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Lo importante es ganar

1.

Queda l´angoixa com una presència [1]

Se suele argüir esto: que la literatura es buena o mala. Y uno queda como dios, tras el golpazo del puño airado contra la superficie de la mesa.

Pero decir esto, a pesar de su apariencia elocuente, no significa decir nada.

Nada de nada.

La literatura es un continuo y eso les concierne además a los historiadores, a los académicos y, tal vez, a los profesores de instituto; al lector lo que le importa es que un libro sea una bomba.

Y no hablo de unos dolores musculares o la simple belleza de una prosa menguante o de asombro que produce un regusto chispeante en las córneas. No.

Hablo de que un libro debe dejarte absolutamente sin respiración.

Un libro, un buen libro, o te revuelve las tripas, o no vale para nada.

Y esto independientemente de que te guste más o menos su estilo o de que los temas tratados te sean afines, de interés o su irrelevancia para tu conveniencia en la vida sea mayúscula.

Lo que habría de decirse sería:

sí, es cierto, hay dos tipos de literatura, hay una literatura menor que es destacada, puede que incluso deslumbrante, bien escrita, de prosa limpia y quizá hasta agradable, bella, o incluso onerosa, pero nada preocupante para el individuo, que pasa sobre ella como el coche viaja saleroso por las autopistas o con el fastidio de la mecanicidad del trabajo, pero pasa sobre ella y ya está. Sin más.

Y luego hay otra, otro tipo de literatura, y más que de literatura, ya lo dije, habría que hablar de libros, libros que son significativos, unos libros que forzosamente han de suceder, libros que aprisionan al individuo con su discurso y que, con ello, producen el efecto de liberarlo de sus cargas.

Libros que no pueden negarse racionalmente. Y esto no porque sean verdad sino porque evidencian lo que hasta sólo unas horas antes  de leerlos apenas eran intuiciones.

Son libros (estos del segundo caso) cuyo juicio estético resulta irrelevante, porque su contenido es irreprochable.

“Lo importante es perder” pertenece al segundo grupo.

2.

Como quien hurga en un brasero apagado

Como quien remueve los carbones y recuerda [2]

Tengo en alta estima a las cosas que se alían solas para suceder conjuntamente. Es decir, la sorpresa que nos traen los movimientos de ajedrez mental que son las lecturas, la escritura y el propio vivir.

Claro que todo esto sucede siempre sin nuestra colaboración. Pero sucede. Hablo de Carlota, la novela que corrijo estos días. Un personaje trata de recuperar la infancia, con veinte años de retraso. Algo parecido le sucede a Carlos Mestres Ruiz, el protagonista de “Lo importante es perder”.

En ambos casos, el motor de la búsqueda es el secreto, en vertientes dispares y con matices bien diferenciados, los personajes de ambas novelas buscan su personalidad secreta: su autenticidad.

Estaba totalmente claro que yo leería esta novela de Manuel Pérez Subirana justo ahora, nunca antes, justo después de finalizada la novela “Carlota (o El Beso)”. Incluso, además, ahora se me hace totalmente evidente que el orden de lectura de las novelas de Manuel debe ser primero “Egipto” y después “Lo importante es perder”. Una ilumina a la otra, pero en sentido inverso.

No como lo previó Manuel sino al contrario.

Es curioso cómo los libros tiene su propio dictamen a este respecto.

Da que pensar esto…, sobre la supuesta libertad del escritor, quiero decir.

3.

Carlos Mestres Ruiz es el protagonista de “Lo importante es perder” (cuyo nombre no nos es revelado hasta la pág 155).

Carlos

(aunque mejor sería decir el personaje “sin nombre”, pues su nombre, producto de lo social, el mundo de los padres, el pasado, también el mundo relacionado con su ex-novia y su bufete, es completamente irrelevante)

busca su infancia, en un momento determinado;

se da cuenta entonces no de que sea irrecuperable sino de que carece de sustancia aplicable al presente. Porque todo lo idealizado está en otra parte.

Tal vez en madurar.

En “Egipto” se dice que la madurez es fruto de la traición.

Sobre “Lo importante…” yo diría que justamente el deshacerse de los ropajes que nos han traicionado es la madurez. O sea, quitarnos las convenciones, la mugre del discurso acusador del “hombre bueno”.

