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La juventud como riqueza

1.

La potencialidad de la juventud es un tesoro tan prolífico que, hoy día, incluso los viejos no tienen reparo en asimilarse a los gustos y estéticas de los jóvenes. Por eso se estira la juventud de una manera tan brusca y mezquina, por eso se dilatan sus maneras y tics hasta lo indecible.

Tengo para mí que esto tiene que ver con la sobreabundancia de la última década, sobreabundancia que, claro está, anuncia ya su crisis.

Pero bien, digamos que lo más importante de la juventud es su promesa.

Y una cosa que ha de destacarse: se trata de una promesa necesariamente compartida. Su vigor y verdad dependen de la solidaridad con la que se comparten los futuros méritos, los frutos deseados que vendrán a su término, pero que, al modo de la fantasía, se preven ya y se dan por buenos, válidos: futuribles.

Y esta es la razón por la que la juventud como credo es un constructo cultural y necesita de un amplio grupo que la secunde, pero ese grupo ya se está extinguiendo, acosado por la precariedad, la furia o el catastrofismo. Y aquí se halla el centro de su crisis (como idea central para la cultura).

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2.

La juventud apuesta por sí misma y, por ello, en el momento crítico en el que los hedores (y horrores) de la edad adulta alcanzan finalmente a ciertas personas, buscan estas refugio en una añorada juventud (donde todavía eran pura potencialidad), yendo hacia atrás: a buscar amigos de la infancia y la juventud que fueron testigos de su misma juventud compartida.

Por una razón: porque el adulto se ha vuelto concreto, definido, sus márgenes están acotados y no dispone de más elecciones que las que ya ha tomado (o no ha querido tomar). Volver a ser joven (o pretenderlo) es una excusa para la búsqueda de cierta ignota inmortalidad.

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3.

Siempre me llamó la atención el fervor con el que las admiradoras de Elvis Presley (y me refiero aquí ya a un Elvis Presley envejecido y gordo, feo y torpe) seguían lanzándole bragas con un apasionamiento feraz.

Este verano, sin embargo, viendo un documental sobre sus últimos años decía alguien (no recuerdo quién) que las jovencitas viejas lanzaban sus bragas al rey porque seguían viendo a aquel jovencito sexy de veinte años y a su tonsura aurea, a un semi-dios con todas las armas para conquistar el futuro.

Al mismo tiempo, estas jovencitas maduras se veían a sí mismas como aquellas pizpiretas soñadoras de fortunas que le lanzaban a Elvis Presley sus miradas burlonas y coquetas (en 1956 lo de lanzar bragas era impensable) en espera de que un gesto cómplice del rey, así fuese con un fino hilo de oro, las engarzase en su triunfal ascenso y posterior coronación.

De lo que se puede colegir que existe un sentimiento juvenil que no tiene que ver con la edad y que sirve como anéstesico de la realidad, y es una fantasía no irreal (pues se basa en algo que sí ha existido), pero sí pre-temporal -respecto del tiempo histórico.

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4.

Wlodzimierz Umaniec, también conocido como Vladimir Umanets, es un joven polaco de 26 años que el pasado domingo escribió con tinta negra en uno de los Seagrams de Rothko que hay en la Tate Gallery lo siguiente:

“Vladimir Umanets, A Potential Piece of Yellowism”.

Según su propia confesión, el autoproclamado artista no pretendía dañar la obra sino más bien llamar la atención sobre su manifesto Yellowism –aquí– en aras de crear un debate sobre su pertinencia (¿?).

Umanets, en declaraciones a la prensa, se ha comparado con Marcel Duchamp.

Aquí su manifiesto.

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Del caso de Umanets podemos inferir una de las más prodigiosas inutilidades de la juventud: su estupidez.

Una estupidez que per se no es mala, pero que se vuelve peligrosa cuando deviene delirio.

Las ansias de este delirio tienen que ver con la genialidad y la farsa. Un adolescente, amparado en la pura potencialidad inocente de su credo juvenil (es decir, en la imposibilidad de nada) cree en las ambiciones desmedidas de lo que él pretende su genio y lo ratifica con actos externos.

