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Cartografía Sentimental (LX) – Benditos anacronismos

<<<5 cosas>>>

por las que ha merecido la pena seguir vivo en el día de hoy:

 

 

1.  A pesar de todas las monsergas apocalípticas de la digitalización, y que se traducen en esa “preocupación verde” por cuidar por encima de todas las cosas los bosques de la amazonía y todo eso, un número todavía elevadísimo de concursos literarios en España prefieren seguir cargándose bosques y talando árboles.

De otra manera no se entiende pues que apenas un porcentaje ínfimo (digamos menos del 5%) prefiera el envío de las obras via e-mail y que el totalizador 95% restante siga obligando al autor que quiera concursar en sus certámenes a mandar sus obras en papel, tres cuatro o cinco copias de su novela, por supuesto encuadernadas y por el sistema de correo certificado.

Aquí en La Soledad del Deseo, debemos confesar que encontramos en este vetusto acto cierto goce perverso, un trasunto moderno de ese arcano “mensaje en la botella”. Y que nos gusta, vaya, aunque dicho sea de paso, los envíos para concursos literarios deberían contar con una rebaja del IVA para el concursante anónimo, lo mismo que sucede con cualquier otra actividad cultural.


 

 

2. Pone blanco sobre negro Javier Marías esta semana en su columna La Zona Fantasma la preocupación (que aquí en La Soledad del Deseo compartimos) acerca de “Esa gente que señala lo inadvertido” y cómo parece ser que ” está de sobra, y su tiempo ya ha pasado” [1] y es que resulta casi nefasto para la obra literaria que el crítico señale cómo está ésta a la altura de algún genial predecesor, Proust en este caso particular que señala Marías.

Se refiere, Marías, cómo no, a los escritores que, fieles a su gusto por la excelencia y la alta consideración que les merece la calidad literaria, se esfuerzan por crear obras perdurables, que apelen a la inteligencia del lector y que, por ello, se tornen memorables para la cultura de una época.

En su opinión, la de Javier Marías (y también en la nuestra) “casi ningún tiempo pasa nunca enteramente, sino que casi todos tan sólo se esconden para regresar” [2].

Es decir, que queda esperanza para la literatura de calidad, para los buenos críticos que sean capaces de detectarla y también para los cualificados lectores que la disfrutarán.

Por cierto que la frase que abre el comienzo de su artículo viene de una crítica del Guardian a la tercera parte de Tu Rostro Mañanaaquí-.

[1] & [2] Javier Marías. Mirar lo inadvertido. La Zona Fantasma/El País Semanal.02-01-2011.

 

 

3. La terca actitud de la industria editorial española por seguir aferrándose “a un modelo de negocio caduco en el que los grandes editores, que viven todavía del libro de papel, no quieren superar la cadena tradicional de venta del libro ni modificar el horizonte del sector librero” [3].

Pero es que pasa lo mismo con las librerías que ” también mantienen una tímida oferta de máquinas que parece más encaminada a satisfacer la curiosidad de los clientes que a la venta” [4].

En fin, que esa cosa tan antigua que es el libro en papel seguirá y seguirá y seguirá un rato largo entre nosotros.

Y, por si les quedan dudas, échenle un vistazo al estudio de OnCampus Research titulado College Students Prefer Print Over Digital Textbooks.

+ info: aquí.

[3] & [4] Ana ZarzuelaLa industria editorial española repite los errores de la audiovisual, lastra al e-book y pierde otro año para el libro electrónico. Intelligence & Capital News Report. 31-12-2010.

 

 

4. Son un clásico ya los reportajes sobre el por qué de la escritura, recurso socorrido para tiempos en los que a los directores de los periódicos y los suplementos no se les ocurre nada mejor para rellenar el espacio de sus revistas. No obstante, nos gustan, nos gustan mucho, y no nos importa que nos vengan con el enésimo reportaje sobre por qué escribir, sobre todo cuando nos procura genialidades tales como las de Enrique Vila-Matas, cuando dice que:

“Ah, ya veo, vuelve la vieja y pérfida pregunta. Pero también podrían ustedes preguntarme por qué acabo de hacer una lazada en mis zapatos. Y también por qué no me he contentado con un nudo que, para el caso, me habría servido igual. Este tipo de habilidades no nos llaman la atención, por ser muy familiares. Pero, en algún tiempo remoto, un antepasado hizo la primera lazada. Nosotros no somos más que sus imitadores, un eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición. De modo que a quién habría que preguntarle por qué escribo es a ese antepasado, preguntarle por qué quiso ir más allá del nudo.” [5]

[5] Jesús Ruiz Mantilla. Por qué escribo. El País Semanal. 02-01-2011.

