín, ha sido quien me ha dictado el título de esta columna: “James Joyce, que estás en los cielos”.
Cuando me desperté ayer (el jueves por la mañana) y se lo conté a Ángela (que Joyce mismo me había dicho que tenía que titular “Escritor en Allak” con el título “James Joyce, que estás en los cielos”), ella me miró raro. Y no se lo reprocho.
Porque la verdad, hasta aquel momento (el jueves, ayer) yo tenía pensado hablar de otra cosa, y verán cuando les cuente lo siguiente lo claro que se les volverá todo (o el tembleque que les entrará en el cuerpo).
A comienzos de semana estuve leyendo Amigos que no he vuelto a ver, de Ignacio Vidal-Folch (Anagrama, Bcn. 1997). Me gusta leerle en el Babelia, pero nunca había cogido uno de sus libros. Y saqué este de la biblioteca, por pura curiosidad. Leí las primeras hojas en las también primeras horas de esta semana, con avidez y ligereza, pero pronto me reclamó la atención mi semana joyceana, de trabajo y (re)lectura, así que hube de dejar a Vidal-Folch con el consuelo de las dos pilas de libros que aguardan en una mesilla, y que tengo a la izquierda de mi mesa de trabajo, mesilla utilizada justamente con el propósito de que no se sienten en lástima los libros en standby, pues de esta forma, quedan reunidos en un gran grupo no ya de abandonados en desprecio, sino de reservas en espera de su turno.
El caso es que Joyce, que está en todo, supongo que hubo de darse cuenta de este detalle (ahora que escribo esto desde el futuro del viernes sé lo que no sabía el jueves). Además, estando en el cielo, igual que Dios (me refiero a James Joyce), lo controla todo, hasta mis pensamientos, reflexiono ahora en silencio. Y, cómo no, añado para mí mismo, Joyce está enterado de todas las cosas cotidianas que me suceden.
Pues bien, el miércoles a la tarde (como bien sabía Joyce) estábamos Ángela y yo en el Lletraferit, justamente hablando de él, de Joyce, aunque un poquito también de Virginia Woolf, y luego, velozmente, otra vez sobre Joyce.
A nuestro lado había un grupo de tres personas que, sospecho, nos escuchaban (y ello a pesar de que parecían estar tramando algo, algo tal vez literario, recuerdo que pensé). Eran tres hombres.
De edad indeterminada, sobre los cuarenta años.
Bien, en un momento, harto ya de hablar de Joyce (y a eso de las seis de la tarde), me levanté para ir al lavabo, pagar e irnos.
No sé cuánto hube de demorarme, unos minutos, pocos; supongo.
Al volver a buscar a Ángela a los sillones de cuero de la entrada, percibí la inexistencia del grupo de tres hombres que, hasta el momento en el que yo me hube de levantar, estuvo sentado a nuestro lado.
Ninguno de los tres había allí, en esos tres sillones arrugados y todavía cálidos.
Comencé a ponerme la americana, a recoger los libros (entre ellos, cómo no, A portrait of the artist…), la cartera, y me dispuse a colgarme en el cuello la bufanda.
Entonces Ángela, mediosonriendo, medioconspirando, se rió.
Me miró fijamente.
Dijo: “¿sabes quién estaba sentado ahí, a nuestro lado, en ese grupo de tres?”.
Respondí que no, que no sabía.
Dijo, no sin misterio: “Creo que se estaba fraguando algo, una colaboración literaria, algo así”.
Me quedé en silencio. Yo había pensado lo mismo.
Entonces, con una menesterosa sonrisa cómplice, lo soltó;
dijo: “Ignacio Vidal-Folch”.
Y añadió: “¿Y sabes qué? Me ha saludado, al marcharse”.
Pero cómo, pense y dije, “¿acaso lo conoces?”.
La negativa de Ángela me dejó estupefacto.
“¿Entonces…?”-inquirí.
Ángela siguió negando con la cabeza, sonriendo.
Ayer por la tarde, jueves, me pasé toda la tarde pensando y escribiendo y hablando sobre Joyce.
En algún momento recuerdo que Ángela se sentó a mi lado.
Recuerdo que seguimos hablando de Joyce, y en un momento me vino a la mente la imagen del miércoles a la tarde de Vidal Folch y la visita esa misma noche a mis sueños de James Joyce,
y me dije: “ajá, ya lo entiendo todo…”.
Ahora que lo rememoro, mientras esto escribo, diría –no sin cierto pudor- que se podía detectar en sus ojos, en los ojos de Ángela, ayer a la tarde, mientras yo pensaba y me dije y le dije a ella “ajá, ahora lo entiendo”,
confesaré que algo parecido al chispazo primero del neón inédito de un verso brillaba mágico en sus ojos.
[1] Zadie Smith. Changing my mind (Occasional Essays). Penguin Press. New York. 2009 [pp. 104]
[2] Paul Eluard. “Poema XXVIII”, de “Primeramente”. Incluido en El Amor y la poesía. Ed. Visor. Madrid. 1997. [pp. 43]
[3] Alfonso Costafreda. “¿Hay acaso un lenguaje?”, Incluido en 20 años de poesía. Nuevos Textos Sagrados (1989-2009). Edición de Andrés Soria Olmedo. Ed. Tusquets. Barcelona. Mayo de 2009. [pp. 137]
[4] James Joyce. A portrait of the artist as a young man. Ed. Penguin. London. 2000. [pp. 275]
Enero 20, 2010
Flicker, para qué te queremos
2 novedades comparten en la librería este mes la misma fotografía de Nan Goldin (The Hug, NYC, 1980):
-Antecedentes, de Julián Rodríguez (Ed. Mondarori. Barcelona.2010))
-Infiel, de Joyce Carol Oates (Ed. Alfaguara, Madrid. 2010.)
Felicidades a los departamentos de diseño de Random House Mondadori y Alfaguara.
*****Agradecimientos a Á, que fue quien se percató.
Enero 18, 2010
La palabra (de) Dios
God was God´s name just as his name was Stephen. Dieu was the French for God and that was God´s name too; and when anyone prayed to God and said Dieu then God knew at once that it was a French person that was praying. But though there were different names for God in all the different languages in the world and God understodd what all the people who prayed said in their different languages still God remained always the same God and God´s real name was God
James Joyce. A portrait of the artist as a young man. Ed. Penguin (Modern Classics). London. 2000. [p. 13]
Dios era el nombre de Dios, lo mismo que su nombre era Stephen. Dieu quería decir Dios en francés y era también el nombre de Dios; y cuando alguien le rezaba a Dios y decía Dieu, Dios conocía desde el primer momento que era un francés el que estaba rezando. Pero aunque había diferentes nombres para Dios en las distintas lenguas del mundo y aunque Dios entendía lo que le rezaban en todas las lenguas, sin embargo, Dios permanecía siempre el mismo Dios, y el verdadero nombre de Dios era Dios.