Y ello por la razón que ya dijimos antes, pues que la juventud apuesta ciegamente por sí misma, por su originalidad e inteligencia, que se profesa emancipadora y seminal.

El problema viene cuando un adolescente utiliza las argucias de la edad adulta combinadas con su propia -y supuesta- inocente estulticia.

Es decir, igual que aquellas admiradoras de Elvis ya cuarentonas, fofas, de curvas caídas querían seguir apostando por su yo pretérito, es decir, se imitaban, gracias a la creencia que se podía tensar la cuerda del tiempo y hacer desaparecer los años intermedios, Umanets procura hacer de impersonator de Duchamp, lo que le serviría como garante para la verificación (entre las gentes de hoy, conocedores de la revolución duchampiana) de su quimérico genio.

Y he aquí donde se revela la comedia farandulera: Umanets es perfectamente consciente de su farsa, de ser él igual que su credo yellowista no más que una pura tautología.

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ADDENDA:

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Y hablando de influencias sí reconocidas y que sirven para la creación de una obra independiente y autónoma, la editora de la revista The Literarian, Dawn Raffel, ha pedido a una serie de escritores que hablen en el último número de la revista sobre los artistas visuales o sobre alguna obra artística en particular que les haya servido de inspiración.

Así  los escritores Frederic Tuten, Caroline Leavitt, Stuart Dybek, Roxane Gay, Martine Bellen, Charles Salzberg, Tom Bradley, Jane Ciabattari y Roberta Allen hablan de sus influencias.

Pueden consultar sus razones y motivos aquí.

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A veces cuesta pensar

A veces cuesta pensar.

Aunque, sin embargo me parece que no es eso, exactamente. Habría que reformularlo de otro modo.

Así: a veces cuesta hallar algo lícito que valga la pena ser pensado.

Y esto tiene que ver con unos versos de Eloy Sánchez Rosillo que dicen: “Une entre sí la luz todas las cosas / con un hilo de oro. / Y a mí mismo me incluye; / me toma alegremente cada día / y me hilvana con ellas”. [1]

Pues eso es, que sucede que venimos hilvanados con el mundo, atados a su prodigalidad y no podemos desenredarnos de sus razones y ver si nos interesan. Dicho de otra manera, sucede que estamos de común rodeados por algo que nos parece un hilo de oro, pero que tanto puede ser la estela de un cometa como la hoja afilada de un sable.

Y bajo esta presión es difícil saber si lo que pensamos (el contenido mismo del pensar) merece o no nuestra atención, reflexión y desvelos.

Mi sospecha es que cuando, a veces, nos cuesta tanto pensar es porque probablemente deberíamos girarnos y mirar hacia otro lado; huir de este latrocinio que es estar pensando las cosas que otros quieren que pensemos.

Y o bien no pensar o pensar en nada.

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[1] “Hilo de oro”, Eloy Sánchez Rosillo, publicado aquí.

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El carácter como una forma de ficción

1.

Atendamos un segundo a esto que dice Estrella de Diego sobre el carácter español:

“En el fondo, los españoles como colectividad siempre hacemos de españoles para fuera. Tenemos la fea costumbre de carecer de espíritu corporativo y hablamos mal de “nosotros” como colectividad siempre que salimos de casa, pues creemos que si somos los únicos listos, sobresaldremos más. [1]”

La reflexión le sirve a Estrella de Diego para poner en cuestión el modo en el que toda denuncia pasa a convertirse en producto de consumo. Y lo evidencia con el reciente reportaje fotográfico del NYT (titulado Austerity And Hunger) y también con la obra de Andrés Jaque sobre la así llamada heroína de Lavapiés (cliquen aquí, si no saben de lo que les hablo).

De Diego, en su post, viene a concluir que esto se debe a un complejo de inferioridad de nuevos ricos.

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2.

Pero no es cosa que sea exclusiva de la colectividad nacional (esto del complejo) sino que también afecta de un modo funesto a los entornos gremiales; lo que, además, les supone un añadido extra de fastidio.

Y es que, del mismo modo que no queremos que se nos encasille o ponga junto a otros miembros de nuestra comunidad nacional (y es obvio que esto por la razón de que tememos salir perdiendo en la comparación), así sucede con las personas que pertenecen a determinados gremios.

