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Vilamatiana

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Ahora no me acuerdo

1.

“Only by assigning a particular intention to the words […] does one arrive at a determinate interpretation” [1]

He estado viendo “La notte”,

de Michelangelo Antonioni,

porque resulta que al haber asistido esta mañana al encuentro con Vila-Matas en la UB, pues me he acordado de la película (que a él le gusta especialmente), pero sólo ha servido para descubrir que ya la había visto. La Notte. No a Vila-Matas. A Vila-Matas es la primera vez que lo veo en persona, pero es como si ya lo hubiera visto antes, muchas veces, en cientos de sitios, de esta ciudad.

Y en noches interminables.

Cómo es posible,

me pregunto, que se nos olviden estas cosas… quiero decir, que según los frames se iban sucediendo yo la iba recordando, La Notte. Pero la recordaba como si fuese otra película, no La Notte, sino cualquier otra; o sea, sucedía todo paulatinamente… sí, sucedía que yo recordaba a Marcello Mastroianni y a Jeanne Moreau, recordaba todas y cada una de las secuencias (las recordaba perfectamente, sin la menor mácula) y, sin embargo, no las identificaba con esa película (La Notte) y me acordaba -a su vez- de las noches en las que vivía en casa de mi madre, cuando escribía la primera novela… Alytzia Abbondanza; pues eso: dudas, emoción, desenfreno, etc

Y apenas había leído a Vila-Matas. En aquella época.

Y, sin embargo, recordaba haber visto esa película, en cualquier madrugada, solo, en el salón. En TV2. Mi madre durmiendo. Lo recuerdo. Y nadie más en la casa. Pero no era La Notte, sino cualquier otra película neorrealista italiana. O era La Notte, pero para mí no tenía ese nombre.

Y, del mismo modo en el que esa noche en la que vi La Notte, ahora, seis y media del miércoles 18 de febrero, la incierta melancolía, y seguir enfrentado al portátil, escribiendo esto, y pensando en algo que dijo Vila-Matas, y lo dijo hoy, no hace cuatro o tres o cinco años, cuando vi por primera vez esta película, La Notte, y apenas lo conocía.

Ha dicho Vila-Matas esta mañana:

(refiriéndose a todos los textos que no son sus novelas), que producen demérito en lo otro que se está escribiendo al tiempo, en las novelas, claro, especialmente. porque restan energía para las mismas. Lo cual es lógico. Y sensato.

Cámbiese entonces artículo por entrada del blog La Soledad del Deseo, cámbiese la novela de Vila-Matas por mi novela.

Amén.

[1] E. D. Hirsch. “Validity in interpretation”. New Haven. Conn. 1967. [p.225]

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Is that fiction?

1.

Entonces pensó que la vida es un anuncio de teletienda al que le han eliminado el producto anunciado. Ése parece ser el paisaje [1]


Es como hablar mucho, que sirve de poco.

Y queda -lo que es peor- poco valor en lo dicho, además, pues el propio alboroto de uno mismo al hablar mucho, tropieza consigo mismo hasta volver añicos lo que, quizá, pudiera ser un majestoso cristal adentro de todos los arbustos de palabrería y palabrería.

A mí me pasa. En efecto me ocurre mucho. El hablar demasiado.

Y entonces muchas de las cosas que digo no tienen el menor sentido (la hojarasca). O peor: sí, lo tienen, y mucho, pero sólo para mí.

Porque el paisaje que se va creando tupido con los arbustos, yerbas y flores que son las palabras de uno mismo y puede que alberguen oculta alguna una premisa, sí, pero anda escondida -soterradísima y oscura- bajo tierra.

Y sólo uno mismo lo sabe.

Los otros se quedan con el deleite del paisaje, de la palabrería.

Por ello es mejor decir poco, pero decirlo bien.

Caso contrario, hay que asegurarse de que aplasta uno a los otros con su verborrea, vencerlos por asfixia, dejarlos sin ganas de cuestionar la belleza del paisaje.

Es lo que suele pasar con las novelas torrenciales (el deleite del paisaje) y los abortos de novela larga que queda en novela corta o las novelas cortas que no saben quedarse quietas y se alargan (la hojarasca y los árboles y las flores  bajo cuya tierra yace feliz un propósito, enmienda de la narración que sólo conoce el propio autor y que nunca los demás llegarán a desentrañar).

2.

Martin Amis,

por ejemplo, es paradigma de ambas cosas:

habla mucho, y sus novelas torrenciales (Money, por ejemplo) le dejan a uno sin habla, sin capacidad de réplica.

Es un truco.

Aunque cuando habla ajustado y preciso también la clava

(Rachel Papers, por ejemplo).

A veces incluso está acertado en las entrevistas,

a pesar de largar demasiado -por eso he recortado la respuesta-;

aquí habla del postmodernismo y su actitud frente a él; cómo se hizo eco literariamente de esa “torrencialidad” orgiástica que se hubo de dar a finales del siglo pasado.

Dice:

“El posmodernismo nunca fue realmente una corriente, como en su momento pudiera parecer. Era algo que estaba en el aire y si eras hijo de tu tiempo le veías el interés  […] Se dio un nivel de autoconsciencia y un interés por la era […] desconocido. […] yo quiero reflejar eso. Cuando me siento a escribir deseo forzar los límites de la novela, hay deseo consciente y deliberado de hacerlo[2].

3.

Al descubrir que no podía ser feliz,

decidió probar a ser un genio [3]

Lo que pasó en los últimos treinta años

es que a fuerza de ser un bosque inagotable de felicidad, su propia idiosincrasia negó la existencia misma del genio, ahogados como estaban los escritores por esa marabunta, esas turbulencias a su alrededor  que no les dejaban claramente repensar lo vivido, vivieron lo escrito.

Se hicieron tiempo -los escritores- y perdieron las historias para ganar la Historia (hecha de croquis y datos).

No se detuvieron a observar el feliz diamante que había bajo la hojarasca de sus palabras,

sino que se dedicaron a hablar a hablar y a hablar, a registrar como líbidos archivistas la corriente circular de su feliz existencia,

hasta que el lector quedó exhausto, impotente, en ko por puntos y decidió abandonarlos a su suerte,

a ellos y al griterio que habita sus miles de páginas escritas.

De eso se habla, en realidad, es eso lo que se cuestiona,

cuando se habla de la crisis de la novela.

Y no de ninguna otra cosa.

Talento hay en los escritores

(en algunos de hoy y en algunos de los últimos treinta años; eso no falta),

es congénito a la habilidad del ser humano, el talento,

sólo que yace despavorido debajo de la tierra, donde hermosas flores y árboles tremendos y yerbajos lo cubren y adornan. Y para sacarlo se necesita una pala. Y hay que tomarse el tiempo de ir a comprar la pala y de remover minuciosamente todo el jardin delantero de nuestra amable casa suburbial.

Es sólo cuestión de eso: de tiempo. De dominar el tiempo, de no dejar que él sea quien domine a la escritura. El tiempo. Y el talento, también. Sacarlo de esa horrible opresión que lo inhabilita.

Al talento:

esa es la tarea de todo escritor.

[1] Agustín Fernandez Mallo. Nocilla Experience. Ed. Alfaguara. Madrid. 2008 [pág. 151]

[2] Martin Amis en entrevista con James Knight. Vice España. Especial Ficción 2008.

[3] Enrique Vila-Matas. Lejos de Veracruz. Compactos Angrama. Barcelona. 2ª edición. Abril de 2004. [Pág 3o]

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