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Cartografía sentimental (CXIX) – Escritores que viajan

<<<5 cosas>>>

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

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1.

Borges con el escritor Manuel Mejía Vallejo

Cuenta Elkin Restrepo en la revista La vida afuera de la Universidad de Antioquia que:

“Colombia le atraía [a Borges] por sentirse seguramente agradecido con su élite cultural que, como sucedió con la revista Mito y la Universidad de los Andes, había roto lanzas por su obra cuando su reconocimiento internacional era casi ninguno”.

El artículo de donde viene esto extracatado, y que lleva por título “Borges en Medellín” –aquí– da cuenta de las dos visitas de Jorge Luís Borges a Medellín, la primera a mediados de los sesenta, cuando a Borges se le consideraba despectivamente “un escritor para escritores” y la segunda en 1978, cuando en palabras del propio Borges se había convertido éste en “una alucinación colectiva”.

Y, por cierto, que hay un libro conmemorativo de la visita, escrito por Jairo Osorio Gómez y Carlos Bueno Osorio –aquí-.

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2.

El año pasado, la revista Frontera D publicó un texto de Miguel Huezo Mixco que llevaba por título “Roberto Bolaño en El Salvador (Supremo jardín de la guerra florida)”.

En él cuenta Huezo que Bolaño en realidad no fue a El Salvador a buscar a Roque Dalton, sino a Manuel Sorto, “este poeta, dramaturgo y cineasta salvadoreño, nacido en 1950”, que desde hace años vive en Bayona, Francia.

Al parecer Sorto era un pequeño genio, nos dice Huezo.

“A través de numerosos mensajes electrónicos y conversaciones por Skype, Sorto -nos dice Huezo- me proveyó de información suficiente para despejar el mito construido en torno a la estancia de Bolaño en El Salvador”.

Si quieren saber más acerca de ese mito pueden leer el ensayo íntegro aquí.

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3.

El poema Café de noche, de Luis Rogelio Nogueras, y que da cuenta de un (re)encuentro fantasmagórico en Londres entre Rimbaud, Jean Nicholas y Marx.

Dice así:

Jean Nicolas Arthur Rimbaud

y Karl Heinrich Marx

se han vuelto a encontrar este verano en Londres,
en el mismo café donde una noche de 1873
se cruzaron,
acaso tropezaron y siguieron de largo,
demasiado ocupados como iban.
Ahora los dos recuerdan con asombro
cómo llovía esa tarde sobre Europa,
cómo la vieja ciudad temblaba bajo el agua,
qué solas se veían las torres de todos los campanarios,
y se ríen.
Hace ya tanto tiempo
y sin embargo están cien años más jóvenes,
Marx,
con su saco un poco estrujado para siempre,
sus zapatos invencibles,
su irremediable sonrisa de filósofo,
y Rimbaud fumando desvergonzadamente,
ruidoso y destartalado como un viejo gramófono,
con sus pantalones demasiado ceñidos,
su eterna mirada soñadora
de oveja degollada.
Bajo la lenta luz de las bombillas
de Kenington Park,
pasean en el atardecer de Londres,
siguiendo el lento vuelo de un alcatraz
color de plomo
que pasa hacia la bahía,
mirando la frágil agonía de una nube
que se desgarra contra el fondo
ocre y triste de un paisaje de Van Gogh.
Luego bajan hasta el puente,
fumando en las viejas pipas,
y se asoman al río que se rompe, gira,
corre sin fin, ciego,
y se preguntan qué lo mueve hacia el mar,
eternamente.
La noche llega en la cubierta del vapor The Hell
y un pescador saluda desde la orilla.
Una estrella enorme tiembla en el agua
velada ahora por la niebla.
Lentos bajo el peso de la lluvia,
Marx y Rimbaud
regresan al mismo café de Bull Street
donde una noche de 1873,
por la prisa,
el imperativo de una cita,
el tren que no llegaba a tiempo y se hacía tarde,
no pudieron conocerse.
Cuando se despiden,
un perro solitario le ladra a su propia sombra
en una esquina,
y por el fondo del poema
pasa cojeando el fantasma de Verlaine.
Comienza a dormirse la ciudad.
Sacado de aquí.
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4.
Uno de los viajes más terribles es aquel que va camino de la muerte, especialmente por su irreversibilidad, por no contar con billete vuelta. El documental de Gustavo Mota sobre Fogwill “El último viaje”, basado en una entrevista entre ambos mantenida en Montevideo en 2010, vendría a traernos de nuevo la voz y la imagen del viejo Fogwill, tristemente desaparecido.
De momento solamente conocemos el trailer del mismo. Confíamos, sin embargo, en que tras su preestreno en Casa América de Madrid el pasado 3 de Julio podamos verlo en Barcelona, via Internet o del algún otro modo.
+ info: aquí.
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5.
Y en cuanto a la circulación de las obras literarias, escribe Rafael Lemus un texto para el último número de Letras Libres (julio de 2012) y que lleva por título”El espectáculo de la literatura mundial”.
En él dice:
“Si los narradores latinoamericanos circulan hoy más que antes no es porque sean mejores o más universales que los narradores latinoamericanos del pasado sino porque, sencillamente, hoy es más fácil andar por circuitos internacionales”.
Su tesis sobre ese supuesto jardín edénico que sería la World literature es la siguiente:
“Lo que de plano no se puede tolerar es esa noción de que la literatura mundial es una república justa y apacible. No: es asimétrica y el poder y la voz están distribuidos inequitativamente. No: es jerárquica y existen centro y periferia, literaturas mayores y menores, idiomas más y menos atendidos, poéticas más y menos rentables.”
Lemus habla de la figura del escritor mundial, un escritor que se crea, que no existe, que no se impone, sino que es impuesto. Un escritor hecho a fuerza del apoyo de los grandes grupos mediáticos y editoriales y avalado por la publicidad de los grandes premios. Dice, a este respecto, algo que siendo cierto es igualmente descorazonador.
Así:
“El tipo (el escritor mundial) puede perpetrar las obras más atroces y los críticos pueden cebarse casi unánimemente contra ellas y no pasará demasiado: los dardos de los críticos rara vez atraviesan las fronteras y apenas si pueden contra el prestigio de una figura avalada por las grandes editoriales y los grandes premios.”
Y todavía algo más preocupante, cuando asegura que:
“Parecería incluso que para algunos escritores la lengua no es ya su materia prima sino un lastre: eso que delata un origen, eso que dificulta el libre tránsito de las mercancías.”
Pueden leer el ensayo íntegro aquí.
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BOLA EXTRA:

Y sobre los escritores que se niegan a viajar, recuperamos unas declaraciones del escritor Lezama Lima que decía que:
«Es que hay viajes más espléndidos: los que un hombre puede intentar por los corredores de su casa, yéndose del dormitorio al baño, desfilando entre parques y librerías. ¿Para qué tomar en cuenta los medios de transporte? Pienso en los aviones, donde los viajeros caminan sólo de proa a popa: eso no es viajar. El viaje es apenas un movimiento de la imaginación»
Sacado de aquí.
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Especulación del talento [6]

En una de sus más recientes columnas, el cantante de rock -y aledaños- José María Sanz, refiriéndose a los años 80, escribía que los críticos:

“eran tratados por encima de los propios artistas, creando tendencias o condenándolas al ostracismo.

De ellos dependía tal o cual lanzamiento, con solo una opinión podían hacer variar el destino de una banda o solista, eran el oráculo y los artistas intentaban poner buena cara o convencerles a base de prebendas” [1].

Si eso era lo que reinaba en la españa de los 80, en la España de la segunda década del siglo XXI (siendo coletazo de lo anterior, de la primera década del siglo XXI) lo que reina ahora -al decir de  Julian Rodriguez– sería “La Estrategia de la Confusión” [2], estrategia que, ahora los críticos secundan (perpetrando la inclusión de esa tendencia confusa en el cánon).

Y tal estrategia, sin duda, se beneficia de ese estado de perplejidad literaria del público lector de la que habla Juan Franscisco Ferré [3]: esa deshazón respecto al futuro ya perdido.

Una estética y práctica de la confusión que pretende -pues- sacar partido de la “ligereza y [el] entretenimiento” y así las obras literarias actuales toman esas dos características como norma y le añaden una tercera: la de una  “cierta visualidad, que la obra haga ver cosas, que genere imágenes” [4].

No será en vano recordar a este respecto  la idea de Manuel Castells según la cual la creatividad “no tiene lugar en un momento determinado, sino que es una nueva forma de enfocar la vida” [5].

Gracias a ello, las estrategias de/para la confusión unen a su estética y a su praxis la actitud (lo emocional) de los individuos que la practican y que, por esta razón, se pretenden instaurados de manera natural en el tiempo que les ha tocado vivir y, justamente por ello, intocables; parte de la colectividad, del pro-común, digamos.

Así, crean, forman, alimentan y perpetran el sentido de comunidad y, con ello, se desendividualizan  (es más difícil dispararles, así -ellos lo saben bien-).

Entonces, como bien indica  Josefina Ludmer, esa literatura provocaría la confusión gracias a que “fabrica presente con la  realidad cotidiana y esa es una de sus políticas […]  Una ficción que es la `realidad´ […] escrituras sin metáfora”  [6].

Y todo esto tiene bastante relación con la idea de José Luís Molinuevo según la cual las obras por las que no pasa el tiempo forman parte de una producción cultural que queda inmediatamente obsoleta [7].

