Cartografía sentimental (CXIII) – Escritores al descubierto

<<<5 cosas>>>

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

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1.

El proyecto Anti-Faces (Dobles identidades) del pintor coruñés Pablo Gallo.

Anti- Faces (nº 7) / Ava Gardner, Ernest Hemingway

Anti- Faces (nº 7) / Ava Gardner, Ernest Hemingway

Anti-Faces (nº 2) / Franz Kafka, Charles Boyer

+ info: aquí.

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2.

El proyecto How we spend our days de la escritora Cynthia Newberry Martin y que se basa en la siguiente frase de Annie Dillard que dice: “How we spend our days is, of course, how we spend our lives.”

Así, al principio de cada mes, un escritor invitado comparte el modo en el que este ocupa su tiempo diariamente, incluyendo fotografías personales de su familia, de su casa, de su lugar de trabajo y escritura, etc

El proyecto lleva en marcha desde agosto de 2009, y tuvo a Pam Houston como primera escritora invitada -aquí-.

El último invitado ha sido William Lychack -aquí- y la próxima (en junio) será  Sybil Baker -aquí-.

El texto que comparten los escritores y en el que dan cuenta de su vida diaria siempre finaliza con sus respuestas a las siguientes preguntas:

1. Cuál es el mejor libro que leíste en los últimos meses y cómo lo escogiste.

2. ¿Te importaría darnos algún consejo sobre la escritura?

3. Cuál es tu lectura más extraña o hábito de escritura.

Aquí pueden consultar el listado completo de autores, pero nosotros les recomendamos el de Daniel Torday, de diciembre de 2011, aquí.

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 *En la foto se ve la mesa de trabajo de Cynthia Newberry Martin

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3.

El proyecto Escritorio (del lugar donde se escribe) -aquí- de Jesús Ortega, quien lo define de la siguiente forma:

“Reúno imágenes y reflexiones a propósito de los espacios de escritura de autores contemporáneos en lengua española. Narradores, poetas y ensayistas participan en el proyecto con un texto breve y una fotografía.”

El proyecto comenzó en enero de 2012 y, de momento, casi alcanza la cincuentena de autores inventariados.

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*En la fotografía: Raúl Brasca escribiendo en un ruidoso café.

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4.

El documental Philip K. Dick – The Penultimate Truth (2008) de Emiliano Larre, con guión de Patricio Vega y que incluye entrevistas con el mismo escritor, tres de sus cinco ex-mujeres, su hija adoptiva, su terapeuta Barry Spatz y los escritores Ray Nelson, Tim Powers, K. W. Jeter y Dan O´Bannon, además de algunos viejos amigos.

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5.

La larga entrevista a Juan Marsé de 1979 realizada por Carlos Vélez para su mítico programa Encuentro con las letras que se emitía en aquel entonces en RTVE.

+ info sobre la historia del programa: aquí.

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*para ver el vídeo pinchar en la imagen.

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Llegar tarde

Siempre he tenido la sensación de llegar tarde a los sitios, no cuando todo se ha terminado, pero sí cuando las cuestiones de verdadera importancia ya han sido resueltas y no queda sino más que el baile, la danza, el regodeo en lo fútil, por así decir.

Por decisión, nunca he acudido puntual a una cita, y si acaso por un mal cálculo llegaba antes, hacía lo indecible por echar a perder unos minutos y acabar así llegando tarde, llamando además la atención sobre mi voluntariosa presencia demorada en cualquier lugar.

Pensaba (no estoy seguro de si lo sigo pensando) que acudir a un llamado claro, fuera este del tipo que fuese, evidenciaba algún tipo de sometimiento a la voluntad de los otros, que era, por qué no decirlo, un síntoma de debilidad o cobardía o conformidad a las reglas.

El caso es que ahora, por contra, cuando acudo a algún tipo de encuentro, me fastidia si no comienza a su hora. Si la gente se demora o acaso noto cierta indolencia en el desarrollo del mismo. Me fastidia, sí, por qué no decirlo, la parsimonia y ese sentimiento generalizado de “tanto da”. No sé si esto tiene alguna relación con el hecho de volverse adulto, o acaso es una suerte de envejecimiento prematuro (en el sentido de que la constatación de la finitud llama la atención sobre el tiempo mismo que nos queda, limitado, por definición).

Y es que -me he dado cuenta- de que en esos momentos en los que uno aguarda sin decisión clara, motivo o propósito, se siente un vértigo raro, ya que la convicción y el deber de quedarnos clavados en un punto nos lleva a que se nos potencie la conciencia (y, por entre todas, la espacial), y así una fulgurante lucidez se adueña de nuestros pensamientos al darnos cuenta de cómo el resto del mundo gira inagotable, sigue girando impertérrito, mientras nosotros nos mantenemos clavados, en una silla invisible que no podemos abandonar.