Y esto porque es una idea falaz, la del “hombre bueno”, porque el hombre bueno no es el que hace el bien, ni siquiera el que no hace el mal. El hombre bueno es aquel que respeta los deseos del otro siempre que eso implique la seguridad de poder hacer uso de la elección personal. Un hombre libre, diríamos.

En el fondo, esta idea es la idea clásica de la autorrealización, con una diferencia, donde en “El inmoralista” de Gide -por poner un ejemplo más o menos reciente- se habla del hombre auténtico como el que trata de romper las convenciones, de “épater la bourgeois”, Pérez Subirana no ve otra opción que desestimar lo que se ha vuelto norma silenciosa.

El hombre ahora, como punto de partida tiene el fracaso, y su mera constatación sólo puede darse con la valentía. Lo que aprende Carlos Mestres es que no hay remedio, que se trata de “funeralizar” el presente. Y aceptar que lo demás son sólo ficciones.

El abogado Carlos Mestres, que renuncia al ejercicio de su profesión, a recuperar a su novia y a discurrir efímeramente por la vida, en su proceso de pérdida, gana al escritor Carlos que es quien magistralmente nos cuenta su propia historia.

Literaturizar no significa aquí convertir en ficciones una historia personal, embellecerla pues, literaturizar es olvidarse de la utopía del yo y aceptar el devenir mismo de las circunstancias, la naturaleza de la vida. Y esto con la mano firme sobre el provenir. No mediatizándolo, sino exigiéndole que suceda, que nos suceda, pero con nuestro consentimiento.

Eso es lo que aprende Carlos, el consentimiento. Porque cuando la catástrofe es consentida, no es catástrofe ya, sino decisión acertada. No fruto de la meditación, sino fruto del impulso de saberse vivo.

En el fondo, “Lo importante…” no es una novela de pérdidas sino de ganancias. Se acepta que todo son promesas que, como el amor “nunca llega(n) a cumplirse del todo” [3].

Y que, por ello, no debemos engañarnos, sino felicitarnos por seguir en el camino incierto que es nuestra existencia. Dejar hueco para la sorpresa y el rumor incesante de lo desconocido.

En suma, ser creativos.

En esta novela, la literatura le gana a la vida, pero en su propio terreno.

La escritura como esencia del porvenir.

4.

Ya suben los dos compadres

hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas
[4]

Contra la lectura general de que la novela de Subirana se hace como elogio de la renuncia, y a pesar de ser cierto que “hace gala de esa atracción que sienten los perdedores por el escenario de sus derrotas” [5],

su protagonista, el ya escritor Carlos Mestres Ruiz, no se regocija con su vida pasada, sino que la “funeraliza”, y esto porque se sabe condenado a la tristeza de un tránsito incomprensible,

a esa “extrañeza de aquellos dos mundos contradictorios, en ninguno de los cuales, me decía, encontraría ya amparo ni reposo” [6]

Y no, claro que no, no se puede encontrar amparo, porque no lo hay.

Contra la idealización de la filosofía existencialista (que tiene como punto de partida la irrealización perenne del individuo), incluso contra la novela de tesis (que valida un criterio) y la novela psicológica (que concede la mayor credibilidad a la psique del individuo) y ello a pesar de que la novela participa de las tres cosas,

se podría decir que “Lo importante…” es una novela panteista, siendo la ciudad el equivalente de dios y el hombre siendo todos los hombres y, a la vez, ninguno.

5.

En un momento de la novela se dice que

“nadie encuentra su lugar si no hace nada” [7],

Subirana pervierte hábilmente esta máxima de la bonhomia post-burguesa, afirmando que sí hay sitio, que hay sitio para todos, sobre todo para el hombre libre, el hombre auténtico, aquel que se viste con solo los ropajes de su honradez.

“Toda defunción exige ciertas formalidades, incluso cuando se trata de la defunción de una forma de vida [8],

dice Carlos Mestres.

“Lo importante es perder” es la celebración solemne de esa defunción y, al mismo tiempo, el festejo del alumbramiento de un escritor, de su final venida al mundo.

En ella la orquesta toca exactas las palabras y armoniosas, rítmicas y felices las frases se desparraman punzantes y eléctricas por 200 páginas de un deleite espectacular, con sus ritmos de gin-tonic y jazz;

sorpresas dulces que hablan de lo que es la mejor literatura contemporánea en castellano.

