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Escritor en Allak – Los pitidos del silencio

Frío. Hoy. Hace un maldito frío de invierno.

Y llueve. También hoy. Los cristales de la balconera estaban empapados al levantarme. Siguen igual, ahora: o peor.

Y el caso es que… como nada parece producirse de manera aislada, esta semana comenzó a formárseme un zumbido en la cabeza,

un zumbido como de colisión de abejas torpes, en su trasiego de cata heteróclita. Nada especialmente molesto, se diría, o sí,  pues, para ser atentos con la verdad, el ruido abejero no me dejaba dormir en las madrugadas.

Supongo que algo sobre la teoría de Fumaroli contribuyó al asunto.

Ya saben: la pelea de los escritores abeja (clásicos) y los escritores araña (modernos). Y es supongo que se me vino encima la idea de este siglo nuestro “enfermo de su misma enfermedad ” [1], namely, el solipsismo.

La melancolía de la nada, se diría; la agresividad fingida.

O acaso esa “poesía irracionalista” [2] de la que habla Luis Antonio de Villena.

Pero no, esto sería mentir, porque el ronroneo de mi vida, igual que la lluvia adherida al cristal, viene de antes.

Llevo dos semanas engañándome al pensar que “nuestra era es la era de la verdad” [3], profetizando denodadamente algún indicio, en una “lucha inútil […] conmigo mismo” [4], sintiéndome tentado por pensar que “la conciencia siempre hurga en la llamada realidad, anhela la realidad” [5].

Y la única conclusión a la que he conseguido arribar,

si acaso parcial (por evidente), y así lo cree también Imre Kertész, es que

“es preciso recurrir al lenguaje antiguo” [6].

Por ello,

en mis noches de runrunes insomnes he viajado por Europa con Kertész, por la realidad luctuosa de Viena, Hamburgo, Frankfurt, Munich y Berlín, Venecia y Milán, Budapest, Zurich y Szigliget, Avignon, Salzburgo, Cannes y París y, cómo no, Amsterdam.

Pero también hemos ido a Israel: a Tel Aviv, donde con Iris Murdoch y John Bayley hemos hablado de “temas profundos sin entendernos los unos a los otros” [7].

Hemos gozado especulando juntos, Imre y yo, sobre Wittgenstein y Bernhard, hemos compadecido a Mahler, y discutido sobre la estulticia de la verdad, la vanidad ingenua de la identidad y sobre si es cierto que la cultura interior del ser humano la dio o no Tolstoi por finiquitada,

para acabar con los parabienes de saber que sólo somos los “protagonista(s) ligeramente escéptico(s), pero aún así sensible(s), de la novela de formación que es [nuestra] vida” [8].

Y esto nos ha alegrado.

Luego tuvimos que proclamar con desgana la “inutilidad de la lucidez” [9] y conceder, asimismo, que la nueva técnica novelística se basa en la idea de que “ya no es el escritor quien capta el mundo (como objeto del conocimiento), sino el mundo el que capta al escritor (como objeto de su pulsión sin límites)” [10].

Y que el lenguaje es -irónicamente- el más importante elemento del terror y que sí, que normalmente  “el problema no está en los problemas, sino en algún sitio fuera de ellos” [11] porque, ¿acaso no será que “el lenguaje nos remite a algo que el conocimiento no es capaz de absorber”? [12].

En fin, que, según preveía, Kertész y yo hemos llegado al acuerdo de que

“lo moderno no es un estilo joven, sino viejo. No es un comienzo, sino un desenlace” [13].

O sea, más o menos, lo que viene a decir también Fumaroli. Lo que cualquiera con dos dedos frentes aseveraría sin dudar.

Y todo este periplo agotador, corto, pero como dice Wittgenstein: “suficiente para vivir los horrores del infierno” lo hemos compartido Kertész y yo, y así -cómo no- el anuncio de la inminente muerte de su esposa (A.), que deja a Kertész en el “umbral entre la vida y la muerte” [14] con la que se cierra su libro

Yo, otro (crónica del cambio),

con la constatación de que quien dará el siguiente paso para intentar (re)vivir (pues tiene ya entonces Kertész más de 70 años),

para recuperarse del derrumbe, ya no será él, Imre Kertész, sino otro… ese otro mismo que ha escrito el libro Yo, otro (crónica del cambio) y que, en parte,  he sido yo mismo, J. S. de Montfort, en este viaje de insomnio nocturno, entre el frío y la humedad de la lluvia,

acuciado por los zumbidos abejeros de mi conciencia, y soportando a mi mente desvaída, en la que el libro, como la tela pegajosa de una araña, se ha ido esparciendo (y escribiendo) por el mundo del pasado.

Pero nada de todo esto hubiera sido posible a no ser por mi enfermedad.

Y es que la vida es “o bien manifestación, o bien colaboración” [15] y, al parecer, el cuerpo -mi cuerpo- es mucho más sabio que el intelecto -mi intelecto- (perdido en las trampas de la muerte)

y ha decidido colaborar -mi cuerpo-, para la victoria.

Y así se ha formado un tapón ceruminoso en mi tímpano izquierdo, idóneo para construir esa sensación aspergeriana de aislamiento y decadencia.