Y lo que sucede es que nos abruma otra vez la misma sensación de llegar tarde, de estar perdiéndonos algo (que no sabemos exactamente lo que es) mientras aguardamos sin remedio; pero esta vez, la sensación es más culposa, pues ni siquiera hemos sido nosotros los responsables de este desfase.

Y, así, tal sentimiento incierto de desajuste nos golpea doblemente.

Y es peor, claro, mucho peor.

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The sensualist

El judío adolescente que protagoniza la novela The sensualist (Nouvella, 2012) de Daniel Torday –ambientada en el Baltimore de los años noventa- está teniendo un breve flirt (que él piensa ya erróneamente en términos de noviazgo) con Yelizabeta, la hermana de su amigo del instituto, Dmitri Zilbert, un tipo serio –y ruso- que gusta de imitar los personajes de Dostoyevski, teniendo por norma no ocultar sus sentimientos y que se define a sí mismo como “sensualista”. Dmitri, declara en un determinado momento “no me importa lo que la gente diga de mí. Digo lo que siento, cuando lo siento y hago lo que me gusta cuando así lo prefiero”.  Y añade sobre su hermana que “es como yo, en algunas cosas”. Esta actitud sensualista es noble y justa en Dmitri, a ojos del narrador. Sin embargo, la misma actitud, vista en la hermana, Yelizabeta, acabará siendo considerada pérfida y ladina y será la causante final del desenlace funesto con el que la novela finaliza (y que no desvelaremos aquí).

Lo que me interesa, sin embargo, es lo que sustenta la relación entre Yelizabeta y el narrador: F. S. Fitzgerald. Yelizabeta, que está en su primer año en un instituto de Baltimore y que tiene problemas con el inglés (su lengua nativa es el ruso), le pide al narrador que le ayude con su paper sobre El gran Gatsby, conminándole –además- a que trabajen en el mismo en la casa del propio narrador, con la excusa de que su máquina de escribir no tiene rollo de tinta. Un jueves por la noche en el que los padres del narrador no están en casa, se produce la escritura del trabajo, tras una breve discusión entre ellos al respecto de ciertos comportamientos de los personajes de la novela y, finalmente, con el texto revisado y (re)escrito, la reunión de trabajo desemboca en el primer encuentro sexual entre el protagonista y Yelizabeta, en una deliciosa, elusiva y suave escena que finaliza con la fresca fragancia del invierno –que se introduce en la habitación gracias a la venta abierta- cubriendo la piel desnuda de la adolescente rusa.

La referencia no es gratuita, pues durante los cinco años que Fitzgerald vivió en Baltimore escribió Tender is the night (y su esposa Zelda Save me the waltz).

La profesora de Yelizabeta queda tan contenta del paper que le entrega ésta que le pide que para el trabajo de final de curso se concentre en otro aspecto diferente de la novela, así que ésta le vuelve a pedir ayuda al narrador protagonista.

Yelizabeta ha decidido para este trabajo final escribir sobre Zelda (nótese la identificación Zelda=Daisy), así que el narrador le lleva al St. Joseph´s Medical Center, donde antaño hubo una mansión llamada La Paix, la mansión donde vivió durante algo más de un año Fitzgerald con su hijo Scottie, mientras Zelda recibía tratamiento psiquiátrico. En los años sesenta (en 1961, concretamente), cuando el hospital se expandió, la echaron abajo y ahora lo único que ambos pueden ver desde la carretera es una planta generadora de electricidad. El protagonista recuerda la primera vez que supo de la existencia de la mansión derruida, gracias a su padre, que le hubo de llevar al hospital después de haberse roto dos huesos del brazo izquierdo jugando a baseball, y cómo en las cuatro semanas que siguieron a su primer examen de rayos-x, su padre se dedicó a hacerle un tour literario por Baltimore. Contemplaron fotos antiguas del entorno bucólico de La Paix, donde se veían espaciosas terrazas, le dice el narrador a Yelizabeta, “ideales para Daisy y Tom Buchanan” (nótese, de nuevo, no solo la identificación Daisy=Zelda / Scott=Tom, sino la ironía, pues la novela fue publicada en 1925 y Fitzgerald se mudó ahí en los años treinta). Además, visitó el narrador con su padre, le cuenta a Yelizabeta, los lugares donde vivió HL Mencken y el hospital (Church Home Hospital) donde murió Edgar Allan Poe.

