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(La trampa de la) cultura omnímoda

 

Empezemos, de una vez, con los siguientes versos:

“Si se me rompe el portátil / puedo morir de un ataque al corazón” [1].

Los dos versos de Manuel del Barrio Donaire revelan con bastante economía de medios un sentir contemporáneo no solo al respecto de las comunicaciones y la conexión con el mundo -exterior-, sino en lo que respecta al mundo de la cultura -mundo interior-, y que es aquí lo que ahora nos interesa.

Podríamos apuntar ya, y sin demora, que la relación contemporánea de la cultura con el individuo es generalmente de premura y/o ansiedad; una relación incluyente, animal, omnívora, que se alimenta de todo píxel orgánico que le cae a la boca y que, cuando se rompe el cordón umbilical que une al individuo con el mundo de la cultura (el portátil, el teléfono móvil, la tablet que da acceso a Internet) el individuo siente que su engarce con la vida del espíritu (que no necesariamente espiritual) queda interrumpida.

Podemos argumentar que la cultura hoy, al menos la literaria, sigue manifestándose de manera preferencial en los libros (a los físicos, me refiero). Sí, esto es verdad. Pero no es menos cierto que la comunicación de la lectura de los mismos, así como su publicitación o el intento de diálogo con otras personas tomando como base el contenido de estos libros literarios (por habernos provocado éstos una reacción, un pensamiento, una idea, un sentimiento que deseamos comunicar en base bien a la crítica, el halago o la repulsa) se produce de manera casi exclusiva en la Internet, de manera digital. Pues tan importante son las obras literarias hoy como lo que se dice de ellas y los producciones literarias derivadas y/o inspiradas en las primeras y que suele darse a conocer a través de la web. Así, tendríamos hoy a la literatura de un lado, las obras literarias originales, que -como ya se ha dicho- siguen publicándose y circulando mayoritariamente en forma de libro físico, de papel, y de otro lado, una suerte de producto secundario que sería la vida social, por así decir, de tales producciones literarias. Y lo mismo sucede con el resto de las producciones artísticas contemporáneas.

En un reciente artículo [2], venía a decir el profesor de sociología en Columbia, Shamus Khan, que la cultura hoy, al menos la americana y la que se refiere a las élites, imita las actitudes de las élites de la Era Dorada (1865-1890) en el sentido de que -ilusoriamente- borra las fronteras entre las clases, y así hace gala de ser omnímoda, de aceptar todo y de no hacer distinciones snobistas y de no tratar de definirse mediante unos gustos de clase. Sin embargo, tal como advierte Khan esto tiene un truco y es que la cultura omnímoda de las élites norteamericanas aparece como una expresión del yo, como una manifestación extrema del gusto que, contando con recursos y tiempo libre, deviene un ejercicio de (auto)cultivo sumo de una individualidad marcada por los privilegios y el acceso ilimitado a las diversas producciones culturales.

De ahí que el cordón umbilical de la Internet signifique (al respecto del acceso a la cultura) un cordón umbilical irrenunciable. Básicamente porque con el único coste del acceso a la web, el internauta tiene la sensación misma de estar (auto)cultivándose, de estar manifestando la peculiaridad individual de su gusto exquísito (en tanto que lo concibe como único, privativo). Pero, tal como alerta Khan es algo ilusorio, pues igualmente uno con la Internet tiene acceso a esa vida del espíritu secundaria, en la que aparece el producto secundario de la cultura, pero el veto a los contenidos primarios sigue existiendo.

Por ello es importante llamar la atención sobre dos conceptos clave: el gusto y el criterio. El gusto es personal, caprichoso y libre y unifica el status de los seres humanos, pues todos tienen -o mejor dicho, creen tener- un gusto (no entraremos, de momento, en si este es bueno o en la necesidad de entrenar el gusto). Sin embargo, el criterio sancionador exige una responsabilidad, proviene del razonamiento y la comparación y el estudio continuado y la reflexión y trata de ser justo, equitativo. El criterio, por lo tanto, no es equivalente, en tanto que todos los gustos -se supone que- sí lo son.

