Archivo de la categoría: Deontología del escritor

Avances

1.

Los malos escritores no tienen más remedio que apuntalar su avance con los giros de la trama e irse empujando en virtud de las acciones con las que fuerzan el movimiento de sus protagonistas.

Pienso en esto mientras leo Los adioses de Onetti, y me maravillo una vez más de esa andar sigiloso entre la delicuescencia, que se va contraponiendo a una suerte de buceo atribulado por entre las sombras ambiguas, tenues, incandescentes de la prosa que, como el oleaje, se alimenta apenas de sí misma.

*

2.

En lo que respecta a otro tipo de avances, me llama la atención la discusión que tiene lugar en la página Lit Reactoraquí– sobre poner en marcha un magazine literario online. Algo en los que se hace bastante hincapié es en el hecho de que hay que pagar a los autores, aunque sea poco, veinte dólares, cuarenta dólares; ok. Pero algo, poner en valor el trabajo.

*

3.

Y en cuanto al avance negativo, a cierta involución, se refiere un artículo que encuentro de casualidad en el recién estrenado Diario.es y que lleva por título “Si no nos dan el dinero, lo vamos a hacer igual”, escrito por Elena Cabrera y que se puede leer aquí. El artículo trata sobre determinadas actividades culturales y de qué modo les afecta el recorte de las subvenciones que venían recibiendo.

Y termina de un modo bastante elocuente. Dice:

“Da igual el ámbito, el arte contemporáneo y arriesgado de Drap Art o el más tradicional del teatro de títeres de A la sombrita: las actividades se hacen por los gastos mínimos, nadie gana un sueldo, todo es precario, pero como se continúan haciendo parece que no pasa nada.”

Y he aquí la clave: que todo se sigue haciendo (y ya no gratis, sino a veces incluso con dinero del bolsillo de los propios interesados) y que todo el mundo calla, porque da miedo apearse del carro, supongo, y que a uno lo traten de funesto, cenizo o aguafiestas. Pero es que, además, resulta de mal gusto decir que tal me debe dinero o que el otro tal no paga (cuando dichas informaciones deberían ser un bien común).

Eso, huelga decirlo, es muy propio de nuevo rico.

Ya lo hablábamos hace un par de días aquí mismo.

*

 4.

Y ya que estamos con las carreras, si no lo han hecho todavía, échenle un ojo al artículo de Patricio Pron “La carrera literaria” que publicó el pasado fin de semana en el Babelia y que se puede leer íntegro en su blog, aquí.

Dice tres o cuatro cosas acertadas.

Pero quizá la más relevante sea la siguiente:

“Pensar en esos términos [en términos de una “carrera”] es, en cierto sentido, el resultado natural de la pérdida de prestigio social de la literatura (por no hablar de la caída de sus ventas), pero resulta sorprendente que pocos escritores vean que esa pérdida de prestigio es también el resultado de la visión mercantilista de la literatura que se esconde detrás de la concepción errónea de la producción literaria como una carrera.”

– – – – – – – – – – –

*

*

ADDENDA:

*

Avanzando hacia el futuro, la gente de Anatomia de la edición trata de adelantarse a lo que vendrá y así han creado el Laboratorio del libro –aquí-, una plataforma para debatir y dialogar sobre el mundo del libro (y su viabilidad futura). Su primera acción ha sido la publicación bajo licencia Creative Commons del libro La gran transformación. Panorama del sector del libro en España 2012-2015 que se puede descargar libremente aquí.

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Difusa deontología del escritor [10] -y fin-

A duda y obstinación

Enrique Solinas, “Escribir”.

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1.

Los objetos suelen

tener lugares (pre)diseñados para ellos.

Cuestión de ergonomía, practicidad y método.

Y allí residen, allá se quedan; y se quedan allí no porque nosotros los dejemos allí voluntariamente, si no que los distribuimos en sus parcelas idóneas

(las que nos han enseñado a creer idóneas)

empujados por la pura rutina y el desconsuelo de no hallar mejor utilidad para ellos.

2.

Este mediodía estaba cocinando tortigliones y, sin saber por qué, los arrojé de la cacerola a la pica, repentinamente.

Y me los quedé observando y me dije: “oh, esto es bello”.

E inaudito.

Y los fui cogiendo, uno a uno, con la mano, y luego en grupos, y quemaban, y noté su tacto lábil, su flexibilidad. Y quemaban. Quemaban mucho.
Pero eran bellos en su ardor.