Y de lejos.

Con “Lo importante…” se abre esa mal llamada trilogía de la renuncia de Manuel Pérez Subirana,

cuya culminación y tercera entrega esperamos venga pronto.

La necesitamos.

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[1] Joan Margarit. “Fragilitat”, de Misteriosament feliç. Edicions Proa. Barcelona. 2008.

[2] Roberto Bolaño. “Ni crudo ni cocido”, de Los perros románticos. Ed. El Acantilado. Barcelona. 2006.

[3] & [5] & [6] & [7] & [8] Manuel Pérez Subirana. Lo importante es perder. Ed. Anagrama. Barcelona. 2003. [págs 107, 196, 100, 98 & 194]

[4] Federico García Lorca. “Romance sonámbulo”, de Romancero Gitano (1924-1927). Clásicos Taurus. Ed. Santillana. Madrid. 1993. (Ed. de Derek Harris).

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Un párrafo de más

1.

Las cosas más insospechadas suceden de repente

y se materializan en un párrafo de más;

parece un detalle irrisorio: “¡un solo parrafo!”.

Bueno sí, otro párrafo que se suma a la sucesión truncada de más párrafos y que quiere ser concebida finalmente como una relevante historia, un verosímil e interesante relato corto.

Sí, bueno,

es un sólo párrafo, sí,
pero la diferencia entre ese estar o no estar de ese párrafo es la puerta que nos llevará a la consecución de la historia o nos dejará atorados.

Es la diferencia entre la vida y la muerte de un relato,

y de su propia legitimidad como historia. Y hasta del escritor mismo.

Pues siempre en la concepción y escritura de un texto aparece este momento crucial.

Ese párrafo apareció hace dos noches.

Lo que varía siempre es el método para conseguirlo, tras días semanas o meses de penoso esfuerzo.

Lo que me funcionó dos noches atrás fue estar viendo en el ordenador contiguo Factotum, al tiempo que dejaba preparados los dedos sobre el mac, dedos que raudos se apropiaron de ese párrafo que pululaba por la habitación.

Hace dos noches.

Y a ese párrafo le han seguido felizmente muchos otros, entre anoche y hoy,

Factotum, que cuenta la biografía de Charles Bukowski, mezclada con sus relatos fue lo que propició mi entrada -de nuevo- a la cueva secreta del lenguaje.

Al final de la película Matt Dillon (que interpreta a Bukowski)

dice algo así como:

“si no estás dispuesto a llegar hasta el final, siquiera lo intentes”.


2.

Pero ello también conduce a la inevitable tristeza,

melancolía que que se me materializa en estos versos de Luís Quintais y que tiene que ver con el tema de la distancia, el tiempo y el viaje que esbozaba el otro día.

Dice así el poema:

con el paso del tiempo / una sombra nos revisita: es una mirada diferente, / crepuscular, / que se nos acerca, nos sitia / diciéndonos: “tal vez me persigas y yo te persiga” [1]

Yo te persigo y tu me persigues.

De esto va la creación literaria: el juego del escondite entre el escritor y el lenguaje, cada vez paga uno.

3.

Hay días en los que es mejor no hacer más que una sola cosa.

Días que sirven para encontrar un párrafo que nos mejore la historia que andamos escribiendo y días que son sólo para dedicárselos a un libro.

Del mismo modo que hay días que deberían dedicarse íntegros al amor y otros a la borrachera.

Me sucedió ayer con “Gina”, del costarricense Rodrigo Soto, que no pude hacer nada más que leer ese libro y pensar ese libro y habitar ese libro.
Nada más.

Consigno un sólo párrafo del mismo:

“Y no sería esto, esta muerte lenta y chiquitita, incompleta y silenciosa que cargo desde entonces, esta angustia de la espera, estos pedazos de cielo desgarrado como una hoja de papel…” [2]

Habla de la muerte del padre.

Y de ese pequeño hueco por el que, si tenemos la osadía de colarnos, alcanzaremos una suerte de resurrección en vida.

