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Melancolía del humo (XII)

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“Smoking meant a lot to her sometimes. She worked very hard and it had some ability to rest and relax her psychologically. She was a widow and she had no close relatives to write to in the evenings, and more than one moving picture a week hurt her eyes, so smoking had come to be an important punctuation mark in the long sentence of a day on the road.”

Francis Scott Fitzgerald, “Thank you for the light”, The New Yorker, 06-August-2012
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FURTHER READING:

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Melancolía del humo (XI) [10-Agosto-2012]

Melancolía del humo (X) [08-Agosto-2012]

Melancolía del humo (IX) [27-Junio-2012]

Melancolía del humo (VIII) [20-Junio-2012]

Melancolía del humo (VII) / [08-Junio-2012]

Melancolía del humo (VI) / [25-Mayo-2012]

Melancolía del humo (V) / [13-Marzo-2012]

Melancolía del humo (IV) / [26-Enero-2011]

Melancolía del humo (III) / [07-Enero-2011]

Melancolía del humo (II) / [06-Enero-2011]

Melancolía del humo (I)  / [05-Enero-2011]

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ADDENDA:

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El relato Thank you for the light le fue rechazado a Fitzgerald en 1936 por la propia revista que ahora lo publica, pues según estos era poco Fitzgerald. Es decir, se alejaba de lo que ellos consideraban que debía ser el estilo del escritor.

Vale la pena recordar esto y tener en cuenta las palabras de la jefa de la división digital de Harper Collins, Chantal Restivo-Alessi, cuando dice que:

“But I think it’s still essential that they [e-book publishers] do take risks. That’s part and parcel of the business. You need to reinvigorate your catalog on an ongoing basis. The way they discover those authors might change. You might put out fewer titles, but have the same amount of authors. It might be a combination of titles and other kinds of products. It’s a shift from a product focus to an intellectual property and brand focus.” [1]

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[1] Jeremy Greenfield interviews Chantal Restivo-Alessi, “HarperCollins Chief Digital Officer Chantal Restivo-Alessi: ‘Essential’ for Publishers to Take Risks”, Digital Book World. 01-August-2012.

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El presente [visto como un pasado en letargo]

1.

Dice Manuel Rodriguez Rivero, refiriéndose al estado de cosas en la Norteamérica de hoy que:

“la fiesta ha terminado súbitamente, las luces se han apagado, y ha llegado el momento de mirar hacia atrás y comprender qué es lo que, realmente, ha sucedido” [1].

Según él, esto tiene una inequívoca relación con el re-descubrimiento (en Norteamérica, claro) de la novela de Scott Fitzgerald El gran Gatsby.

Así, el gran Crash del 29 y esta crisis mundial que sufrimos en la actualidad, estarían emparentadas gracias al hilo invisible que traza la prosa fitzgeraldiana.

2.

Sobre Fitzgerald, decían en 2005 los editores de la influyente revista n+ 1 que:

“[he] was as corrupt as any of us: vain, covetous, in need of fame. But he possessed the vital discipline of seeing what happens when you’re alone.” [2]

La disciplina, pues, de saber mirar de cara al desastre, sin titubeos, sin pestañear o girar la cabeza. Con elegancia.

3.

“A novelist who isn’t truly alone when he writes will never provide a reader worthwhile company” [3]

Eso es lo que opinaban los editores de la revista n + 1 en 2005, lo mismo que la artista de Arkansas Tiffany Bozic plasma en su obra Under my skin (2010):


4.

La piel, al parecer, cada vez más gruesa, con menos espacio adentro de las costillas para los mundos interiores, así parecía ser el mundo de los roarin twenties y así se configuran las personalidades en el mundo contemporáneo por culpa del estallido digital.

Lo dice Zadie Smith, al constatar cómo:

“When a human being becomes a set of data  […] he or she is reduced. Everything shrinks. Individual character. Friendships. Language. Sensibility.  […] we lose our bodies, our messy feelings, our desires, our fears” [4].

5.

La nostalgia expresada por la novela de Scott Fitzgerald se cifra en una nostalgia de la hermosura del cuerpo joven, delicado, una fascinación etérea, así: una nostalgia de una materia soñada, y entrevista en el fugaz destello de un traje de fiesta.

La gran época de los incontables edificios (privados y públicos) fue la de la primera década del 2000, y que exhibió una despampanante afición por el ladrillo caravista y las piscinas comunales, el gran jolgorio a costa de municipalidades y afanes ecuménicos de riqueza fulgurante.

En la década de 1920 ese festín colectivo se daba en las fastuosas fiestas interminables, llenas de casquivanas flappers y diletantes filósofos.

Ambas épocas fueron licenciosas, los años veinte y la primera década del s. XXI.