En fin, que Yelizabeta, cuando llegan al lugar, se extraña porque allí no queda nada, y se pregunta por qué no le han puesto una placa o algo al lugar donde estuvo La Paix, para recordarlo (sí que la hay –una placa- en el 307 de Park Avenue, donde Fitzgerald se mudó después de La Paix, a causa de un incendio que, dicen las malas lenguas, causó Zelda). El narrador le responde con cierta indolencia, así: “supongo que no le pareció a nadie importante poner una placa cuando la mansión fue derruida”. Pero, de inmediato, ante el reproche de Yelizabeta de que han conducido un largo trecho para nada, para llegar allí y encontrarse con que no hay nada, el narrador matiza: “yo no diría que no hay nada. Aquí es donde Fitzgerald y Zelda vivieron. Todavía puedes escribir sobre ello. No hay nada oficial para conmemorarlo. Ello lo torna, en realidad, más solemne. Me parece, ¿no? “.

Pero a Yelizabeta no le parece nada en absoluto y le pide al narrador que la lleve a casa.

Conducen todo el camino en silencio.

Y ahí acaba su relación (su flirt de una noche, más bien), pues después de este día apenas hay un par de breves llamadas casuales, y después nada.

Todo esto para llegar a una reflexión final, ¿qué ocurre con los lugares cuando nosotros ya no estamos? Porque en la escena referida de la novela de Torday se producen dos actitudes: la del narrador, de índole espiritual (y literaria, personalista, pues), que piensa que la ausencia refrenda el misterio del pasado (incognoscible, por definición), y la de Yelizabeta, más práctica y materialista, si se quiere, que necesita “ver algo” para cerciorarse de la verdad.

De estas dos visiones, además, podrían (pre)decirse dos acercamientos literarios: uno que sería aquel de la memoria y otro que sería aquel de la memorabilia. La literatura derivada del primer acercamiento sería más bien de índole espiritual, vinculada a cierta idea del diálogo personalista con la tradición silenciosa (así sea un diálogo de fantasmas), y la segunda tendría más bien un sesgo culturalista y factual, en el sentido de reflejar el cliché inservible y ello la habría convertido en costumbrista (de un costumbrismo siglo XXI, claro).

Lo curioso es que, siendo la primera –en principio- menos extravagante en sus ambiciones formales, sería la más innovadora, pues propugna el acercamiento personal dentro de los estrictos marcos de la tradición. Sin embargo, la segunda, queriendo ser experimentalista y postmoderna, se queda(ría) en reaccionaria y previsible, en el sentido de ser democrática, de buscar la sobre-determinación del significado (la inscripción de un hecho lo instituye y lo vuelve de significado unívoco y plano). Así, la primera vendría a refrendar la idea de José Ovejero de la crueldad ética, pues nos obliga a seguir mirando más allá de lo soportable, allá donde no hay nada, pues pretende la lectura del mundo no desde la sospecha, sino desde la incerteza. En tanto que la segunda nos regala entretenidos mundos de claras certidumbres sospechosas de andar en alianza con la ideología hegemónica.

O dicho en otras palabras, decir lo que uno siente, cuando lo siente y hacer lo que a uno le plazca cuando así le venga en gana, ya no es un rasgo de autenticidad, sino más bien un falso hedonismo infértil (tele)dirigido por los medios de comunicación de masas, la publicidad y el sentir automatizado, gregario y endogámico de la Internet. Así, la descortesía, el analfabetismo emocional y la ignorancia supina no demuestran ningún tipo de liberación personal sino más bien conforman una cárcel de relucientes barrotes que se acepta voluntariamente, una cárcel en la que la vileza del instinto (y que se manifiesta en proclamas furiosas que no escapan a una impermutable ideología –sea esta de derecha o de izquierda-) domina a la generosidad del sentimiento.

The sensualist. Daniel Torday (Nouvella books, 2012)

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*en la foto: mansión de La Paix, en el 7601 de Osler Drive -aquí-.

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“La boda”, en Río Grande Review

La revista Río Grande Review -aquí- de la Universidad de Texas en El Paso ha publicado en su número de primavera  (nº6, Rebirth Issue; con un diseño verdaderamente franzeniano, quede dicho) mi relato titulado “La boda” y que forma parte del nuevo libro de relatos interconectados en el que ando trabajando durante el último año, bautizado -de momento- con el título tentativo de Vientos de Levante.

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Algo ha cambiado, ¿o no?

Llevamos largo rato discutiendo que si la crítica esto o que si la crítica lo otro.

Sin embargo, si las disquisiciones no acaban en hechos significativos y tangibles, de poco sirven.

Es lo que acaba de suceder con la nota de prensa que ha mandado la editorial 451 editores para informar de la firma de libros de su autor Roberto de Paz en la Feria del Libro de Madrid.

Los dos críticos que se referencian como opiniones sancionadoras del gusto (y válidas para la editorial) son Pepe Rodríguez y Lector Malherido. Y ninguna de las dos opiniones ha sido publicadas en medio impreso de ninguna clase, sino en un blog personal de wordpress y en una revista digital de crítica literaria.

