Archivo de la etiqueta: Charles Bukowski

(Des)Conexiones

A. R. Penk (Tríptico para Basquiat) [1984]

A. R. Penk (Tríptico para Basquiat) 1984

1.

Esto lo escribo en un plantilla de word, al modo que hube de forzarme a hacerlo unos cuantos años atrás, justo cuando escribía mi primera novela y, por alguna razón, no tenía Internet.
Lo hago igual, ahora, hemos sufrido una interesante tormenta, caprichosa pero violenta, dispensadora de unos goterones tremebundos y que, al parecer, han acabado jodiendo las conexiones. La mía, al menos. Es de Ono. Mi proveedor de Internet.
Aquí en Castellón.
Desde las nueve de la noche, o así, que no hay Internet.
Y me he quedado sin poder actualizar el proyecto Erótica Mix.
El problema no es complejo, sino de lo más simple, y es su bella simpleza lo que lo torna irresoluble.
Veamos, el router está en la parte de debajo de la casa, y en la parte de debajo de la casa hay un estudio de arquitectura, y el estudio de arquitectura tiene una alarma.
Además no tengo llave de la puerta. Así que, aunque quisiera entrar a riesgo de que saltara la alarma (que seguro que saltaría), no puedo hacerlo.
Es decir: no puedo entrar a resetear el router. No al menos esta noche, y son algo más de las dos de la madrugada.
Así que, por esa razón estoy escribiendo insomne en esta plantilla de word.
He subido con el portátil al tejado, he pillado algunas redes, pero ninguna abierta. Una de ellas se llama “ventura”, y me ha dejado entrar, pero no funcionaba, me ha hecho gracia la ironía, he supuesto que se trataba del bluetooth de algún teléfono. No sé.
El caso es que me he acostado, me he vuelto a levantar…

Deambulando por el salón he encontrado “El ABC de la relatividad” de Bertrand Rusell. Leo en la página 116: “La búsqueda de la exactitud cuantitativa es tan ardua como importante “[1]
Es curioso cómo siempre encontramos lo que buscamos. Mi búsqueda hoy de red es igual: tan ardua como importante. Sólo que yo añadiría. E inútil. Por lo deleznable de su fundamento: buscar paliar mi soledad.

2.

La noche aquí se vela; aquí se llora
El día miserable sin consuelo,
Y vence al mal de ayer el mal de agora
[2]

La noche siempre es territorio virgen, es decir, sin mácula de sosiego. La noche es el gran paradigma de la vida: es la desolación y al mismo tiempo el fértil terreno del amor.
La gran paradoja de la noche: ser una y ninguna.

3.

-La gente está ahí de juerga, tirándose en pelotas a la piscina, y ella está ahí sentada contemplando la luna. [3]

Siempre hay alguien ausente, cada noche, todas las noches, siempre hay alguien que cada noche se queda contemplando la luna.
No sé si hoy hay luna. Yo no soy ese morador taciturno. No esta noche.
No lo comprobé al subir al tejado. Se me pasó.
Puedo decir sin el menor rubor que lo que hay es llana tristeza;, o ni siquiera eso, pena, una pena que se eleva casi a la categoría de pánico, por saber que “Todas las cosas vuelven a la causa “ [4].
Y la causa siempre es el miedo.
Esto es estúpido, pero me dio miedo subir otra vez al tejado. Pero es que nuestros miedos son siempre estúpidos, pienso.
No sé por qué, pero ahora mismo, y deben ser las cuatro de la mañana, me digo a mí mismo que si subo al tejado estará lleno de invasores, invasores del este o del oeste, con sus caras iracundas y sus gestos toscos.
Gente mala que no quiere matarme sino solo sacarme el corazón de pura ansiedad, gente terrible que, a base de una lenta y minuciosa tortura, quiere reemplazar mi corazón por una turbina.
Y lo harán prohibiéndome dormir, o sea, negándome el sueño ( en sus dos acepciones, el sueño puro y los deseos más primeros de la vida: poder seguir escribiendo).
Yo nunca imagino la muerte como algo plácido o liberador, sino como un libro mal escrito. Yo nunca imagino la muerte (al menos no ahora) como la consecución de nada, ni tampoco como el pasadizo pertinente.
Yo, cuando me hablan de la muerte, siempre imagino que tengo un libro estupendo, que lo tengo en la cabeza y en los dedos, caliente y necesario, y lo escribo, pero para cuando chequeo las palabras que han quedado escritas en la hoja o en el documento de word, las palabras son otras, y más concretamente, palabras impertinentes, de las que no conjugan bien.
Porque la prosa tiene la melodía misma de la excelsa música.
Y esto lo saben algunos músicos, que tienen en su cabeza melodías preciosas y, sin embargo, sus dedos se atabalan. Por eso dejé la música, ahora que lo pienso, porque supe que nunca sería capaz de armonizar lo que había en mi cabeza a través de unos dedos.
Una cosa siempre me martirizó de la música: que incluso en el silencio no se detiene. La música es el territorio preciso de la vida, porque busca perpetuarse y es repetitivo, misterioso y siempre consigue sobrevivirle, al tiempo.
Dicen que la literatura está hecha de tiempo, pero no es verdad.
Algunos lo quieren decir de un modo más poético y dicen que “el hombre era un invento de las aguas para así poder transportarse de un sitio a otro “[5]. Supuestamente, ese hombre sería espacio. Pero no, tampoco es eso.
No sé de qué está hecha la buena literatura, pero sé de lo que no está hecha.

