El carácter como una forma de ficción

1.

Atendamos un segundo a esto que dice Estrella de Diego sobre el carácter español:

“En el fondo, los españoles como colectividad siempre hacemos de españoles para fuera. Tenemos la fea costumbre de carecer de espíritu corporativo y hablamos mal de “nosotros” como colectividad siempre que salimos de casa, pues creemos que si somos los únicos listos, sobresaldremos más. [1]”

La reflexión le sirve a Estrella de Diego para poner en cuestión el modo en el que toda denuncia pasa a convertirse en producto de consumo. Y lo evidencia con el reciente reportaje fotográfico del NYT (titulado Austerity And Hunger) y también con la obra de Andrés Jaque sobre la así llamada heroína de Lavapiés (cliquen aquí, si no saben de lo que les hablo).

De Diego, en su post, viene a concluir que esto se debe a un complejo de inferioridad de nuevos ricos.

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2.

Pero no es cosa que sea exclusiva de la colectividad nacional (esto del complejo) sino que también afecta de un modo funesto a los entornos gremiales; lo que, además, les supone un añadido extra de fastidio.

Y es que, del mismo modo que no queremos que se nos encasille o ponga junto a otros miembros de nuestra comunidad nacional (y es obvio que esto por la razón de que tememos salir perdiendo en la comparación), así sucede con las personas que pertenecen a determinados gremios.

Y tal gallardía es particularmente molesta en el caso de los tenderos.

Todo va bien en tanto que el cliente permanezca en su rol silente de cliente, es decir, aquel que indica una breve  comanda fácil y sin complicaciones y se limita a pagar y acepta el producto tal cual se lo sirven.

Pero, ay de ti como se te ocurra hacer la más mínima mención a que existen otros tenderos de otros establecimientos y que tal vez estos sí te hayan ofrecido en algún momento un servicio en concreto que aquí se te niega.

Pues no, sucede que el tendero se enfurruña y te obliga a que aceptes el producto como él/ella quieren. Y sin rechistar, pues no admiten que haya ninguna otra forma mejor de hacerlo, prepararlo o acaso, por ejemplo, el modo de disposición del corte de un producto, ni siquiera que existan otros establecimientos tan insignes como el suyo.

Y esto, ¿por qué?

Muy sencillo: por ese pacto silencioso que parece sellarse entre el cliente y el tendero por el cual este último es el mejor, el más listo y el más competente para realizar su trabajo.

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3.

Aquí, en el caso del complejo gremial, opera un mecanismo inverso al del complejo nacional que nos afecta en el extranjero. Si con los desconocidos (en virtud del desconocimiento del otro y que nos permite una “invención” de nosotros, ficcionalizarnos, por así decir) se juega la carta de la lejanía, en el caso de los conocidos se juega la carta contraria: la del afecto, la cotidianidad necesaria y el servicio vecinal.

En otras palabras, al extranjero no se le verá más, y por lo tanto nuestra imagen mejor (por oposición a los otros miembros de nuestra comunidad; cosa que es, inverificable por parte de nuestro interlocutor) quedará sin mácula para este. Al vecino no hay más narices que verlo a diario. Y esa cercanía puede que produzca una confianza o cierto conato de afecto que lleve a que el cliente reproche o exija tal o cual cosa. Así, para frenar tal valentía, el tendero juega la baza de la violencia y la intimidación.

Pondré un ejemplo reciente (entre otros muchos).

El otro día le pedimos a una pescadera que, por favor, nos quitase la piel de una merluza.

Ella, indignada, nos replicó algo así como que “no hay forma más buena de comer la merluza que con piel”. Y, por su gesto de desdén, se adivinaba que lo contrario era el pensamiento propio de los necios (es decir, nos estaba llamando necios a la cara por ser incapaces de darnos cuenta de su valía especial como tendera, de su “ficción individual”, pues).

Cuando le hicimos mención de que en otros sitios que nos han quitado la piel, y sin el mayor reparo, se puso de tan mal genio que lanzó los filetes contra el papel de estraza sobre la báscula y farfulló, como por venganza: “y esto os lo cortáis vosotros con unas tijeras en casa” (se ha de decir que habíamos acordado previamente que ella nos lo haría en los pedazos del tamaño y peso aproximado que habíamos acordado antes).

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4.

Y ahora podrían objetarme Vds. que el caso relatado se trata apenas de una señora en particular (con un manifiesto mal genio) y su singularidad no permite que sea  extrapolable a otros casos, ni generalizable ni tampoco pudiera servirnos de patrón para nuestra tesis de los comportamientos gremiales.

Pues bien, ahora les confiaré yo un pequeño detalle revelador: el establecimiento de la señora pescadera de la que aquí nos acabamos de ocupar tiene todas las paredes llenas de carteles donde, con gran fanfarria, se manifiesta algo así como que “el gobierno sube el iva, pero aquí te lo mantenemos como antes”.

Si esto no es una manifestación meridiana del nuevo rico que se niega a claudicar ante la realidad que baje dios y que lo vea.

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[1] Estrella de Diego. El regreso de la “España profunda” y la ficción documental en The NYT. Blog Sin título. 01-Octubre-2012.

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POST-SCRIPTUM:

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Leo en la última columna de Manuel Jabois, que lleva por título “Acabo de decirle que no” –aquí– lo siguiente:

“la apelación al dinero en cualquier rico, sobre todo cuando es para dar cuenta del sacrificio que hacen al rechazarlo, tiene el sonido de lo falso”.

Pues eso.

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