El agravio como debilidad y miseria

1.

Uno tiene la impresión de que cada cual aguanta las turbulencias de la mejor manera que puede o sabe; con cierto estoicismo, se diría.

O sea, que mira uno siempre hacia la derrota, o acaso la desdicha o, si se quiere, la mala suerte, con benevolencia e, idealmente, queriendo ver en ella una parte bella de heroicidad.

Y quiere ver uno en ello -en la derrota del agraviado- cierto lirismo, pero normalmente lo que se viene a encontrar es más bien una suerte de candor belicoso, e inútil.

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2.

“No sólo la educación de los niños, también la de los poetas se hace a tortazos” [1] escribió Proust.

*

3.

Hace unos días nos encontramos con un conocido al que después de largos años de servicio en su empresa, por no querer mejorarle el contrato (y con la excusa de la falta de recursos, la galopante crisis y el baremo impreciso -y volátil, y opinable- con el que se juzga su trabajo -intelectual, por lo demás)- no le habían echado a la calle, sino que le habían propuesto algo muchísimo peor: degradarle en su categoría profesional, hasta unos mínimos de pura vergüenza, intolerables, desde mi punto de vista.

Sin embargo, el tipo ha aceptado.
Está resentido, se siente menospreciado, tratado con el mayor despiadado ultraje.

Pero ha aceptado, pensando en algún tipo de solapada venganza. En cobrarse la deshonra a base de pequeñas infamias, dice, esos míseros sabotajes que van desde robar bolígrafos, hasta aprovecharse de descuentos por pertenecer a cierta empresa o acaso hincharse a pedir becas y subvenciones para proyectos.

Pero, y qué malditas becas le van a dar, pienso yo… si no hay dinero para contratarle, cómo va a haber dinero para becar a aquel cuyo contrato es insostenible dadas las economías actuales.

Es, cuanto menos, algo contradictorio.

Sin embargo, a este conocido nuestro le parece lo más normal del mundo, lógico y razonable.

Y, lo peor: legítimo.

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4.

Ha declarado recientemente Houellebecq:

«Soy vanidoso, busco los aplausos. Y escribir es divertido, sí, pero no lo hago por la escritura en sí, sino por la arquitectura de las frases. No estoy seguro de si hubiese seguido escribiendo sin la perspectiva del aplauso» [2]

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5.

Hay dos tipos de miseria moral, en mi opinión.

De un lado, aquella a la que nos obligan las circunstancias. De otro lado, aquella a la que nos obligan nuestras circunstancias.

Si la primera se refiere a cuestiones socio-económicas, políticas y geográficas, la segunda tiene que ver exclusivamente con la naturaleza de nuestro carácter.

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6.

No es casual, pues, que la poesía sea la manera de manifestación artística a la que se agarren de una manera más decidida los jóvenes nacidos a finales de la década de los ochenta y en la década de los noventa (pero también muchos de los nacidos en los setenta), pues les permite con mayor facilidad cierto aprendizaje del dolor (por causa de las incontables humillaciones -circunstanciales- a las que están sometidos).

El peligro, desde mi punto de vista, vendrá cuando esos agravios míseros, soportados durante un tiempo demasiado prolongado, vengan a constituir la base de su carácter y su personalidad.

Dicho en otras palabras: los tiempos de la guerra no suelen dejar espacio para las almas inocentes.

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[1] Marcel Proust. El tiempo recobrado. Traducción de Carlos Manzano. DeBolsillo. 2010. (p. 152)

[2] Michel Houellebecq en entrevista con David Morán. ABC. 21-09-2012.

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