E incluso me sorprendió todavía más poder sentir parcialmente la alegría que parecían demostrar los tortiglioni por estar allí, desperdigados en una pica y no en su lugar habitual: el plato o la cacerola.

Los tortiglioni me transmitieron su felicidad de ser tortiglioni sin más propósito que ese mismo: servir para la belleza de mi mirada.

Esto me dio una idea.

3.

Después, a la tarde /noche estuve viendo con Á. el video (pseudo)explicativo que Agustín Fernandez Mallo ha hecho sobre su trilogía Nocilla

(se puede descargar aquí).

y llegué a dos conclusiones:

a) que lo que Mallo llama debordianamente (y con algo de caspa) “deriva” no es más que la figura del zombi. El zombi cultural, si se quiere.

b) que el proyecto Nocilla no es literatura sino sociología del sujeto cultural, o del así llamado artista.

Y sus corolarios:

a.1) que la resistencia a la interpretación de la pieza en cuestión (el documental) no se hace partiendo del aperturismo de una obra que se declarase a sí misma legitimada para convocar diferentes planos de interpretación (y, por tanto, de significado), sino que apela ingenuamente al radicalismo anárquico de la relativización.

a.2) que toda la obra de Mallo es un despropósito, y esto por la sencilla razón de que -como él mismo exhibe orgullosamente- toda su obra carece de propósito. Es decir, que todo (signo y significado) se dejan a la deriva.

b.1) que el proyecto Nocilla (como así lo quiere su autor) es un testimonio fidedigno de los tiempos contemporáneos, una muestra representativa del zeitgeist.

Y del hartazgo.

4.

Contra lo que pueda parecer,

me ha encantado ver el documental de A. Fernández Mallo. Me parece imprescindible e inapelable. Y le doy las gracias desde aquí por haberlo hecho y pienso que ojalá lo vea mucha gente.

Y es que, además, me sirve como broche fabuloso para cerrar esta serie de diez capítulos en torno a la deontología del escritor.

¿Por qué?

Muy sencillo, verán, por definición, la obra artística debe hacer todo lo contrario de lo que propugna Mallo. Y es que el arte, para ser arte y no una reunión de bellos cadáveres, debe tener un propósito.

La fotografía que se ve al comienzo de este post no es artística, porque no propone nada. Es bella, sí. Igual que es bello el documental de Mallo, nadie lo pone en duda. Pero no es arte (lo que yo y toda la historiografía del arte entendemos por arte) porque carece de un ideario.

O mejor dicho, ambas cosas (la fotografía de los tortiglioni y el documental de Mallo) representan el tipo de arte que se propone en estos tiempos: un arte que se basa en la mera publicidad  de la naturaleza del mundo, con su horror y su hermosura. Sin intercesión del así llamado artista, que no es más que un dinamizador de informaciones múltiples. No ya una especie de agente de la cultura, sino un mero gerente cultural que va poniendo las ingentes piezas del lego de la cultura en los cubículos que tiene a su alcance.

Siquiera un organizador, el así llamado artista que se propone hoy día es una tabla de madera porosa que yerra por el río de la cultura.

Y de aquí la idea que he tenido esta mañana, y que la iré concretando en una nueva serie titulada “Para acabar con el lenguaje”.

Mi punto de partida es sencillo:

si nada podemos hacer con el lenguaje porque éste nos abrasa, ahoga y anula como seres juiciosos, la única salida que nos queda es destrozar el lenguaje y dotar de nuevo significado a las palabras.

O crear un lenguaje totalmente nuevo.

A la vista de los acontecimientos, no hay otra.

Y es que no es que sea cosa sólo de Mallo;

Damien Hirst, por ejemplo, el enfant terrible del arte ahora resulta que busca el reconocimiento de la crítica.

Pues eso,

que igual va siendo hora ya de dejar el patio del colegio y hablar de cosas serias,

entre adultos.

Buen momento también para recordar aquella afirmación que hace Schiller en su “On the use of chorus in tragedy“:

“A poetical work must vindicate itself”

Pues eso,

que ojalá se nos enciendan de una vez a los espectadores las orejas como en uno de esos Dibujos a Ciegas de Manuel Olias:

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Difusa deontología del escritor [9]

1.

La literatura es siempre la crónica de una decadencia,

y la que a mí más me interesa: la decadencia personal,

que se manifiesta en las pérdidas sufridas, tal vez inmerecidamente,

y que son no ya tan importantes por resultar francamente irrecuperables, sino por algo de suma importancia:

por haber ayudado a forjar el caracter del escritor que las recuerda,

lejanas e inservibles.

