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Libros que hablan de otros libros

Si todos somos una parte de Dios, entonces Dios debe ser, de verdad, horrible.

Ronald Firbank

1.

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Resulta que un lector de cierta editorial que no aceptó mi novela “Alytzia Abbondanza” (a pesar de que el informe fue muy favorable) me indicó las similitudes de ésta con “En torno a las excentricidades del cardenal Pirelli”, de Ronald Firbank.

La cosa me sorprendió, puesto que no conocía la novela.

Ahora la leo,

y encuentro ligeras semejanzas con la primera escena de ambas novelas, es cierto, pero donde Firbank es artísticamente excéntrico, yo sitúo el centro del conflicto. En adelante hay semejanzas, sí, en el tono y algunas acciones que sospechosamente se parecen entre ambas novelas. Y es difícil, porque yo no la había leído.

Pero en el orden general de las cosas, no. Rotundamente no.

Diría que Firbank es Fellini donde yo soy Jean Vigo.

Yo más poético, él más estrambótico.

Yo grotesco, él caricaturesco. Él megalómano, yo sintético.

Respecto al lenguaje propiamente, no me podría pronunciar, puesto que me guío por la traducción de Sergio Pitol para Anagrama. Tendría que tener el original para pronunciarme con rigor en este sentido.

Y, en fin, que estas cosas son curiosas; ya supongo que recordarán aquello de Borges de que “cada cual se crea sus predecesores”. Lo realmente fascinante es que sean otros quienes te los descubran. Así que estoy muy contento de la semejanza que me hizo el mencionado lector de la  editorial que, al cabo, no quiso publicarme.

2.


He olvidado muchos detalles relativos a aquellas vivencias, porque apenas he pensado en ellas desde entonces, pero recuerdo que las noches eran luminosas [1]

Así de luminosa se me ha puesto el alma al comenzar la novela “Pan”, de Hamsun. Hace muchísimo tiempo que lo tengo pendiente, que lo veo y le busco las vueltas… porque quería comenzar por “Hambre”, pero no he conseguido ningún ejemplar.

Tan contento me he puesto (estaba leyendo en el baño) que me he metido a la noche a depilarme… ustedes ya saben qué. En una arrebato, así, zum, de una vez.

En fin, que además he terminado de escribir la novela corta “Carlota (o El Beso)” (67 págs antes de la corrección final) que me venía fastidiando desde 2006.

Es raro cómo sucede que hasta que no llega el momento oportuno uno no consigue acometer debidamente con las cosas. Sobre todo en narrativa.

Somos ambiciosos en nuestro proyectos, pero nos frena (y bien juiciosamente) nuestra razón (al saberse adoleciendo del conocimiento necesario del mundo que necesitamos para tal proyecto).

El momento de Carlota llegó estas últimas semanas, coincidiendo con mi vuelta a Barcelona.

Si tuviera que marcar dos coordenadas para este libro yo mencionaría  “La puerta estrecha” de Andre Gide y “Primer Amor” de Turgueniev, con la particularidad de que “Carlota (o El Beso)” es una novela totalmente postmoderna (con lo que yo detesto el postmodernismo) dado que rompe la expectativa de redención de los personajes de la narrativa clásica.

De un modo frontal contradice la siguiente afirmación canónica:

“through repetition a trauma from the past may eventually be recognized and mastered” [2]

Es, por ello, a un tiempo una oda y una repudia de la banalización contemporánea. Y asimismo, una llamada de atención al hecho de que los actos tienen consecuencias irreparables.

Sí, de alguna manera podría decirse que tiene también un precedente en la novela Atonement, del año 2001 y escrita por el inglés Ian McEwan. Diría, sí, que es la réplica a dicha novela.

Porque

“there are always antecedent causes. A beginning is an artifice, and what recommends one over another is how much sense it makes of what it follows” ” [3]

A ver si hay suerte y alguna editorial se nos anima

[jsdemontfort (at) gmail (dot) com]

3.

Así que más contento no puedo estar.

He acabado la novela con casi 11 días de antelación a mis previsiones más optimistas.