Y aquí nos encontramos de nuevo con otra de las trampas del gusto que exhiben, en opinión de Khan, las élites norteamericanas. Tal franqueza del gusto y el talento necesario para tenerlo (pues se da por supuesto que el gusto personal proviene de cierto talento para la selección, el contraste y la observación) esconde una triste realidad: el talento cuesta que se desarrolle, la capacidad para discernir entre la marabunta de producciones culturales lleva tiempo y dinero. Así, por ejemplo, ser un estudiante modelo, dice Khan, no depende solo de lo listo e inteligente que uno sea ni de la dedicación o esfuerzo, sino que necesita una buena escuela, buenos maestros, y un hogar confortable, seguro, y tiempo libre para dedicarse a cultivar el yo.

Y esto no está al alcance de cualquiera.

Pero bien, transplantemos ahora esta idea de Khan esto al contexto europeo o más específicamente al español.

Aquí el acceso a la universidad es amplio y diverso, de igual manera que las entradas de los museos son asequibles, y así el acceso a los libros (aunque estos cada vez se están poniendo más caros; sin embargo, contamos con una buena red de bibliotecas) y hay una clase media que ha ido en franco aumento en las últimas décadas. En principio, el acceso a la cultura, el entrenamiento del yo, la capacidad de juicio y análisis, se diría que se ha democratizado. Se diría que existen las condiciones materiales para que se hubiese creado una masa crítica notable de ciudadanos responsables, juiciosos y entrenados en el gusto. Pero esto no acaba de ser así, y aquí los medios de comunicación de masas (especialmente la televisión) han jugado un papel crucial. Al venir presentándonos (al menos desde la última década) a una serie de sujetos que, supuestamente, provienen de ciertas élites, culturales, económicas o sociales expresando salvajemente las preferencias de sus gustos, se ha difundido la idea de que los gustos son equivalentes y equiparables. Así, siendo que el gusto se deriva (aquí, en norteamérica y en sebastobol) de un criterio, de un entrenamiento (y no al contrario), se ha tomado la línea de llegada por la de partida.

Claro que el mundo de los escritores tampoco ha sido inocente a este respecto, y si no, recordemos una salida de tono del premio nobel español Camilo José Cela:

 

 

Cela dice esta boutade en televisión, que para cualquier persona inteligente y cultivada es eso, una boutade, y en principio debería quedar ahí, en el afán provocador de un hombre serio, instruido y que ha gozado de toda clase de privilegios culturales, económicos y sociales. Así, el esfuerzo de Cela, que nadie se lo niega, y su dedicación al trabajo (su talento, en suma) le permiten esta salida de tono. El problema viene cuando el gusto deviene coso exclusivo para tales ordinarieces.

Y eso es, en resumidas cuentas, lo que ha pasado en España, pero también en Europa y en USA.

Así, las élites culturales, económicas y sociales hoy, por causa de la vergüenza -y, se supone, también por cierto sentimiento de culpa- referida a sus privilegios adquiridos, hacen gala del gusto como si ello les equiparase al resto de la población, igualmente equipada con la capacidad para decir cualquier cosa que se les antoje, y sin el menor sonrojo. Lo que late detrás de ello, sin embargo, es esa prerrogativa que les ha venido a permitir simular confundirse con la masa, expresando igualmente un estilo personal, identitario y de afán único. En otras palabras, las élites, en un intento por disimular su condición, hablan de estilo sabiendo que ello proviene de un gusto entrenado y de un criterio, sabiendo que es un efecto. La consecuencia de ello es el embrutecimiento progresivo de la población y su confusión al respecto de qué es el gusto y qué es el criterio. Así, cualquier ciudadano piensa que la realidad de la vida de su espíritu, habiéndose abierto un blog o un twitter o un facebook, consiste en opinar a diestro y siniestro, de lo divino y lo humano, sin la menor consideración. Pero lo más perverso: que tal actitud le asemeja, piensa este ciudadano desnortado, de alguna manera oblicua, a las élites que igualmente opinan, dicen y se comportan en lo que se refiere a su gusto y estilo de vida, con la mayor insolencia, caradura y fanfarronería.