James Joyce, Retrato del artista adolescente. Traducción de Dámaso Alonso. Ed. Planeta. Barcelona. 1992. [p. 15]
Enero 15, 2010
Escritor en Allak – Cuentistas
Semana de picoteos caprichosos, ésta mía.
Días últimos en los que he intentado poner mis manos, como lengua pérfida de serpiente, sobre dos de esas “cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea” de la Editorial Alpha Decay, pertenecientes a su colección de relatos breves Alpha Mini.
Concretamente, lo intenté con Socorrismo, de Antonio Luque y Cul-de-sac de Mercedes Cebrián.
Y me reafirmo al declarar que lo que más mola de los libros es su catalogación. Se lo repito: “cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea” (¿puede venir algo mejor después de esto?). Sospecho que no (yo, al menos, no lo he hallado), y esto no va en demérito de las 34 páginas de M. Cebrián ni de las 99 de A. Luque, ricas la una en lo folclorista acumulativo y en su cacharrería lingüística de rompetechos y la otra en lo exótico cotidiano, y decorativo.
Sucede con esta colección como con esos libros que tienen unos título tan buenos y sugestivos que es harto difícil que el contenido los supere.
No quieran ver aquí ironía o maledicencia, porque no la hay.
Confieso que he disfrutado instantáneamente de los textos, del modo fulgurante mismo en el que se diluye el Nesquik en el vaso de leche, según se propone en el lema de la colección.
Piensen en esto: es como cuando uno va con todas sus ganas a un festival musical y hay varios grupos y el conjunto que ofrece el primer concierto resulta ser bueno, buenísimo. Y entonces, pues, maldita la gracia, porque el resto, por muy buenos que sean, ya no nos podrán de ningún modo gustar tanto como el que ya nos impresionó en primer lugar, por la pura sorpresa.
Veamos un ejemplo.
De “Socorrismo”, de Luque. Hagamos la prueba. Así, al azar. Zum, abro el libro. Leamos:
“A Brian se lo trajo de Palma, del condado de Palma, donde estudiaba los manuales de química como un monje cartujo habría devorado un Playboy” [1]
Analicemos: más allá de la malversada ucronía (ya les digo yo que la figura del cronotopo genettiano es cosa que Luque debe pensar es relativa a la órbita de Marte) y el juego meloso de permutar el patronímico a gentilicio, uhm… sigue pareciéndome mejor el hit primero.
Traten de saborearlo una vez más: “cápsulas literarias portátiles de lectura instantánea“.
¡Me encanta!
En los minutos siguientes a la lectura de los libros de Alpha Decay (apenas tardarán treinta minutos en leer los dos, pero conténtense, que son muy baratos) y, para resarcirme de las picaduras de avispas que me enrojecen las mejillas del alma, leo el relato de Juan Villoro “La estatua descubierta”, incluído en el libro de relatos La banca pierde (Alfaguara, México D.F:, 1998).
Desde que leí un texto que Villoro le dedicó al crítico Masoliver Ródenas en el Cultura/s de La Vanguardia hace varios meses, no puedo dejar de pensar en la barba pangeica y parnasiana de Villoro.
Y eso que nunca me gustó ni su apellido, tan impronunciable, ni menos aún su barba que me hace pensar en un injurioso libelo contracultural.
Y, sin embargo, desde que leí ese texto homenaje a Masoliver Ródenas, en el Cultura/s, no puedo dejar de pensar en que las palabras de Villoro producen algo parecido a eso que la amante de Goethe, Bettina von Armin, le reclamaba a éste en una carta, cuando le decía:
“if you only knew, how one word of yours often dissolves a heavy dream” [2]
En fin, que “La estatua descubierta” me ha dejado hipnotizado, pues tiene esa concordia justa entre misterio, profundidad psicológica y una trama que no acaba de revelársenos del todo. Y esto gracias a su solapada e imprecisa perfidia, a la sospecha, la insinuación y, finalmente, un enigma que no se nos desvela en su entera complejidad.
Sólo vean cómo empieza, así: “Los jabones negros me dan desconfianza” [3]
No he querido leer más relatos del libro. Y no por miedo, sino por respeto.
Villoro me parece de los pocos escritores coetáneos que amerita se le ponga en un busto en la entrada de casa de uno. Con ese porte regio, griego y docto que tiene, tan magnificente, como de prétor.
He estado manoseando su novela El testigo interminablemente estos días, pero no me he decidido todavía a meterla en la bolsa.
La resguardo para cuando las cosas se pongan feas, feas de verdad.
Entonces, por continuar con alguna actividad lectora, ahora mismo, y ya son las cuatro y media de la madrugada del viernes, manoseo y (re)leo ociosamente Viva voz de vida (Ed. Minúscula, 2008), esa hermosura en la que Marina Tsvietáieva homenajea al poeta ruso Maximilián Voloshin.
En el libro, refiriéndose a la madre de éste, dice Marina que “Lo importante es la suma de los esfuerzos, es decir, la solitaria proeza […] contra todos” [4]
Y, solitariamente, en la madrugada, voy a finalizar este texto mientras lucho contra el insomnio y me ayudo con la escucha uno de esos ingenios cuentísticos en forma de canción que hace tan diestramente el Sr. Chinarro, alias Antonio Luque.

[1] Antonio Luque. La mina, seguido de Socorrismo. Ed. Alpha Decay. Barcelona. Septiembre de 2009. [pág 21]
[2] Bettina von Armin. Carta a Goethe [4 de Noviembre de 1810]. Incluída en Correspondence with a child.
[3] Juan Villoro. “La estatua descubierta”, incluído en La Casa Pierde. Ed. Alfaguara. México D.F. 1998. [pág 43]
[4] Marina Tsvietáieva. Viva voz de vida. Ed. Minúscula. Barcelona. 2008. [pág 62]
Enero 13, 2010
5 cosas que he hecho y/o me han sucedido hoy en Barcelona
1.
Me he topado con dos piezas de arte urbano de reciclaje en la calle Elisabets.
a)
b)
2.
He estado en la escueta y casi minimalista exposición “Petits editors, grans llibres“, en el FAD (Foment de les Arts i del Disseny, sita. en la Plaça del Ángels, enfrente del MACBA).
Se trata de la catalogación de las 100 editoriales independientes españolas más relevantes (algunas incluso extintas -¿?-), representadas por tres o cuatro libros de los más destacados de su catálogo.
=====> Pueden verla hasta el 22 de Enero.
3.
He recomenzado con la segunda fase del Proyecto Ruinas Contemporáneas
(aquí la primera fase de Octubre):
4.
He descubierto el proyecto 365vlog del videobloguer Alejandro Ángel.
Se trata de evidenciar que toda vida es un reality, así que -como él mismo dice- ”¿por qué no contarla en imágenes?”
