Equilibrios

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A veces, en nuestra vida, en nuestro escritorio, se producen mezclas extrañas, quizá no del todo  insatisfactorias, pero sí caprichosas o acaso tensas. De equilibrio inestable.

Por ejemplo, ahora, conviven un imprevisto libro de poesía del nobel español Camilo José Cela, Pisando la dudosa luz del día (Linteo Poesía, 2008) con otro de e.e. cummings, (a)poemes / antologia poètica (El Gall Editor, 2007).

Y la placidez de cinco pares de calcetines nuevos se miden con el alivio de una pomada para los orzuelos.

El libro de Cela es original de 1945 (con las debidas correcciones de “claros errores de impresión”). En aquel entonces y en la dedicatoria escribía Cela:

“Dedico este libro a los muchachos que escriben versos a los veinte años, los copian cuidadosamente en el mejor papel y los encuadernan luego con primor: preocupadamente, obstinadamente. Hacia ellos está inclinada mi mejor y más sincera simpatía”.

Y todavía en una nota que precede a la lectura, añadía en ella Cela:

“En Pisando la dudosa luz del día no cuaja absolutamente nada y todo, o casi todo, se evapora”

En el prólogo, escrito por Leopoldo Panero en 1944, se refiere al texto como “este puñado de versos anacrónicos, crueles, estremecidos y sombríos. Versos escritos en la adolescencia, en la confusa y desbordada adolescencia que cuaja la vocación de la vida, su valor, su mensaje [y que son] anuncio y profecía de que portan cuño y testimonio”.

Dice Panero que los poemas revelan “la intuición de la vida como fealdad, como tristeza irremediable”, pero que en su lenguaje poético “late un afán constante, comunicativo y misterioso de humana perfección y verdad”. También advierte que el surrealismo que los atraviesa es signo muy marcado de su tiempo (del tiempo en el que fueron escritos).

Y todo ello es verdad.

Un verso, del poema “El lagarto del miedo”, me resulta ahora particularmente útil.

Dice: “Y me duelen los ojos de tanto sostenerlos”.

Algo parecido siento ahora, mientras las volutas del humo del cigarrillo me cruzan por encima de los dedos que escriben en el teclado y los ojos agotados, con su carga de pomada disuasoria, me piden que los vaya cerrando, que me abandone al silencio del tacto, y ello sin tener sueño. Y, ello, queriendo todavía leer muchas muchísimas cosas antes de dormir (como esa trilogía pendiente de Danilo Kîs que aparece en la fotografía, Circo familiar, y que encontré hoy en la biblioteca, como un talisman para la travesía nueva del otoño).

Entonces me acuerdo de una entrevista en la que el escritor José Carlos Llop –aquí– venía a decir sobre los escritores continentales que se marchan a una isla para tratar de “ser otro”, que no es más que una falacia y que el escritor insular sabe perfectamente que:

“todo paraíso está perdido y detecta rápidamente el grado de impostura que existe en ese ‘ser otro’”.

En definitiva, que yo hoy tampoco quiero ser otro, como Llop, sino que me siento feliz -y en paz- siendo ese hombre alegre por sus cinco pares de calcetines nuevos que me ha regalado Ángela (después de largos meses de náuticas veraniegas, sin calcetines, claro), incluso aceptando el estruendo de pomada en los ojos contra esos ya consuetudinarios orzuelos, provocados por cierto nerviosismo mío y un stress no del todo bien manejado.

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