No hablo, por supuesto, de “la decadencia del espíritu crítico” [1] sino justamente de su emancipación.

Hablo de las cenizas de la pira funeraria que sirve para insuflar de libre poeticidad el alma del escritor y da vida (o muerte) a sus escritos.

Así, dicho en otros términos:

la literatura es sentarse en uno de los sillones majestuosos del salón, tras una fiesta, lleno el suelo de confetti y colillas terrizas, y lebrillos y vasijas que asoman vacíos del jardín,

flores que se comban putrefactas o secas, y a la deriva del viento del crepúsculo algunos pétalos juegan con la luz,

y ya nadie queda, o acaso algunos invitados que se demoran en un deliberado y torpe retraso y que se besan, tal vez, en alguna esquina

(a ellos mismos o entre ellos, poco importa)

o aquellos otros fracasados que apuran la última copa violenta

(o ésta les apura sigilosamente a ellos).

Y tú, escritor, sentado majestuoso en el sillón, disfrutando de la calma, con ruidos de voces que se te quedaron en el tímpano,

los rastreros golpes de cuchillos hundidos en la carne, también; y ver cómo corre por la pantorrilla alegre la sangre.

Y sí, ese recuerdo de algo bueno, de una buena fiesta, quizá la mejor del verano, acaso la última. Y ya… la amenaza del otoño en el horizonte.

Replegarse sobre uno mismo, en posición fetal,

casi llorando de pura rabia,

y dar entonces, palabra a palabra, sílaba a sílaba, letra a letra,

la preciosista cuenta rigurosa de la derrota del mundo,

de tu mundo.

Y refutar orgullosamente a Ludwig Hohl cuando dice que:

“nunca ha nacido nada de la muerte” [2]

2.

Pero, por sobre todo, téngase en cuenta también que todo esto

-lo ya dicho con la metáfora- no son sólo quimeras verbales,

sino que así se presenta áspera la realidad.

Ayer a la mañana,

y sirva como ejemplo, cuando fuimos a celebrar el último día del mercado de libros de San Antonio.

El propio Joan Brossa quiso participar en el deleite de esa derrota otoñal:

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Y la crónica visual:

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3.

La noche anterior fuimos también a ver los últimos coletazos de las paradas interiores del mercado de Sant Antoni.

Aquí una crónica fotográfica del día final:

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4.

Ahora mismo (lunes a la mañana), abro uno de estos libros comprados el domingo; el primer capítulo comienza así:

¿Recuerdas…? Es un hecho indudable que precisamente en el momento en que Farabeuf cruzó el umbral de la puerta, ella, sentada al fondo del pasillo agitó las tres monedas en el hueco de sus manos entrelazadas y luego las dejó caer sobre la mesa. [3]

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Y es que, ya lo dijimos, toda literatura es recuerdo, afrenta a la muerte.

Delicada sinfonía del pasado.

Incluso Vargas LLosa, cuando abre su libro sobre Madame Bovary “La orgía perpetua”, dice:

Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido [4]

Y todavía más, el pintor Jaume Plà, en sus diarios, une la tristeza del otoño con la fiesta de la infancia:

Hi ha una altra cosa que em porta invariablement el record de la meva primera infantesa: és l´olor de les fulles cremades a la tardor [5]

Queda dicho pues:

la literatura como la crónica fatal y laudatoria del

Fin de la fiesta.

5.

Y ello nos lleva

al corolario necesario de la afirmación que hemos venido enunciando:

la vida del escritor debe ser una constante fiesta, el festejo, sí, de la nada

(o de todo lo que hubo y es ahora simple aroma del humo,

o sombra de luz pasada).

Porque eso es lo que celebra el escritor: lo que ya no existe.

El pasado, la memoria, la grandeza, el esplendor.

El escritor se convierte en el dios de todo lo huido;

y es que ya lo decía la escolástica, que la memoria es la potencia del alma.

Por ello, justamente,

debe ser la literatura la fiesta del futuro, porque conoce todas las claves, las (re)piensa y actúa conscientemente sobre el presente.

La literatura debe ser, pues, la garante de la vida futura.