El proyecto se concreta con la realización de un vídeo diario durante todo el año 2010.
=====> La explicación detallada
=====>Los doce vídeos (por el momento) de Alejandro Ángel
=====> Más gente que se ha unido al proyecto
5.
Me he comprado dos pares de zapatos y unos pantalones.
Enero 8, 2010
Escritor en Allak – Philip Roth ya no sale de casa
Observó en cierta ocasión el excéntrico suicida David Foster Wallace (y esto para encararse con el procaz John Updike) que el sexo no es remedio para la desesperanza ontológica.
A mi entender, sólo cabe la censura para la desesperación, y la condescendencia para con la metafísica. Ambas cosas no es que sean condenables, es que (me) resultan indignas.
Y el sexo, no debe ser enmienda ni acreditación de nada, más que de sí mismo. Porque ahora la única trascendencia del Yo es aquella que lo relega a mirarse atentamente a sí mismo: el deleite escéptico de su reflejo en el cristal.
Un yo magnífico, narcisista, encantado con su vanidad. Y es así como lo entiende, también, Katie Roiphe.
Para ella ya no resulta crucial el hecho mismo de la conquista erótica (per se), ni su ulterior capitulación sexual, ni tampoco el recuento de la singularidad de ambas acciones. Sólo importa que la belleza del relato de los hechos sea referida atendiendo a la noble pureza del novelista, sujeto que –así parece- siente repudia por el vulgar mundo del deseo, tendencia que –según Roiphe – domina nuestra sociedad actual.
Para mí, honestamente, es más un problema de conciencia.
En palabras del filósofo Thomas Angel, la ciencia (y, por ende, el mundo objetivo) aparece cuando se supera lo que él llama “la vista desde ningún sitio”. Antes de alcanzar ese punto está nuestra subjetividad, el lugar donde habita la conciencia y donde se confunden pasado y presente, donde las cosas, al mismo tiempo andan juntas, formando un todo y, sin embargo, están igualmente separadas, en una multiplicidad.
Y es desde aquí desde donde debe abordarse el problema, por la sencilla razón de que lo sensual y lo evocador, para que alcance su mágica grandeza, debe darse en la literatura en ese punto nebuloso que no puede ser convenientemente cartografiado, ni dicho, sino sólo sugerido por aproximación.
Y toda esta cháchara a cuento de la última novela de Philip Roth, “The Humbling” (Jonathan Cape, London, 2009). Una novela más o menos corta (140 págs) trufada de una serie de escenas sexuales que dan risa y casi vergüenza ajena.
Y así resultan, por la confianza esotérica que el autor (Roth) pone ciegamente en ellas, para que le justifiquen la resolución de la trama y debido a su abrupta intrusión en el momento en el que la peripecia se estanca.
El protagonista de la historia (Simon Axler) es un sexagenario actor con problemas, pues cree haber perdido esa voz interior que le garantizaba que lo que sucedía en el escenario (gracias a su interpretación) era auténtico: por verdadero y cardinal. Y quiere suicidarse, porque siente que agotó su tanda de suerte en la vida (o su cupo de talento), pero no puede, no consigue la jactancia necesaria para resolver el final del tercer acto de la larga obra teatral que ha sido su vida.
Y aquí entra Pegeen Mike, veinte años menor que Axler, hija de unos actores que otrora fueron amigos y compañeros de Axler en su juventud, en New York.
A Axler lo hemos de suponer un actor rico y famoso (apenas se nos menciona esto con breves pinceladas) que no sólo cautiva a Pegeen con sus regalos carísimos sino con su obscenidad sexual (al punto de que Pegeen –hasta el momento de conocerle lesbiana recalcitrante- se torna heterosexual). Es este (supuesto) fulgurante éxito también el acicate para el resentimiento y envidia que suscita en los padres de su nueva novia.
La novela acaba, como debe ser, en suicidio, pero las causas que lo motivan finalmente (Pegeen le abandona sin mayores miramientos), no parecen convencernos del todo. Y esto (sin entrar en muchos detalles) debido a que la novela hace aguas justo en el momento de la revulsión sexual (habrá dildos, penes de plástico, tríos… bueno, ya conocen al viejo Roth y sus fantasias sexuales).
Lo que en las novelas primerizas de Roth era poeticidad, anhelo y gozosa locura sexual se ha vuelto ahora una suerte de baratura pornográfíca, que en contra de resultarnos transgresora, deriva a lo cómico (no por ser irónica, sino ciertamente por su intento de grave bravuconería).
Y es que al transmudar el lenguaje soez en algo casi cartográfico (y acuérdense aquí de Thomas Angel), parece más un atestado policial que escenas dramáticas de sexualidad conflictiva o creadora.
La estructura está bien, y es la adecuada a un novelista con oficio. Es justo decir que la resolución final de Axler emociona, su última representación al modo de Konstantin Gavrilovich en la obra La Gaviota de Chejov es un final pulcro, propio de un novelista de los grandes.
Pero a la novela le faltan las razones, sobre todo las del lenguaje. Y eso, en un novelista que se pretende moral, es una franca derrota.
Es como si Roth escribiese desde afuera de la historia, a golpe de imagen y el discurso se hubiese pactado con un personaje (uno más de sus alter egos) que no es más que un fantasma.
Dice el artista Isidoro Valcárcel Medina que el problema con la imagen es que está fosilizada. Y añade, además, que los argumentos para el culto de la imagen son producto de la tristeza. Y así lo patético es saber de la tristeza de Axler, y de la tristeza misma de Philip Roth, pero no conseguir sentirla y que, además, nos resulte irrelevante.
A Roth, con esta novela, le ha pasado aquello que a Boris Vian cuando en su libro póstumo “No me gustaría palmarla” cantaba:
“Me gusta el sol pero no me gusta la calle /
O sea que me quedo en casa” [1]
Pues eso.
[1] Boris Vian “Hace sol en la calle” incluido en No me gustaría palmarla. Poema ilustrado por François Avril y traducido por Fernando Savater.
Ed. Demipage. Madrid. 2009. [págs 30 & 31]
Enero 6, 2010
New Year´s Resolution
Hace ya varios días (seis, de hecho) desde que comenzó el año, pero a mí no me dio tiempo todavía a poner un poco de orden, ni de plantear alguna línea maestra para los tiempos que se avecinan…
Además, tuvimos huésped en casa e invitados en la ciudad, y las celebraciones se hicieron largas y más largas y más largas.
Todo bravo y muy feliz, pero puro desconcierto para el trabajo.
En fin, que lo que quería decirles es que con el videoblog (Er)Rancias hemos completado la primera tanda de 5 episodios (todos aquí) y planeamos la segunda tanda para la primera semana de Febrero.
Dejaremos este mes de Enero para que se vaya macerando la idea.
