(Otro) apunte sobre los e-mails

Da rabia recibir un e-mail en el que se le dice a uno que le rechazan el texto que ha propuesto para determinado magazine literario.

Claro que sí.
Da muchísima rabia. Uno se enoja con rapidez, de manera fulgurante. Se convierte uno en un bravucón toro enrabietado.

Y uno entonces quizá le da un patada a la silla o acaso piensa en que mejor un puñetazo contra la pared, incluso le tienta a uno el diablillo que nos habita la autoestima y saca a colación una ristra de insultos en los que uno se acuerda de toda la familia del consejo de redacción del magazine literario. Sí, a veces incluso no hace falta elegir entre ninguna de las tres opciones pues todas ellas comparecen de manera simultánea.

Lo repito: que un magazine literario te rechace un texto tiene el efecto de que tu ánimo se vea dominado -¡zum!, con la velocidad del rayo- por la más brava cólera y la ceguera más absoluta, una ceguera pendenciera y brutal.

Sin embargo, siendo esto así, resulta diez mil veces peor que un magazine literario no solo no te dé contestación al respecto de una propuesta que tú has hecho con la mayor candidez, sino que, encima,al solicitar la clarificación de un dictamen, no se dignen ni a contestarte.

Y cuando uno escribe ese mail segundo, para cerciorarse de que su texto no es requerido para la publicación en la tal revista, no se lleva tal acción por resquemor, amargura, o acaso por querer que nos digan a la cara que no nos quieren (sí, esa cosa adolescente del valor -a qué no te atreves a decírmelo a la cara, etc-; en fin). Qué va, la cosa es de lo más prosaico: uno lo único que quiere es tener la seguridad de que el texto presentado a dictamen no es del interés de los dictaminadores y así poder enviarlo libremente a otra revista, sin comprometer su inedición.

Y sé de lo que hablo, pues me ha sucedido que alguna revista que no solo no me ha dado confirmación de la recepción de un texto ni tampoco ha mostrado su interés por el mismo (ni respondido mis mails), finalmente ha acabado publicándolo (sin tampoco avisar, claro) y de esto me he enterado eventualmente por la alerta de google. Y dada tal situación, es más que probable que uno (yo), tras meses de no haber recibido repuesta, haya mandado ese texto a otro sitio, e incluso es más que probable que ese texto ya ha sido publicado por esa segunda revista (sin saber uno que ya fue publicado antes por el editor silente y que, por tanto, el carácter inédito que uno le había prometido al segundo editor ya no es tal).

Y dada tal situación a ver cómo uno explica -sin quedar como un necio- tal situación al segundo editor, el cual es más que probable que piense que le hemos mentido y que somos unos escritores poco serios. Y a nosotros, que nos sentimos unos memos, no se nos quita de la cabeza la idea de que con un sobrio mail de dos líneas se podría haber solucionado este triste desaguisado.

Y todos tan contentos; así: dando un par de patadas a la silla, un puñetazo a la pared, soltando dos o tres o cincuenta tacos y ya.

 

*

*

ADDENDA:

*

Leo un artículo de Brett Nelson en la revista Forbes que lleva por título Fifty important lessons New York City taught meaquí-.

En él, en su lección número 48 dice:

*Communicate Like A Grownup: Call to discuss, email to confirm.

Quede dicho, pues.

 

Anuncios

Comentarios desactivados en (Otro) apunte sobre los e-mails

Archivado bajo Vida personal

Los comentarios están cerrados.