Sobre todo ahora, en estos tiempos de crisis,

cuando nadie sabe qué decir, qué hacer,

estos tiempos son los más proclives a que la literatura mande sobre ellos y se pronuncie rabiosamente:

alertando de que ya se acabó la fiesta, de que hay que (re)construir los mausoleos,

y debe hacerlo -siempre- con el sentimiento grato de quien contribuye a la mejora de todos,

“de esa oscura manera en que tú te afirmabas sobre un mundo inseguro 
que te daba la espalda”
[6]

La literatura, pues,

lucha(rá) contra el monstruo que maliciosa, impunemente, se nos incardina en el centro de la sociedad misma y trata de imponer(nos) fronteras insalvables.

Porque no olvidemos que ese monstruo de siete cabezas con sus siete pecados capitales, ese monstruo social, incluso la propia sociedad múltiple del yo que somos cada uno de nosotros,

le será siempre letalmente hostil a la literatura.

Héte aquí entonces la grandiosa generosidad de la literatura:

saber que predica en un obsceno desierto,

polvoriento y traidor.

– – – – – – – – –

Canción del día:

Let´s have a party – Wanda Jackson

– – – – – – – – –


——CONTENIDO EXTRA:——

Hubo fiesta el sábado también, en casa, a la noche, con M. y M.

Y hubo literatura y risas, y vino y fanfarria y Pepinos Ponsford y confidencias y planes y, cómo no, firma de libros, también.

Celebración del pasado, sospecha del presente, y mirada azorada e ilusionada al futuro, según les es propio a los escritores.

Yeah!

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[1] Vladimir Volkoff en entrevista con Marc Vittelio. La esencial intolerancia del pensamiento políticamente correcto. Harry Magazine. Traducción de Damián Verde.

[2] Ludwig Hohl. Matices y detalles. DVD ediciones. Barcelona. 2008. [pág 63]

[3] Salvador Elizondo. Farabeuf. Ed. Montesinos. Barcelona. 1981.

[4] Mario Vargas LLosa “Una pasión no correspondida”, en La orgía perpetua. Ed. Bruguera. Barcelona. 1978.

[5] Jaume Plà.  De l´art i de l´artista. Dietari (1982-1991). Premi Sant Joan de literatura catalana 1995. Edicions 62. Barcelona. 1996. [pág 13]

[6] José Luis Piquero. “En una crisis”.

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Difusa deontología del escritor [8]

1.

He perdut una estrella [1]

Hay una cosa especialmente mágica en la poesía de Joan Brossa, una luz intermitente que surge de lo cotidiano,

de la representación teatral del día a día, que me asombra.

Tiene algo de pantomima, también de danza, y de engaño ilusorio de los sentidos;

un matiz léxico y sintáctico que es profundamente catalán.

Se consigna esto en cierto encantamiento que parece benigna locura, y que no es despreocupación, pero lo parece. Y que no es celebración, pero podría serla.

Lo resumiría su poema “Fascinació”, de 1955:

“la meva mà

somia un altre braç i meravelles

que altres mans s´entretinguin a agrupar” [2]

(mi mano / sueña otro brazo y maravillas / 
que otras manos se entretengan en juntar)

2.

El mirall es l´alfabet [3]

La primera noticia que tuve de Joan Brossa fue a los nueve o diez años.

A los once, tal vez.

Vivíamos en un dúplex, cuyo tercer piso contenía una buhardilla/estudio dividida en dos partes, una con una gran cristalera a través de la que entraba la luz natural que utilizaba mi padre para pintar,

y la otra parte que contenía una mesa de trabajo a rebosar de revistas, catálogos de exposiciones, postales, libros de artista, fotografías, amuletos y… sí, varias Penthouse y Playboy escondidas.

Los niños tienen como un afortunado radar para localizar estas cosas.

3.

Pólvora al buit de l´ànima! [4]

Los niños de nueve o diez años, u once, lo que no tienen afortunadamente es alma, sino un agujero del tamaño de un puño, que se les va llenando de lo que les va cayendo en suerte.

A mí me cayeron Joan Brossa y Picasso y y me encendieron la pólvora tardoinfantil para llenármela de poesía, fantasía, hermosa violencia y verdad.

Es curioso cómo se alían las cosas, pues a mí me gustaba mucho una Playboy de mi padre (y que cada vez éste iba escondiendo en lugares diferentes)

que perfectamente podía ser de finales de los 70. Y me gustaba porque había un reportaje en el que salía una chica (desnuda, claro) haciendo una especie de show en el horno de una panadería.

Esa mezcla de glassé, harina, fuego y desnudez me impactó. Y recuerdo que de todas las fotografías que integraban el reportaje, lo que menos me interesaba era la chica.

