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Seres de ficción

Estaba echándome una siesta esta tarde, plácida por lo demás, y me vi soñándome en un sueño repetido.
No tuve la certeza de estar soñando -o no solo- sino la de hallarme frente a un sueño ya soñado. Y allá, enmedio de esa repetición, me dije así: sueñas un sueño antiguo, un sueño de otros muchos, un sueño de multitudes.

Obviamente se trataba de un arcano, de un símbolo.

Y pensé, sin demasiada originalidad, que el sueño es una ficción  y que, al igual que la vida, sucede a todo el mundo con idénticas repeticiones.

Entonces, sopesé cuántas personas más habrían tenido hoy mismo ese mismo sueño que yo y cuántas veces lo habrían soñado ya o si sería la primera vez que lo soñaban.

Y, entonces, me han caído, como del cielo, estos versos de Julio Mas Alcaraz, de su libro El niño que bebió agua de brújula (Calambur, 2011),  y que dicen así:

“simular la vida / es el síndrome de la importancia / algunos creen que el tiempo / conserva dirección y progreso / como si los rostros fueran inmutables / y no un mecanismo del dibujo / no, no hay signos válidos”

Eso me ha llevado a columbrar que la calidad de nuestra vida se relaciona con la calidad de nuestros sueños.

Y no tanto hay que valorar en ellos la originalidad como el significado moral que de su trivialidad somos capeces de extraer.

Es decir, los sueños, igual que la vida, e igual que toda ficción, no son más que signos, cuya validez depende de la competencia lectora de cada ser humano que los sueña, vive o lee.

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Literatura bulímica

“Y la literatura no es sino una declaración de amor a la vida”, leo en un momento determinado del volumen La cosa en sí (Pre-Textos, 2006) del diario en marcha Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello. Y ahí me detengo; me llama la atención la página: la 111.

Tales circunstancias me han llevado a pensar en la cualidad higienista de la literatura. Y ello por saberme enfangado en un texto más o menos largo que me trae revuelto los humores y, especialmente, la bilis negra de la más melancólica tristeza y el imparcial enojo.

Y es que la cosa puede operar también en su forma contraria; es decir, que la desatención de ciertas manifestaciones literalias bulímicas es, igualmente, una declaración de amor a la vida. Pero una afirmación por defecto y retardada, ya que su cualidad más noble se nos revela ya habiendo concluido su escritura,  y es que nos sabemos en la obligación de evitarle la publicidad y defenestrarla al pozo negro del olvido.

Así, amar la vida es también hacer literatura de nuestras miserias más repugnantes, pero con el propósito de expurgarnos los intestinos y quedarnos en la serenidad necesaria para pergeñar una literatura ya sí comunicable.

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Aire enrarecido

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Leo estos días Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino, de Juan Terranova (se puede leer el libro íntegro -formatos pdf, epub y mobi- y gratis aquí). Uno de los textos que compone el volumen (editado en papel por la editorial Reina Negra, aquí)  lleva por título “Sobre Ricardo Piglia”.

Dice sobre él Juan Terranova en la nota final del libro que este texto  salió en la revista catalana Quimera, en su número 325, perteneciente a diciembre del 2010. Pero es seguro que yo no lo leí ahí, aunque recuerdo haberlo leído antes.

En fin, no importa, el caso es que -al hilo de la última novela de Piglia, Blanco Nocturno- escribe Terranova:

“creo que la sintaxis y el vocabulario también se resienten, se cargan de dudas, se empastan cuando no se comparten”.

Se refiere Terranova al hecho de que entre la escritura, la re-escritura y corrección y la edición de la novela ha pasado un periodo importante de tiempo (unos cuantos años).

Y esto me lleva a pensar en que lo peor de ser todavía un escritor inédito no reside tanto en el fracaso inherente de la inedición, o en la torpeza de no conocer el mecanismo por el que un editor se ilusiona por un texto y lo hace suyo y quiere apostar por él (o acaso apenas esta última sea la misteriosa llave que no me ha sido entregada, pues ha de decirse que sí ha habido de lo otro, de loa y crítica favorable; en fin, ya saben, falta siempre lo prosaico: show me the money), sino más bien por ese aire enrarecido en el que van habitando los textos que se acumulan, unos sobre otros, como una cuantiosa camada de perrillos todavía inacapaces de ganarse su propio sustento. Esa asfixia de resentimiento y duda que uno nota en cada uno de los textos cuando los (re)visita, releyéndolos y preguntándose cómo es posible que sigan ahí, en una esquina de la habitación, gimiendo porque alguien les traiga un mínimo cuenquito con leche.

Y todo esto lo pienso sufriendo la tercera ola de calor de este maldito verano, que me tiene frito ya; verano del que, mejor quede dicho, comienzo a estar ya harto. Y eso a pesar de que, contra lo que se temía Álex Nortub –aquí-, yo sí he sido capaz de no echarle el freno a la escritura (más bien al contrario).

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ADDENDA:

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Y hablando del asunto, me encuentro por ahí de casualidad con otro texto que me ha gustado.
Es un relato corto del autor peruano Félix Terrones y se llama “Valientes muchachos”.