Y todo gracias a algo duplicado y que sucede en la novela -y redime al personaje central, Gina, y a nosotros también- (y que no puedo contar), pero que resultar ser ese “párrafo de más”, que se torna innecesario finalmente, pero que, sin embargo, nos alumbra e ilumina el futuro que ya será enteramente nuestro, libre y feliz

(o feliz en la medida en la que todo hombre y mujer pueden ser felices).
Es tan hermoso…

que sólo mencionar el título del libro “Gina”, ya dan ganas de volver al recuerdo de su lectura, de acunarlo cercano al pecho y hablarle a todo el mundo de él.

Rogarle a todo el mundo que lo lea de inmediato, que lo guarde cercano a la almohada, como se guardan los valiosos tesoros:

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Un libro breve, poético y necesario.

Un libro que “por su sutileza parece de otro tiempo / por su escritura resulta muy actual” (de la contraportada).

Un libro con el que he encontrado montones de insospechadas afinidades.

Además,

adoro los libros que sólo llevan por título el nombre -o sobrenombre- de una mujer. Me viene a la cabeza ahora “Alondra”, de Merçè Rodoreda, “Isabel”, de Andre Gide (a pesar de ser fallida), “Sylvie” de Gerard de Nerval o todo el “Cuarteto de Alejandría” de Lawrence Durrell.

4.


Las cosas más insospechadas suceden de repente, sí.

Y lo que era un relato de unas veinte hojas,

llamado “Esto es La Morte Subite” y que está ambientado en un bar real de Bruselas (un bar que no es La Mort Subite, pero que se llama así en mi relato porque su nombre real no lo recuerdo y además me gusta más este), y que estoy escribiendo en estos días, se ha convertido en una recuerdo para mi abuelo,

Bautista de Montfort i Rios,

enlazado con memorias de infancia y una historia que una chica me contó hace largos años sobre un asesinato horroroso que sucedió en Valencia.

Así, ese párrafo que vino hace dos noches ha dado entrada a todo esto: a sentir que puedo hablar más o menos libremente de la muerte, la infancia y el dolor.

Y, sin embargo, ese párrafo ha desaparecido del borrador actual con el que trabajo, porque sí, porque era un párrafo de más.

Pero un párrafo absolutamente imprescindible,

como esa última copa de todas las noches, ya de alcohólico, pero que te afiebra necesariamente el alma, la copa última a la que uno no se puede resistir y con la que ahora voy a brindar por la salud de todos Vds.

Y por mi reciente triunfo, en este juego del escondite que es la literatura.

eah!

[1] Luís Quintais. Poma sin título, del libro “La imprecisa melancolía”. Ed Lumen. Barcelona.1995. Traducción de Jordi Virallonga.

[2] Rodrigo Soto. Gina. Editorial Periférica. Cáceres. 2006. [Pág 47 & 48]


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(En)cartes y (Des)cartes

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Jane Hirshfield. French Horn.

1.

Estos días últimos,

aparte de disfrutar fiestas en pisos de amigos y atender cenas de casi trabajo, aparte de haber visto a Nacho Vegas en el Auditori y comprar libros y hasta leerlos y de preparar un viaje a Bruselas el viernes y otro a Madrid la semana próxima (ambos a un tiempo de placer y de casi trabajo),

pues aparte de esto, he estado trabajando duro en el relato “Tarde en Lisboa”.

Lo que pueden imaginar: trabajar de valiente, escribir mucho un día (dos páginas), borrarlas al día siguiente, escribir mucho más al día siguiente (tres páginas) y al otro día -hoy- dejarlo todo en un parrafo o casi dos.

John Updike, que ha escrito más de sesenta libros, no pasaba de las tres páginas diarias. Lo cual es apenas nada si lo comparamos con las veinte páginas de Bukowski.

En fin, que esta noche continuaremos, esto es lo importante: no cejar nunca en el empeño.

Pues bien, como un blog es un lugar bueno para estas cosas del work in progress y un blog o es un dietario o no es nada, pues voy a copiar una de las escenas del relato que se ha quedado fuera pero que a mí me parece hermosa

(hermosa con esa hermosura trágica lisboeta, claro).

2.