Es lo que me dijo (claro que con términos más médicos y menos filosóficos) el miércoles a la tarde un doctor de urgencias de Bcn y me veo obligado desde entonces a ponerme unas gotas llamadas Otocerum, cuyo propósito es el de devolverme de nuevo a la audición amplia, completa y libre.

Será por eso pues que mis reflexiones semanales han deambulado necesariamente por los escenarios del abucheo de la memoria, esos “escenarios en que se produjeron los acontecimientos decisivos de nuestras vidas”, a los que volvemos  “porque así tomamos conciencia de que no tenemos nada que ver con nosotros mismos” [16].

Añado yo: porque todo pasado es invención y nostalgia.

Ese es exactamente el tema central de la novela de Jordi Puntí Maletes Perdudes (Ed. Empúries (catalán)/ Salamandra (castellano), Bcn 2010).

La novela es tanto una amalgama de historias y sub-historias (al modo de la literatura oral), como una metáfora sobre la identidad y, al mismo tiempo, la crónica de la resurrección del padre (que se constituye en padre e hijo al mismo tiempo).

Maletes perdudes es la historia de Gabriel Delacruz Expósito (el padre), huérfano de “flegma bonhomiosa i una mica pèrfida” [17], camionero, trotamundos y  un vampiro, “que entrava a les cases dels altres i en xuclava l´atmosfera” [18].

La historia da cuenta del intento de recapitular una vida (la de Gabriel, el padre), de la que apenas se sabe nada.

Gabriel, un hombre que desapareció sin dejar rastro; hace más de veinte años.

Así, al modo de la investigación detectivesca, mezcla de periodismo amateur y de casualidad positiva ( y a veces pelín forzada por el escritor, a modo de parodia), los cuatros hijos (Christof, Christophe, Christopher y Cristòfol) buscan “el descobriment de la mentida” [19] que es esa vida silenciada, la suya, y la de quien así la inventó para ellos, el prófugo: su padre.

Porque los cuatro hermanos, igual que yo esta semana, han vivido -hasta el momento en el que comienza la novela- una vida en sordina, oyendo cantos lejanos sobre su padre, chiflidos impertinentes, pero indiscernibles, y es que su conocimiento del pasado ha estado taponado como por una tela de araña también, manto que cada uno de los hijos ha tenido que cubrir con la imaginación, pues “la imaginació ens ajuda a completar sense gaire esforç, les lletres que ens falten per aconseguir la paraula clau: felicitat” [20].

Y esto, además, ante la negativa de sus madres por inmiscuirse o hablar -en exceso- sobre Gabriel, el hombre que las abandonó.

La acción se dispara cuando el hijo catalán, Cristófol, alertado por la policia, descubre que su padre ha estado viviendo todo estos años en su misma ciudad, en Barcelona. El hijo y su madre, Rita, en la calle del Tigre, en el Raval, el padre en la calle Nápoles, en un entresuelo cercano a la calle Almogàvers, al lado del Parque de la Ciutadella.

A quince minutos en taxi, como quien dice.

Allí, en casa del padre evadido, descubre Cristòfol  una lista con el nombre de sus otros tres hermanos, así como un listado completo y anotado de las mudanzas internacionales de su padre (hechas al servicio de una empresa de mudanzas  llamada La Ibérica) y toda una serie de enseres que iban “robando” de cada una de las mudanzas, una maleta por cada mudanza (maletas a las que alude el título) y que conformaran una suerte de cartografía de los viajes del padre y que servirán a los hijos para descubrir cómo muchos de los hallazgos de las maletas acababan siendo regalos para ellos, parte pues de su identidad.

Los cuatro hermanos descubren que son hijos del mismo padre, pero de madres diferentes; el menor (Cristòfol) vive en Barcelona, otro vive en Frankfrurt, un tercero en Londres y el cuarto en París.

A poco, entre la expectación y la desconfianza, convienen los cuatro hermanos en utilizar el antiguo piso de su padre como cuartel secreto para las reuniones de lo que acabarán llamando “El club dels Cristòfols”, y ahí comienza su conspiración para tratar de soportar el dolor “exagerant la felicitat del passat” [21].

Y así, con los cuatro Cristòfols, a sabiendas de que “hi ha molts més detalls que [els] separen” [22] hemos viajado por carreteras precarias y aduanas sórdidas, buscando similitudes familiares, tratando de entender que “per ell [Gabriel] estar viu significava moure´s amunt i avall, disfrutar d´aquella lleugeresa sobrevinguda quuan traspassaven la frontera” [23].

Entonces, nos hemos visto saliendo afortunados hacia la libertad de Europa, huyendo del franquismo más apestoso y hemos compartido la ingenuidad de la era pretecnológica y, poco a poco, paulatinamente,  las verdades y miserias de Gabriel, su fe en que las ciudades más fiables son aquellas que cuentan con mejores equipos de futbol, sus trampas en los juegos de cartas, su soledad… en todo ello hemos ido  encontrando “la viva imatge de la satisfacció: la victòria del present” [24].