Ambas épocas trajeron consigo, como consecuencia, una generación perdida.

En los años 20 fue una generación perdida por la guerra, ahora es una generación perdida por el postmodernismo y la Internet.

6.

Pero, igual entonces como hoy día, queda un brizna emancipadora.

La clave es la post-ironía, artistas que crecieron en la década de 1970 y que retoman el testigo del modernismo, que tratan su obra con seriedad y compromiso, que rompen con la ambigüedad tan propia del lenguaje como credo y excusa, y que disponen su ideario estético como una mezcla de corporeidad e ideas utópicas.

Un arte centrado en el ser humano, que busca reapropiarse de la realidad, así sea solo de sus jirones.

En pintura ya hay un nutrido grupo de artistas trabajando en este sentido.

Sus obras van a exponerse a partir del 28 de Noviembre en el Museo Morsbroich de Leberkusen (Alemania) –aquí-.

En la literatura en castellano, ahora mismo, también tenemos a quienes trabajan en esta misma línea; el caso más reciente es el de  Mercedes Álvarez, quien hace apenas dos meses que publicó su primera novela Historia de un ladrón (Caballo de Troya, Madrid, Septiembre de 2010).

En breve hablaremos de esta magnífica nouvelle.

– – – – – – – –

[1] Manuel Rodriguez Rivero. Bienvenido, sr. Gatsby. El País. 24-11-2010.

[2][3] The way out is in. n + 1 magazine. 14-February-2005.

[4] Zadie Smith. Generation Why? NY Review of Books. 25-November-2010.

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Remembranzas de agosto

1.

Sí, fue en Madrid.

Por el Parque del Oeste, me parece.

No acude a mi memoria  el nombre del tipo, pero era actor, de todas formas, de una compañía que hacía gira por los pueblos de Castilla.

O sea que no lo conocerán.

(Éste no es de los que se volvieron famosos, como sí ocurrió con otros que traté en aquella época).

Vaya, es irrelevante. Le llamaremos X.

El tipo del que quiero hablar (X) vivía por aquella zona y, a veces, nos reuníamos en su barrio para tomar una cerveza, charlar o servía su piso como simple punto de encuentro de nuestras salidas de fin de semana de la ciudad.

El caso es que era actor y jardinero. El tipo del que hablo (X).

Y procedía de El Toboso (sí, sí, la patria de Dulcinea). Lo que, por supuesto, le confería un rasgo de carácter particular: la irrenunciable influencia cervantina.

Nunca fuimos amigos, pero formábamos parte de la misma compañía teatral.

O sea que nos tratábamos e, inevitablemente, compartíamos impresiones sobre la vida y el arte (o algo así).

La obra en la que trabajábamos en aquella época, cómo no, era una parodia contemporánea quijotesca.

Voluntariosa, sí, voluntariosa sí que era la obra.

La compañía… no tanto.

2.

Me sacaba unos años, este chico. X.

Pongamos que entonces él tendría treintauno y yo veintiseis.

Ensayábamos nuestra obra magna los fines de semana en El Toboso.
Entre semana lo hacíamos en unos locales del ayuntamiento de Madrid. Por la Castellana, diría. Eran gratis.

El fin de semana bajábamos a El Toboso.

Un largo trayecto de carreteras ruinosas y angostas, paisajes quemados por el sol y nadie en kilómetros y kilómetros y kilómetros.

En El Toboso pasábamos el fin de semana ensayando, comiendo y bebiendo

(las horas son largas, larguísimas en pueblos como El Toboso).

Era casi gratis, además. Porque dormíamos y comíamos en casa de los padres de este chico, de X.

Las copas… no sé. Yo no las pagaba.

De aquella casa recuerdo el excelente vino y el inquebrantable frío.

Y unos padres también voluntariosos.

Bueno, también recuerdo el pub del pueblo: a determinada hora quitaban la música y aquello se convertía en un bingo.

Recuerdo caminar por las calles, recuerdo tratar de emborracharme, voluntariosamente. Pero nada.

Recuerdo la calamidad de aquellos días.

Y la franca e ingobernable soledad.

También la sensación excitante de la búsqueda, el desamparo y la inservible libertad.

3.

Y eran calamitosos aquellos días por una razón: el dinero.

Verán, la obra en la que veníamos trabajando desde los últimos meses se financiaba -supuestamente- por la comunidad de Madrid.

El inconveniente es que el dinero nunca llegaba. No llegó, al menos, hasta que yo -harto- me largué.

Y me largué verdaderamente, porque había llegado al límite de mis recursos. Tuve que hacer la maleta y volverme cabizbajo a Valencia.