Tal que así:

En la entrada de la gasolinera hay una mujer vestida con altos tacones que obstruye la puerta de acceso a la tienda. Pienso que debe ser una puta. Lleva unos pantalones acampanados. Una gabardina marrón. Pendientes de esos pequeños, con un mínimo diamante que brilla en sus lóbulos. Una chica discreta, pienso. Tal vez. Me gusta. Pienso que es una puta que espera a un cliente. A pesar de las pocas probabilidades de que esto sea cierto, me deleita sólo pensarlo.
Noto que se me cae el vaquero. Me sorprende que me venga grande. No lo recordaba así. Al darme la vuelta y coger la manguera para llenar el depósito y tratar de sujetarme el vaquero que me cae, advierto que la tira de la braga de Albertina se me va a notar en la cadera. Me pregunto cómo harán las mujeres, pues.

Es tan difícil que la tira quede por debajo, tan difícil… la chica de la gabardina tiene pinta de llevar bragas negras. Un lacito. Diversos bordados en tonos marrones, amarillentos. Siempre imagino a las mujeres portuguesas con bigote. A la chica de los zapatos de punta en medio de la gasolinera también. Es puta y lleva bigote, pienso. Sólo que lo disimula con maquillaje.
El caso es que ello no desinfla mi excitación.
Es más alta que yo. Un palmo por lo menos. Bueno, unos cuatro dedos. Y eso que yo no soy ni mucho menos bajito. Un metro setenta y siete.
En tanto que me pongo las manos en el bolsillo a la búsqueda de unas monedas o billetes o simplemente hago como que busco algo importante para que la chica no sospeche, la escruto en su hablar por teléfono. Una mano agarra el teléfono. La otra baila sobre la cadera, roza el tejido negro y afianza un bolso que yace sobre su hombro izquierdo.
Se mira obsesivamente la punta de los zapatos. Las levanta. El cinturón de la gabardina le cuelga ambos lados de la cadera. Se mueve. Las puntas del cinturón se le bambolean. Tiene el cabello horriblemente negro.
He puesto exactamente cinco litros con treinta. Gasolina diesel. Óptima. Me gusta saber de las cifras que me rodean: cuatro coches repostando. Dos de ellos negros. Otro verde. Otro rojo. Me gusta saber de la especificidad de las cosas: Treinta y dos años, son lo que debe tener la chica del pelo horriblemente moreno. Y un treinta y nueve de pie.
Camino hacia ella. Muy lentamente.
Saco la tarjeta del bolsillo. La de crédito. Es de Albertina. Como en Portugal sólo te piden el pin puedo utilizar las que le da su padre. Su padre no le controla los gastos. Albertina no las utiliza nunca. Las guarda en su dormitorio, ese que solo utiliza ella, cuando está cansada o abatida o preocupada o distante, que viene a ser exactamente el sesenta y tres o setenta y ocho por ciento del tiempo que pasamos juntos. O sea, cuando no está de viaje ocupada de los asuntos… sus asuntos.