Cabría, empero, una matización aquí.

Porque una cosa es que las novelas pertenezcan radicalmente al presente (es lo deseable y meritorio), que estén infestadas de todo lo que en el presente rodea al escritor y otra, más importante a mi modo de ver, resulta que el tiempo se haga significativo sobre ellas, que puedan dialogar con diferentes momentos del futuro.

Aquí es donde hace aguas la así llamada estrategia de la confusión.

Porque una de las líneas maestras de su estrategia es la de que el consumidor confunda cultura con arte, y es que, a pesar de que todo arte, por definición, es cultural, no todos los productos culturales son arte.

He aquí su más taimado estilete para el trabajo especulativo.

BONUS TRACK:

Pero, dejémonos de teorizar y vayamos a un ejemplo concreto:

la última novela de Antonio Ungar Tres ataúdes blancos, premio Herralde de novela 2010.


Hace sobre ella, en el número de enero de la revista Letras Libres, Rafael Lemus una reseña, en la cual afirma que:

“llega tan tarde que, si se descuida un momento y afloja un poco su postura, solo repite y recicla los detritos de otras obras”

Y esto por la razón de que el autor:

“se siente obligado a admitir el cansancio y la ineficacia de sus recursos novelescos, pero al mismo tiempo no está dispuesto a transformarlos y menos todavía a abandonarlos. Como a estas alturas ya todos conocen –aunque sea a través de rumores– los argumentos posmodernos y post-estructuralistas en contra de la mímesis narrativa, se concede: es cierto, algo no funciona bien aquí”

La crítica que subyace aquí es muy sencilla pero más pertinente, que:

“la literatura supone, al fin y al cabo, una lucha por los signos y las representaciones […] no basta con sonreír sarcásticamente” [8].


Pero, esperen, esperen, que ahora llega lo bueno, el autor de la novela (el mismo Antonio Ungar), enterado gracias a un internauta de tal crítica (y juro que no fui yo) y ello al amparo de una entrevista que estaba manteniendo con los lectores de El País, contesta así:

“si después de leer mi novela alguien piensa que América Latina se sigue pareciendo a los tópicos sobre América Latina, la culpa es de América Latina, no mía. Creo que nuestros dirigentes, criminales de la peor calaña en casi todos los casos, son los responsables de que las cosas estén como están (mal), no los escritores que contamos esa realidad” [9].

La culpa es de la cultura, oh, claro, sí, parece decir Antonio Ungar; no del arte.

Este es ni más ni menos el argumento de todos aquellos que abogan por la postautonomía del arte y que especulan con ella, Josefina Ludmer a la cabeza de todos ellos.

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[1] José María Sanz, `Loquillo´. Criticar es un placer. El Periódico. 07-Enero-2011.

[2] Julián Rodriguez. Una recomendación de urgencia. ClubCultura. 05-01-2011.

[3] Juan Francisco Ferré. Literatura para ciborgs. La vuelta al mundo. 06-Enero-2011.

[4] Josefina Ludmer en entrevista con Hernán Arias.La cultura argentina es conservadora y pacata. Diario perfil. 01-Noviembre.2009.

[5] Manuel Castells. Creatividad, innovación y cultura digital (Un mapa de sus interacciones). Revista Telos. nº 77. Octubre-Diciembre de 2008.

[6] Josefina Ludmer. Literaturas postautónomas. Aquí.

[7] José Luís Molinuevo. Arte y literatura (3). Pensamiento en imágenes. 04-Enero-2011.

[8] Rafael Lemus. Crítica de tres ataúdes blancos, de Antonio Ungar. Letras Libres. Enero de 2011.

[9] Antonio Ungar. Encuentros digitales El País/Ciclo Babelia. Miércoles 12 de Enero de 2011.

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Escritor en Allak – Seamos Realistas

Los días, hoy, se parecen a un poema de Joan Perucho llamado Testigo y que dice: “la ceniza de la rosa estructura el contorno de la rosa”.

Se refiere a lo inmóvil, a la verdad suspendida en el aire: “rosas de ceniza a punto de desvanecerse en la nada”. Una veracidad que se nos presenta como señuelo, inauténtica, o quizá desfallecida. Una realidad que sólo parece ser posible si se plantea en sus interconexiones con las sombras.

O eso es lo que piensa David Shields, que en febrero publicará “Reality Hunger: a manifesto”. Un ars poética que, según su autor, nos ayudará a entender a esa multitud de individuos aislados que somos hoy la realidad, el mundo, o tal vez un insoportable constructo artificial que  parece ser una simulación de la vida.

Yo, a las cinco de la tarde del jueves, recién despierto, lo único que veo son sombras.