Si en los cinco primero capítulos hemos tratado de captar las impresiones vitales de a diario, y sugerirles (a posteriori) una línea coherente de significación, vamos a ensayar con la próxima tanda (de cinco capítulos también; igual=uno por semana, cada miércoles; comenzando el primer miércoles de mes), pues como les decía, vamos a probar una nueva forma de hacer y narrar, prefiriendo la voz en off que funcionará a la manera de un observador interesado y el estilo será el de la cámara subjetiva.
Lo que queda inmutable aquí en La Soledad del Deseo es “Escritor en Allak”, la columna semanal de libros que puntualmente vendrá cada viernes.
Ojalá les haya sido dichosas las fiestas que dejamos atrás y más provechoso les sea el año que comienza.
Será un placer volver a verles por aquí, ya lo saben,
así que sírvanse de pasar cuando gusten.
**(en la foto) Llegó esta madrugada el paje Tonet
(que es el mensajero de los Reyes Magos de Oriente
para la sección Raval/Bcn) y me dejó un par de libros.
Enero 1, 2010
Escritor en Allak – Asuntos de familia
Será que esto de ser feliz que me sucede últimamente, aquello de andarse a buenas con la vida, le conduce (me conduce) a uno (a mí) a pensar como un niño (yo, el niño Pepe; Pepito, pues).
Y ello me obliga a reflexionar sobre la familia, y también en esa incómoda inocencia que juzga las relaciones entre las tres cosas (el niño, la felicidad y la familia). Porque debo decirlo ya –y esto por si no han caído aún en la cuenta-: las familias se hicieron para el único beneficio de los niños (y bueno, también para el de esos niños creciditos a los que llaman abuelos).
Así, pues, me veo estos días barajando la conveniencia del pensamiento casi meloso con el que los niños se asombran ante la vida (y la muerte). Y la relación que existe, por tanto, entre el lenguaje poético y la familia.
Para mi propósito me he venido a leer “Las primas” (Caballo de Troya, 2009), de Aurora Venturini, en la que Yuna, la protagonista, nos confiesa que su único delito (cuasi poético) es el de haber acunado justamente con el calor de sus manos el capullo de un gusano de seda al que obligó a salir a la fría vida y, así, fue cómplice del suicidio del gusano, que cayó muerto, por prematuro.
Y prematuro es el bebé de la hermana de Yuna (una joven “profundamente minusválida” [1]), que muere en el parto, producto de la violación de José Camaleón (nótese la ironía), el profesor de pintura de Yuna al que ésta pronto supera y, tras la jubilación de éste en la Academia de Bellas Artes, sustituye como docente. Porque es también Yuna precoz (como pintora) y, al mismo tiempo, “medio loquita” [2]. “Alta, de un metro setenta y delgada” [3]. Y se parece al Retrato de mujer con corbata, de Modigliani.
Yuna no deja de pintar en sus cartones, cartones que nos cuenta, describe y nos da su título, pero que no vemos y que funcionan como la crónica invisible de la fatalidad familiar.
Pronto se vuelve famosa y sus cuadros se venden a precios generosos y sale en los periódicos. Al mismo tiempo que ella sube, su familia se desmorona, para acabar Yuna descubriendo que “es mejor entenderse con una misma” [4].
El aprendizaje de Yuna viene mostrado a través de su relación con el lenguaje, pues es muy consciente de estar escribiendo su (des)memoria y se nos justifica al disponer su historia de manera que “carece de estilo literario”, lo cual no es enteramente cierto. De la dificultosa comparecencia de los signos ortográficos al comienzo de la novela, y la necesaria ayuda del diccionario, que provocan, en los momentos más emotivos y líricos, la explosión de parrafadas sin puntuación (pero con aliento hipnótico), pasamos a las frases breves y de severo control que finalizan con la siguiente verdad mentirosa: “Borré. Borré, Borré todo” [5].
La novela es testimonio de esta infancia y adolescencias borradas.
De lo que concluyo que los niños/adolescentes son también perversos y que es esta -y no ninguna otra sospechosa gratitud-, la razón para que se les mantenga en el claustro seguro de la familia, a la chavalería -de otro modo, quizá, incontrolable-.
Mi segunda incursión estos días se produce con “El papel de mi familia en la revolución mundial” (Ed. Minúscula, 2009) de Bora Cosic. La clave para entender la novela es la frescura subversiva que se menciona en la contraportada.
Aquí quien nos cuenta la historia es un niño que quiere ser escritor. La narración toma la forma de una suerte de irreflexiva redacción escolar. Pues sucede que el niño protagonista no es en este caso deficiente, pero –y así se lo espetan para su escarnio- tampoco es “ni hombre ni mujer, pues escribe poesía” [6].
La de Cosic es una novela cáustica, atropellada y urgente, impetuosa, osada y, a la vez, profundamente hermosa (por su humorada utópica), donde todo se revuelve y embarulla. Una novela que comienza en el fascismo y acaba en el comunismo. Una novela en la que lo que antes valía ya no vale. Donde la melancolía no permite ni un solo gesto y lo que se propone como nuevo es fatal y homogéneo, como el aburrimiento. Por ello la familia no puede más que cantar, bailar y vivir, como ha hecho siempre y esto le obliga a estar necesariamente al márgen. Porque para el protagonista, la familia “es una profesión, aunque se tome a broma” [7]
“El papel de mi familia… “ es un grotesco retrato de costumbres pre y postguerra que ni entienden unos ni otros. Sobre todo la familia del protagonista, con una madre lunática, un padre patéticamente alcohólico y un abuelo deliciosamente ácrata. Una familia que baila al son de los camaradas que, día sí, día también, les invaden la casa hasta que se la confiscan y los mandan a todos a un piso de una única habitación. Pero allí todo sigue igual (o peor). Y bailan, y cantan y se quejan, pero todo sigue igual (o peor). De este modo nos lo va contando el niño hasta que finaliza la novela y es justo cuando acaban de ponerle los primeros pantalones largos, y aquí, como evidencia, testifica que todo fue “un gran barullo, pero fue así. Así o aún peor” [8].
Habiendo leído ambos libros, piensa uno (pienso yo) que hay narraciones que son como las familias: pesarosas, traqueteantes, repetitivas y, lo peor: apropiacionistas. Y que, justo por ello, nos repelen en sus comienzos (así me ha sucedido con ambas novelas) y a poco estamos de abandonarlas. Supongo que del mismo modo en el que todos hemos sentido esa incitación perversa a desatender a nuestra propia familia.
Y lo que es incuestionable es que uno (con toda legitimidad) podría reprocharle a ambas novelas (y a su misma familia) eso de lerdo que tienen los cortes súbitos con que nos fustigan, los finales abruptos que nos molestan y la cargante evidencia de la doblez moral y sentimental. Pero, igualmente, no podríamos dejar de reconocer que eso que nos molesta, nos revela asimismo una lucidez y valentías asombrosa; la insolencia que tal vez nos falte para encarar nuestras propias miserias.