Y es que, sí, al final, hemos descubierto cómo el tiempo es “cíclic, el temps es repeteix, i a vegades el present i el passat es confonen” [25].

Y es que Gabriel mismo se nos ha aparecido; nos ha hablado y, en un sortilegio último, que une las cuatro vidas -hasta ahora dispersas- de els Cristòfols, en la confidencia de una larga noche nos ha encomendado Gabriel su verdad: el porqué de que todos los hermanos se llamen igual.

He de confesar que hemos enmudecido y casi llorado por la hermosura dramática de su testimonio.

Así, hemos comprendido que la identidad no es más que  que una variación mínima del fluir del tiempo, de la tiranía de una época determinada:

nuestra época.

Para el viaje hemos contado con la connivencia de esos “anti-franquistes passius” [26]:  el Petroli, compañero de mudanzas de Gabriel, y de Carolina, la que iba a ser mujer de Bundó, también huérfano, íntimo amigo del padre de los Cristòfols y, asimismo, compañero de cabina de las mudanzas internacionales.

Y como corifeo, en la lejanía de la memoria, las cuatro madres: Rita, Sarah, Sigrun y Mireille. Y, claro, tampoco podemos olvidarnos de Giuditta, el último gran amor de Gabriel y verdadera culpable (silente) del encuentro entre el padre y los cuatro hijos.

La búsqueda nos ha evidenciado que “cada instant de cada dia, un per un, tenia el seu sentit, però si els ajuntava tots, el resultat no significava res” [27]. Y que “la vida és un combat d´atzars i val més posar-s´hi de cara que d´esquena” [28].

Por ello, les puedo decir que lo más importante de la novela son dos cosas:

de un lado, la construcción de una voz colectiva (la de los cuatro hermanos), convincente, ingenua y entusiasmada, con dejes de pantomima histérica en ocasiones (y que ciertamente saca al lector de sus casillas” [29]); pero vital y memorable. Indiferenciables las cuatro voces de los hermanos y el padre, sí, pero es que ahí está la clave de la novela:  la duplicidad de la identidad (padre/madre) y la idea de que todos, en el fondo, somos sustitutos de otra persona (comúnmente del padre, pero, a veces, incluso de nosotros mismos).

Así, lo que se le critica a Puntí como “bondad indolente” [30] y que yo llamaría bonhomía a secas, y que es el segundo gran punto destacable de la novela es la necesaria distancia afectiva frente a la tragedia. Porque la levedad casi mágica con la que se expone toda la narración es imprescindible para el efecto final de la confesión de Gabriel.

Y esto que se le critica a Puntí justamente es su mayor acierto, y no proviene -como erróneamente se ha señalado también- de su vertiente cuentística sino de su decidida apuesta por la fabulación [31] y que entroncaría directamente con Midnight´s Children, la novela de Salman Rushdie (y que Daniel Gascón ya intuyó [32]), esa novela de “estilo divertido, inteligente, que mezcla la tradición oral y mágica de la narrativa árabe con las técnicas de la novela moderna”,

una novela que, como el propio Puntí afirma ” ha influido a toda una generación del narradores” [33],

a él, por ejemplo.

Y muy bien, ha de decirse.

[1] Marc Fumaroli. Las abejas y las arañas. La querella de los antiguos y los modernos. Traducción de Caridad Martínez. Ed. El Acantilado. Barcelona. 2008. [pág 13]

[2] Luis Antonio de Villena, citado por Elsa Fernández Santos.El siglo XXI, mejor en verso. El País. Cultura. 10-05-2010.

[3], [4], [5][6], [7], [8], [9], [10], [11], [12], [13], [14], [15] & [16] Imre Kertész. Yo, otro (crónica del cambio). Traducción de Adan Kovacsics. Ed. El Acantilado. 2002. [págs 80, 41, 39, 25, 128, 70, 87, 91, 56, 116, 131, 143, 97 & 69]

[17], [18], [19], [20], [21], [22], [23], [24], [25], [27] & [28] Jordi Puntí. Maletes perdudes. Ed. Empúries (Salamandra en castellano). 1ª edición. Febrero de 2010. Barcelona. [págs 94, 100, 182, 379, 234, 148, 342, 234, 325, 373, 299]

[26] Jordi Puntí en entrevista con el músico Alex Torío. “Escriu-re una novel.la és com tenir una vida extra“. Nativa.cat [la música vista des de Barcelona] (aquí)

[29] Ricardo Senabre. Crítica de Maletas Perdidas. El Cultural. 02-04-2010.

[30] Vicenç Pagès Jordà. Jordi Puntí llena de escenas memorables las aventuras familiares de “Maletes perdudes”. El Periódico. 17-02-2010.

[31] Jordi Puntí en entrevista con Rosa Maria Piñol. “Mi obra es una apuesta por la fabulación”. La Vanguardia. 23-02-2010.

[32] Daniel Gascón. Historia del padre. Artes & Letras. Heraldo de Aragón. 25-03-2010. (sacado de su blog aquí).

[33] Jordi Puntí. Columna Ideas (sobre “Los hijos de la medianoche”, de Salman Rushdie). El Periódico de Catalunya. 12-07-2008.