Y tal gallardía es particularmente molesta en el caso de los tenderos.

Todo va bien en tanto que el cliente permanezca en su rol silente de cliente, es decir, aquel que indica una breve  comanda fácil y sin complicaciones y se limita a pagar y acepta el producto tal cual se lo sirven.

Pero, ay de ti como se te ocurra hacer la más mínima mención a que existen otros tenderos de otros establecimientos y que tal vez estos sí te hayan ofrecido en algún momento un servicio en concreto que aquí se te niega.

Pues no, sucede que el tendero se enfurruña y te obliga a que aceptes el producto como él/ella quieren. Y sin rechistar, pues no admiten que haya ninguna otra forma mejor de hacerlo, prepararlo o acaso, por ejemplo, el modo de disposición del corte de un producto, ni siquiera que existan otros establecimientos tan insignes como el suyo.

Y esto, ¿por qué?

Muy sencillo: por ese pacto silencioso que parece sellarse entre el cliente y el tendero por el cual este último es el mejor, el más listo y el más competente para realizar su trabajo.

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3.

Aquí, en el caso del complejo gremial, opera un mecanismo inverso al del complejo nacional que nos afecta en el extranjero. Si con los desconocidos (en virtud del desconocimiento del otro y que nos permite una “invención” de nosotros, ficcionalizarnos, por así decir) se juega la carta de la lejanía, en el caso de los conocidos se juega la carta contraria: la del afecto, la cotidianidad necesaria y el servicio vecinal.

En otras palabras, al extranjero no se le verá más, y por lo tanto nuestra imagen mejor (por oposición a los otros miembros de nuestra comunidad; cosa que es, inverificable por parte de nuestro interlocutor) quedará sin mácula para este. Al vecino no hay más narices que verlo a diario. Y esa cercanía puede que produzca una confianza o cierto conato de afecto que lleve a que el cliente reproche o exija tal o cual cosa. Así, para frenar tal valentía, el tendero juega la baza de la violencia y la intimidación.

Pondré un ejemplo reciente (entre otros muchos).

El otro día le pedimos a una pescadera que, por favor, nos quitase la piel de una merluza.

Ella, indignada, nos replicó algo así como que “no hay forma más buena de comer la merluza que con piel”. Y, por su gesto de desdén, se adivinaba que lo contrario era el pensamiento propio de los necios (es decir, nos estaba llamando necios a la cara por ser incapaces de darnos cuenta de su valía especial como tendera, de su “ficción individual”, pues).

Cuando le hicimos mención de que en otros sitios que nos han quitado la piel, y sin el mayor reparo, se puso de tan mal genio que lanzó los filetes contra el papel de estraza sobre la báscula y farfulló, como por venganza: “y esto os lo cortáis vosotros con unas tijeras en casa” (se ha de decir que habíamos acordado previamente que ella nos lo haría en los pedazos del tamaño y peso aproximado que habíamos acordado antes).

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4.

Y ahora podrían objetarme Vds. que el caso relatado se trata apenas de una señora en particular (con un manifiesto mal genio) y su singularidad no permite que sea  extrapolable a otros casos, ni generalizable ni tampoco pudiera servirnos de patrón para nuestra tesis de los comportamientos gremiales.

Pues bien, ahora les confiaré yo un pequeño detalle revelador: el establecimiento de la señora pescadera de la que aquí nos acabamos de ocupar tiene todas las paredes llenas de carteles donde, con gran fanfarria, se manifiesta algo así como que “el gobierno sube el iva, pero aquí te lo mantenemos como antes”.

Si esto no es una manifestación meridiana del nuevo rico que se niega a claudicar ante la realidad que baje dios y que lo vea.

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[1] Estrella de Diego. El regreso de la “España profunda” y la ficción documental en The NYT. Blog Sin título. 01-Octubre-2012.

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POST-SCRIPTUM:

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Leo en la última columna de Manuel Jabois, que lleva por título “Acabo de decirle que no” –aquí– lo siguiente:

“la apelación al dinero en cualquier rico, sobre todo cuando es para dar cuenta del sacrificio que hacen al rechazarlo, tiene el sonido de lo falso”.

