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Volver a Proust

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La clave de la exposición –o su centro secreto- Contarlo todo sin saber cómo, comisariada por Martí Manen (Barcelona, 1976) para el CA2M, se encuentra en un breve librito de Marcel Proust titulado Sobre la lectura. Un libro que cuenta “esa sensación de un niño que lee un libro de aventuras durante las vacaciones de verano”, nos dice la protagonista de la novela que ha escrito Martí Manen y que le sirve a la exposición como instancia discursiva y elemento conceptual. Y es que uno de los atractivos de esta propuesta es que se compone de dos espacios: el espacio físico de las salas del museo CA2M de Móstoles y el espacio imaginativo de las páginas de una novela. Ambos lugares, sin embargo, comparten una serie de obras de diez artistas tanto nacionales como internacionales (Christodoulos Panayiotou, Alex Reynolds, Rosa Barba, Lilli Hartmann, Eija-Liisa Ahtila o Keren Cytter, entre ellos). En la muestra física nos encontramos con algunos textos, instalaciones, vídeos y fotografías de los que se podrían colegir tres líneas principales: un intento por desvirtuar los códigos narrativos (en especial los provenientes del cine, tanto de ficción como documental), un interés denodado por descontextualizar el discurso dominante y una (re)conceptualización de la iconografía de los mass media. Las tres estrategias de desestabilización mencionadas toman como base la realidad misma, y la (re)escriben, al modo del palimpsesto. Y esto, en un segundo nivel de significación, es justamente lo que hace Martí Manen en la novela de título homónimo. En ella, Manen se sirve de dos personajes genéricos (Él/Ella), personajes con cierta voluntad de expresión generacional (y así, subjetiva del comisario, que funciona al modo del meta-artista) para contar la historia de una pasión compartida por el arte, en especial por el artista Felix González-Torres, con cuya muerte –acaecida en 1996-, se abre la novela (y que se revela como una de esas mitologías individuales de las que habla Harald Szeemann al respecto del trabajo del comisariado).

El trabajo de Manen, por lo tanto, es doble. De un lado, funciona al modo del crítico que no se limita a exponer unas obras sino que las congrega para que establezcan un diálogo, para que se interrelacionen dándole la oportunidad al lector/espectador para que les busque (si quiere) una posible significancia personal. De otro lado, les ofrece un contexto alternativo, dándoles un tono y la posibilidad de que juntas entonen una cierta melodía diferente. Esto se consigue gracias al marco de la estructura narrativa que ofrece el constructo novelesco. Y es que todas las obras físicas presentes en las salas del CA2M (y algunas otras más) aparecen en la novela, pero no en su especificidad, o sea, no como son en realidad, sino evocadas casi siempre desde la imaginación, el pensamiento o el ensueño de los dos personajes y, así, ligeramente customizadas, verbigracia: cargadas de una emotividad individual y, hasta cierto punto, privativa. Y lo más importante es que tales obras (presentadas en las salas del CA2M como la producción de una serie de artistas), en la novela no adquieren la categoría de objeto artístico, sino que más bien son simples historias de la vida cotidiana, o de los sueños de los protagonistas; o sea, ficciones insertadas adentro de otra ficción mayor. Este diseño especular implica que se produzca un efecto boomerang y la consecuencia directa, para la hermenéutica, es poner en evidencia que el poder de la imaginación conforma una memoria alternativa del presente. Y aquí volvemos de nuevo al librito de Proust, que le sirve a Manen para refrendar su idea de que la memoria y la imaginación pueden servirle al arte (post)autónomo para buscar la fluidez y la continuidad entre la proposición expositiva del comisario y la vida misma del espectador/lector, ofreciendo una forma novedosa de aproximación al arte contemporáneo basada en una intimidad emotiva y, hasta cierto punto, ubicua.

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* El artículo Volver a Proust salió publicado el pasado 26 de septiembre de 2012 en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia (nº 536 / p. 20).