 

 

5. Y es que, al final, lo único que necesita un escritor (y esta necesidad la ha sabido leer perfectamente PapaNoel) es un bolígrafo, funcional, práctico, diligente.

Y muchas muchísimas ganas de escribir.

Lo demás son todo excusas.

+ info: aquí.

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Las mentiras de la literatura [10]

Hay un problema en España;

bueno, muchos en realidad, pero uno que interesa especialmente tratar aquí es la descompensación horrible entre la excelencia universitaria y la realidad de afuera, la laboral. En nuestro caso: la realidad de la literatura.

En las universidades se premia la calidad, el esfuerzo, la dedicación, la sistematicidad y, por sobre todo, la excelencia.

Son largos años los de un estudiante, de sacrificios y de espera, no ya para la vida idílica que se supondría le espera, sino ya sólo para un trabajo digno.

Justa recompensa por el esfuerzo, se piensa, pues se le paga por su competencia, la inversión hecha  hasta el momento, por así decir.

Por el muchísimo dinero invertido, además.

Es lo lógico, lo deseable, y, además sería de justicia que así fuese.

Pero no es lo que sucede. No es lo que le espera a quien vea la industria editorial como continuación natural a sus estudios universitarios.

A la industria editorial, siendo como es una empresa del entorno cultural, se la pensaría en principio como ejemplo de munificencia, como extensión de las políticas universitarias, de calidad, excelencia, sistematicidad y esfuerzo.

Pero no, no es así.

En la industria editorial nos encontramos con un entorno particular: protegido (por su debilidad), y las más de las veces subvencionado (sean premios, cheques de embajadas o ayudas de las diferentes consejerías); un mercado especial, porque no impera en él, como sí sucede en otros mercados, las leyes nobles de la competencia y la calidad.

Y esto por un motivo muy sencillo: por la subjetividad del producto que se maneja.

Así, la industria editorial se esfuerza denodadamente para que sus productos estén gobernados por calidades no mensurables y, por lo tanto, discutibles.

En esta variable, se fundamente su impunidad.

La desactivación de la crítica (y de la que ya hemos hablado aquí) evidencia perfectamente este punto.

No entraré a descubrir el estado de los trabajadores de la industria y las dinámicas que les obligan a renunciar a la excelencia (ni siquiera es su culpa en la mayoría de los casos) en aras de una productividad desmedida, hasta cierto punto descontrolada (por su gigantismo) y forzosamente banal (por el inevitable trato de superficie que implica su rapidez).

Hagamos notar sólo dos ejemplos recientes (y flagrantes) de esto: la edición en catalán de la obra de Ken Follett La caiguda dels gegants (y que salió con ¡30.000 ejemplares! a los que les faltaban dos capítulos) [1] y las escandalosas manifestaciones de Fernando Sánchez Dragó en su libro Dios los cría… y ellos hablan de sexo, drogas, España, corrupción… [2] y que pasaron desapercibidas para todo el mundo de la editorial, hasta que un periodista lo destapó.

La consecuencia de todo este descalabro, el de no atender a la verdadera esencia del producto, que debería ser la base primigenia de su legítima producción (y es que el verdadero lector no quiere subproductos), resulta en el atragantamiento  por culpa de una producción exagerada, y ello, unido a una industria que, como la inmobiliaria, ha preferido jugar sus activos a la más descarada (e innoble) especulación  (creyendo en el poder totémico del márketing), ha traído como resultado la inevitable caída en un 34% de las ventas, así como la devolución masiva de libros a los almacenes [3].

Cualquier analista perezoso argumentará que todo esto es resultado de la crisis imperante y que, al final, ha alcanzado también a la industria editorial.

Pero esto es mentira, o apenas una visión parcial del asunto.

Igual que sucedió con la burbuja inmobiliaria, cuando patanes de toda calaña accedieron al negocio y se convirtieron fácilmente, en tiempo récord, no sólo en personajes de cierta relevancia pública y social (así fuese en su pequeña comunidad, en su aldea, su barrio o entre el grupo formado por sus clientes), sino en modelos de éxito, así sucede hoy con el mundo editorial.