Pues eso.

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El agravio como debilidad y miseria

1.

Uno tiene la impresión de que cada cual aguanta las turbulencias de la mejor manera que puede o sabe; con cierto estoicismo, se diría.

O sea, que mira uno siempre hacia la derrota, o acaso la desdicha o, si se quiere, la mala suerte, con benevolencia e, idealmente, queriendo ver en ella una parte bella de heroicidad.

Y quiere ver uno en ello -en la derrota del agraviado- cierto lirismo, pero normalmente lo que se viene a encontrar es más bien una suerte de candor belicoso, e inútil.

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2.

“No sólo la educación de los niños, también la de los poetas se hace a tortazos” [1] escribió Proust.

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3.

Hace unos días nos encontramos con un conocido al que después de largos años de servicio en su empresa, por no querer mejorarle el contrato (y con la excusa de la falta de recursos, la galopante crisis y el baremo impreciso -y volátil, y opinable- con el que se juzga su trabajo -intelectual, por lo demás)- no le habían echado a la calle, sino que le habían propuesto algo muchísimo peor: degradarle en su categoría profesional, hasta unos mínimos de pura vergüenza, intolerables, desde mi punto de vista.

Sin embargo, el tipo ha aceptado.
Está resentido, se siente menospreciado, tratado con el mayor despiadado ultraje.

Pero ha aceptado, pensando en algún tipo de solapada venganza. En cobrarse la deshonra a base de pequeñas infamias, dice, esos míseros sabotajes que van desde robar bolígrafos, hasta aprovecharse de descuentos por pertenecer a cierta empresa o acaso hincharse a pedir becas y subvenciones para proyectos.

Pero, y qué malditas becas le van a dar, pienso yo… si no hay dinero para contratarle, cómo va a haber dinero para becar a aquel cuyo contrato es insostenible dadas las economías actuales.

Es, cuanto menos, algo contradictorio.

Sin embargo, a este conocido nuestro le parece lo más normal del mundo, lógico y razonable.

Y, lo peor: legítimo.

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4.

Ha declarado recientemente Houellebecq:

«Soy vanidoso, busco los aplausos. Y escribir es divertido, sí, pero no lo hago por la escritura en sí, sino por la arquitectura de las frases. No estoy seguro de si hubiese seguido escribiendo sin la perspectiva del aplauso» [2]

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5.

Hay dos tipos de miseria moral, en mi opinión.

De un lado, aquella a la que nos obligan las circunstancias. De otro lado, aquella a la que nos obligan nuestras circunstancias.

Si la primera se refiere a cuestiones socio-económicas, políticas y geográficas, la segunda tiene que ver exclusivamente con la naturaleza de nuestro carácter.

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6.

No es casual, pues, que la poesía sea la manera de manifestación artística a la que se agarren de una manera más decidida los jóvenes nacidos a finales de la década de los ochenta y en la década de los noventa (pero también muchos de los nacidos en los setenta), pues les permite con mayor facilidad cierto aprendizaje del dolor (por causa de las incontables humillaciones -circunstanciales- a las que están sometidos).

El peligro, desde mi punto de vista, vendrá cuando esos agravios míseros, soportados durante un tiempo demasiado prolongado, vengan a constituir la base de su carácter y su personalidad.

Dicho en otras palabras: los tiempos de la guerra no suelen dejar espacio para las almas inocentes.

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[1] Marcel Proust. El tiempo recobrado. Traducción de Carlos Manzano. DeBolsillo. 2010. (p. 152)

[2] Michel Houellebecq en entrevista con David Morán. ABC. 21-09-2012.

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¿Hay alguien a la escucha?

1.

En el portal de la finca de pisos donde vivo hay no uno sino dos carteles que advierten claramente: “No se acepta correo comercial”. Cada uno de ellos -pegado en el cristal- de un lado de la puerta. Es imposible no verlos. Sin embargo, cada día -invariablemente- más de una, de dos y de tres personas llaman al timbre diciendo:

-Correo comercial, ¿puede abrirme?