Es curioso que en las dos novelas tratadas sean los padres (los hombres) los que en un momento u otro abandonen a los niños (y al resto de la familia desvalida). Pasa lo mismo en una película de Claude Sautet llamada “Classe tous risques” (1960) que vi esta semana y en la que Jean Paul Belmondo hace de amigo más o menos cándido que ayuda al gángster asesino protagonista a que huya de la policía y se establezca en un piso franco en París y que, al mismo tiempo, abandone a sus dos niños pequeños al cuidado de una pareja mayor; para su mejor futuro, se entiende.
En la novela de Cosic se dice que la familia “es el mundo entero” [9], y en la de Venturini se opina que “todas las familias tienen algo de extrañas y que, sin embargo, lo disimulan” [10] Quizá esta desvergüenza narrativa a ritmo de nouvelle vague vista en las tres obras mencionadas, nos demuestre que la felicidad no es más que el intermitente picoteo de palomas. Pero que son los niños los más duchos en la tarea de traerlas a la mano a comer. ¿Será pues que la navidad hecha de regalos que iluminan las manos todas nos sirve como disfraz de candor que burlará a las palomas?
Lo único que puedo decirles es que pienso que la niñez no es sino el olvido. Y la literatura testimonio –y recuperación- de ese fracaso. Y es lo que también creen Venturini, Cosic y Sautet. Contigo, lector, ya seremos cinco.

[1], [2], [3], [4], [5] & [10]. Aurora Venturini. Las Primas. Ed Caballo de Troya. Madrid. Abril de 2009. [págs 61, 20, 80, 84, 189 & 69]
[6], [7], [8] & [9] Bora Cosic. El papel de mi familia en la revolución mundial. Ed. Minúscula. Barcelona. Mayo de 2009. [págs 119, 126, 151 & 97]
Diciembre 30, 2009
(Er)Rancias – Capítulo 5
Aquí tienen su nuevo capítulo semanal del videoblogging (Er)Rancias.
Es el último de este año y el último de la primera serie de vídeos.
El tema es la suerte.
Confiamos en que sepan disfrutarlo.
Nos vemos el año entrante.
Diciembre 29, 2009
Ya viene…
Mañana colgaré el último capítulo de este año de “(Er)Rancias” (el número 5).
El leit-motiv es La Suerte.
Les dejo debajo una pista en forma de fotografía.
Y como no recuerdo haberlo dicho antes, lo digo ahora, que ojalá hayan pasado, estén pasando y vayan a pasar unas felices festividades navideñas.
Diciembre 25, 2009
Escritor en Allak – Acciones poéticas
Sucede que hace varias semanas me arrinconaron dos policías secretos en la calle Tallers. “¿Eres español?” (apunte: mucha gente cree que soy italiano). “¿Tu nombre? DNI”, etc. Yo estaba fascinado por la placa que me acababan de enseñar, pensando que era falsa y que, en realidad, eran poetas; escritores, en cualquier caso, o mejor (y lo que más me convenía en ese momento), protagonistas para mi videoblog.
Se me quedaron mirando con extrañeza, diciendo: “es por tu jersey cantón” –sí, así lo dijeron-: cantón (yo llevaba un jersey de color rosa). “Nos han informado de que alguien con un jersey así venía cruzando desde Las Ramblas”. Y añadieron: “¿Tú vienes de Las Ramblas?”
A lo que respondí que sí, que venía de la Catedral, de grabar unas tomas para el videoblog (Er)Rancias (esto último no se lo dije, llevaba la cámara en la bolsa; pensé que ellos podrían deducir que la habría robado).
Me miraban atónitos, sin comprender cómo les había fallado su intuición de policías secretos. Yo, por mi parte, estaba fascinado con sus placas (que yo seguía juzgando falsas). Por un instante fantaseé con que descubrieran la cámara y yo me viera obligado a enseñarles todas las tomas que había grabado para mi videoblog (y de las que me sentía orgullosísimo).
Y aún fantaseé más, e iba a realizar mi sueño: grabarlos con mi cámara, como protagonistas del videoblog, pero no me dieron tiempo y, al poco, me dejaron marchar y se fueron a la búsqueda de su delincuente de jersey cantón.
Todo esto sucedió antes (dos semanas, al menos) de que leyese Consejos de un discipulo de Morrison a un fánatico de Joyce (Ed. Acantilado, 2008), escrita a cuatro manos por Roberto Bolaño y A.G Porta en 1984.
Apenas 170 páginas de las que Porta, en el actual prólogo (más de 20 años después), dice que les obsequiaron con “buenos momentos de amistad y de escritura compartida”.
El protagonista es claramente un alter ego bolañiano. Se llama Ángel Ros y es el primero de los poetas criminales, hastiados de fatal entusiasmo; sin más obra que su propia vida (igual que el chileno por aquella época). Arrastrado a la delincuencia por amor, a una loca latinoamericana, por más señas.
Porta se acuerda del profesionalismo con el que Bolaño se tomó esta obra primeriza. Y ello se nota, no tanto por el esfuerzo en la experimentación (dialógica, estructural, narrativo/dramática), sino en la urgencia por demostrar soltura en todas las triquiñuelas que ofrece el trámite de la fábula.
Una crónica ésta (Consejos…) de la impunidad del escritor, que demostraría diez años después (Bolaño, no Ángel Ros) cómo se puede convertir uno en clásico en vida y, encima salir indemne, es decir, muerto oportunamente. Y una demostración, también, de cómo la narrativa (aunque nos pase inadvertida) siempre tiene la (pre)cuela en la vida. Así los policías secretos que quisieron detenerme dos semanas atrás y me dieron un argumento para leer, al fin, esta obra primera de Bolaño.
No negaré que la novela gana muchísimo conociendo la obra posterior del chileno, pero Consejos…, per se, es una encantadora obra extraña, aperturista.
Y me interesa todavía más esta fascinación de Bolaño por el hombre malrauxiano, de acción, a raíz de una película que vi hace solo unos días: 2012.
Podría parecer el típico bodrio de Hollywood y, de hecho, lo es. Solo que… verán, el argumento es sencillo: el Apocalipsis. El fin de los tiempos se dispara en la falla de San Andrés (California) y de ahí se desboca por todo el globo, dando lugar a la inversión de los polos, la invasión terrestre de los mares y al cambio de latitudes y consecuente surgimiento de orografía donde antes había solo la planicie de las aguas y viceversa.
La trama va de la construcción de unas arcas donde será resguardada la parte significativa de la población. A saber: políticos y millonarios. Pero un escritor, un así llamado un escritor fracasado (cuyo único libro publicado siquiera llegó a vender 500 ejemplares), se empecina en colarse en una de esas arcas y es éste quien, al final, logra cerrar (con la ayuda de su hijo pequeño) la compuerta que sellará hermética el arca, y así se salvan -in extremis, según se hace en Hollywood- los miles de humanos cobijados en el arca (fundamentales para la sustentación de una raza mejor: políticos y millonarios, ya se ha dicho).