Ahora que escribo esto caigo en la cuenta de que el origen de la escena de la panadería en la novela “Alytzia [Abbondanza] hay que buscarla ahí, en esa Playboy que mi padre escondía entre decenas y decenas de suplementos dominicales de El País Semanal.

Y claro,

por fuerza, siempre le daba un ojo al suplemento de la semana en cuestión (el de El País), porque claro, no siempre disponía del tiempo y la astucia suficientes para encontrar el nuevo escondrijo de la Playboy.

Y héte aquí que me sobresaltó un día un reportaje sobre un así llamado poeta visual catalán que hacía unas cosas preciosas, sorprendentes e irónicamente supersencillas.

Recuerdo dos hojas secas, caídas del árbol. Unidas por un clip.

El poema era este:

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Joan Brossa, "Burocracia" (1967).

En ese momento, sin saberlo,

se me hizo claro el sentido de la siguiente frase del propio Joan Brossa:

La poesia visual no és dibuix, ni pintura, és un servei a la comunicació

(La poesía visual no es dibujo, ni pintura, es un servicio a la comunicación)

4.

Son meus desert i oasi / metall i pedra [5]

La poesía visual es serlo todo,

dominarlo todo,

para poder retornar a lo esencial aplicado al sentir contemporáneo e ir comunicando con lentitud y  tino cada uno de esos certeros descubrimientos.

Lo mismo sucede con el novelista, aunque a éste le lleva un poco más de tiempo; la comunicación, digo (y la génesis). Y esto por ser más morosa la palabra que la imagen, pero sólo por esta razón.

Veamos, la lección es muy sencilla,

tanto el artista visual como el novelista se escriben las cosas para explicarse la vida a sí mismos, escriben o crean poemas visuales como forma de entendimiento personal.

Y esa conciencia de la letra o la imagen a través de la que se nos revela el mundo

debe haber acontecido bien pronto, en algún momento de la infancia, para que haya podido ir laboriosamente haciendo un poso fructífero.

Puede que acontezca más tarde, es cierto, la vocación, que se lo digan sino a San Agustín, y fíjense lo pródigo que resultó para el cambio de paradigma literario su revelación.

Pero esto suelen ser excepciones que se cuentan con los dedos de una sola mano.

El escritor, pues, debe serle fiel a las revelaciones de la infancia, dado que de ellas depende el estilo que con tesón, esfuerzo y renuncia conseguirá ya en su madurez.

——-CONTENIDO EXTRA——-

-y agradecimiento-:

Ya que estos días de caída de la inversión publicitaria en la prensa, está ésta loca por ganarse empáticamente a sus lectores,

y ya que se han inventado esa campaña de

Yo leo El País Semanal

Pues sirva este post para agradecerle a mi padre su síndrome de Diógenes.

Y  también para agradecerle a Hugh Hefner aquella edición de finales de los setenta que logró insertarse subrepticiamente en mi primera novela.

– – – – – – – – –

Canción del día:

Le diable me pardonne – Johnny Hallyday

– – – – – – – – – –

[1] Joan Brossa. “Marge”, de El poeta presenta quinze pantomimes (1956).

[2] Joan Brossa. “Fascinació” de El pedestal son les sabates (1955)

[3] Joan Brossa. “El molinet de confetti (Dansa)”, de Vint-i-una odes, uns goigs, una dansa i un sonet (1958).

[4] Joan Brossa.Foc i sort”, de Els entrebancs de l´univers (mena d´epopeia – 1956).

[5] Joan Brossa. “Jove Drac”, de Poemes de Paris (1956)

[1], [2]. [3], [4] y [5] incluidos en Joan Brossa, Poesía Rasa (II) [1955-1959]. Edicions 62. Barcelona. 1991.

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Difusa deontología del escritor [7]

1.

No es labor del escritor

juzgar la extrañeza de la vida o sus relaciones sinérgicas, sino ameritar su comprensión, pues contra lo que se piensa, que una vida se nos destile “comprensiblemente” es labor que debemos merecer.

Dicho esto,

se entenderá que habitar la casualidad como forma de vida es cosa que sólo se le debería permitir a las personas menores de siete u ocho años.

Porque lo hemos dicho cien veces: la casualidad no existe,

aunque tampoco es cierto su contrario.

O sea, no hay una causalidad estricta, pero sí una casuística con reglas de repetición o probabilidades.

Y así se me reveló esta idea el miércoles, que los sensacionales errores de la vida son como un premio que no es un premio,

como una confirmación de la sospecha: la sospecha de que la vida no tiene por qué ser peor que la ficción.