De ahí también ese sentir contemporáneo de que si nos quitan Internet, si nuestro portátil falla, o nuestra tablet se rompe o se extravía nuestro teléfono móvil quedamos afuera del círculo privilegiado de la cultura. Pero esto, como ya ha quedado claro, es radicalmente falso, porque los contenidos originales de la cultura están en otra parte, y en Internet solamente hay ese producto secundario que se deriva de aquel. Las élites han conseguido engañar a la población de tal modo que les han hecho pensar que lo original, lo que vale la pena está aquí, cuando cualquier persona avispada intuye y sospecha que en realidad, todo lo que vale la pena está en otra parte y que, además, para cuando queremos darnos cuenta, ya ha sucedido y nosotros, como siempre, nos hemos quedado afuera, aplaudiendo desde las gradas.

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[1] Manuel del Barrio Donaire, “Documento I”, incluído en el libro ¿Por qué hay un plato que gira dentro del microondas? (Ediciones Liliputienses, 2011) [se puede leer aquí].

[2] Shamus Khan. “The new elitists”. The New York Times. 07-Julio-2012.

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Camilo José Cela – Antoni Vilanova / Correspondencia

Bharti Kher, “Rich man, poor man, beggar man, thief” (2010)

En una entrevista de 1954, publicada en El Noticiero Universal, Néstor Lujan entrevista a Camilo José Cela y éste último le cuenta lo siguiente, dice:

“la novela ha de ser el reflejo de la realidad en un espejo cóncavo o convexo. El talento del novelista consiste en echar agua literaria al agrio vino de la vida. En una época en que han existido los campos de concentración, en que se ha inventado la bomba H, en que se han hecho pantallas de piel humana, los novelistas no podemos inventar nada. Concretando, la novela es el freno que se mete al potro desbocado y maleducado de la vida”.

Las declaraciones las cita Adolfo Sotelo Vázquez en el prólogo del libro que recoge la correspondencia entre Camilo José Cela y el crítico y profesor universitario Antonio Vilanova, recientemente editado por PPU (Promociones y Publicaciones Universitarias) y cuya edición está a cargo de Blanca Ripoll Sintes.

La correspondencia incluye un buen número de años, desde 1954 hasta 1991. Un total de 91 cartas, con algunos intersticios marcados por cartas inencontrables, así hay cartas que no obtienen respuesta y cartas que responden a otras que no podemos leer. Sin embargo, percibe el lector una coherencia y una cierta evolución en sus contactos y en el desarrollo de su propia amistad que, sin embargo, es ya desde el principio íntima, pues se hace mención en las primeras cartas a asuntos sentimentales que habrían sido tratados previamente en persona.

Y es raro porque se trata de una relación en principio rara, la de un escritor con un crítico que se ocupa de sus novelas. A este respecto Vilanova cuenta su satisfacción por constatar en aquel que -con el correr del tiempo- será futuro premio nobel las virtudes que éste ya le confería con anterioridad. Es decir, que habiendo leído sus libros y sabido de él, de su trabajo estético, Vilanova ya pensaba bien de Cela, pensaba de él que era un hombre virtuoso, honesto y serio. El conocimiento personal, así, no viene sino a corroborar tal presentimiento de Vilanova.