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Pensamiento en marcha

“E.A.T.”, Julien Ulvoas

El crítico de arte y comisario independiente Martí Manen (Barcelona, 1976) recoge en Salir de la exposición (si es que alguna vez habíamos entrado) (Consonni, 2012) una serie de textos, algunos previamente publicados y otros inéditos –sin explicitarse en cada caso-, que reflexionan entorno a la idea clásica de la exposición, el “dispositivo de presentación más destacado en el campo del arte”. A este respecto, las formulaciones y pensamientos de todo el volumen están atravesadas por la dicotomía quietud/movimiento y que Manen explicita de la siguiente manera: “La inestabilidad, lo líquido, lo indefinible marcan las vías de funcionamiento, mientras que la exposición y la institución parten de la estabilidad, la voluntad de definición y el deseo de comunicación”.

El libro, que se plantea como un continuum (sin apartes entre capítulos, ni páginas en blanco, ni apéndices, ni bibliografía ni notas a pie de página, ni tampoco fotografías), evidencia en su forma misma esta voluntad de Manen de pensar a la carrera, de que la duda y la incertidumbre no sirvan para la parálisis o que el lamento no quede en solaz de plañidera, sino que sirva para la quiebra, que desestabilice y abra nuevas vías para entender la comunicación, producción y exhibición del arte contemporáneo; que inspire –transpirando-, en suma.

Los textos están encapsulados en 33 capítulos (que son más bien micro-ensayos) y que Manen define como “apuntes, miradas, reflexiones y diálogos que aparecen gracias a las exposiciones”. Tales capítulos vendrían funcionando al modo rizomático, relacionándose horizontalmente, con visiones periféricas y matizaciones sobre un mismo asunto, que se va ampliando, cuestionando y criticando, pero sin acritud ni perfidia, como ya dijimos, sino que el libro vendría a querer evidenciar esa necesidad contemporánea de actuar en directo. Así, Salir de la exposición se constituiría como un largo diálogo/conversación que Manen mantiene consigo mismo, pero sabiendo que tiene un interlocutor –algo silencioso, de momento- atento al lado, y así le deja a este la libertad de tener la última palabra. Por ello no encontrará aquí el lector tanto un pensamiento teórico fundamentado en un análisis sistemático de la situación del arte contemporáneo, como la praxis real de quien vive adentro de este mundo y, en tanto que las cosas suceden en sus inmediaciones, se aleja unos pasos y se pregunta ¿seguro que es así como tendría que ser esto o acaso podríamos hacerlo de otro modo?

Desde el punto de vista del estilo, hay una clara vocación literaria, o más bien diríamos narrativa (de una narrativa oral, quede claro), en todos los textos de Manen (para así ser capaz de situarse afuera del lugar codificado del arte, se entiende) y que queda especialmente patente en varios interludios que propone el texto, experiencias personales como son la preparación de la exposición Raw Ideas y que sirve para plantear las relaciones entre archivo, arte y realidad, el histérico texto autobiográfico Viajes, momentos fuera que da cuenta de la imposibilidad de dejar de lado la mirada curatorial en cualquier contexto  y la crónica Un paseo con David Bestué y Marc Vives, una pura delicia lírica que sirve de (re)cuento de una visita al cementerio del bosque de las afueras de Estocolmo. La impronta literaria y ensayística de Manen (más que de crítico académico u ortodoxo), además, quedaría patente en su idea central sobre el hecho expositivo, y que dice así: “el lenguaje de la exposición es un lenguaje secreto”. Del mismo modo,  su querencia por que la exposición se abra al error, a la experimentación, que se convierta en el lugar no de presentación, sino en el que las cosas acontezcan delata su afán por que los lugares de presentación del arte no se definan por las limitaciones temporales sino por constituir(se) en tiempo activo: “una prueba constante, una voluntad crítica y al mismo tiempo constructiva”.