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Escritor en Allak – De cuando las palabras (no) te obedecen

Para aquellos que guarden memoria de las cosas

(y si no para eso están las hemerotecas),

confío en que recordarán cuando Juan Marsé -al respecto de la premiación de la subterránea calidad de las obras presentadas al premio de novela Planeta 2005-,

y esto a punto de presentar su renuncia al mismo, dijo que:

“mintiendo no hago ningún bien ni a los premiados ni a mis compañeros del jurado” [1].

En esto estaba pensando esta tarde, y estaba con Ángela en la Biblioteca Jaume Fuster, en la plaza Lesseps, pues habíamos ido a escuchar al catalán Jordi Puntí, autor de la novela Maletas Perdidas,

que conversaba con el periodista Albert Lladó.

Puntí andaba contando las peripecias vitales que le llevaron a la organización del material para su última novela y, también, desgranando los crecientes retos que se le plantearon en cuanto a la estructura narrativa de la misma.

Pero, por sobre todo, hablaba de la seriedad en la escritura.

Y es que la novela le ha llevado como siete años poder terminarla (y ello gracias -también- a varias becas de creación).
Por alguna razón, mientras hablaba Puntí, me acordé de otra frase de Marsé que, quizá como réplica, me pareció oportuna: “las buenas intenciones no tienen nada que ver con la buena literatura” [2], dijo el escritor catalán en 2005, otra vez cuando se produjo su estampida del premio Planeta.

Y allí estaba yo, esta tarde de jueves, inquieto al verme poseído por la telaraña de recortes de prensa que, en mi cabeza se comenzaba a formar, y que me traían como interlocutor a Juan Marsé, en tanto que escuchaba a Jordí Puntí, y ello sin falta de delectación por mi parte hacia la exposición de este último, que hablaba con ameno y sabio rigor de su particular lucha con el lenguaje para que éste se aviniese a decir lo que él quería.

Y relataba Puntí, cómo no, con humildad, parte de sus fracasos, anotados en su cuaderno de trabajo.

Como supongo que a las mentes (a la mía al menos) les gusta la mimesis, y Jordi Puntí acababa de contar el momento en el que encontró que el mejor modo para contar su historia sería la de una primera persona narrativa (plural) “al estilo de los Platters”, en mi caja craneal apareció el rebote de una tercera voz, que resultó ser la del mismo Marsé, pero travestido de Ezra Pound, y que me dijo que “el esmero en el trabajo, el cuidado de la lengua, es la única convicción moral del escritor” [3].

Albert Lladó, que al parecer quería también sumarse a la fiesta de voces en mi cabeza, sentado en la mesa, entonces le recuerda a Puntí unas declaraciones que hizo éste en la prensa y en las que decía que “los adverbios son el refugio de los cobardes” [4] y yo, para no quedarme a la zaga, localizo en mi memoria reciente otro recorte de prensa de las declaraciones que un empleado de la editorial Tusquets hizo estos días, cuando dijo: “estoy radicalmente enfadado con la realidad, pero no soy moralista” [5].

Al tiempo, Puntí habla (me habla) del lenguaje falaz y malintencionado del político, cuando usa el tramposo adverbio y dice “evidentemente… creo”. Y lo que sucede es que no cree nada de nada (el político), sino que miente.

Y aquí viene de nuevo Marsé a metérseme en la cabeza y argumenta: “será el buen uso de la lengua, no solamente la singularidad, la bondad o la oportunidad del tema, lo que va a preservar la obra del moho del tiempo” [6].

Y como para querer finiquitar la conversación, una nueva voz, que parece la de un hombre viejo y cansado, venida de otro recorte de prensa (o quizá de la ultratumba), y que se parece bastante a la de Vicente Verdú me dice que [en las novelas actuales] “la narración se extravía y la literatura -o lo que sea- desaparece sin honor” [7].

Tratando de entender qué me está pasando en la mente en esta tarde de jueves, le ruego a Ángela que salgamos a la calle a fumar, pues, además, ya sin que nos hayamos dado cuenta, se ha terminado el acto.

En el bar cojo un periódico mientras tomamos un café con leche y se me enciende la luz roja de alarma; todo se me hace clarividente, se descubre entonces mi sospecha.

¡Ajá!

La clave toda del misterio se halla en un titular de prensa que no parece guardar demasiada relación con los acontecimientos de mi cabeza de hoy, titular que leo bisbiseando y que dice:

“Roban una campana de 500 kilos en una ermita de Quart” [8].

Sigo leyendo más y descubro que el rector de la ermita cuenta que hace varios días que no visitaba la ermita y que al volver a ella, se encontró con que la campana fundida en bronce (de 500 kilos) ya no estaba.

Ajá, bingo, me digo. ¡Bingo!

Prestidigitación, engaño, camelo, eso es. Magia blanca, ¡magia blanca! grito mientras le pregunto a Ángela si lleva de casualidad en el bolso algún manojo de ajos para zanjar definitivamente el tema.