El grueso de las cartas (67) data de los años 1954-1959 y que coinciden con la época en la que Cela trabajaba en lo que se llama su novela venezolana, La Catira, y la repercusión de la misma en los medios, el ingreso de Cela en la Real Academia Española, la creación de la revista Papeles de Son Armadans (en la que Vilanova será el responsable de la sección de crítica literaria) y las Conversaciones poéticas de Formentor, así como las intrigas por la cátedra de la Facultad de Letras de la Universidad de Barcelona en las que se ve inmerso Vilanova, la enfermedad de Lolita (la mujer de Vilanova) o las penurias económicas del crítico literario y profesor.

Ese año, el de 1959 finaliza con la muerte del padre de Cela, y la aceptación de Vilanova de un puesto de profesor visitante en la universidad de Wisconsin. A partir de ahí las relaciones parece que comienzan a agriarse o, cuanto menos, toman un tono más severo, a veces incluso de reproche velado. Disputas menores por dineros o la rocambolesca compra y desastroso envío de una vajilla de La Bisbal son los temas que se tocan en las misivas de los años siguientes. Luego ya no hay nada hasta 1974, cuando a Cela lo hacen presidente del Ateneo de Madrid, otra de 1987, una más de 1991 en la que Vilanova le pide consejo sobre su interés por ingresar en la Academia. Y ya.

En general Cela escribe sentencioso y corto, diligente y seco, sin que por ello se deje de notar el especial afecto que le tiene a Vilanova. Las cartas del crítico literario barcelonés, por contra, son largas, minuciosas, detalladas y con una prosa hermosa y escogida. Si Cela da un trato más bien de gestión comercial a las cartas, se diría que las de Vilanova son mucho más personales, introduce en ella confidencias y sentires más íntimos, diserta sobre literatura o hace suaves y elegantes esbozos pictóricos de los lugares en los que se encuentre viviendo o visitando en el momento de la escritura de la carta.

El volumen viene con un apéndice en el que se incluyen las dedicatorias manuscritas de los libros de Cela a Vilanova, desde La Familia de Pascual Duarte hasta Madera de Boj, así como una serie breve de seis fotografías (3 retratos de Cela, uno de 1961 y dos de 1954, uno de Vilanova de 1954 y dos fotos de grupo en las que aparecen Cela, Vilanova y sus respectivas esposas, así como algunos amigos -A. Kerrigan, Pepe Caballero Bonald, y Américo Castro-, ambas también de 1957).

En definitiva, se trata de una magnífica oportunidad para adentrarse en las respetuosas intimidades de la amistad entre un premio nobel y su crítico, sus intereses y estrategias, sus cuestiones personales y sus pareceres estéticos. Pero, además, nos da la oportunidad de ver de cerca acontecimientos hoy ya lejanos pero cruciales como fueron la revista Papeles… y las conversaciones de Formentor, entre otros.

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Escritor en Allak – Infancias (re)visitadas

Kieron Williamson

es un niño inglés de siete años al que llaman “el pequeño Monet”. En su última exposición, hace un par de semanas, en la galería de Holt (Norfolk) de su ciudad natal,  vendió en menos de treinta minutos 33 de sus cuadros por la nada despreciable cifra de 150.000 libras [1].

Dicen de él que no habla demasiado, que tampoco pregunta, sino que simplemente se dedica a observar, que lo suyo es un aprendizaje visual [2] de los parajes de Norfolk y que más tarde retrata en sus deliciosos cuadros.

Dicen de él que es (o será) un genio.

El niño sólo pinta cuando se siente “in the mood”. Pero, sin embargo, pinta una media de seis cuadros a la semana, lo cual, se mire por donde se mire, es  una barbaridad.

Igual que los bestiales 104 títulos que tiene contabilizados la editorial Planeta y que fueron en su día firmados por Francisco Umbral, amén de los más de 20 mil (sí, 20 mil) artículos publicados en prensa.

Dejó dicho Miguel García Posada en su conferencia El escritor perpetuo que “su brillante facilidad [la de Umbral] no era sino el corolario de un vasto aprendizaje” [3]. Y es que es cierto que en Umbral la escritura se percibe “como forma de afirmación. Como forma de vida” [4].