El escritor, no podía ser de otra forma, lo interpreta el patán de John Cusack. Y también se salva, of course.
La moraleja es clara: el arte es importante y, si no queda más remedio, el artista debe recurrir a la acción para hacerse valer.
La película es una fábula inverosímil plagada de exageraciones y quíntuples saltos mortales del argumento y, por esto, ha de leerse en el sentido de una parábola moral, diría que casi al estilo volteriano.
Y en esto pensaba hoy, que esto escribo, y es domingo, cuando me he levantado de un salto. Juro que se han escuchado cuatro disparos.
Limpios, secos, rítmicos, uno detrás de otro: pum, pum, pum, pum.
Son como las tres y cuarto de la tarde. Ahora todo está en silencio. Me asomo al balcón y nada, no oigo nada, sólo diviso a una pareja, en otro balcón, mirando a la calle.
Así que fumo, pero el corazón me palpita. Y pienso –sin remediarlo-: Ángel Ros.
Al cabo de los minutos las estridencias de la ambulancia me alertan, y la policía llega sinuosa a las calles aledañas.
De nuevo en el balcón, me asomo: ahora sí hay un verdadero despliegue.
Me visto a trompicones y bajo a inspeccionar.
Tan pronto la hoja de la puerta se abre a la vida de la calle un cordón de bomberos se acoquina primero por mi presencia (la confusión, supongo), y a los pocos segundos se me abalanzan y comienzan a preguntarme dónde vivo, qué hago, dónde voy, etc
El caso es que me obligan a dar la vuelta, y así lo hago, yéndome a las otras dos esquinas para tratar de averiguar algo, pero todo el mundo me responde: “no es pertinente decir nada ahora”.
Veo un coche gris bloqueado entre un camión de bomberos y un coche de policía. Y sigo pensando: Ángel Ros.
Subo de nuevo a casa, confiando en que los noticiarios me dirán la verdad, y busco afanosamente en Internet, en la televisión, en la radio. Fumo, doy vueltas, me pongo un cinturón de hebilla gruesa. Me cambio los zapatos. Nada: películas en tv, los diarios web sin actualizar y los prolegómenos del fútbol en la radio.
Al cabo de no más de veinte minutos me asomo al balcón de nuevo y ya no hay nadie en la calle. Bajo. Nada. Sigue el coche gris en medio de la calle, pero ya liberado del coche de bomberos y del de la policía local.
Inspecciono portales, me detengo fumando en las esquinas, tratando de interpretar sonidos, mínimos clicks de gatillos de pistolas con silenciador, el más breve susurro delator. Sigo pensando en Ángel Ros. Y en Bolaño.
Pero nada, sólo el refunfuño dominguero de las hojas de los árboles.
Me he pasado el resto de la semana trajinando los periódicos catalanes y los noticiarios locales de tv, y nadie ha dicho absolutamente nada (¡nada!) sobre el particular.
Consejos… termina con estas palabras: “mientras escribo esto aún estoy temblando”. Y así sigo yo hoy, ya viernes, igual que un salvaje poeta al que le esquilmaron la verdad profunda de su historia. Sin llegar a cerciorarme de si fue Ángel Ros quien hubo de entrar a esa casa del barrio del Raval muy cercana a la mía, pistola en alto, recitando algún verso infrarrealista (sin saberlo aún), y haber disparado cuatro tiros: pum, pum, pum, pum.
Cuatro tiros que, al parecer, solamente habría de escuchar yo.
Y lo cierto es que siguen resonando histéricos en mi cabeza, del mismo modo en el que operan rabiosas las buenas novelas desesperadas, como Consejos de un discípulo…, por ejemplo.
Diciembre 23, 2009
(Er)Rancias – Capítulo 4
Aquí tienen su nuevo capítulo semanal del videoblogging (Er)Rancias.
>>Créditos:
El leit-motiv de esta semana es: “La soledad del deseo”.
La canción que suena al principio es “Chatterbox”, del grupo de surf The Atlantics. El riff que cierra el capítulo está sampleado de la canción “Auto-Phone”, de Los Chicos.
Que Vds. lo disfruten.
Diciembre 18, 2009
Escritor en Allak – Memorándum
Dice Alberto Corazón en su libro Una mirada en palabras (Seix Barral, 2008) que el encuentro pleno con la obra de arte se produce siempre a través de nuestra memoria profunda.
Déjenme recordarles que para que se produzca la hondura de la emoción, se necesita su dilatación en el tiempo y la búsqueda infatigable entre sus dobleces y flancos de aquello que Hugo de San Víctor llamaba “el sacramento” y que, en términos estrictamente literarios, se correspondería con la antojadiza verosimilitud.
De su reverso, lo irracional, es de lo que trata Rex (Anagrama, 2007), del cubano José Manuel Prieto. Una novela estructurada en 12 capítulos (o lecciones) en los que el narrador (referido por sí mismo como “el comentarista”, y que es un falso preceptor) instruye a su pupilo Petia –hijo de unos semiparódicos mafiosos rusos- en las cosas importantes de la vida, tomando como única sabiduría confiable “El libro”, que en este caso no son Las Sagradas Escrituras como en el caso de Santo Tomás, sino “A la búsqueda del tiempo perdido”, de Proust.
Rex es una novela bucle y así se sabe desde el comienzo, pues comienza y termina en el comentario de la Gran Obra de Proust. Y hay también una razón añadida para su prosa boomerang, y es la poeticidad que supura; ya se sabe que toda cerilla fracasa al tratar de iluminar el abismo.
Y así incluso fracasa el libro de Proust (a pesar de contener toda la pedagogía necesaria para la vida), pues el comentarista se ve constantemente obligado a parafrasear y evocar otros libros y autores “menores” y en los costados de la prosa de José Manuel Prieto aparece gran parte de la historia de la literatura. La lección es clara: las palabras de un escritor están conformadas por las palabras de todos los demás escritores, incluso las de sus posibles (errados) exégetas.
Contra lo que algunos críticos han querido ver, la obra de Prieto no es metaliteraria ni mucho menos lógica, sino que trata de las bastezas descabellas de la vida, que el gran escritor (Proust, en este caso) vuelve moralidad lírica.
Y es que este es el mayor propósito de este libro, en el cual la ausencia de trama (apenas pinceladas burlescas, simulacros de un thriller que habla de una conspiración para vender diamantes falsos) trabaja incansable, como el que picase sobre piedra, para valorizar los únicos materiales (toscos) que tiene la literatura: las palabras.