Cuenta la historia de unos muchachos aprendices de escritores que pelean por una beca en París que gana uno solo de ellos: Antonio Carneiro, el que parecía más dotado y esforzado de todos.

La historia, en verdad, se cuenta desde el final, es decir, al regreso de este Antonio, que ahora se hace llamar Tony. Y es otra persona ya, nada queda de aquel joven ambicioso de ojos brillantes. Se ha vuelto gordo y anda saqueándole plata a todo aquel que puede.

Una historia ambientada en la ciudad de México y que habla de los sueños juveniles, de la eventual claudicación a una vida mediocre, de los sueños vividos a costa de un tercero, y de cómo la periferia literaria cree que es París o incluso Barcelona.

En fin, a pesar de su tristeza y de ese aire enrarecido que lo envuelve (o quizá justamente por eso), vale la pena leer el cuento, y se puede leer íntegro aquí.

Les copio un extracto, a ver si animan:

“Vivíamos la bohemia que queríamos, una bohemia de madrugadas, colillas de cigarrillos, cristales rotos y nostalgia de las vidas que no habíamos tenido ni tendríamos nunca. Nuestra bohemia – fraterna reunión de todos los letraheridos del Distrito Federal – tenía algo de profundamente triste que era subrayado cada vez más, conforme nos dábamos cuenta de que estábamos excluidos de todo lo que de verdad tenía interés literario. La verdadera literatura no había sido inspirada en nuestra ciudad, provinciana y polvorienta, sino en otras latitudes en las cuales la belleza había germinado de manera unívoca. Londres, Roma, Berlín, incluso Madrid, pero sobre todo París, eran para nosotros más que nombres de ciudades. Eran contraseñas cuya sola alusión abría las puertas de nuestras imaginaciones febriles a entonaciones cosmopolitas donde la libertad y lo sublime no sólo eran una promesa sino también una condición.”

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BOLA EXTRA:

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The Guardian (quién si no) se ha marcado un mapa literario interactivo de las mejores librerías y localizaciones literarias de UK.

[pinchen en el mapa para acceder a la info]

Y una pregunta que me asalta así hoy, pero que ya me viene tiempo rondado. Veamos, con la cantidad de gente que hay en el paro en España, con la cantidad de aprendices de escritores que hay (o dicen haber),

¿cómo es posible que en los últimos cinco años no se haya creado en España ni una sola maldita revista literaria de calidad, con presencia on-line, con un comité editorial con nombres y apellidos (o sea, con el sistema arbitrado de peer-review), y dedicada al relato corto?

Si en el mundo anglosajón las hay por decenas… y de muy buena calidad.

En serio, no puedo entender esta desidia.

Cómo es posible que no haya un solo sitio serio en el que un escritor sin agente ni contrato editorial pueda mostrar su trabajo.

Cómo es posible…

No-lo-p-u-e-do-en-ten-der.

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Eventos de sociedad

En las páginas de anuncios de un viejo periódico (de 1917) llamado Randolph Register y publicado en la ciudad de Randolph, en el estado de Nueva York, encuentro el apartado Social & Personal una nota que da cuenta de la visita que una tal señora J.S. Monfort le hace a su hermana George Sample.

La nota dice así:

Mrs. J. S. Monfort of Meadville spent several days the first of the week with her sister, Mrs. George Sample.

Sacado de aquí.

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Intimidades

Daniel Cerrejón, “Diario íntimo” (2010)

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Acabo de descubrir algo de lo más relevante para mí -y para mis temores y pesadillas (verbigracia: mis fantasmagorías).
Se trata de algo anodino, en verdad, una cuestión trivial, pero ya digo que para mí goza del mayor status ahora mismo y me ha producido unas consecuencias admirables; sobre todo por lo que respecto a mi consuetudinaria lentitud (de la que me siento razonablemente culpable para la vida práctica en general).

Pero, en fin, vayamos por partes.

Creo ya haber dejado dicho en varias ocasiones que a aquel noctívago que trabaja en la soledad de la noche (sin música, encima) y durante las largas horas sucesivas -y sin descanso- de la madrugada, le sucede en ocasiones que a su soledad le crecen voces, que las cosas comienzan a manifestarse en su silencio inconforme y que uno puede llegar a pegarse sustos realmente importantes, creyendo sentir que presencias informes tratan de establecer un principio de comunicación y diálogo.

Por esa razón tiende uno a minimizar sus paseos por la casa, especialmente en el ala más alejada y lóbrega, allá donde los muebles, el sofá, las ventanas en su altivez ambigua andan en connivencia con lo que pensamos espectros venidos de… de no sabemos dónde.