2.

Yo diría que la cosa empezó mal

porque hasta las once y media de la mañana -del miércoles- no conseguí dormirme (me distraje con una incomprensible tertulia radiofónica).

Me desperté a las dos del mediodía

titubeando a tropezones contra los muebles y sufriendo la inteligibilidad del habla entrecortada,

y es por ello que no me quedó más remedio que ducharme con rapidez y vestirme y salir a la calle a hacer unas gestiones que tenía pendientes

(Gestiones que conseguí resolver parcialmente).

Me fui después a un par de bibliotecas a devolver un montón de libros que ya tenía leídos y a sacar otro montón (que, obviamente, tengo sin leer -todavía-).

A este respecto

leo ahora (jueves de madrugada) unos versos de Philip Larkin,

del poema A Writer, que dicen:

“He knew, of course, no actions were rewarded” [1]

verso que en aquel momento de la tarde del miércoles no tenía el menor sentido, pero que  fue cogiendo sensatez según pasaban las horas.

Leí con placer las crónicas inventadas que de Barcelona hizo Vila-Matas en los años noventa [“Desde la ciudad nerviosa”] mientras estaba, como cada miércoles por la tarde (según es mi costumbre), en el Lletraferit.

Es obvio que todo lo que cuenta Vila-Matas es inventado y que jamás salió de su gabinete (supongo que tendrá gabinete y no despacho) para comprobarlo; y es que, de hecho, no le hacía falta.

Y esto lo supo quizá sabiendo aquello de lo que alertaba Larkin.

Le contestaría Larkin en el poema A writer, diciendo:

“He lived for years and never was surprised” [2]

Lo que significa que en la vida hay lo que ponemos nosotros.

Y esto depende de nuestros ojos. Otra vez Larkin:

“It was a gift that he possesed alone:

to look the world directly in the face” [3]

Claro que Vila-Matas lo pone en otros términos.

Él dice que:

“la realidad imita a la literatura” [4]

3.

Todo esto se comprenderá más fácilmente si seguimos con los hechos:

De vuelta a casa descubrimos que la muchacha no había venido la casa y que todo estaba habitado por el justificado desorden de los días anteriores.

La muchacha no había llamado, ni avisado, ni nada.

Como andaba muy cansado me acosté una media hora y a las siete y media volvimos a salir de casa.

Ángela me aseguró que había que coger le autobús 41 para llegar a una presentación de una revista a la que nos proponíamos ir, al lado de la Diagonal.

Y cogimos el autobús 41, que fue subiendo por Plaza Universidad y luego por Plaza Urquinaona y más tarde se adentró por Arc de Trionf (exactamente la dirección contraria) y nos apeamos.

Ángela, preocupada, me dijo que cogiésemos un taxi.

Yo me detuve y pensé en un verso de Miquel Partí i Pol que había leído esa misma tarde:

“Mireu-me bé: sóc l´altre” [5]

Entonces cogí a Ángela de la mano y nos quedamos parados en una esquina. Y me imaginé a mi y a Ángela, a esos dos que la realidad designa y que se iban a una presentación de una revista de poesía y dije en alto:

“no, qué va, para qué vamos a ir…, ya irán los otros, los de mentira…”

Ángela me miró, pero no con la preocupación de observar las consecuencias del equívoco sino con una extraña magia en los ojos.

Y sin tener que decir nada caminamos de la mano, en silencio.

Y subiendo una calle, sin querer, me detuve. Levanté la vista.

Y vi esto:

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Ambos fuimos conscientes entonces claramente de cómo no es una cuestión de azares en la vida, ni de premios ni  favores, ni recompensas, ni milongas, ni chácharas ni recelos.

Todo eso es la excusa del idiota. Y del mal escritor. Y de las malas personas, las que no confían ni someramente en sus propios recursos y por ello recurren a la responsabilidad ajena, echándole a la vida la culpa de todo.

Sucedió entonces no que nos hubiésemos confundido, sino que habíamos obligado a la realidad a que se equivocase para complacer a nuestros deseos.

Porque algo he de decir, y es que cuando volvimos a casa

(después de haber estado bebiendo varias jarras de cerveza para celebrar la sapienza del talento de los ojos que saben acertar qué es lo mejor)

y miramos el portátil, mis ojos no se extrañaron al comprobar que claramente en la web del TMB (transportes públicos de Barcelona) decía que el autobús que tendríamos que haber cogido era exactamente el 41,

el mismo autobús que justamente habíamos cogido nosotros y que, en contra de llevarnos a una (supuesta) fiesta de la literatura (al simulacro),

nos había llevado a la literatura misma (a la convincente realidad de la vida);

lo que significa que:

el escritor debe tener la mirada bien limpia y las córneas no apuntando a su ombligo sino siempre hacia el cielo,

por si acaso se le aparece el verso, la rima, el símbolo o la (pre)cuela de su novela misma.