Por ello, sus memorias de niño, las de la posguerra, que nos cuenta en Memorias de un niño de derechas, son sólo unas memorias entre el abanico posible de todas ellas. En su escribir tanto -y tan bueno-, lo que hace Umbral es ir fijando las cosas según le vienen.

Sigue así el consejo de su maestro Cela: “El viajero tiene su filosofía de andar, piensa que siempre, todo lo que surge, es lo mejor que puede acontecer” [5].

Y eso porque, además, el propósito de este libro es el de inventar su propia infancia. Así, cuando los recuerdos le asedian, lo que hace Umbral es “ atenderlos, transformarlos o dejarlos de lado” [6] según su conveniencia, y esta es lo que él llama la “sinceridad literaria”, el propósito de decir la verdad sobre un asunto, aunque ello implique que, sobre otros muchos asuntos, no se  diga tal verdad y se maneje la resignación, esa “forma última y menor de la libertad” [7].

Si tomamos en consideración la idea que de genio nos propone Umbral en su libro, ésta, la de que “genio es el adulto en quien no se ha atrofiado la capacidad de participación del niño” [8], podemos decir que este libro está escrito por un genio, pues el narrador umbraliano, igual que Kieron Williamson, que participa de la realidad copiándola, (re)cuenta el pasado participando de su construcción.
Lo dijimos antes, a la memoria a Umbral le viene un aluvión de recuerdos y él “participa” en su criba y nueva enunciación, legándonos una construcción artística, y ya, por tanto, literaria.
El libro está estructurado con la voz narrativa de una tercera persona del plural (nosotros, los chicos, “los niños de la guerra”), aunque hay pequeños deslices hacia el yo, como en la página 58 (“el demonio tomaba mi cuerpo, mi carne, y entonces yo no tenía desde dónde luchar” [9]).
Ello produce el efecto de ser una suerte de tratado sociológico de costumbres y usos: la cultura popular de la época de la postguerra, pero con la presencia fascinada del grupo (los niños de la guerra) y la irónica y creativa del individuo (Francisco Umbral).
Todo ello contado a ráfagas: a través de cortos fragmentos autónomos.
Gracias a este pequeño truco de composición, el libro resulta fresco hoy, a pesar de haber sido escrito en 1972.
Con este libro Umbral comienza su proyecto memorialístico, su “círculo de la memoria” y, por tanto, adquiere así Memorias de un niño de derechas la categoria de libro embriónico.
Dicho proyecto puede argüirse que se realiza en parte para vengar la ausencia de un padre desconocido (hasta su muerte nunca sabrá quién fue de veras su padre, siquiera el nombre) y, en parte, para validar su estatuto literario, su biografía de escritor, por así decir.
A su manera, es también un libro pionero, pues anticipa toda una serie de libros memorialísticos que aparecerán tras la muerte de Franco.
Es pues una importante “referencia histórica generacional” y un libro en el que hay “una profunda imbricación de la memoria personal y de la memoria histórica colectiva” [10].
El que también se propone ser un libro generacional es Los príncipes valientes, de Javier Pérez Andújar.
En él, la narrativa no se encuadra exactamente en el terreno de la biografía (aunque narrador y escritor comparten la Barcelona suburbial de los años setenta, en torno al río Besós), sino más bien en el de la novela.
Pero es autobiográfica en el sentido de que muestra cómo “además de una resistencia política existe una resistencia biográfica” [11].
Así el nudo de la novela podríamos decir que se halla en la idea de que “el olvido y la ignorancia son una misma cosa [12]. La novela, pues, sería un remedo para dicho mal.
En Los príncipes valientes nos encontramos con una novela canónica en tres actos, una historia de amistad entre el protagonista/narrador (sin nombre) y su amigo Ruiz de Hita, y que se basa en el amor de ambos a los libros; una novela construida en torno a la premisa de que siempre existirá la justicia poética.
En ella, su autor se propone demostrar que  “aquella gente de clase obrera existía”  [13], y ello, con el transfondo de una ingenua historia de amistad entre dos niños cuyos padres son enemigos irreconciliables.
La novela de Pérez Andújar puede leerse a tres niveles: la novela clásica de amistad infantil, la obra de formación (u aprendizaje, que aquí no son exactamente lo mismo) de aquel que “con fanatismo de niño  se ha prometido hacerse escritor para serle fiel a su paisaje, a su ideología” [14] y una memoria sentimental de la tv, el cómic y los libros que leían los niños en España en los años 70.
Así, su propósito generacional, residiría en el tercer nivel de lectura.
La parte que se podría decir más “auténtica” de Pérez Andújar es aquella donde el narrador olvida su interés sociológico y generacional y donde abandona, además, su negra sombra umbraliana.
Y ello, porque la fuerza de la metonimia umbraliana aquí se le descafeina, por no serle propia, claro; y suena a tropo desvencijado.
En su mejor parte, el libro está lleno de intuiciones geniales echadas al vuelo, y así, reflexionando sobre los otros, el narrador se da cuenta de que “sólo voy a poder ser yo nutriéndome de los otros” [15].
La parte que podríamos considerar “ensayística” es mejor cuando toma el género del dietario y se hace apunte o croquis, y se vuelve un poco morosa y autoindulgente cuando trata de dar explicaciones racionales a las series y cómics que ve y lee, por la razón de que aquí es el adulto escritor quien habla y no el niño.
Por ello, esos mínimos apartes de la narración, suenan impostados.
Por lo demás, se trata de una tierna historia de amistad y amor por los libros, un viaje proletario y sentimental a los años setenta de nuestra España franquista,
no exactamente en la línea de Marsé y Francisco Casavella (más pícaro el primero y canalla el segundo) como opina Masoliver Ródenas [16], sino tal vez más del lado festivo y brioso de Francisco Candel.
Una buena obra sobre la genial infancia del niño-escritor, cuyo mayor acierto es la franca oralidad que desprende (se recomienda ir leyendo extractos en voz alta) y que le hace a uno sentir esa fascinación “participativa” del niño, generalmente perdida en la edad adulta.
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[1] Andy Dolan. Art world goes mad for Britain’s ‘Mini Monet’: Boy aged seven makes £150,000 in 30 minutes by selling his paintings. Daily Mail. 1st August 2010.