4.

-Mira a tu alrededor, muchacho ¿Qué va a salir de aquí? [6]

Pongamos que fue el miércoles. Una cena. En casa de la madre de J.
Estaba también mi amigo el contrabajista. El que ya no tiene novia. O que está en un impass, yo ya no lo sé.
Lo que sé es que J. tiene novia, la misma desde hace un porrón de años. Pero entre semana nunca queda con nosotros. Sólo los sábados. Las chicas de las ciudades pequeñas sólo salen los sábados, por la noche, quiero decir.
Supongo que está mal visto que lo hagan entre semana. Yo ya no entiendo nada. He desistido.
Llegué tarde a la cena, eso es lo que cuenta, que llegué tarde, y es importante también que tenía cosas pendientes, que no acabé con esas cosas que tenía pendientes…
Y quería además escribir un poco más, uno siempre quiere un poco más, de escritura o de lo que sea. Y ese poco más postergó mi llegada hasta las diez y media
(habíamos quedado a las nueve).
El pollo al curry, afortunadamente seguía en la cazuela.
-Le falta todavía un rato –me dijo J. al llegar- siéntate, bébete una cerveza.
Y de repente se rieron, los dos.
Yo no entendía nada. Al poco dijeron: “estamos colocados, bueno, un poco”.
Me quedé mirando, observando un reloj redondo y plateado que la madre de J. tiene en su cocina. Y es una cocina americana, con barra, taburetes y una mesa.
El reloj se veía franco y jubiloso, por ello, distante, como todas las cosas que se manejan por la precisión, como un fusil, o una máquina de escribir.
Así el reloj, minucioso y certero. Así ese reloj impasible, continuando un año y otro con su trabajo.
Esto es lo que pensé: ese mismo reloj estuvo ahí el año pasado y el anterior y el otro y quizá el de antes del otro y, sin embargo, nosotros aquí, también, sí, igual que el año anterior y el otro y el de antes del otro, pero ya no estamos tan jóvenes, ni el bullicio de los días perdidos resulta tan gratificante como antes.
Pensé en nuestra obsolescencia, en eso es en lo que pensé.
Entonces, supongo, no podría precisarlo, pero diría que ellos hablaban, o no lo sé, o yo simplemente bebía, e iba pensando en mis cosas, recriminándole tal vez algo a J. por el periódico que co-dirige. O fuese que yo hablaba también mientras este pensamiento sinuoso se me desperdigaba por las venas y esa turbina que tengo por alma…
Qué caramba, me beberé dos cervezas, pensé, por ver si les alcanzo el paso.
Y me bebí no dos ni tres sino unas cuantas cervezas (Heineken de lata) y además una botella entera de Ribera del Duero (tinto, Tamarón, mi preferido). Y varios porros que me dejaron más que atontado y pronto a sucumbir al llanto.
No sé qué hora sería de la noche, tal vez tarde. Seguro. Tarde ya en la madrugada.
Lo único que recuerdo es que iba por la calle, unas calles sórdidas, abandonadas de gente y de ruidos, unas calles silenciosas donde resonaban nuestros pasos ebrios, pues caminaba conmigo el contrabajista.
El caso es que pensé: no conseguirás llegar a casa, no, no lo conseguirás.
Y añadí para mis adentros: no, no lo conseguirás, so idiota.
Pero, de repente, miré al contrabajista y lo escuché hablando y me reí y él dijo: qué te pasa.
Y me confié al saber que si él venía a mi lado, tal vez se ocupase él de recogerme si es que caigo, me dije a mí mismo.
Repliqué: nada, nada… no me pasa nada
Y tras una pausa, dije: Es sólo que… bueno…
Pensé: “tal vez estemos más viejos, sí, eso es cierto, pero sabemos caminar juntos, en los malos momentos”.
No puedo asegurar si lo dije o no en alto.
Es lo que tienen la marihuana, que te confunde.