A ello se ha de añadir mi natural predisposición calmosa al respecto de todas las cosas en general, pero más todavía en lo que respecta a las cosas prácticas en particular (y me refiero desde a la dificultosa y premiosa trabazón que me supone preparar una cafetera o servirme un vaso de agua hasta lavarme las manos o cambiarme la camisa sudada por el calor del verano agostino). A ello ha de añadirse que si sucede que tales actividades las realizo en el entreacto de un momento creativo (en el que mi mente reflexiva doblega y, de alguna forma, paraliza mi cuerpo) el desastre puede ser mayúsculo: puedo coger la cafetera ardiendo con las manos sin darme cuenta, dejar el azucarero adentro de la nevera, etc etc etc

Pues bien, ya digo que hoy -esta madrugada misma- ha acontecido un suceso que no titubeo en considerar de milagroso (y simple, sí, también).

Ajá, sin más preámbulos, la cuestión es esta: he descubierto (en un descuido en el que de repente me puse a correr por la casa, preso del miedo de perder una idea si no la anotaba ipso facto) si te mueves rápido, pero rápido muy rápido, con movimientos secos y cortantes en esa misma soledad ambigua de la noche, tu cuerpo actua como un estilete y corta el aire quedo y enrarecido de la casa como un cuchillo y la queja de su filo suena, ¡tachán! como una voz cortante y femenina. De lo que se desprende que las otras voces que se pueden escuchar -eventualmente- en la madrugada, sinuosas y lánguidas -y también (no sé por qué) femeninas- no son sino efecto demorado de mi propia lentitud torpe al andarme por la casa; en otras palabras, tales voces no son sino un delay de mí mismo cuyos ecos -en forma de voces espectrales- se reparten al albur del viento de la noche, según el capricho de las ondas acústicas que van deambulando por los suelos y rebotan en las esquinas, las puertas y los techos.

Lo cual significa que esa intimidad de uno, que en mi caso se manifiesta en voces que se me declaran presentes en diferido (y por eso me producen sustos de muerte) puede ser modificado por el efecto de la velocidad, igual que sucede en esa obra que ilustra este post, “Diario íntimo”, de Daniel Cerrejón, pues si corres tanto como para ir por delante de las voces, tu intimidad queda intacta (pegada a ti, a tu cerebro, a tu cuerpo) y te evitas el riesgo de sufrir un ataque al corazón.
Otro protocolo similar para acabar con estas voces de uno mismo sería el que practica el fotógrafo chileno Jorge Brantmayer en sus Action Paintings (2012) [ver foto debajo], solo que para él el resultado (por tratarse de seis personas realizando el acto a la vez) le sale más bullicioso y ruidoso que a mí o que al propio Daniel Cerrejón. Diríase que nosotros dos encapsulamos la voz para preservar su intimidad y Brantmayer goza destruyendo la frágil burbuja, transmutada ahora en grito: en vísceras privadas que se tornan públicas, quedando a la vista de cualquiera que quiera (ad)mirar(las).

Jorge Brantmayer – “Action Painting” (2012)

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God save the king

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Descubrir (y describir) la incomodidad

Cada uno elige sus métodos y la forma práctica en la que da resolución a sus problemas.

Para mí es el blog lo que me permite dar salida en primer lugar a ciertas incomodidades que me estorban para la vida práctica, señalarlas a base de posts, para obligarme a pensar en ellas, a reflexionar sobre el porqué de su incomodidad. Para, en resumidas cuentas, limpiar la mente de estorbos crepusculares.

Entiendo que haya quien prefiera ser más expeditivo (o que lo sea por carácter y necesidad) y da carpetazo a cualquier asunto que le perturbe. Así: echando a correr y yéndose hacia páramos embellecidos con cristales más hialinos. En fin, cada cual es libre de acomodarse a lo que le sea más benigno.

A mí, ya digo, a pesar de resultarme trabajoso y lento (digo el pensamiento que fluctua en cada uno de los posts de este blog), me suponen una forma de liberación y comprensión de mi entorno que prefiero. Y no solo porque obliga a que uno se proporcione un argumento coherente contra su mal, sino por la rapidez con la que se obliga uno a dar salida a tal o cual preocupación; ergo: la inmediatez de una respuesta (y hablo de rapidez medida con mi propia vara, claro, una escala de valores -por lo general- bastante lenta, si he de ser sincero).  Así que obligarme a tal presteza, me resulta beneficioso.

Y viene todo esto a colación de las vacaciones que parece estar tomándose todo el mundo.

A mí el concepto “vacaciones” siempre me ha parecido sospechoso. Por varias razones, porque justifica los planes previos y las mil disquisiciones en torno a las vacaciones mismas (asuntos entretenedores máximos de lo que realmente importa). De otro lado, me produce recelo pues sé que tras su consecución vendrá el largo dialogar sobre las vacaciones mismas (que habrán de soportar -por suerte- únicamente las personas pertenecientes al círculo íntimo del vacacionador -no veraneante, que eso es otra cosa-). En resumen: que no es más que un pasatiempo para alargar el paréntesis con la vida.

Sin embargo, la vida sigue fluyendo con su impulso irremediable.

Y es que aunque uno esté hamacado frente al más bello cristalino mar con un daiquiri en la mano, el pensamiento (al menos el mío) no se detiene y las incomodidades surgen por doquier. Y sí, hay que despacharlas con alguna prueba razonable de su carga fatigosa.

Aquí, en este blog, por ejemplo.

Post a post.

 

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