Y encima hoy Ángela me regaló dos de los libros a los que les tenía unas ganas extraordinarias (y me los llevé de paseo) y que me van a garantizar unos días de deleite supremo:

1. “Lo importante es perder” (Manuel Pérez Subirana)

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2. “Tulipanes para Zamudio” (Javier G. Cozzolino)

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>>CONTENIDO EXTRA:

Y como prueba de que no es todo alegría y fanfarria en la vida del escritor, aquí me tienen, cargando con un aspirador nuevo y la compra del Carrefour, Ravaleando, como aquel que dice:

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[1] Knut Hamsun. Pan. Ed. Anagrama. Barcelona. 2006. [pág. 8]

[2] Peter Buse. Drama + Theory: Critical approaches to modern British Drama. Manchester University Press. New York. 2001. [pág. 174]

[3] Ian McEwan. Enduring Love. Vintage (Random House). London. 1997. [pag. 17]

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Cosas Espeluzznantes

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No, no, no, no puedo parar de gritar!!!!

Los Espeluzznantes. “No puedo parar de gritar”

Pues sea

que ya el reloj marca las 11:00 am del lunes 20 de abril y yo sin poder dormir,

aprovecho y escucho a toda leche la canción de Los Espeluzznantes y, como no hay nadie en casa, pues me pego unos gritos así, con alegría y sentimiento, para distender el pérfido nudoso embrollo del estómago.

Estaba pensando antes (antes de no poder dormir), o sea, acurrucado en las sábanas y escuchando las tonterías que dicen los locutores de la radio

(vosotros antes molábais, tíos),

pues pensaba en lo que me están recriminando los amigos cercanos.

Bueno, lo ensartan en su discurso como una recomendación.

El asunto es que mis últimos relatos están trufados de locura y muerte

(y yo no soy así, sí, yo antes también molaba).

O sea que vamos a tener que hacer algo con la narrativa nueva.
Entonces, como temo que la novela se me llene de eso también

(digo del afán Horacio Quiroga por embrutecerse a sí misma),

pues voy a sacar a pasear aquí el primer capítulo y así lo aireamos un poco…

(así, de paso, recuperamos la vieja costumbre del extinto blog “Virtudes decadentes” de ir mostrando las cosas en las que uno está trabajando; así, en primicia total, unabridged y sin editar, en bruto, eah!)

Allá va:

Óscar.

Capítulo 1.

Una psicóloga,

en el colegio, de niño, me dijo que poseía una capacidad inaudita para desbordar el marco. Dijo que no podia controlarme, ceñirme a los límites. Dijo que tenía un severo problema de proyección. De fijar la proyección misma, mejor dicho.
Qué haces, recuerdo que me preguntaba siempre la abuela, de niño -y ya no tan niño-, en cualquier caso antes de que nos abandonara; subido yo al tejado de nuestra casa, mirando insistentemente los picos de las montañas del Maestrazgo…

qué haces, ahí, Óscar, tan solo…qué haces, eh, qué haces.

-No hago nada…
Y ella, con su acento ridículo y forzado, decía invariablemente: “no te creo”.
Pero de veras que no hacía nada. Lo único era que me dominaba el placer cada vez más culpable de la imaginación. Así que yo no contestaba a la abuela, bueno, a veces, sí, cuando le decía , al principio: “no hago nada…”,
pero ya harto de que ella utilizase mi misma frase con un tono burlón y afectado que trataba de simular el mío, pues ya sabido esto, simplemente yo ya no decía nada. No respondía.
Y levantaba los hombros. Y hundía los pómulos, como deseoso de morderme mis propios carrillos. Intentaba que mi abuela entendiera con ese sutil gesto que porque una provocación se repitiera mil veces, no habría de ser más eficaz.
“No hago nada…” repetía insistentemente la abuela, imitando mi voz y al marcharse concluía con muy mala baba inaguantable: “eres igual que tu abuelo…”.
Pues qué iba a hacer, abuela, pues soñar, abuela, fantasear con el hecho de ser capaz de destruir todas esas hábiles montañas que me impedían ver el mar. Todas, abuela, todas. Todas y cada una de ellas. Sólo quería tener frente a mí la imagen de un mar único e inmenso e inabarcable. Que mi vista se perdiese en un horizonte abierto. Sólo quería olvidarme del olor húmedo y a veces putrefacto de las montañas. Sólo quería irme de este lugar, como hiciste tú también más tarde, cómo no comprendiste eso, cómo no me llevaste contigo…