No sé, me fascinan las cifras y, sin embargo, sus temas aburridos de la consultoría hacen que mi atención se desvanezca de un plumazo, con una determinación inquebrantable.
Camino hacia ella. Lentamente. Hacia la puta.
Es tan meticulosa, Albertina, pienso, además, que siempre elige la misma combinación secreta para todas sus cosas. Números de tarjeta, direcciones de correo electrónico, el móvil… todo. Tan previsible.
Dejo caer la tarjeta de crédito en el suelo (finjo torpeza y que se me ha caído justo por ello), justo al lado de los zapatos de alto tacón y la gabardina y ese cuerpo portugués de metro ochenta y dos, más o menos.
Me rasco mi pelo desordenado y rizado. Hago una mueca.
La puta portuguesa me mira los pies desnudos, frunce el ceño. La chica del cabello negro y los treinta dos años. En este momento pienso en cuánto me gustan mis pies desnudos. Me gusta toda mi desnudez, en general.
Al tiempo, como impelida por esa brava excitación de un frío súbito –o del reconocimiento del peligro, lo que viene a ser lo mismo-, la braga de Albertina aprieta, me aprieta fuerte y terca a los lados, me constriñe la carne justo en la parte alta de los muslos. Pero, ah, me gusta. Sí.
La determinación de sus ojos marrones –los de la puta- y su metro ochenta y dos, más o menos, ahora mirándome con esa mirada pulcra y obsesiva de las chicas trágicas, acierta a disparar la actividad en los aledaños de la braga, en mi entrepierna. Y entonces las gomas aprietan más y, por lo tanto, duelen más. Y ah, también dan más placer. Sí.
Así es que mi erección me sujeta los pantalones y, justo por ello, no caen –los pantalones- y se cuidan de resguardarme la lividez de la braguita cruzándome perversa la nalga. Saber esto me produce cierto abyecto placer. Saber asimismo que ella no lo sabe –el roce sensual de la seda de las bragas de Albertina sobre mi miembro- es la clave de la vileza de mi disfrute. Y también la puta, a la que niego el conocimiento de mi placer. Saber que ella tampoco lo sabe, duplica, qué digo, ¡triplica! mi lidibinez.
Nadie niega consuelo a la gente que sonríe, pienso, y así raudo me pongo frente a ella –de la puta-, aprovechando el forzado movimiento de recoger parsimoniosamente la tarjeta de crédito del suelo e ir poniéndola en mi bolsillo trasero; le susurro así un verso de Pessoa –se lo susurro a la puta y al viento mismo-: “como si cada beso/fuese de despedida”.
Y le hago un gesto con la mano. Y le tiro un beso. Y vuelta a sonreír. Yo. Porque ella, no sé. La puta, la puta no hace nada, hasta que se envalentona y no para.
La puta portuguesa no susurra sino impreca ya no versos sino insultos. Supongo, no sé, pues esa fatal cadencia del luso podría significar cualquier cosa… es difícil saber cuándo una chica portuguesa está para el amor o para la pelea, si no es que ambas cosas son lo mismo para ellas.
La poesía está en todo –digo de nuevo, obstinadamente y repito-, la poesía está en todo: en la tierra y el mar, en el lago y en la rivera del río”.
A Albertina le encanta Pessoa -a pesar de ser regiamente castellana- me digo para reconfortarme, en tanto que quizá me haya arrimado demasiado a la puta, y mis manos se hayan excedido por sobre su trasero.
Y recito pomposamente:
“ También esta en la ciudad, no lo niegues –llegados aquí le sonrío teatralmente-, se hace evidente a mis ojos…
(le señalo sus senos portugueses -a la puta misma- y el amor se muda finalmente a pelea)
Qué lástima, pienso, mientras noto sus puños irascibles en la nuca. Qué injusticia, todo.

3.

Aclaración (pertinente):

Un relato no debe ser jamás un río

-y ya no digamos un atorado afluente- ,

ni debe permitir un relato bien hecho tampoco la desmesura -torpeza- de ir desbordándose por las cuencas provocadas por el mismo trazo de su dibujo.

Este es el motivo por el que he sacado esta escena de mi relato, pero me parecía bonita, así que la he puesto ahora aquí, en este chiringuito lleno de fanales apagados al borde de un río cualquiera que este blog.

Este pecado es justamente lo que le pasa a Estrella Distante (Roberto Bolaño). Es un mal chiste hinchado, preludio y ejercicio narrativo para poder acometer más tarde Los Detectives Salvajes, por supuesto, pero relato fallido al fin y -lo que a mí más me interesa- prueba de trabajo, promesa de obra futura. Su grandeza está más en lo que permite vislumbrar que en el relato mismo (porque el relato se desborda por sus mismas cuencas).

Igual ocurre con “El arrebato de Lol V. Stein” de Marguerite Duras, que he comenzado a leer hoy.

La Duras da precisa en las distancias más breves, en la novela corta, especialmente (acuérdense de la volcánica eficacia de “El amor” o “Los amantes” o la delicia de sugestión que es “Moderato Cantabile“).

Y lo mismo podría decirse de Andre Gide o Turgueniev.

Aquí (en “El Arrebato…”), la Duras se vuelve morosa y su particular caleidoscopio donde se suelen enfrentar reflejos de espejos en un mismo punto, debido a la tardanza en retirar la luz del foco, el efecto “plástico” (y esta es la grandeza o hallazgo mayor de Marguerite Duras) se difumina y directamente flaquea y se hunde en sus propias aguas. Flop, se ahoga.

No obstante tiene una frase hermosísima (bueno, algunas más, pero esta especialmente). Y por eso ya vale la pena esta novela entera.

Dice:

Creo que ahí, en la monotonía de la lluvia, debía de encontrar esa otra parte uniforme, insípida y sublime, más adorable para su espíritu que ningún otro momento de su vida presente

Oh, Marguerite, cómo no amarte!


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