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2.
Hace varios meses me escribió la encargada de marketing o del depto. de relaciones públicas (bueno, al fin viene a ser lo mismo) de una cierta empresa de Internet. Me presentaba un proyecto sobre unas cuestiones referidas al reciclaje y el medio ambiente que me parecieron muy bien (cuando era adolescente guardaba todos los folios inservibles en bolsas durante semanas y las llevaba a la ciudad de Valencia cuando se me daba la oportunidad -y hablamos de trasladar ese montón de papel en coche unos noventa kms-; quiero decir, que tengo cierta desarrollada conciencia ecológica, eso es). El problema es que ese proyecto solidario no era un asunto cívico sino que no sólo venía auspiciado por una empresa comercial ( no patrocinado, sino promovido, que es cosa bien diferente), sino que el hecho de que la gente se sumara a él repercutía directamente en la mejora de su negocio.

En otras palabras, por la vía de la solidaridad pretendían conseguir un caudal gratuito de posibles compradores/usuarios de su producto, amén de una publicidad encubierta de dimensiones estratosféricas.
En fin, con toda la ambilidad le dije a la chica que el proyecto que me presentaba me parecía muy bien, pero que, y le especifiqué “tal como habrás leído en mi blog en incontables ocasiones, estoy radicalmente en contra de este tipo de prácticas, las cuales he denunciado en mi blog siempre que he tenido la oportunidad”.

Para mi sorpresa la chica me escribió y me dijo que sí que muy bien, que respetaba mi opinión, pero más o menos venía a decir que me lo pensase mejor.

Dos cosas se han de decir así de primeras: uno, que quieren contar con mi complicidad para su proyecto (me pedía además que lo propagase a los cuatro vientos entre amigos y conocidos) cuando ni siquiera sabe de qué demonios va mi blog, y dos, que de respetar las opiniones del prójimo y su decisión meditada de no participar en algo, nada de nada.

Ayer me llego un nuevo mail de esta chica, en él dice:

queríamos volverte a invitar a participar con tu blog “J. S. de Montfort escribe” en nuestra iniciativa para ayudar al medio ambiente”.

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3.

Cuando los gurús dicen que los departamentos de promoción y prensa han de escuchar al cliente/usuario/consumidor en realidad no utilizan sino un eufemismo, pues las empresas hacen como que escuchan hasta que alguien les dice que no, y entonces sacan sus garras (eso sí, siempre disfrazadas de cordialidad y al amparo de alguna “causa justa” -y ellos pueden igualmente considerar una causa justa que te ofrezcan un descuento o una oferta) y, así, continúan con su estrategia de acoso y derribo.

Hasta que no te queda más remedio que aceptar y unirte a su causa (contratar sus servicios o participar de sus campañas), pelear a las malas o, directamente, tener que pleitearte.

Si los susodichos departamentos de promoción y prensa de las empresas se dedicasen primero a saber con quién tratan y qué terreno pisan, es decir, no ya a escuchar sino sencillamente a hacer su trabajo, ¿no nos ahorraríamos todos un buen montón de molestias y de tiempo perdido?

 

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Estándares

1.

Leamos lo que dice Andrew Gimson sobre la pérdida de relevancia social del gentleman inglés y que, en su opinión, marcaba un estándar de comportamiento y mejora, un “ideal” hoy perdido (y sin recambio a la vista):

“There is a gap in our culture: we have lost the gentleman without replacing him ]…] to have an elevated standard of conduct increases the chances that some people will live up to it, as well as the danger of failure and hypocrisy […] The gentleman has retired from the fray, but we still need an ideal of good conduct: something that is not the same as Christian behaviour, but which helps to raise us above boorish self-seeking; an ideal which includes modesty, magnanimity and the willingness to sacrifice oneself for the sake of others, especially those who are weaker.”

[1] Andrew Gimson. Strange death of the English Gentleman. The standpoint. Sept.2012.

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2.