[2] Patrick Barham. The boy who paints like an old master. The Guardian. 29-December-2009.

[3] & [4] Miguel García Posada, El escritor perpetuo. Conferencia-homenaje a Francisco Umbral dictada en el Aula de cultura ABC / Fundación Vocento el 27 de Marzo de 2008 (aquí).

[5] Camilo José Cela. El viaje a la Alcarria. Ed. Destino. Barcelona. 1967. [pág 10]

[6] Mariana Genoud de Fourcade. Francisco Umbral: Teoría y Práctica del diario íntimo. Revista de Literaturas Modernas. Nº 36 (2006). [pág. 239]

[7], [8] & [9] Francisco Umbral. Memorias de un niño de derechas. Ed. Destino. Barcelona. 3ª edición. 1986. [pág 84, 126 & 58]

[10] José F. Colmeiro. Memoria histórica e identidad cultural: de la posguerra a la postmodernidad. Ed. Anthropos. Rubí (Barcelona). 2005. [pág 106]

[11], [12], [14] & [15] Javier Pérez Andújar. Los príncipes valientes. Ed. Tusquets. Barcelona. 1ª edición. Octubre de 2007. [pág 42, 146, 233 & 203].

[13] Agencia Efe. Entrevista a Javier Pérez Andújar. Soitu.es. 10/11/2007.

[16] J. A. Masoliver Ródenas. El nuevo realismo urbano. Cultura/s de La Vanguardia. 19-Marzo-2008. Pág 14.

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