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CONTENIDO EXTRA:

Hablando de cosas que tienen que ver con los ojos

y que ratifican que es cosa necesaria del artista el tener unas córneas decisivas,

el jueves a la tarde/noche (esta tarde) estuvimos viendo “Imperium Karnaval”, la inauguración de la exposición de las nuevas pinturas del pintor francés Stephan Guillais, en el Setba Zona d´art,

un espacio precioso con inmejorables vistas en la Plaza Real (nº 10, 1º, 2ª)

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Ya sólo con la declaración de principio de Stephan debería quedarles todo claro:

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Transcribo (por si acaso no se lee bien):

Pintar como uno descarga un camión lleno de muebles antiguos y frágiles. Pintar como cazar con arco y flecha en su jardín.

Meterse deliberadamente del lado equivocado para poder volver con regalos y un relato que ya no es más una historia pero que sin embargo cuenta algo. La delgada melodía interior que se desliza entre lo que llamamos dos instantes.

Pintar como se pintaban las cavernas o acaparándose de todo, poco importa.

Quedaremos frente a la imagen para por fin hablar con nosotros mismos.

Subrayen en sus cerebros esta idea: se crea desde la tradición, y se crea para revelarnos a ese otro que somos nosotros mismos. Es el único modo de ser modernos, tomando en consideración a los clásicos.

Aquí, un ejemplo, el autoretrato de Guillais que a mí me ha impresionado profundamente:

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Lo de que el arte nos acompaña, refleja e ilumina es totalmente cierto, ningún cuadro me ha impresionado de tal manera como este

(y ruego disculpen la baja calidad de la foto, tomada con la Blackberry, pues no consigue mostrar la hondura del cuadro)

desde que vi en Santander el autorretrato de Basquiat hace dos años.

Y no es gratuita la mención porque ambos tienen una marcada filiación por lo ancestral, lo profundamente humano y esa severidad gozosa del saber que uno está vivo.

Hay muy pocos pintores proteicos y que se fijen en lo fundamental, y Stephan es uno de ellos. Por suerte.

Y si quieren más razones para ir a ver la exposición, fíjense qué detalle tan de Harold & Blúm,

una antigua ducha de mármol blanco haciéndole la fiesta a uno de los cuadros:

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Y ahora algunos de los cuadros:

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Y la gente:

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[1], [2] y [3] Philip Larkin. A Writer, de Early Poems (1938-45), incluido en “Collected Poems”. Marvel Press y Faber & Faber. London-Boston. 1990.

[4] Enrique Vila-Matas. “La agenda de la mujer doble”, en Desde la ciudad nerviosa. Ed. Alfaguara. Madrid. Octubre de 2000.  [p. 119]

[5] Miquel Marti i Pol. Poema sin título, de Vint-i-set Poemes en tres temps (1970.1971), incluido en “Poesía completa”. Edicions 62. Barcelona. Marzo de 2008.

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Difusa deontología del escritor [6]

1.

Se trata de una metáfora horrible, lo sé, gastada, sí, sí, decadente, sí,

lo sé, pero no por ello menos cierta.

Y por ello la enunciaré ahora mismo: el embarazo.

Y es un embarazo que se dispara sin contemplaciones hacia las dos acepciones de la palabra:

la de la vergüenza que siente uno sobre sí debido a la debilidad de su condición misma

y la de hembra gestante.

Esto es lo que le sucede a un escritor cuando comienza una novela: se preña de su novela. O mejor dicho, la novela le preña a él. Y esto le avergüenza -al principio-.

Porque con las novelas sucede como con las mujeres: eligen ellas.

2.

Igual que en el amor,

el noviazgo, la confianza, la convivencia, el compromiso y la continuidad, así sucede con la novela.

Y es puro físico.

Se siente en todos los puntos de la carne y en la hondura del estómago y en los intersticios de la columna vertebral.

La novela, como el amor o el hijo, es ferviente electricidad.

Uno no se propone escribir una novela. La novela le encuentra a él.

Uno tampoco se propone tener un hijo o enamorarse. Ambas cosas suceden en tanto que se buscan.