Y es que en ese mismo instante entiendo lo que me ha venido sucediendo estas últimas malas noches anteriores, que:

“en el corrompido viento de marzo /

enumero los males de los días descifrados” [9]

Lo diré más claramente:

que después de esperar por la delicada belleza e intensidad del final de algo similar a À bout de soufflé en mis lecturas de las pasadas noches, o algo así como la inteligencia -“plagiada” [11] – de la trama de las novelas de George Simenon,

en la novela que se ganó el V Premio Tusquets de Novela y que he estado leyendo con temblores en estos días pasados, no he encontrado lo que esperaba.

O sea, que de la campana de bronce -¡de 500 kilos!-de acerada literatura que hubiera debido hallarse entre las tapas negras, me descubre mi mente -con sorpresa- que nada de nada, que lo único que se puede decir de dicha novela es que “It’s written as if by a child” [10].

Claro, pues, me digo, ¡claro! esto es lo que me ha venido irritando insistentemente en los últimos días, y a lo que responde la provocación encrespada y final del vocerío en mi mente en esta tarde de jueves, pues de la “sabia estructura” [11] que me prometió Marsé, en la novela, no recuerdo haber visto más que una burda trama lineal, y que de  la “magnífica resolución” [12] de la que también hablaba Marsé, no he hallado más que un pueril deus ex machina.

En el personaje así llamado Julio Andrada (el protagonista) y del que su autor presume que es un ser atormentado, que tiene doble moral, y es turbio y complejo yo sólo he visto un”personaje de programa cómico” [13].

En fin, que como podrán imaginar, pues me ha traído un susto de muerte descubrirlo, así, esta tarde, de puro sopetón: el saberme cobaya para un experimento de magia blanca literaria.

Y eso, pues no se le hace a los lectores, señores míos de la editorial Tusquets, que somos material sensible (y en peligro de extinción).

Porque esta tarde me he dado cuenta de cómo andaba yo preparando todo mi armamento dialéctico para resistir el embite de lo que se anunciaba iba a ser una espectacular novela existencialista;

y allí me hallaba a la espera de la confrontación: yo armado con mi moleskine rabiosa, en la que dar cuenta de esa honda carga de denuncia social que se decía traería la novela, y esperaba tener que vérmelas con la conciencia política Camusiana y el reto de una trama desafiante al estilo de Simenon, y también -oh, sí- de disfrutar con ese otro poquito de exótico costumbrismo bonaerense que ahora tanto nos gusta… y esa otra pizca de conciencia culpable de clase…. y, y, y, al final resulta que…;

pues nada,

que debo hacer un acto de contrición y confesar que he acabado desternillándome con las humoradas del protagonista, el así llamado hombre hecho-a-sí-mismo Julio Andrada, y es que su histriónico maniqueísmo, bienintencionado y bobo, como diría aquel, nosepuéaguantar!

Y, claro, al no haber dado con esta respuesta antes, me he visto obligado a sufrir ese malestar silencioso durante todas las noches anteriores de esta semana, porque yo me esperaba una novela negra, llena de tensión y drama, intensidad, intriga e infiernos, y me he encontrado con una sombra chinesca chestertoniana, divertidísima e hilarante, eso sí, pero, claro, casi me da un infarto en el ínterin, tratando de sobrellevar en silencio, noche tras noche, este “corrompido viento de marzo” .

Qué peligro, pienso, que las palabras no te obedezcan… cuando resulta que pretendes aclararte algo a ti mismo.

Y me digo que si ahí ya es crucial y dificilísimo, ya no hace falta imaginar lo terrible que es cuando uno ha de transmitir eso mismo  (que uno siquiera acierta a pensar cabalmente) a los demás, pues claro, cómo no errar a veces el tiro…

Por ello me embarga un sentimiento de que esta “interrogación  [contra mí mismo] no parece tener más efecto que el de destruir[me]” y que, por consiguiente, no debo demorar un segundo más y tengo que abandonarme con valentía de nuevo -y rápidamente- a otro libro más prometedor, tentar -como quien dice- a “ese infierno [que] es el subsuelo de uno mismo” [14] .

Tratar de encontrar(me) así en esos recortes de periódico múltiples que son las lecturas de los libros de los otros.

Pienso que debo -con premura- conceder que  en parte “mi fastidio es fingido” [15] y, del mismo modo que Perec anotaba sus sueños con el propósito de crear lo que él llamaba su autobiografía nocturna, debo crear yo mi vida nocturna de páginas leídas y que me sirvan estas lecturas en la noche para “contarme, para explicarme, e incluso para transformarme” [16].

O, al menos, que nadie pueda acusarme de no haberlo intentado.

Así buceo entre los libros que me quedan al alcance de la mano y, de una vez, leo entre líneas un aserto que dice que “nunca se le hubiera ocurrido que la vida de alguien que pasa su vida entera en un escritorio pudiera ser interesante” [17].

Y como quiero saber quién es el que así habla, me zambullo en las páginas de El oficinista, de Guillermo Saccomanno.

Pronto descubro la existencia de un hombre gris, rodeado de muchos otros hombres grises que trabajan en “escritorios ataúdes” [18] y que demora más allá de lo razonable sus horas en la oficina, pues “prefiere retardar todo lo posible la vuelta al hogar” [19].