Lo más triste que recuerdo de aquellos días era la imagend e los desvalidos alcornoques sin piel, con cuyo corcho comerciaba mi abuelo. Recuerdo los camiones largos, subiendo vacíos hacia la fábrica de mi abuelo, ascendiendo trabajosamente las carreteritas de montaña. Y luego los mismos camiones pero llenos de un corcho ya duro por la sequedad de las alturas y el viento al que han sido expuestos durante meses largos, todo el corcho perfectamente apelotonado y a presión sobre la panza de los camiones. Y esos huecos divertidos que deja el corcho al ser forzado a formar pelotón y que son la marca, el recuerdo de cuando ese mismo corcho abrigaba el cuerpo de un alcornoque.

Cuando desaparecían los camiones los imaginaba raudos y diligentes, dejando el corcho en ciudades con mar, algunas de ellas no demasiado lejanas, pero otras sí. Ciudades cuyos nombres ya sabía de memoria: A Coruña y Vigo, Barcelona, Cartagena, Málaga y Huelva, y tal vez Aljezur en Portugal. En Santander, seguro, y puede que Bayona, en Francia. O puede incluso que en Trívoli, en Libia. En Rabat, Odesa o Bursa.Y porqué no también en la lejana rusia, en Murnmansk, pensaba.
Luego imaginaba el corcho despedazado en tapones, que supongo utilizarían para las botellas en los viñedos, y que luego iban igualmente a otras partes del globo como Honduras o el Brasil, por qué no. O a Antigua y Barbuda, que era una isla del Caribe que me tenía profundamente fascinado.
Como no sabía muy bien cómo serían aquellos países, solía imaginar a niños como yo, pero felices, y sus belenes navideños, en todos los puntos de la geografía del país. Al tocar con mis manos esos corchos al comienzo de su proceso de secado, justo después de haber sido arrancados del árbol y dejados a la intemperie, con toda esa horda de operarios en acción y que comandaba mi abuelo, yo no podía dejar de imaginar las manos de todos los niños de españa y del mundo entero que luego tendrían esos mismos corchos en los belenes navideños de sus casas. Las manos de esos niños que tocarán mis manos, pensaba. El recuerdo impreso de mis manos en todos esos corchos… Niños que yo imaginaba vivirían despreocupada y felizmente en ciudades que yo no había visto y que temía no alcanzar a ver nunca.
Niños afortunados que vivían en casas junto al mar. Niños felices que con apenas caminar unos largos pasos desde sus casas podrían perderse en la inmensidad del mediterráneo o del atlántico o el cantábrico o incluso en esos mares lejanísimos y extraños de nombres exóticos.
Me había dedicado a estudiar con paciencia y bastante precisión el mundo, gracias al atlas que me había regalado el abuelo por la comunión. Es lo único que podía hacer en aquel terrible pequeño pueblo de montaña de mi infancia.
Y tenía además mi bola del mundo giratoria.

En esa bola a la que hacía dar vueltas estaba todo, esa bola que obligaba a unas rotaciones vertiginosas y que, en su intrépida rapidez, manchaban de mar todos los continentes y la tierra no era tierra porque estaba sepultada, inhóspita e inútil sobre ese mar azul de mi globo terráqueo que daba vueltas y vueltas y vueltas participando de una velocidad enloquecida, volviéndolo todo mar.
Mi amada bola del mundo… que un día desapareció de mi habitación.
Sé que fue cosa de la abuela…la desaparición de mi globo terráqueo.

Lo sé.

No se contentó con desaparecer ella misma, sino que se llevó también mi globo terráqueo, y con él, el fundamento de mis ilusiones.

Post-scriptum (20:18 horas):

A esto me refería con lo antedicho, que estoy desconcertado:

Pero hay algo más: el mal en los demás nos intranquiliza pero el mal que podemos descubrir en nuestro interior nos desconcierta.

Vicente Verdú. En su blog para ElBoomeran(g).



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Ahora no me acuerdo

1.