Entonces, los constructores, promotores y vendedores de pisos y chalets pretendían pasar por empresarios de éxito, y todavía más, pretendían ser considerados emprendedores, así hoy los editores pretenden que les creamos estrellas del rock, o peor: trendsetters.

La especulación, pues, en el entorno editorial se fundamenta en el brillo efímero que éstos (los editores) pretenden trasmitir no ya a sus clientes, sino a potenciales admiradores de su rápida ascensión y fulgurante trayectoria.

Igual que publicistas, o promotores inmobiliarios, creaban la ilusión del deseo sobre un plano en 3D (y con muchos colores), tratan hoy de crear los editores una “opción de compra” basada en criterios ajenos al hecho literario.

Y esto afecta tanto a las así llamadas editoriales comerciales (donde trabajan con best sellers) hasta las minúsculas editoriales de ensayo, nadie se libra de la actual tendencia del hype.

Así las cosas, el problema de la literatura, pues, hoy día, es que ha sido vapuleada por mil subproductos que le han robado (con seducción y dulzura) su legítimo nombre, productos que son otra cosa incierta (cada uno que se atreva a denominarlos como quiera), pero que, ya lo hemos dicho, no son literatura, a pesar de haberle usurpado su nombre, con malas artes, igual que suelen (o solían hacer) los así llamados ladrones “de guante blanco”.

Es cierto que quedan aun unas pocas editoriales empeñadas en servir al honorable propósito de la literatura, pero son tan pocas… que deberíamos tratarlas con el mayor de los cariños, como algo valioso y único.

Así que, si en algo estiman a la literatura, actúen en consonancia.

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[1] Ken Follet, incompleto en catalán. Europa Press. Barcelona. 28-Septiembre-2010.

[2] Sánchez Dragó reconoce en su último libro que se acostó con dos niñas de 13años. La Vanguardia. 26-10-2010.

[3] Jesús Ruiz Mantilla. La crisis llena de libros los almacenes. El País. 10-11-2010.

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Escritor en Allak – Sr. Proust, pase sin llamar

Dijo Enrique Vila-Matas

-con gratificante alegría- hace unos días [1], al respecto de la obra Verano de Coetzee, alentado por la sorpresa que le producía que una serie de escritores la hubiesen recomendado como obra de lectura veraniega, que en ella [en Verano], uno descubre que persiste todavía “algo” […]  un arte estrictamente literari0″ [2].

Y yo diría que sí, pero no como placer estético, sino como respuesta a ese “arte a medio camino entre el rigor histórico y la gracia de la literatura” [3] que es la biografía. Y que, hoy día, parece estar en  auge creciente.
En Summertime (aquí manejaremos la versión original inglesa) hay una idea, sí, y que huye del signo lingüístico (o más bien que se agazapa peleona tras él), pero no tanto como afirmación de originalidad, sino como réplica.

El libro de Coetzee se abre y se cierra con dos secuencias de anotaciones del propio diario (falso) de Coetzee. Las primeras fechadas (1972-1975) y las segundas sin fechar.

Y, entre medias (la carne del libro) hay cinco secuencias que se corresponden con las entrevistas (sin editar) mantenidas con cuatro mujeres y un hombre: Julia, Margot, Adriana, Martin y Sophie.

Las tres primeras secuencias componen el grueso del libro (218 páginas en total).

La primera y la última (Julia y Sophie) han sido amantes esporádicas de Coetzee, Margot es una prima suya de la que estaba enamorado a los seis años, Adriana es la madre de una alumna de Coetzee cuando este daba clases de apoyo de inglés y Martin es un colega profesor de la universidad de Cape Town (donde Coetzee también dio clases).

Quien conduce (bueno, por decir algo) las entrevistas es Mr. Vincent, un inglés que se las pretende de biógrafo de Coetzee y cuyo propósito es el de “a seriously intended biography” [4] mientras recorre un periodo de tiempo en la vida de Coetzee [1971/72-1977] crítico -según el- para su formación como escritor.

Y aquí nace la gran contradicción del libro: su propósito y lo que verdaderamente nos ofrece. Hablo siempre en términos de Mr. Vincent que es quien -supuestamente- escribe el libro (y que es una suerte de no tanto work in progress como de material en bruto).

El quid de la cuestión es la siguiente (en palabras de Adriana, la madre neurótica de una de las alumnas de Coetzee cuando éste daba clases extra de inglés):

“How can you be a great writer when you know nothing about love?” [5].

Y la respuesta es: Proust.