[1] Bertrand Russell. ABC dela Relatividad. Traducción de Pedro Rodríguez Santidrián. Ed. Ariel. Barcelona. 2ª edición. 1989.

[2] Fray Luís de León. “Esperanzas Burladas” de Poesías. C.E.G.A.L. Madrid. 1991.

[3] Charles Bukowski. Mujeres. Compactos Anagrama. Barcelona. 8ª edición. 2000. [Pág 194]

[4] Dámaso Alonso. “Ejemplos”, de Poemas Puros. Colección Austrañ Espasa Calpe. Madrid. 1981.

[5] Rodrigo Fresán, prólogo de “Dentro y fuera (12 cuentos de mar)”. VVAA. Ed. Debolsilo & Fnac (Ed. No venal). Barcelona. 2005.

[6] Óscar Esquivias. Inquietud en el paraíso. Ediciones del Viento. La Coruña. 4ª edición. Enero de 2007. [Pág 190]

***********

***Actualización (20-Junio-2009 `14:45]):
la conexión ha vuelto (alabado sea dios) y
Erotica Mix ya está actualizado.
En los siguientes días seguirá su ritmo normal
(recemos para que no vengan más tormentas).

***********


<<<<<Bola extrA>>>>>

NO todo va a ser leer...:

IMG00090
Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo El ejercicio de la escritura, El yo y sus aledaños, Vida personal

Un párrafo de más

1.

Las cosas más insospechadas suceden de repente

y se materializan en un párrafo de más;

parece un detalle irrisorio: “¡un solo parrafo!”.

Bueno sí, otro párrafo que se suma a la sucesión truncada de más párrafos y que quiere ser concebida finalmente como una relevante historia, un verosímil e interesante relato corto.

Sí, bueno,

es un sólo párrafo, sí,
pero la diferencia entre ese estar o no estar de ese párrafo es la puerta que nos llevará a la consecución de la historia o nos dejará atorados.

Es la diferencia entre la vida y la muerte de un relato,

y de su propia legitimidad como historia. Y hasta del escritor mismo.

Pues siempre en la concepción y escritura de un texto aparece este momento crucial.

Ese párrafo apareció hace dos noches.

Lo que varía siempre es el método para conseguirlo, tras días semanas o meses de penoso esfuerzo.

Lo que me funcionó dos noches atrás fue estar viendo en el ordenador contiguo Factotum, al tiempo que dejaba preparados los dedos sobre el mac, dedos que raudos se apropiaron de ese párrafo que pululaba por la habitación.

Hace dos noches.

Y a ese párrafo le han seguido felizmente muchos otros, entre anoche y hoy,

Factotum, que cuenta la biografía de Charles Bukowski, mezclada con sus relatos fue lo que propició mi entrada -de nuevo- a la cueva secreta del lenguaje.

Al final de la película Matt Dillon (que interpreta a Bukowski)

dice algo así como:

“si no estás dispuesto a llegar hasta el final, siquiera lo intentes”.


2.

Pero ello también conduce a la inevitable tristeza,

melancolía que que se me materializa en estos versos de Luís Quintais y que tiene que ver con el tema de la distancia, el tiempo y el viaje que esbozaba el otro día.