“Only by assigning a particular intention to the words […] does one arrive at a determinate interpretation” [1]

He estado viendo “La notte”,

de Michelangelo Antonioni,

porque resulta que al haber asistido esta mañana al encuentro con Vila-Matas en la UB, pues me he acordado de la película (que a él le gusta especialmente), pero sólo ha servido para descubrir que ya la había visto. La Notte. No a Vila-Matas. A Vila-Matas es la primera vez que lo veo en persona, pero es como si ya lo hubiera visto antes, muchas veces, en cientos de sitios, de esta ciudad.

Y en noches interminables.

Cómo es posible,

me pregunto, que se nos olviden estas cosas… quiero decir, que según los frames se iban sucediendo yo la iba recordando, La Notte. Pero la recordaba como si fuese otra película, no La Notte, sino cualquier otra; o sea, sucedía todo paulatinamente… sí, sucedía que yo recordaba a Marcello Mastroianni y a Jeanne Moreau, recordaba todas y cada una de las secuencias (las recordaba perfectamente, sin la menor mácula) y, sin embargo, no las identificaba con esa película (La Notte) y me acordaba -a su vez- de las noches en las que vivía en casa de mi madre, cuando escribía la primera novela… Alytzia Abbondanza; pues eso: dudas, emoción, desenfreno, etc

Y apenas había leído a Vila-Matas. En aquella época.

Y, sin embargo, recordaba haber visto esa película, en cualquier madrugada, solo, en el salón. En TV2. Mi madre durmiendo. Lo recuerdo. Y nadie más en la casa. Pero no era La Notte, sino cualquier otra película neorrealista italiana. O era La Notte, pero para mí no tenía ese nombre.

Y, del mismo modo en el que esa noche en la que vi La Notte, ahora, seis y media del miércoles 18 de febrero, la incierta melancolía, y seguir enfrentado al portátil, escribiendo esto, y pensando en algo que dijo Vila-Matas, y lo dijo hoy, no hace cuatro o tres o cinco años, cuando vi por primera vez esta película, La Notte, y apenas lo conocía.

Ha dicho Vila-Matas esta mañana:

(refiriéndose a todos los textos que no son sus novelas), que producen demérito en lo otro que se está escribiendo al tiempo, en las novelas, claro, especialmente. porque restan energía para las mismas. Lo cual es lógico. Y sensato.

Cámbiese entonces artículo por entrada del blog La Soledad del Deseo, cámbiese la novela de Vila-Matas por mi novela.

Amén.

[1] E. D. Hirsch. “Validity in interpretation”. New Haven. Conn. 1967. [p.225]

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(En)cartes y (Des)cartes

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Jane Hirshfield. French Horn.

1.

Estos días últimos,

aparte de disfrutar fiestas en pisos de amigos y atender cenas de casi trabajo, aparte de haber visto a Nacho Vegas en el Auditori y comprar libros y hasta leerlos y de preparar un viaje a Bruselas el viernes y otro a Madrid la semana próxima (ambos a un tiempo de placer y de casi trabajo),

pues aparte de esto, he estado trabajando duro en el relato “Tarde en Lisboa”.

Lo que pueden imaginar: trabajar de valiente, escribir mucho un día (dos páginas), borrarlas al día siguiente, escribir mucho más al día siguiente (tres páginas) y al otro día -hoy- dejarlo todo en un parrafo o casi dos.

John Updike, que ha escrito más de sesenta libros, no pasaba de las tres páginas diarias. Lo cual es apenas nada si lo comparamos con las veinte páginas de Bukowski.

En fin, que esta noche continuaremos, esto es lo importante: no cejar nunca en el empeño.

Pues bien, como un blog es un lugar bueno para estas cosas del work in progress y un blog o es un dietario o no es nada, pues voy a copiar una de las escenas del relato que se ha quedado fuera pero que a mí me parece hermosa

(hermosa con esa hermosura trágica lisboeta, claro).

2.

Tal que así:

En la entrada de la gasolinera hay una mujer vestida con altos tacones que obstruye la puerta de acceso a la tienda. Pienso que debe ser una puta. Lleva unos pantalones acampanados. Una gabardina marrón. Pendientes de esos pequeños, con un mínimo diamante que brilla en sus lóbulos. Una chica discreta, pienso. Tal vez. Me gusta. Pienso que es una puta que espera a un cliente. A pesar de las pocas probabilidades de que esto sea cierto, me deleita sólo pensarlo.
Noto que se me cae el vaquero. Me sorprende que me venga grande. No lo recordaba así. Al darme la vuelta y coger la manguera para llenar el depósito y tratar de sujetarme el vaquero que me cae, advierto que la tira de la braga de Albertina se me va a notar en la cadera. Me pregunto cómo harán las mujeres, pues.