Fiel a ese ir deambulando en la imperante velocidad del mundo contemporáneo, los textos de Manen se mueven en un zigzagueo constante, vadeando la encrucijada en la que, nos dice Manen, se encuentra el arte hoy: si dejarse llevar por la velocidad o constituirse en un entorno de pausa, y su corolario más importante, “¿es posible pensar de forma constructiva en un contexto de velocidad?”, se pregunta Manen. Salir de la exposición responde a esa pregunta (re)pensando el impositivo tiempo presente de la exposición, sus ansias de poder hegemónico, su (pre)codificación, autocensura y confronta así la megalómana voracidad con la que la institución pretende funcionar, tanto como testaferro de la historia como en término urbanísticos, sugiriendo Manen que, contrariamente, podría convertirse en “ese lugar de encuentro social perdido […] ese lugar de definición ciudadana”.  Pero también se sumerge Manen en los contenidos propios de la exposición, en el vídeo, especialmente, que “marca su propio tiempo, marca los argumentos y las tensiones emocionales”.  Y es que uno de los retos todavía no resueltos, nos dice, es aquel que tiene que ver con cómo presentar la imagen en movimiento en una exposición, pues ello ha implicado un cambio de paradigma, debido a la imposibilidad física de poder verlo todo, a la saturación de la información y el problema del cambio en la comunicación y el consumo de contenidos.

Igualmente Manen reflexiona sobre las actividades paralelas que tiene una exposición y que, de algún modo, hacen que se expanda superando las fronteras clásicas, como puede ser la radio museística o las exposiciones ampliadas en la red. Pero también se ocupa de la performance y las acciones o la dicotomía arte-información o acaso la proliferación del artista amateur. Manen apuesta por el trinomio investigación / conocimiento / educación frente al gran evento que busca los buenos números y, con ello, invita a repensar la idea de los infiltrados, “aquellos que desmontan desde dentro”, esos que “trabajan a escondidas, cubriéndose con la máscara de lo reconocible”, porque, como el mismo Manen declara, en fin de cuentas, para las instituciones “es mucho más fácil justificar un formato como la exposición clásica” cuando es evidente, dice también, que tal exposición clásica ya no parece ser un formato “auténticamente apto para la presentación, o la generación, de la creación artística contemporánea”.

El volumen se cierra con una serie de entrevistas a diferentes agentes del sector (artistas, comisarios, directores de museo, galeristas, activistas) y que funciona(ría) como un intento coral por recuperar la oralidad, en una suerte de salón de visitas, por así decir, y que vendría a dar la voz a los otros (algunos de los que han estado escuchando) y que continuarían el intento de transmisión de ese estado mental, convincente y contagioso que Manen nos ha venido sugiriendo durante todo el volumen. Así, tenemos declaraciones de Nina Möntmann, María Ruido, Solène Guillier y Nathalie Boutin (de la gb agency), Vicente Todolí, María Lind, Rirkrit Tiravanija, Keren Cytter, Jorge Satorre y Kajsa Dahlberg que contribuyen a esa idea del pintor Joan-Pere Viladecans de que el hombre moderno, subyugado por la falta de tiempo físico, contribuye a la creación de un tiempo moral, breves pausas en la carrera del mundo que le sirven para “apuntalar un criterio, para ver, leer, escuchar” y que batallan con la sobreexcitación y la urgencia, “generando propuestas, ideas, renovándose”; en definitiva, “transmitiendo ilusión”, demostrando que “el arte no es otra cosa que animar, es decir, dar vida” [1].

Martí Manen, Salir de la exposición (si es que alguna vez habíamos entrado). Ed. Consonni. Bilbao. 2012. 200 págs.

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[1] Joan-Pere Viladecans.” ¿El fin de la cultura?”, suplemento Cultura/s del periódico La Vanguardia. Miércoles, 30-Mayo-2012. nº 519, (pág. 22)

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*Este texto ha sido publicado también en SalonKritik.net (02-Junio-2012) –aquí-, así como en La Tercera Información (05-Junio-2012) –aquí-.

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