Dice así el poema:

con el paso del tiempo / una sombra nos revisita: es una mirada diferente, / crepuscular, / que se nos acerca, nos sitia / diciéndonos: “tal vez me persigas y yo te persiga” [1]

Yo te persigo y tu me persigues.

De esto va la creación literaria: el juego del escondite entre el escritor y el lenguaje, cada vez paga uno.

3.

Hay días en los que es mejor no hacer más que una sola cosa.

Días que sirven para encontrar un párrafo que nos mejore la historia que andamos escribiendo y días que son sólo para dedicárselos a un libro.

Del mismo modo que hay días que deberían dedicarse íntegros al amor y otros a la borrachera.

Me sucedió ayer con “Gina”, del costarricense Rodrigo Soto, que no pude hacer nada más que leer ese libro y pensar ese libro y habitar ese libro.
Nada más.

Consigno un sólo párrafo del mismo:

“Y no sería esto, esta muerte lenta y chiquitita, incompleta y silenciosa que cargo desde entonces, esta angustia de la espera, estos pedazos de cielo desgarrado como una hoja de papel…” [2]

Habla de la muerte del padre.

Y de ese pequeño hueco por el que, si tenemos la osadía de colarnos, alcanzaremos una suerte de resurrección en vida.

Y todo gracias a algo duplicado y que sucede en la novela -y redime al personaje central, Gina, y a nosotros también- (y que no puedo contar), pero que resultar ser ese “párrafo de más”, que se torna innecesario finalmente, pero que, sin embargo, nos alumbra e ilumina el futuro que ya será enteramente nuestro, libre y feliz

(o feliz en la medida en la que todo hombre y mujer pueden ser felices).
Es tan hermoso…

que sólo mencionar el título del libro “Gina”, ya dan ganas de volver al recuerdo de su lectura, de acunarlo cercano al pecho y hablarle a todo el mundo de él.

Rogarle a todo el mundo que lo lea de inmediato, que lo guarde cercano a la almohada, como se guardan los valiosos tesoros:

gina_gde

Un libro breve, poético y necesario.

Un libro que “por su sutileza parece de otro tiempo / por su escritura resulta muy actual” (de la contraportada).

Un libro con el que he encontrado montones de insospechadas afinidades.

Además,

adoro los libros que sólo llevan por título el nombre -o sobrenombre- de una mujer. Me viene a la cabeza ahora “Alondra”, de Merçè Rodoreda, “Isabel”, de Andre Gide (a pesar de ser fallida), “Sylvie” de Gerard de Nerval o todo el “Cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell.

4.


Las cosas más insospechadas suceden de repente, sí.

Y lo que era un relato de unas veinte hojas,

llamado “Esto es La Morte Subite” y que está ambientado en un bar real de Bruselas (un bar que no es La Mort Subite, pero que se llama así en mi relato porque su nombre real no lo recuerdo y además me gusta más este), y que estoy escribiendo en estos días, se ha convertido en una recuerdo para mi abuelo,

Bautista de Montfort i Rios,

enlazado con memorias de infancia y una historia que una chica me contó hace largos años sobre un asesinato horroroso que sucedió en Valencia.

Así, ese párrafo que vino hace dos noches ha dado entrada a todo esto: a sentir que puedo hablar más o menos libremente de la muerte, la infancia y el dolor.

Y, sin embargo, ese párrafo ha desaparecido del borrador actual con el que trabajo, porque sí, porque era un párrafo de más.

Pero un párrafo absolutamente imprescindible,

como esa última copa de todas las noches, ya de alcohólico, pero que te afiebra necesariamente el alma, la copa última a la que uno no se puede resistir y con la que ahora voy a brindar por la salud de todos Vds.

Y por mi reciente triunfo, en este juego del escondite que es la literatura.

eah!

[1] Luís Quintais. Poma sin título, del libro “La imprecisa melancolía”. Ed Lumen. Barcelona.1995. Traducción de Jordi Virallonga.

[2] Rodrigo Soto. Gina. Editorial Periférica. Cáceres. 2006. [Pág 47 & 48]


Deja un comentario

Archivado bajo El ejercicio de la escritura