Tanto la crítica anglosajona como la española han pasado por alto este punto. Y es que han caído como bobos en la trampa de Mr. Coetzee.

Porque, veamos, al igual que hiciese en las dos partes anteriores de su (hipotética) biografía, Coetzee se sitúa aquí afuera de la narración; contra la utilización -esperable-de la primera persona, antes utilizó una tercera persona.
Aquí, en Summertime, se aviene ya al indiscutible deceso: Coetzee desaparace de la acción, puesto que la novela da por supuesto que Coetzee está muerto (y que murió en 2008).

Coetzee nos quiere hacer creer que anda fuera el foco, cuando -en realidad- el foco le está quemando su beatífica barba blanca.

Con increíble astucia, Coetzee va dejando todo lo que la gente quiere oír, y se lo dice además bien clarito a través del zafio e incompetente Mr. Vincent (una elección de personaje magistral, dicho sea de paso); a saber: el apartheid, su infancia traumática, sus problemas con las mujeres, su descalabro sexual, su egoísmo, la figura del otro en la narrativa postcolonial, la construcción identitaria y cultural que hacen con nosotros los demás y que es necesariamente errada, o acaba siendo arbitrariamente poliédrica, etc etc etc

Es decir, carnaza para los departamentos de inglés de las universidades, los críticos literarios más ciegos y los lectores más vagos.

Y es que se equivoca Boyd Tonkin cuando dice que esta novela es autoficción [6]. Ni modo. Sí tiene razón cuando habla de su metaficcionalidad, pero ésta se construye en otros términos.

Así que vuelvo sobre lo mismo: Proust.

Porque no hace falta hacer un close-reading para darse cuenta de que en las diferentes formas contenidas en el libro (Mr Vincent,por ejemplo, ficcionaliza -en una ficción vacua y pobrísima- la parte de Margot) se repiten una serie de motivos y excursos lingüísticos, pero, por sobre todo, un estilo.

Porque “style is the beginning of distinction” [7].

Y este estilo es la ficción adentro de la ficción de la que habla Manuel Arranz [8].

Dicho en palabras más simples: Coetzee se parodia a sí mismo.

Y lo hace con un propósito muy claro: que el lector avispado se de cuenta de que todo en la novela lo está escribiendo Coetzee, es decir, dinamita soberbia -y sutilmente- el efecto de la verosimilitud, cargándose, de paso, la convención de esos libros de cotilleo que ahora se justifican a través del pacto biográfico, y de los que tanto se habla estos días.

El mismo título: Summertime, una bomb-word.

Lo dijo Rodrigo Fresán: “Ganas de confundir desde la claridad absoluta […] Desvelando de antemano que es un mago que conoce el truco” [9].

Todo, absultamente todo, está anunciado desde el título mismo.

Durante todo el libro se repite con una insitencia cansina que los modelos coetzeeanos son los escritores modernistas.

Así, lo que hace en esta novela Coetzee es crear un fantasma postmoderno, que supere el manidísimo cliché de ese postmodernismo tardío (o retardado) que parece abrumarlo todo, y ello, con el inestimable próposito de defender la continuidad de su obra creada à-la-Proust, es decir, una obra cuyo valor estilístico radica en sí misma, en la capacidad de su estilo para convertirse en un constante aprendizaje narrativo y vital.

Una afrenta al dogmatismo materalista, al cientificismo que considera que sólo con los datos biográficos es posible entender el corpus de una obra literaria mayor.

Así, inventándose una biografía para sí mismo, traiciona las expectativas de los cotillas y afirma la pervivencia de su excelsa obra, desde dentro.

La mayoría de críticos y lectores se han quedado con la idea de que Coetzee se estaba justificando, y que les estaba diciendo que “So sorry to disappoint” [10].

Y del guiño secreto al novelista yugolasvo Danilo Kîs, ya ni hablemos.

Es una pena que nadie se haya dado cuenta de la verdadera naturaleza del libro, excepto Vila-Matas, claro.

Y es que Vila-Matas, quizá temiendo esto (que nadie le entendiese), y habiéndose dado cuenta de lo cafres que llegan a ser los críticos españoles, ha decidido ser más explícito a la hora de exponer su proyecto literario, para evitarse confusiones.

Por si acaso, y para ganar tiempo, ya publicó  primero el libro en Francia (Perdre des theories, Christian Bourgois Editeur, Paris, 2010).