Un hombre que cree que “el peor castigo que puede infligirse  a alguien [es] quitarle toda su ilusión de vanidad” [20]. Un hombre que, para borrarse del mapa, se da cuenta que “será más fácil si piensa que es otro” [21].

Así, lo que comienza con una atmósfera muy parecida al Bartleby de H. Melville, va dándonos muestras de una especie de híbrido entre la ciencia ficción mezclada con una distopía laxa, que no puede ser considerada como antiutopía, según se anuncia en la contraportada, puesto que lo que más fuerte late tras la novela es la fatal resistencia a la tentación del suicidio.

Encontramos en la novela recuerdos de los mundos de Huxley y Ballard, reminiscencias de Angosta, de Faciolince, pero, sobre todo, lo que nos subyuga son los asfixiantes ambientes kafkianos y una cierta propensión generalizada a la maldad rusa dostoievskiana.

Y lo que es el ineludible esqueleto de la narración: una variación sobre la teoría del amor que (re)elaboró Carson McCullers partiendo de las ideas de Platón en su Ballad of the sad cafe.

Es esta novela (El oficinista) de Saccomanno,  de algún modo, epigonal a sus referencias; una novela en la que todo aparece abocado al fracaso y al abismo de esa “pereza con la que nos abandonamos a la degradación” [22].

Por suerte, enseguida descubrimos que queda un resquicio, una esperanza, pues al oficinista “el amor le ha enseñado que puede cambiar” [23].

Y es esto justamente lo que mueve la acción y lo que nos salva de la desesperación angustiosa de la lectura del libro.

Así, el amor que siente el oficinista por una secretaría, forjado en una sórdida noche de lágrimas y soledad, le previene al oficinista de seguir moviéndose en ese mundo hostil en el que es tratado igual que un número en el trabajo, y en el que es manteado y vilipendiado por su mujer y sus hijos.

El “componente demencial” [24] del amor permite que en la personalidad del oficinista aparezca el otro, “el niño […] que no es responsable de sus actos” [25].

Y es este el leitmotiv de la novela: que al robot que es el oficinista le aparezca una “falla motriz” [26], y se tambalee. Así, la novela se convierte en una fábula de exploración de la otredad, de la doblez que hay en cada una de las identidades de los seres.

La novela, así, paulatinamente, se enfanga en el cruzamiento de dos filosofías en principio separadas y que se van combinando en la figura del oficinista: la de matar o morir y la someterse y sobrevivir.

Deseo contra amor. Esperanza contra desidia.

Y en la carrera imparable y ascendente en la que se sucede la novela, la cobardía del oficinista muta a promesa y la tormentosa espera borbotea de futura trascendencia, y así todo se resuelve en una máxima, que es que “el amor le hace ver a uno las cosas de otra manera” [27] y una certeza, que: “sin el otro no somos nada” [28].

El gran logro de la novela, más allá del desinterés que nos provocan los actos terroristas, las lluvias ácidas, la represión policial, los perros clonados y la sempiterna presencia de los helicópteros, es que todo esto, conjuntamente, trabaja para crear la ilusión de una atmósfera en la que la gran tragedia es que “el despierto sueña que está despierto” [29].

Así, puedo decirles que lo que esta semana saco del aprendizaje de mi autobiografía lectora es que quizá lo importante no sea tanto que las palabras le obedezcan o no a uno, pues la literatura no acaba de ser rigurosamente el trabajo de un domador de indisciplinadas fieras.

Lo que a mí me importa de veras de las palabras es que bajo ninguno concepto revelen “la ociosidad, el parasitismo, el culto del interés egoísta […] la falta de disciplina, la pereza y la verborrea” [30], porque, en el fondo, hay una sola y única verdad y es que todas (absolutamente todas) las palabras lo son “de nuestras provisorias imágenes” [31].

Y al dueño de esas imágenes se le debe conceder que las trate de poner en palabras solo y cuando suceda que lo hace porque “no aguanta más” [32].

Así es como me parece que debe de ser, sí.

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[1] & [2] Marsé dimite como miembro del jurado del Premio Planeta. El Mundo.es / Cultura. 19-Octubre-2005.

[3] & [6] Juan Marsé [Discurso]. Ceremonia de Entrega Premio Cervantes. 23-Abril-2009.

[4] Jordi Puntí, en entrevista con Carles Geli. Escribir es escoger el verbo. El País. 26-02-1020.

[5] & [11] Sergio Olguín en entrevista con Rosa Mora. “Estoy radicalmente enfadado con la realidad”. El País. 01-Abril-2010.

[7] Vicente Verdú. Refritos de la Narración. El País. Cultura. 01-Abril.2010.

[8] Roban una campana de 500 kilos en una ermita de Quart. El Periódico. 01-Abril-2010.

[9] & [31] Salvatore Quasimodo. Ya vuela la flor seca, de Nuevas Poesías (1936-1942)  &  “Color de lluvia y de hierro”, de La vida no es sueño(1946-1948).

[10] George Simenon, interviewed by Carvel Collins. The art of fiction nº 9. The Paris Review, Summer 1955. [pág 17]

[11] & [12] Sergio Olguín contra el desierto. JorgeLetralia. Diciembre de 2009.