Es decir, en este caso (al menos) la editorial no recurre a ningún texto publicado en papel.  Cierto esto que tales reseñas, de momento o no existen o no están referenciadas en la página web de la editorial.

Sea algo anecdótico o la primera avanzadilla para un cambio de mentalidad en la promoción editorial, merece la pena llamar la atención sobre ello.

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Melancolía del humo (VI)

“Fumar es una experiencia cuasi mística que nos acerca a la divinidad. Esto no lo pueden comprender quienes no fuman. Ni siquiera puede comprenderla la mayoría de los fumadores”

Roger Wolfe. Escrito con la lengua. Ed. Huacanamo. Barcelona. 2012. p. 140

FURTHER READING:

Melancolía del humo (V) / [13-Marzo-2012]

Melancolía del humo (IV) / [26-Enero-2011]

Melancolía del humo (III) / [07-Enero-2011]

Melancolía del humo (II) / [06-Enero-2011]

Melancolía del humo (I)  / [05-Enero-2011]

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*La fotografía es de Thomas Canet

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Un apunte sobre los e-mails

Detesto en particular los mails no contestados. Y no los mails no respondidos porque el destinatario considera que no merecen respuesta (y así lo son muchos) y cuya contestación entra en el mullido y falible terreno de lo sentimental, del ánimo privado o de la moralidad individual (y es del todo lícito que así sea). No, no. Me refiero a aquellos que albergan en su seno la obligación de la respuesta. En otras palabras, son aquellos mails que se escriben justamente para que la otra persona nos dé una respuesta clara sobre un asunto en particular, una respuesta de puro diáfana: o sí o no. Y, de entre todos esos mails, me refiero a aquellos que han sido refrendados por su destinatario, quien se ha comprometido por escrito a darnos una respuesta clara (o sí o no) y dentro, encima, de un marco temporal restringido (x días, x semanas, x meses).

Ya dejé escrito hace unos días algunas impresiones sobre mi deseo de recibir mails. Lo cual implica: a) que los reviso a conciencia y b) que reviso igualmente la carpeta de spam y, eventualmente, la papelera. Es decir, que va a ser no raro, ni rarísimo, sino de puro imposible que se me haya pasado por alto un mail. Y es que, además, como todo el mundo sabrá, los mails privados brillan de una manera especial entre todo el marasmo de mails; nos llaman, de alguna manera. Tiene un foco puesto sobre sí que acaba reclamando nuestra atención y obligándonos a que los cliqueemos.

Por eso me sorprende que, en muchos casos, y después de los largos meses de espera silente, tengas que ser tú quien le llame la atención al destinatario sobre su incumplimiento del acuerdo. En tales casos, suele suceder que el interlocutor se disculpa, te dice que pensaba que ya te había contestado y te da la respuesta ad hoc (respuesta que, obvio, siempre es un no, sea lo que sea lo que se suponía que teníais entre manos). Sin embargo me ha sucedido estos últimos días algo imprevisto. Al reclamarle a mi destinatario la respuesta acordada, me espeta éste que uy, que ya me había contestado hace mucho tiempo, muchísimo tiempo,  y que probablemente –me dice- se me habrá pasado el mail, se habrá quedado en spam o lo habré borrado (sic). Y, aunque no pida disculpas, aduce en su descargo que si es mi deseo puede (re)enviarme el mail. Le digo que sí, que por favor que me lo mandé. Pero, como es de suponer, tal mail no arriba nunca a mi bandeja de entrada porque, básicamente, no existe (no, al menos, en la realidad carnal de los bits).

Lo referido hasta aquí resulta algo sintomático del presente. Y es que los mails, al no producirnos una sensación física de cansancio y movimiento, pasan silabeantes y livianos por ese flujo de datos en que se ha convertido hoy nuestra vida. Una carta, escrita a mano y en papel, nos obliga(ba) a una serie de gestos, movimientos y acciones cuya suma determina(ba) que en nuestro cerebro quedase consignado el hecho como “realizado”. La ventajosa fluidez del mail tiene un gran defecto y es que, al no obligarnos a esfuerzo de ningún tipo, sino más bien resultando ser una traslación mental rápida y que –por ello- se olvida con facilidad, no podemos estar seguros de su existencia. De su existencia mental, sí, desde luego, pero no de su carnalidad de bits. Así, la consecuencia es que alguien te asegura que te ha enviado un mail que –en efecto- no te ha enviado y, strictu sensu, no te está mintiendo, pues él piensa que sí lo ha hecho (pues así ha quedado registrado en su cerebro el movimiento mental de la escritura del mail, pero no su traslación real), pero la realidad es que ese mail –al menos hablando no en términos telepáticos, sino de interfaz- nunca ha existido, ni en la bandeja de enviados de tu interlocutor ni en la bandeja de entrada tuya.

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