Y sobre ideales del espíritu habla la mujer de Christopher Hitchens, Carol Blue, al decir sobre el entusiasmo que nunca abandonó a su marido en sus últimos 19 meses de vida (desde que supo que tenía cáncer); cuenta Carol Blue:

“Christopher’s charisma never left him, not in any realm: not in public, not in private, not even in the hospital. He made a party of it, transforming the sterile, chilly, neon-lighted, humming and beeping room into a study and a salon. His artful conversation never ceased. ” [1]

[1] Carol Blue, Christopher Hitchens: an impossible act to follow. The Telegraph. 25-August-2012.

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3.

Y desde la filosofía también Javier Gomá Lanzón tiene algo que decir al respecto, y es que, en su opinión, el estándar para el hombre contemporáneo pasaría por un adelgazamiento de la subjetividad heredada del romanticismo, esa noción absoluta del individuo, sociópata -e inviable-, a la que se le habría de poner ciertos límites.

Nos dice:

“El problema moderno se resume, en efecto, en cómo ser hombre verdadero.” [1]

Para explicar tal noción, la filosofía habría de remodelar “su utillaje conceptual” que deriva todavía de la época cósmica de la cultura (siglo octavo antes de cristo) y que, dice Gomá, no nos sirve “para iluminar la experiencia del yo moderno”.

Gomá, nos confiesa, habiéndonos expuesto el caso, que carece de poética para su resolución o comprensión mejor.

[1] Javier Gomá Lanzón, Razón:portería. El País. 08-septiembre-2012.

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4.

Al respecto de lo que sería, en literatura, ese estándar al que nos referimos, dice Daniel González Dueñas:

“[la literatura es] un diálogo que el lector establece con el universo a través de la personalidad del escritor. Y en los casos más eminentes, ese diálogo se da a través de la transparencia en la personalidad del escritor. La gran literatura es aquella en que el autor no interpone su personalidad entre los ojos del lector y el mundo (en cuyo caso no vemos más que un ego), sino que la transparenta para permitirnos ver lo que ese escritor mira.” [1]

[1] Daniel González Dueñas, Respuestas a una encuesta literaria (I de II), 06-septiembre-2012; en su blog –aquí-.

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5.

Así, podríamos pensar que del estándar de hoy no tenemos sino indicios, acaso síntomas y no ya una solución sino siquiera un mero acercamiento o planteamiento formal que nos lo acote o delimite (y ello por no tener ejemplos de lo que sabemos o suponemos debería ser el estándar).

Ello implica que el hombre contemporáneo no sabe a qué atenerse, lo que es causa de su melancolía (que dura y dura y dura) y de que su desolación encuentre liberación en ciertos comportamientos licenciosos o decididamente infantiles (el consumismo, por ejemplo).

Ante tal estado de cosas uno se pregunta si, de momento, no sería mejor andarse a buscar pistas en el crepitar lento de la naturaleza, como en esas piezas de Lois Patiño (Vigo, 1983) y que llevan por título “En el movimiento del paisaje”:

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Cerdos todos

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A mi entender, cualquier manifestación de la cultura inicia su declive justo en el momento en el que comienza a jugar por capricho (por ego y vanidad) con la baza de la especulación. Es exactamente lo que ha sucedido con el portugués tristón, melancólico y galáctico –aquí-. Y es cosa que ha venido a refrendar esa tontuna del premio Príncipe de Asturias a la amistad entre dos jugares rivales, pero compañeros de selección –aquí-.

Así las cosas, desde el fanzine mexicano  El fanzine del cerdo violeta se adelantan a la preocupación por este próximo declive futbolero (que predigo yo desde aquí) y se marcan la convocatoria “Santa maradona… ruega por nosotros” y cuya tema central, cómo no, es el fútbol.

Se les puede mandar prácticamente de todo que tenga que ver con la temática referida (cuento, artículo, ensayo, artículo, poema, imagen,ilustración, dibujo, fotografía, soundtrack, diseño editorial, diseño publicitario, etc.) y el espacio es entre media cuartilla y tres cuartillas. Hay de tiempo hasta el 30 de septiembre.

Pueden leer las bases completas –aquí-.

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ADDENDA:

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Escribía al respecto del asunto que tratamos Juan Villoro –aquí– que:

“El futbol es más que un deporte. El desaforado interés que despierta lo convierte en modelo de conducta y espejo acrecentado de la sociedad.”

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*el gif está sacado de aquí.

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