No es por ello un libro fácil, se diría incluso que llega a ser exasperante, pero uno no quiere abandonarlo, pues en el constante esfuerzo de cada página se ve el chisporroteo de una verdad huidiza, nunca simbólica sino misteriosa, como todo lo arcano que hay en el hombre.
El escamoteo constante de los verbos tampoco facilita la lectura, los hipérbatons, la falta de conjunciones, las anadiplosis y muchos otros recursos lingüísticos nos explotan de continuo en el cerebro, y es esta bufonada la que sirve para rectificar la premisa del libro (sacada del filósofo Berkeley), que es la siguiente: “las cosas son como parecen”. Rex, finalmente, nos acaba convenciendo de que esto es mentira, su permuta del mensaje evidencia que la única realidad es que las cosas son (según) cómo se nos dicen. Y que no hay verdad inviscerada, ni última. Ni inalterable.
Por ello en cada frase, en cada párrafo, en cada página, en cada uno de los 12 comentarios (o lecciones) de Rex se nos conduce hacia lo esencial, puesto que “hay cosas en las que es mejor no pensar, en las que un alma limpia y recta nunca se detiene”. El triunfo de la novela está en la máxima que Hugo de San Víctor propone en su tratado medievalista Didascalicon, cuando dice que “Será el más sabio de todos quien haya querido aprender algo de todos”.
Habiendo aprendido de aquel que todo lo engloba y contiene (Proust), tras las doce lecciones del maestro, el pupilo Petia, está capacitado para eludir el comentario (al cual está íntimamente ligada la impostura) y así acometer una obra primaria, real.
Una obra que, en términos de Alberto Corazón, “ dialogue no con la historia del arte, sino con la historia (memoria) de la cultura”.
La moraleja es clara, y ahí está además la realidad para confirmar que el proyecto de José Manuel Prieto es un acierto congruente con los nuevos tiempos: un iceberg de 19 kilómetros ha sido descubierto por el glaciólogo Neal Young avanzando hacia las costas de Australia. Del último acontecimiento parecido del que se tiene memoria data del siglo XIX.
Al igual que este iceberg que amenaza chocar contra tierras australianas, habría de perpetrarse una gran obra que lleve al colapso el desbarajuste de esta última etapa de postmodernos glosistas paródicos que es el siglo XX y hacer lo que Proust hiciese con la cultura anterior a él.
Prieto ya se ha ocupado de cartografiar a rotring el plano del hipotético nuevo edificio.
A ver quién se anima con los cimientos.
Diciembre 16, 2009
(Er)Rancias – Capítulo 3
Aquí tienen su nuevo capítulo semanal del videoblogging (Er)Rancias.
El leit-motiv del tercer capítulo es el Futurismo y lo Retro.
La melodía que acompaña a la presentación es de Billie Holliday.
Que Vds. lo disfruten.

(Er)Rancias – Capítulo 3 by José Sabater de Montfort is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
Based on a work at lasoledaddeldeseo.wordpress.com.
Diciembre 11, 2009
Escritor en Allak – Seamos Realistas
Los días, hoy, se parecen a un poema de Joan Perucho llamado Testigo y que dice: “la ceniza de la rosa estructura el contorno de la rosa”.
Se refiere a lo inmóvil, a la verdad suspendida en el aire: “rosas de ceniza a punto de desvanecerse en la nada”. Una veracidad que se nos presenta como señuelo, inauténtica, o quizá desfallecida. Una realidad que sólo parece ser posible si se plantea en sus interconexiones con las sombras.
O eso es lo que piensa David Shields, que en febrero publicará “Reality Hunger: a manifesto”. Un ars poética que, según su autor, nos ayudará a entender a esa multitud de individuos aislados que somos hoy la realidad, el mundo, o tal vez un insoportable constructo artificial que parece ser una simulación de la vida.
Yo, a las cinco de la tarde del jueves, recién despierto, lo único que veo son sombras.
Y el recuerdo de un pequeño papel de cuaderno de anillas, la hoja cuadriculada, y un mensaje críptico. Algo sucedido en el sueño. Me anestesio con galletas de chocolate y aguardo con los ojos cerrados por ver si se me desvela el contenido del papel. Entonces un sabor de whisky con naranja en el paladar y la pobre imagen de una cervecería a las nueve de la mañana. E intuyo el dolor, en el sueño, y por asimilación, en la vida. Así que abro los ojos y me niego a saber nada más sobre el sueño.
Y es que últimamente me dio por tratar de interpretar los sueños, aunque debo decir que tampoco llegué a conclusión alguna. Lo único que podría decir del sueño de hoy es que habla de las veleidades (¿del artista?).
Y aquí la pertinencia de una de las cosas que, al parecer, pretende poner en cuestión Shields en su libro, o sea: la veracidad de las cosas. Lo inquietante es que Shields recurra a la “negative capability” de Shelley. En fin, que si el realismo es una reacción alérgica a los antojos idealistas del romanticismo, y el artificio un acto postmoderno, no acabo de ver claro por dónde nos la colará Shields. Esperaremos a Febrero, pues.
De todos modos, en estos días, según creo, la pelea más notable no es tanto la que se trae la realidad con el artificio sino aquella de la ficción del narrador de las historias con el propio autor de la ficción del narrador de las historias.
En este sentido, a uno (a mí) le sucede que le repele el personaje llamado Ivan Thays, por su vandálica mansedumbre y su cordialidad desafecta. Pero con todo y con eso, no hago caso a Rafael Lemus cuando en su crítica de Letras Libres dice que Oreja de Perro, la novela del peruano Ivan Thays, es una buena novela. Y la leo. Pero, al poco, no me queda más remedio que considerar la acusación que hace Lemus de que [Thays] “se topó con un estilo ya hecho y decidió emplearlo”. A uno se le queda la impresión al acabar de leer la novela de que va un poquito hacia delante y otro poquito hacia detrás, de pura inercia, como quien sentenciase que “lo importante no es pensar” (pág. 150).
Entre las influencias más notables de Thays, Lemus menciona a Coetzee y a Mario Vargas Llosa por exceso (de copia, se sobreentiende), pero yo añadiría a Kenzaburo Oé por defecto (de anhelo de semejanza, claro). Y, sí, también tiene razón Lemus, es una buena novela. Todo casa bien, y no hay demasiada sangre ni demasiado sexo, ni demasiada bonhomía, según procede con una novela que busca el consenso de un grupo amplio.
La misma anuencia contemporánea es la que busca “El relámpago inmóvil” de Pedro García Montalvo. A este libro lo que le sucede es que las necesidades del autor se supeditan a la conveniencia del discurso y los actos de los personajes, y se siente más uno transitando una escaleta de guión superficial que verdaderamente conociendo la complejidad de los personajes. Y así lo digo porque es una novela realista, tanto que casi parece haber sido escrita por alguien de la generación del 98 y tijereteada luego y cubiertos los parches con detalles coetáneos que garanticen su actualidad por algún editor avieso (la referencia a la guerra de Irak es sencillamente ridícula).