Es tan difícil que la tira quede por debajo, tan difícil… la chica de la gabardina tiene pinta de llevar bragas negras. Un lacito. Diversos bordados en tonos marrones, amarillentos. Siempre imagino a las mujeres portuguesas con bigote. A la chica de los zapatos de punta en medio de la gasolinera también. Es puta y lleva bigote, pienso. Sólo que lo disimula con maquillaje.
El caso es que ello no desinfla mi excitación.
Es más alta que yo. Un palmo por lo menos. Bueno, unos cuatro dedos. Y eso que yo no soy ni mucho menos bajito. Un metro setenta y siete.
En tanto que me pongo las manos en el bolsillo a la búsqueda de unas monedas o billetes o simplemente hago como que busco algo importante para que la chica no sospeche, la escruto en su hablar por teléfono. Una mano agarra el teléfono. La otra baila sobre la cadera, roza el tejido negro y afianza un bolso que yace sobre su hombro izquierdo.
Se mira obsesivamente la punta de los zapatos. Las levanta. El cinturón de la gabardina le cuelga ambos lados de la cadera. Se mueve. Las puntas del cinturón se le bambolean. Tiene el cabello horriblemente negro.
He puesto exactamente cinco litros con treinta. Gasolina diesel. Óptima. Me gusta saber de las cifras que me rodean: cuatro coches repostando. Dos de ellos negros. Otro verde. Otro rojo. Me gusta saber de la especificidad de las cosas: Treinta y dos años, son lo que debe tener la chica del pelo horriblemente moreno. Y un treinta y nueve de pie.
Camino hacia ella. Muy lentamente.
Saco la tarjeta del bolsillo. La de crédito. Es de Albertina. Como en Portugal sólo te piden el pin puedo utilizar las que le da su padre. Su padre no le controla los gastos. Albertina no las utiliza nunca. Las guarda en su dormitorio, ese que solo utiliza ella, cuando está cansada o abatida o preocupada o distante, que viene a ser exactamente el sesenta y tres o setenta y ocho por ciento del tiempo que pasamos juntos. O sea, cuando no está de viaje ocupada de los asuntos… sus asuntos.