[13] Sergio Olguín. Oscura monótona sangre.V Premio Tusquets Editores de Novela. Ed. Tusquets. Barcelona. Marzo de 2010. [pág 179]

[15] & [16] Georges Perec. Nací (textos de la memoria y el olvido). Adaba Editores. Madrid. 2006. [pág 12, 78]

[14], [17], [18], [19], [20], [21], [22], [23], [24], [25], [26], [27], [28], [29] & [32]Guillermo Saccomanno. El oficinista. Premio Biblioteca Breve 2010. Barcelona. Febrero de 2010. [pág 21, 13, 156, 17, 21, 37, 46, 59, 167, 169, 161, 175, 192, 186, 173]

[30] Ariadna Efron. Marina Tsvetáieva, mi madre. Ed. Circe. Barcelona. Diciembre de 2009. [pág 21]

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Escritor en Allak – La poesía del silencio

Opina el escritor francés Eric-Emmanuel Schmitt [1] que el sueño es fecundo territorio para el desarrollo de la literatura.

Yo diría que también, e igual me desmentiría Macedonio Fernández, pues el ensueño no es el reverso de la vida sino su caligrama; y lo que sucede afuera del sueño, o sea, en la duermevela, no es sino la constatación empírica de lo soñado.

En el sueño habita “el Hoy, único modo místico y estético del tiempo” [2].

Y así me he andado yo haciendo metafísica del vacío toda la semana, enseñoreándome, como quien dice, pues era sólo pronunciar la primera letra del escritor, solo la M, y aun ni siquiera haber hipotetizado la primera vocal del genial escritor bonaerense, siquiera la a (y ni pensar ya en la c o en la e siguiente, pardiez!), que el mundo se me hacía mundo, con toda su fonética de calles y fachadas y farolas -a veces inútiles y a veces no-, y su sintaxis de coches de policía y ambulancias y gaviotas cantarinas y estudiantes universitarios que –a veces- llegan tarde a clase (y a veces, no); y bibliotecas, claro.

Y así, alternando siestas cortas y noches blancas, en algún momento del martes o el miércoles (¿atañe a la soberanía del vacío observar la tiranía del calendario?), me encontré a ojos abiertos con una estantería que, sin moverse, hacía mucho ruido, sacrificada al empeño de mantener erguido el ego de ciertos escogidos libros.

Y estaba, sin saber cómo, ni dónde (¿seguía feliz en mi cama o ya no?) en las salas inconfundibles de la vetusta biblioteca de Filología Hispánica de la Universidad de Barcelona. Y de lo que sí estaba seguro era de que eran las nueve de la mañana (lo vi en un reloj de la pared que hay en la entrada).

Mis dedos (que en la duermevela parecieron tener decisión propia) se fueron a un lomo negro y santísimo, quizá tentados por esa atracción aristocrática de los libros que llegan tarde (o demasiado pronto), quizá por causa de que “la elegancia es la belleza esencial de la Omisión” [3];

en fin, que me dispongo a leer y brotan los siguientes versos:

“¿te sirve la evidencia / cuando sólo puede ser evidencia matemática?” [4]

Cierro el libro. Contemplo el lomo negro de letras doradas:

Carmen Borja.

Lo abro de nuevo, leo al azar, dice: “pero ningún otoño se parece a otro, / ninguna primavera a otra primavera. / Y cada uno exige un esfuerzo renovado” [5].

Cierro de nuevo las tapas, allí sigue el lomo negro, la suma de grafemas igual que antes, áureas y brillantes. Lo lanzo al suelo, lo pisoteo.

Carmen Borja.

Me acuerdo de una frase de Macedonio: “en lugar de servirme para algo la experiencia, resulta que cada año me sorprende más torpe en el parecido” [6].

Ricardo Piglia dijo en algún momento que Macedonio Fernández era en sí mismo toda la literatura argentina.

El mismo Macedonio afirmó: “comencé a ser yo el autor de lo mejor que [Borges] había producido” [7].

Nace en mí entonces la sospecha de que sí, de que Macedonio no solo es en sí mismo toda la literatura argentina, sino la producción literaria de todo lugar y todo momento, y no sólo el triste equívoco de la literatura anónima del pasado, qué va, sino la nueva, la tan nueva que está por nacer, la que viene con nombres desconocidos.

Mientras pienso en ello, sentado en la silla de mi despacho, me viene a la mente un corolario de mis sospechas: “La imitación literaria del silencio [es] la sola digna de nuestra profesión” [8], dice Macedonio.

Mi aprensión encuentra acomodo en la realidad al marcharme a la cocina.

La vida,

que tiene su privativo modo de filosofar simbólicamente, esa “manera de pensar por fuera de la cabeza” [9],

me ilustra su conclusión con la siguiente estampa:

Algo va mal, me digo.

Decido irme a dormir.