Perder Teorías sigue la secuencia de París no se acaba nunca, más pulida, mejorada y cincelada con la esencia del genio.

Para entender este libro, pienso que deberíamos situarlo en el vórtice del triángulo que conforman Seis propuestas para el nuevo milenio de Italo Calvino y las Siete Noches de Jorge Luis Borges.

En el primero Calvino habla de seis propuestas para la narrativa del siglo XXI quizá un tanto vagas (levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia), mientras que Borges en sus conferencias de Buenos Aires de 1977 repasa las obras de sus maestros.

En Perder Teorías, Vila-Matas produce una simbiosis de ambas propuestas.

De un lado, propone cinco puntos irrenuciables que habrá de tener la narrativa del siglo XXI, y lo hace con mayor claridad que la utilizada por Calvino.

Sus propuestas son: “intertextualidad”, las conexiones con la alta poesía, la escritura vista como un reloj que avanza, la victoria del estilo sobre la trama y la conciencia de un paisaje moral ruinoso.

Es decir, again: Proust.

De otro lado, y como viene siendo habitual (a pesar de que -como él mismo dice- es menos continuo de lo que él predica) el recuerdo y apoyo de los autores amados, maestros imprescindibles para su formación:

principalmente Julien Gracq y su El mar de las Siertes (verdadero pivote de su teoría), Blanchot, Russell, Ribeyro, Robbe-Grillet, Duras, Kafka, Pessoa, Breton, etc

Perder Teorías sigue la secuencia del relato/crónica/testimonio autoficcional en el que Vila-Matas es invitado a un congreso de literatura (en este caso en Lyon) y siguiendo el interes vilamatiano por la antítesis, aprovecha el escritor la acción, el movimiento, para explorar la inacción, o sea, la desaparición, pero también la figura del otro o el alterego.

Indaga -de paso- en la timidez “causa directa […] de toda riqueza interior” [11], la felicidad “el novelista que termina una novela y siente que ha recuperado su libertad [12], el sentido “no […] el sentido general de las cosas, sino el de la vida propia” [13] y en el destino del ser humano: “es la nuestra una pura actividad sin fin, una enloquecida carrera hacia la nada” [14].

Al mismo tiempo, sirve Perder Teorías como  “apuntes para una teoría general de la novela” [15]. Y, también, como anexo a la magistral e imprescindible Dublinesca (Seix-Barral, Barcelona, 2010).

Pero, sobre todo, y en la línea de Coetzee, es “la triunfal afirmación de la literatura sobre el mundo” [16].

Una invitación, en suma, para unirse al club de los que “consciente o inconscientemente [guardan] una gran fe en la humanidad” [17], verbigracia, los buenos escritores, los buenos lectores, los mejores críticos: amantes de la verdadera literatura.

A diferencia de Coetzee, este libro de Vila-Matas es ameno, didáctico, breve y -encima- produce un deleite estético inenarrable.

Es la demostración de que “parafraseando a Antonio Machado, [uno] hace teoría al andar” [18], pues “toda teoría acerca de la construcción de una determinada novela es algo que […] uno siempre construye después de haber terminado una novela” [19].

Una invitación, pues, al feliz país de la literatura, donde, por supuesto, se puede pasar obviando el protocolo.

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[1] Fátima Cruz. Verano, de Coetzee, la novela más recomendada por los escritores españoles para estas vacaciones. Tentaciones de Verano. El País. 31-07-2010.

[2] Enrique Vila-Matas. Pensar de otro modo. El País. 14-09-2010.

[3] Jesús Ruíz Mantilla. Hurgar en la vida de los otros. El País. 12-09-2010.

[4], [5], [7], J. M. Coetzee. Summertime [Scenes from provincial Life]. Harvill Secker. London. 2009. [pp. 225, 199, 242]

[6] Boyd Tonkin. Portrait of the artist as a loser. The Independent. 04-09-2009.

[8] Manuel Arranz. Verano, de J. M. Coetzee. Letras Libres. Junio-2010.

[9] Rodrigo Fresán. El muerto vivo. Página 12/Radar Libros. 25-Abril-2010.

[10] Marie Arana. The artist through the eyes of others in J. M. Coetzee´s Summertime. The Washington Post. 08-01-2010.

[11][19] Enrique Vila-Matas. Perder Teorías. Seix-Barral. Barcelona. Septiembre de 2010.  [pág 59, 57, 54, 51, 14, 42, 7, 17, 62]

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