Huelga decir -obvio- que hay cientos, millones de novelas escritas con el propósito de ser escritas, claro. Empujadas por la terquedad del deseo.

Pero a los productos de ello no se les puede llamar novela. Eso son ejercicios de estilo de colegiales audaces o aplicados.

Igual que para acometer una gran obra arquitectónica se necesita a un arquitecto con talento, pues lo mismo con la novela.

Un adosado lo puede hacer cualquiera, es fácil:

se cogen los planos

(se pueden encontrar en cualquier colegio de arquitectos, son planos públicos)

de uno de los mil millones de adosados que existen en los extraradios de las ciudades y se copian. Se les introduce un par de variaciones (por sobre todo, nada de lo estructural) y listo.

Así sucede con las novelas que reproducen otras novelas.

Las mesas de novedades de las librerías no están precisamente llenas de rascacielos ni maravillas del diseño y la ingeniería, sino de tremebundos adosados muy similares entre sí.

Y de pisitos de protección oficial tardofranquistas, también.

Y de chabolas.

La mesa de novedades de una librería no es -al fin- tan diferente de la vida misma.


3.

Uno preferiría no tener que escribir esa novela que le habita adentro del cuerpo. Pero no le queda remedio.

Y le entra sueño a uno, como a las embarazadas. Y tiene uno todo el tiempo hambre y caprichos, como las embarazadas.

De ahí que sea tan femenino lo de la creación artística.

De ahí que una novela necesite cuidado, atención, mimo y dedicación.

Por supuesto.

De ahí también que la mayoría de novelas tengan malformaciones, sean prematuras o se basen en la simpleza asquerosa de la placenta.

De ahí que haya novelas que no posean la vida e inteligencia de los seres humanos sino que funcionan con la voluntad adaptativa (y de supervivencia) de jabalíes, perros o las ratas. Y otras que se comportan como serpientes, pavos reales u orangutanes.

Una novela sin un desarrollado cordón umbilical con su autor es como un niño huérfano o como un animal salvaje sin más recursos que su propia indiferencia e intuición.

La obligación del escritor es cuidar a su novela pues como si le fuera la vida en ello. Porque, de hecho, su vida le va en ello. La vida de sus genes.

No les extrañe, pues,

comprobar que la mayoría de novelas nacen ya muertas.

Es signo de los tiempos: el desdén por la vida.

4.

Es por ello que, preñado como estoy de nueva novela,

(ya he terminado el borrador del primer capítulo)

he decidido darle fuerza y vigor a la misma,

me he puesto la camisa de Clockwork Orange que me ha regalado Ángela y he comenzado hoy con los ejercicios físicos,

para que me salga una novela fuerte, totémica, maravillosa y única.

Eah!

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——- ¡EXTRA!——-

EXTRA

extra…

En el capítulo de proyectos efímeros continuamos con ese tema que tanto nos interesa en este blog:

las ruinas de la contemporaneidad en la ciudad de Barcelona.

Desde el día 04-Octubre-2009 tenemos en marcha:

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡“Ruinas contemporáneas”!!!!!!!!!!!!!!!

una obra a medio camino entre el periodismo de guerrilla y el arte de vanguardia, el reciclaje y las mutaciones orgánicas del espacio urbano.

El lema podríamos hallarlo en “Jueves”, una canción del grupo La Habitación Roja, de su disco LHR, que dice:

“También yo si quiero puedo hacer cultura y lo hago con tu basura”

La premisa es básica:

se saca una fotografía todos los días desde el mismo punto, el número 12 de la calle Sant Antoni Abad (enfrente del Teatre del Raval),

y veamos qué pasa.

IMG01529

Pueden seguirlo,

como siempre en Tumblr (aquí).

********Actualización 10-Octubre-2009:

Hoy La Vanguardia publica un reportaje con el título

La suciedad gana terreno en todos los barrios de Barcelona

en el que se utiliza como foto ilustrativa del reportaje una imagen de los mismos contenedores que están siendo monitorizados en el proyecto

Ruinas Contemporáneas desde el día 04-Octubre-2009

El arte siempre va antes, qué les voy a contar…

– – – – – – – –

Canción del día:

Sleep Walk – Santo & Jhonny

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Difusa deontología del escritor [5]

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“Do not worry. You have always written before and you will write now. All you have to do is write one true sentence. Write the truest sentence that you know” [1]

[1] Ernest HemingwayA moveable feast. Penguin Classics. Middlesex. 1966.

[p. 15]


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