Como ya dije que mi última semana es impropia de juzgarse por el calendario, no sé en que momento, pero, en cualquier caso, en alguna hora de  mi vida después de haber abandonado el sueño (y esto en tanto que continúo enseñoreándome),

leo a Alain Fournier,

buscando su juvenil fuerza poética, esa” herida de nostalgia” en términos de José María Valverde, para tratar de entender el mensaje de las cabezas de pescado de la cocina y me encuentro con el siguiente aserto:

“sintió cólera; después orgullo y la alegría profunda de haberse escapado así, sin haberlo querido” [10].

Pienso en Macedonio, en las páginas de Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada, que parecen querer escaparse de sí mismas, páginas en las que investiga las posibilidades de su arte, los contrarios de las cosas, y todo lo demás.

Me digo que sí, que Macedonio es un inventor de brindis y celebraciones y festines y que “esto justifica ciertos estados de intensidad intelectual” [11] en los que probablemente habrá entrado mi cocina al querer mostrarme las tripas de su sueño.

Y que el desdoblamiento es necesario, me digo también, porque “la nada ahoga” [12], y que hay que darse forzosamente aire y que por eso Macedonio se habrá convertido en los versos de Carmen Borja primero y después en las páginas melancólicas de Alian Fournier.

Pero que también se habrá convertido en Macedonio Fernández y que ello lo justifica el hecho de que se escriba cartas a sí mismo –pero como si fuera otro- halagando su virtuosa “guitarra del pensar” [13].

Y que también por ello inventa biografías desconocidas de seres que no sabe(n) quiénes son, y se convierte en el Bobo de Buenos Aires (porque alguien debe ocupar ese papel).

Y que ese mismo argumento, razono, le obliga a tutearse con la autobiografía y la confesión biográfica (“las dos oportunidades más logradas de ocultarse” [14]);

que forma de huir mejor no encuentra que la de darse al laborioso gozo de la holganza, ensayando sus aquenós, “el género más inmediato a la Nada” [15] y que no puede sino terminar la segunda parte de su libro sobre la Nada, sino con una más de sus paradojas apodícticas: “o bien lo dije y no me oyó o bien me oyó” [16].

Macedonio sabe que “el uso de la palabra es travesura” [17], pero travesura de muerte; es por ello que “no es hombre de risa aunque ría” [18], se trata de un “humorista trascendental” [19] como bien dice Gómez de la Serna.

Macedonio pone “la risa en duda” [20] por una de esas frívolas razones que siempre trae el escritor y que es que ““cuando lo serio va con lo solemne, es que lo serio no va” [21].

Abandonado Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada, leo la edición matutina de El País y en las palabras de Jordi Puntí reconozco la malévola sonrisa y el gesto afectadamente disconforme de Macedonio, cuando el primero afirma sarcásticamente que “los adverbios son el refugio de los cobardes” [22].

Pienso en la increíble y festiva metempsicosis macedoniana.

Al tiempo, Ángela se despierta. Y me aterro.

Ello no puede significar sino que son ya las ocho de la mañana del viernes.

Mientras la veo por el pasillo cantando con su cuerpo una alborada trovadoresca, me alivia ver que se sacude el sueño de las ropas.

Entonces, su dedo, en afán conquistador, y en actitud evocativa, me atrae, con una mágica tonadilla, hacia donde está ella: en el marco de la puerta de la cocina.

Pienso, oh, bien, vamos a desayunar.

Cuál es mi sorpresa al comprobar el manejo como al dictado de sus dedos clarividentes y líricos, viéndose en el silencio de la  pizarra blanca, que escriben…

Durante unos segundos angustiosos comienzo a pensar en instaurar la muerte en la poética de mi vida y vérmelas con mi querido Macedonio, para contradecir su feliz aserto sobre la inexistencia de la Parca.

Mientras con dedos temblorosos enciendo un cigarrillo, Ángela abre los ojos como quien entrara en máximo trance y se me acerca en rigurosa lentitud.

Ya cerca muy cerca mío se ríe, y en voz altísima y visionaria recita:

“Porque comprendo que un autor original no esté cómodo mientras no consigue saber de dónde le vino, o qué le estimuló, una concepción artística” [23].

Y todo se hace silencio. O poesía.

O vida.

[1] Eric-Emmanuel Schmitt en entrevista con Ricardo Martínez de RituertoEl escriba que habita en una página blancaEl País. Babelia (20-02-2010)

[2], [3], [6], [7], [8], [9], [11], [12], [13], [14], [15], [16], [17], [18], [19], [20], [21] & [23] Macedonio Fernández. Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada. Con retrato de Ramón Gómez de la Serna y despedida de Jorge Luís Borges. Ed. Barataria. Barcelona, Febrero de 2010. [pág 138, 212, 177, 183, 119, 81, 70, 178, 181, 202, 236, 270, 113 , 31, 20, 235, 165 & 228]

[4] & [5] Carmen Borja. Libro del Retorno. Ed. Lumen. Barcelona. Enero de 2007. [pág 89]

[10] Alain Fournier. El gran Meulnes. Prólogo de José María Valverde. Traducción de Pilar Gefaell. Ed. Mondadori. Septiembre de 2004. [pág 60]

[22] Jordi Puntí, en entrevista con Carles Geli. “Escribir es escoger el verbo”. El País, 26-02-2010.

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