Y el recuerdo de un pequeño papel de cuaderno de anillas, la hoja cuadriculada, y un mensaje críptico. Algo sucedido en el sueño. Me anestesio con galletas de chocolate y aguardo con los ojos cerrados por ver si se me desvela el contenido del papel. Entonces un sabor de whisky con naranja en el paladar y la pobre imagen de una cervecería a las nueve de la mañana. E intuyo el dolor, en el sueño, y por asimilación, en la vida.  Así que abro los ojos y me niego a saber nada más sobre el sueño.

Y es que últimamente me dio por tratar de interpretar los sueños, aunque debo decir que tampoco llegué a conclusión alguna. Lo único que podría decir del sueño de hoy es que habla de las veleidades (¿del artista?).

Y aquí la pertinencia de una de las cosas que, al parecer, pretende poner en cuestión Shields en su libro, o sea: la veracidad de las cosas. Lo inquietante es que Shields recurra a la “negative capability” de Shelley. En fin, que si el realismo es una reacción alérgica a los antojos idealistas del romanticismo, y el artificio un acto postmoderno, no acabo de ver claro por dónde nos la colará Shields. Esperaremos a Febrero, pues.

De todos modos, en estos días, según creo, la pelea más notable no es tanto la que se trae la realidad con el artificio sino aquella de  la ficción del narrador de las historias con el propio autor de la ficción del narrador de las historias.

En este sentido, a uno (a mí) le sucede que le repele el personaje llamado Ivan Thays, por su vandálica mansedumbre y su cordialidad desafecta. Pero con todo y con eso, no hago caso a Rafael Lemus cuando en su crítica de Letras Libres dice que Oreja de Perro, la novela del peruano Ivan Thays, es una buena novela. Y la leo. Pero, al poco, no me queda más remedio que considerar la acusación que hace Lemus de que [Thays] “se topó con un estilo ya hecho y decidió emplearlo”. A uno se le queda la impresión al acabar de leer la novela de que va un poquito hacia delante y otro poquito hacia detrás, de pura inercia, como quien sentenciase que “lo importante no es pensar” (pág. 150).

Entre las influencias más notables de Thays, Lemus menciona a Coetzee y a Mario Vargas Llosa por exceso (de copia, se sobreentiende), pero yo añadiría a Kenzaburo Oé por defecto (de anhelo de semejanza, claro). Y, sí, también tiene razón Lemus, es una buena novela. Todo casa bien, y no hay demasiada sangre ni demasiado sexo, ni demasiada bonhomía, según procede con una novela que busca el consenso de un grupo amplio.

La misma anuencia contemporánea es la que busca “El relámpago inmóvil” de Pedro García Montalvo. A este libro lo que le sucede es que las necesidades del autor se supeditan a la conveniencia del discurso y los actos de los personajes, y se siente más uno transitando una escaleta de guión superficial que verdaderamente conociendo la complejidad de los personajes. Y así lo digo porque es una novela realista, tanto que casi parece haber sido escrita por alguien de la generación del 98 y tijereteada luego y cubiertos los parches con detalles coetáneos que garanticen su actualidad por algún editor avieso (la referencia a la guerra de Irak es sencillamente ridícula).

El relámpago inmóvil” es también una novela buena. A pesar de su solemnidad pomposa y su esforzada grandilocuencia. En fin, es buena –al menos- hasta la página 147 (tiene 200 más) que es hasta donde yo he leído. Ya saben: los malos muy malos, los buenos muy buenos… etc.

El relámpago inmóvil” comparte con la novela de Thays una suerte de realismo retórico (el uno en su sentido minimalista y el otro con toda la fuerza barroca de la que es capaz). Y esto se manifiesta en lo que Giménez-Frontín llama “las artimañas de la narración y la escritura”. Presunción, vaya.

En fin, que se me han hecho ya las seis de la mañana mientras tecleaba esto y corro a la cocina al anuncio del silbato de la cafetera. Mientras remuevo la cucharilla pienso en la instalación que Ai Wei Wei ha puesto en el Pabellón Mies Van der Rohe. Lo que ha hecho ha sido llenar las dos piscinas del recinto una con leche y la otro con café. “El peligro es consustancial al arte” ha confesado Wei Wei a los medios de comunicación.

A veces uno se pregunta si en literatura eso se refiere al riesgo de que las novelas (al caérsete de las manos) te den con el canto en el pie desnudo.

Igual tuviésemos que tomar la actitud de ese espectador que denunció al músico Larry Ochs por considerar que lo que tocaba no era jazz, según se anunciaba en el cartel del concierto. Aunque bien pensado, si tuviéramos que demandar a todos los que engañosamente ponen la palabra literatura en la solapa de un libro… igual se nos iba la vida en ello.

Y hay que ser realista: vida sólo hay una; y novelas muchas. Muchísimas.

Demasiadas, tal vez.

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