No sé, me fascinan las cifras y, sin embargo, sus temas aburridos de la consultoría hacen que mi atención se desvanezca de un plumazo, con una determinación inquebrantable.
Camino hacia ella. Lentamente. Hacia la puta.
Es tan meticulosa, Albertina, pienso, además, que siempre elige la misma combinación secreta para todas sus cosas. Números de tarjeta, direcciones de correo electrónico, el móvil… todo. Tan previsible.
Dejo caer la tarjeta de crédito en el suelo (finjo torpeza y que se me ha caído justo por ello), justo al lado de los zapatos de alto tacón y la gabardina y ese cuerpo portugués de metro ochenta y dos, más o menos.
Me rasco mi pelo desordenado y rizado. Hago una mueca.
La puta portuguesa me mira los pies desnudos, frunce el ceño. La chica del cabello negro y los treinta dos años. En este momento pienso en cuánto me gustan mis pies desnudos. Me gusta toda mi desnudez, en general.
Al tiempo, como impelida por esa brava excitación de un frío súbito –o del reconocimiento del peligro, lo que viene a ser lo mismo-, la braga de Albertina aprieta, me aprieta fuerte y terca a los lados, me constriñe la carne justo en la parte alta de los muslos. Pero, ah, me gusta. Sí.
La determinación de sus ojos marrones –los de la puta- y su metro ochenta y dos, más o menos, ahora mirándome con esa mirada pulcra y obsesiva de las chicas trágicas, acierta a disparar la actividad en los aledaños de la braga, en mi entrepierna. Y entonces las gomas aprietan más y, por lo tanto, duelen más. Y ah, también dan más placer. Sí.
Así es que mi erección me sujeta los pantalones y, justo por ello, no caen –los pantalones- y se cuidan de resguardarme la lividez de la braguita cruzándome perversa la nalga. Saber esto me produce cierto abyecto placer. Saber asimismo que ella no lo sabe –el roce sensual de la seda de las bragas de Albertina sobre mi miembro- es la clave de la vileza de mi disfrute. Y también la puta, a la que niego el conocimiento de mi placer. Saber que ella tampoco lo sabe, duplica, qué digo, ¡triplica! mi lidibinez.
Nadie niega consuelo a la gente que sonríe, pienso, y así raudo me pongo frente a ella –de la puta-, aprovechando el forzado movimiento de recoger parsimoniosamente la tarjeta de crédito del suelo e ir poniéndola en mi bolsillo trasero; le susurro así un verso de Pessoa –se lo susurro a la puta y al viento mismo-: “como si cada beso/fuese de despedida”.
Y le hago un gesto con la mano. Y le tiro un beso. Y vuelta a sonreír. Yo. Porque ella, no sé. La puta, la puta no hace nada, hasta que se envalentona y no para.
La puta portuguesa no susurra sino impreca ya no versos sino insultos. Supongo, no sé, pues esa fatal cadencia del luso podría significar cualquier cosa… es difícil saber cuándo una chica portuguesa está para el amor o para la pelea, si no es que ambas cosas son lo mismo para ellas.
La poesía está en todo –digo de nuevo, obstinadamente y repito-, la poesía está en todo: en la tierra y el mar, en el lago y en la rivera del río”.
A Albertina le encanta Pessoa -a pesar de ser regiamente castellana- me digo para reconfortarme, en tanto que quizá me haya arrimado demasiado a la puta, y mis manos se hayan excedido por sobre su trasero.
Y recito pomposamente:
“ También esta en la ciudad, no lo niegues –llegados aquí le sonrío teatralmente-, se hace evidente a mis ojos…
(le señalo sus senos portugueses -a la puta misma- y el amor se muda finalmente a pelea)
Qué lástima, pienso, mientras noto sus puños irascibles en la nuca. Qué injusticia, todo.

3.

Aclaración (pertinente):

Un relato no debe ser jamás un río

-y ya no digamos un atorado afluente- ,

ni debe permitir un relato bien hecho tampoco la desmesura -torpeza- de ir desbordándose por las cuencas provocadas por el mismo trazo de su dibujo.

Este es el motivo por el que he sacado esta escena de mi relato, pero me parecía bonita, así que la he puesto ahora aquí, en este chiringuito lleno de fanales apagados al borde de un río cualquiera que este blog.

Este pecado es justamente lo que le pasa a Estrella Distante (Roberto Bolaño). Es un mal chiste hinchado, preludio y ejercicio narrativo para poder acometer más tarde Los Detectives Salvajes, por supuesto, pero relato fallido al fin y -lo que a mí más me interesa- prueba de trabajo, promesa de obra futura. Su grandeza está más en lo que permite vislumbrar que en el relato mismo (porque el relato se desborda por sus mismas cuencas).

Igual ocurre con “El arrebato de Lol V. Stein” de Marguerite Duras, que he comenzado a leer hoy.

La Duras da precisa en las distancias más breves, en la novela corta, especialmente (acuérdense de la volcánica eficacia de “El amor” o “Los amantes” o la delicia de sugestión que es “Moderato Cantabile“).

Y lo mismo podría decirse de Andre Gide o Turgueniev.

Aquí (en “El Arrebato…”), la Duras se vuelve morosa y su particular caleidoscopio donde se suelen enfrentar reflejos de espejos en un mismo punto, debido a la tardanza en retirar la luz del foco, el efecto “plástico” (y esta es la grandeza o hallazgo mayor de Marguerite Duras) se difumina y directamente flaquea y se hunde en sus propias aguas. Flop, se ahoga.

No obstante tiene una frase hermosísima (bueno, algunas más, pero esta especialmente). Y por eso ya vale la pena esta novela entera.

Dice:

Creo que ahí, en la monotonía de la lluvia, debía de encontrar esa otra parte uniforme, insípida y sublime, más adorable para su espíritu que ningún otro momento de su vida presente

Oh, Marguerite, cómo no amarte!


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