En fin,

que allí todos estábamos por el dinero. Nunca se hablaba de arte, se hablaba de dinero. El dinero todo el tiempo. Dinero, dinero, dinero. Y el dinero no llegaba.

[A veces uno piensa que el arte es sólo eso: vanas infundadas promesas de vaporoso cumplimiento]

La obra, consecuentemente, resultaba un desastre.

Porque nadie estaba a lo que estaba.

Los unos (el director y su socio) estaban a la búsqueda de subvenciones y los otros (los actores) estábamos rezando por las buenas nuevas.

De los tres actores (más el director y su socio; cinco integrantes de la obra, en total) el único que no tenía otra fuente de ingresos era yo, así que mi situación era un pelín más insostenible.

Supuestamente, el dinero habría habido de llegar desde la comunidad de Madrid, ya lo he dicho.

Sólo que… la comunidad de Madrid parecía querer hacerse la coqueta y demandaba largo flirteo, dedicación y entusiasmo.

4.

Y esto viene a colación de algo que me interesa: el dinero y el arte.

Resulta que el tipo del que hablo, X, una noche, sentados en uno de los parques cercanos a su casa me dijo que yo tenía un problema. Según él, se trata de lo siguiente:

que yo soy de los que, o me salgo con la mía (es decir, soy de los que opinan que he de ganarme el dinero con mi arte), o no estoy dispuesto a dedicarme a cualquier otra cosa.

Y X. tenía razón. Toda la razón.

Recuerdo que añadió:

fíjate, yo soy jardinero y no me importa. Dedico mi tiempo libre al teatro.

Eso es todo.

5.

No tengo nada en contra de quien toma esa postura.

Recuerdo también -por la misma época- un furibundo desprecio

(teñido de cierta envidia, probablemente)

que me propinó cierta secretaria de una conocida revista en la que trabajaba, así como el director de la misma, cuando les dije que me iba a encerrar un año a escribir mi primera novela.

Su respuesta fue muy parecida a la de X:

trabaja y en tu tiempo libre escribe.

Mi respuesta fue (y es): No.

Siempre he sentido la secreta sospecha de que quien esto dice

(búscate otro trabajo)

es porque no está seguro ya no tanto de sus cualidades, siquiera de su talento, sino de sus capacidades, sobre todo de la capacidad de resistencia, entrega y decisión.

No nos vamos a engañar: el arte es una cosa dura. Y lo es no tanto per se sino por las consecuencias que trae.

A estas alturas las evidencias son abrumadoras.

Yo entiendo la tentación del fracaso,

yo mismo la he sentido innumerables veces.

Pero ni la opción correcta me parece la de la falsa humildad

(buscarse un trabajo de jardinero)

ni hacer arte por dinero

(aquella obra desastrosa que esperábamos se financiase por la comunidad de Madrid).

6.

En estos momentos leo una obrita menor maravillosa, calificada empero como una de las diez mejores novelas escritas en castellano de la segunda mitad del siglo XX.

Una auténtica gema, una delicia.

Una obra maestra. Una exquisita fiesta sensorial.

Se llama “Helena o el mar de verano”, y es de Julián Ayesta.

Ayesta fue diplomático de profesión.

Así que, tal vez, esta excepción pueda desmentir todo mi discurso.

No sé.

[Es la única obra narrativa que el autor publicó en vida].

Lo único que recuerdo ahora,

en esta noche tremendamente calurosa de agosto de 2009, es algo más que me dijo X., el actor, durante el transcurso de aquella lejana conversación en un banco cercano al Parque del Oeste, en Madrid,

cuando yo tendría unos veintiséis años y estaba más que dispuesto a abandonarlo todo para concluir mi primera novela.

Me dijo:

“por las noches no puedo dormir, las preocupaciones me embargan”.

En aquel momento no lo sentí así

(a pesar de haber sentido una honda punzada al escucharlo),

pero lo pienso ahora y me planteo:

¿No se tratará dicha confesión de una consecuencia de la negación del arte?

¿Es esto lo que sucede cuando se cambia el festín de la palabra por el festín del dinero?

Hoy hace demasiado calor, tengo fiebre y estoy a punto de caer rendido… y ya son las cinco y media de la mañana.

Pero esto es lo que pienso hoy, ahora, con este calor horrendo, pienso que el arte es cosa del individuo, manifestación de su genial singularidad.

Y pienso también que el dinero no dice nada de aquel que lo posee.

En cierta ocasión Hemingway le dijo a F. Scott Fitzgerald:

“Francis, la única diferencia entre los ricos y todos los demás es que los ricos tienen dinero, eso es todo”.

Sí, eso es todo.

Al menos por hoy.

Con este tremebundo calor es imposible pensar con claridad…

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