“El relámpago inmóvil” es también una novela buena. A pesar de su solemnidad pomposa y su esforzada grandilocuencia. En fin, es buena –al menos- hasta la página 147 (tiene 200 más) que es hasta donde yo he leído. Ya saben: los malos muy malos, los buenos muy buenos… etc.
“El relámpago inmóvil” comparte con la novela de Thays una suerte de realismo retórico (el uno en su sentido minimalista y el otro con toda la fuerza barroca de la que es capaz). Y esto se manifiesta en lo que Giménez-Frontín llama “las artimañas de la narración y la escritura”. Presunción, vaya.
En fin, que se me han hecho ya las seis de la mañana mientras tecleaba esto y corro a la cocina al anuncio del silbato de la cafetera. Mientras remuevo la cucharilla pienso en la instalación que Ai Wei Wei ha puesto en el Pabellón Mies Van der Rohe. Lo que ha hecho ha sido llenar las dos piscinas del recinto una con leche y la otro con café. “El peligro es consustancial al arte” ha confesado Wei Wei a los medios de comunicación.
A veces uno se pregunta si en literatura eso se refiere al riesgo de que las novelas (al caérsete de las manos) te den con el canto en el pie desnudo.
Igual tuviésemos que tomar la actitud de ese espectador que denunció al músico Larry Ochs por considerar que lo que tocaba no era jazz, según se anunciaba en el cartel del concierto. Aunque bien pensado, si tuviéramos que demandar a todos los que engañosamente ponen la palabra literatura en la solapa de un libro… igual se nos iba la vida en ello.
Y hay que ser realista: vida sólo hay una; y novelas muchas. Muchísimas.
Demasiadas, tal vez.
Diciembre 10, 2009
(Er)Rancias – Capítulo 2
Aquí tienen su nuevo capítulo semanal del videoblogging (Er)Rancias.
Créditos:
Las dos citas que se mencionan en el video pertenecen al libro “Woodstock road en julio” de José Luís Giménez-Frontín, publicado por la editorial Pamiela. Iruña-Pamplona. 1996.
La canción que se escucha al comienzo es -cómo no- de Jean Baptiste “Django” Reinhardt.

(Er)Rancias – Capítulo 2 by José Sabater de Montfort is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
Based on a work at lasoledaddeldeseo.wordpress.com.
Diciembre 6, 2009
(Er)Rancias – Capítulo 1
Aquí tienen el capítulo número 1 de la nueva serie de videoblogging (Er)Rancias.
Advierto que el archivo pesa un poco y tal vez cueste de cargar, pero la calidad es buena.
En este primer capitulo las secuencias narrativas se hallan unidas por la simbología de la mirada.
Ojalá les guste.
Créditos:
La frase insertada en el metraje está atribuida a Pere Gimferrer y se menciona en el libro “El Mal de Montano”, de Enrique Vila-Matas. Ed. Anagrama. Compactos. Barcelona. 2007.
El título de la canción que suena en la entradilla es “Hop Scotch”, y la interpretan Santo & Johnny.

(Er)Rancias – Capítulo 1 by José Sabater de Montfort is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
Based on a work at lasoledaddeldeseo.wordpress.com.
Diciembre 1, 2009
Recuento, Reclamo & Novedades
Acabó la semana de mi cumpleaños con la gloriosa celebración del sábado, concierto de Los Coronas incluido y muchos más regalos hermosos y necesarios.
Estoy tan contento que no sabría por dónde comenzar el recuento de cosas, así que le negaré la opción al relato de los hechos y quedará todo en una sola convicción: es el mejor cumpleaños que he tenido jamás.
Son estas fechas ya típicas para hacer no tanto un balance de las cosas, cuanto para recabar nuevas proposiciones, retos; planes y perspectivas.
Así anuncio sin mayor dilación varias mejoras en este páginas:
Algunos ya se habrán dado cuenta del ligero cambio de diseño (pero no de estilo), y la inclusión de una sección de obra, en la que se pueden descargar libremente una novela corta “Tal vez sea la culpa de Mozart”, escrita en Cartagena de Indias en 2004 y que pongo a disposición del visitante por considerarla una rareza en mi producción. Se trata de una novela postmoderna que socava toda construcción narrativa, pues en un desternillante y grotesco final quedan en el puro destrozo el protagonista, el narrador, el autor y hasta el lector.
A los más avispados no se les escapará que es un remedo a “La asesina ilustrada” de Enrique Vila-Matas, una novela en la que osadamente se trataba de asesinar al lector. Si no se contentaron con ésta, y su sed de sangre y venganza quedó todavía caliente, no se demoren en leer “Tal vez sea la culpa de Mozart”, una novela en la que todos los elementos del diseño narrativo se van deconstruyendo uno a uno, y al final solamente queda la oración, el rezo, la solicitud de perdón. Pura delicia hermenéutica. Ya verán, ya…
Además de la novela corta hay también en la sección Obra un par de relatos. Ambos son recientes (“Tarde en Lisboa” escrito en Enero/Febrero de este año -y totalmente inédito- y “La obra maestra” escrito en Agosto de 2009 y originalmente publicado en BcnWeek).
En breve añadiré algún nuevo relato del libro “La tristeza de los cedros”, puesto que ha sido finalmente rechazado por la editorial que lo solicitó a principios de año y se me hace perentorio sacarlo a la luz. Y también ofreceré el ensayo teórico que lo sostiene “La [súbita] irrupción del objeto“.
De otro lado, no sé si abandonando el formato diario que hasta ahora mantenía, aunque sí seguro que aparcándolo por un tiempo, me van a permitir que se produzca en esta página cierta mutación, y es que a partir de este momento se va a abandonar la profusa regularidad de las anotaciones cuasi-diarias (sin renunciar del todo a ellas), y se preferirá un artículo semanal de mayor largura en una sección que inauguramos este mismo viernes, de periodicidad semanal, y que se llamará “Escritor en Allak” y que traerá pues eso a los que les tengo acostumbrados: crónica personal mezclada con la intimidad del diario y trufada de lecturas y citas contemporáneas a la escritura de cada uno de los textos.
Como entre los regalitos del sábado se incluyó una nueva videocámara, pues ya les aseguro que unos cuantos vídeos van a ir cayendo también periódicamente. Vamos a tratar de ensayar un nuevo modo de videoblogging, a ver qué tal.
También estamos inmersos en la preparación de una nueva serie de vídeos para Harold & Blúm con el título -no podía ser otro- de “Para acabar con el lenguaje“. En breve, más info.
Les doy las gracias por seguir pasando por aquí y, venga, que continuamos.
No se me despisten.
J. S. de Montfort
























































