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Especulación del talento [10]

1.

Decía Alex Clark en un artículo reciente para The Guardian que:

“It’s unsurprising that speed and economy are often prioritised over care and quality”  [1].

Está hablando Clark sobre el problema que supone para la industria del libro el hecho de que la edición de los textos sea una excentricidad que hacen los editores en su tiempo libre, dado que su tiempo efectivo de trabajo lo deben dedicar a otras muchas cosas.

Qué cosas, se pregunta uno.

Yo se lo diré: básicamente a asistir a reuniones o a hacer el ganso en las redes sociales. Vaya, dicho de manera más fina: se dedican a trabajar conjuntamente con los departamentos de marketing y ventas y a charlar con los agentes editoriales para que éstos les den textos ya editados por algún editor free-lance, o por el mismo agente editorial o acaso por el propio autor (lo que, en mi opinión, debería ser la norma y no la excepción).

O sea, que se dedican a gestionar la obra; lo que es (y debe ser), al fin, su trabajo.

Volvamos a escuchar a Clark quien finaliza su artículo sobre el -calamitoso, según su opinión- estado de la industria editorial diciendo algo que no por repetido es menos cierto:

“What we have to be aware of is that the creation of serious literature […]  is the result of enormously concentrated mental and aesthetic effort”. [2]

Lo de siempre, pues, que la literatura seria no se (a)parece en un suspiro, que lleva tiempo, que lleva dedicación, que no casa con los tiempos actuales ya siquiera de producción, sino algo posiblemente más grave: no casa bien con los tiempos actuales de recepción.

Hasta aquí, todo más o menos conocido.

Sin embargo, hay algo a lo que no se refiere Clark y que, tal vez, sea la cuestión más central del asunto: la literatura seria se encuentra con graves problemas porque el sistema (debido a sus mutaciones durante la última década) no está ideado para tomarla en consideración.

O dicho de otro modo: al priorizarse una literatura superficial  (que transita el terreno del más puro esteticismo -vacuo-) cuando una literatura más densa, más elaborada, que necesita tal vez de más cuidado aparece, ésta pasa inadvertida y es tratada de un modo que no le pertoca, es tratada de manera errónea, pues.

O peor: no se la trata en absoluto y, en consecuencia, se la rechaza abiertamente.

2.

Podríamos ejemplificar la relación del mercado al respecto de la literatura seria con la obra del colombiano Juan Manuel Echavarría Desenterrar y hablar (2010).

Así:

3.


“Por cada lector que muere hoy nace un espectador” [3].

decía Jonathan Franzen en 1995 en su artículo El lector exiliado.

Yo, la verdad, no estoy tan seguro.

En primer lugar, porque el lector no se reconvierte, un lector es siempre un lector; puede que no ejerza como tal, que se tome un tiempo de descanso, pero siempre será un lector.

En cambio, un espectador tiene la posibilidad embrionaria de desarrollar un papel activo y convertirse en lector. Existe en él de manera perenne el gérmen de la individuación, es decir, que tiene siempre la puerta abierta para abandonar el auditorio y quedarse a solas con el libro, en la intimidad de la lectura, a puerta cerrada.

Confirmar las sospechas de Franzen, además, nos obligarían a aceptar la mencionada dicotomía absurda (el enfrentamiento entre lectores/espectadores).

Dicotomía que maneja también el crítico Sven Birkerts en The Gutenberg Elegies, afirmando que la tecnología (el ámbito del espectador) es meramente paliativa, mientras que el arte (el ámbito del lector) es terapeútico.

Pues miren, no. O no necesariamente.

Ni me parece que la Internet sea un lenitivo ni tampoco me parece que la lectura de los libros tenga ningún tipo de poder curativo per se.

Dice Franzen:

“La apoteosis electrónica de la cultura de masas no ha hecho más que volver a confirmar el elitismo de la lectura literaria” [4].

Lo cual es a un tiempo cierto, pero también una pequeña mentira.

Porque la lectura literaria siempre ha sido elitista. Ya no, desde luego, referida a una élite económica o social, sino a una “élite del espíritu”. Con la ventaja de que es algo puramente autoselectivo.

Es una cuestión de voluntad y decisión.

Cualquiera que desee ingresar está invitado, porque el club lo forma uno mismo con un sinnúmero de escritores con los que dialoga en un tremendo silencio.

Una fiesta caracterizada por el hecho de que la única persona potestada para emitir las invitaciones eres tú mismo.

4.

Y aquí es donde aparece el conflicto, pues un número creciente de editores en los últimos años pretende vender libros a ciudadadanos no lectores, personas que no desean ingresar en el selecto club de la literatura, pero que sí quieren beneficiarse de esa pátina de elitismo (cierta aristocracia del pensamiento) que históricamente poseen aquellos que por voluntad y decisión han resuelto pertenecer a la comunidad de lo que Birkets llama “los lectores oponentes”, y que -parafraseando a Don Delillo– serían aquellos lectores que

“leen contra el poder, leen contra las empresas, el estado o el aparato de asimilación completo”.

Los códigos de la literatura seria están siendo usurpados por estos editores para vender libros planos (libros estéticos) a espectadores de la literatura.

Así, no hay tal dicotomía, el lector de literatura seria puede perfectamente convertirse en un espectador pasivo de los medios tecnológicos, y aceptar el flujo de información que le viene a cada click, pero siempre tendrá la posibilidad de recogerse en la intimidad de la lectura y disfrutar de su agradable charla con todos sus amigos escritores que le aguardan tras las cubiertas de los libros.

¿Dónde esta la trampa, entonces?

Muy fácil, el lector entrenado es capaz de discriminar y poner adecuado nombre a las cosas. Al lector entrenado, al elitista de la literatura no le molesta que las editoriales vendan libros rematadamente malos. Ese no es el problema.

Porque la base de la democracia es precisamente la diferencia, no la igualdad. Y los lectores elitistas somos, ante todo, democráticos.

La fatal consecuencia vendrá cuando, en un desliz, en una noche de apagón, quizá, el habitual espectador de la literatura decida -por no tener nada mejor que hacer- agarrar uno de esos libros de la estantería que ha comprado, pero que nunca leyó. Encenderá una vela, se sentará expectante en el sofá, se pondrá una manta sobre sí, y al calor de la ilusión (y la tímida lumbre), comenzará a leer el libro.

Primero le llamará la atención la planicie de los personajes (y que contrasta con las elogiosas citas sobre la construcción de ese “protagonista inolvidable” que ha consignado previamente en la contraportada), después le hará recelar la incorrecta ortografía o la poca limpieza gramatical y sintáctica de la novela. Tendrá serias dudas con la trama, pero al releer el nombre del prestigioso premio que avala la obra, así como los nombres rimbombantes de los miembros del jurado que la premiaron (y que, con toda seguridad no habrán leído) se calmará por un momento.

Seguirá leyendo, con cierta desidia o acaso abandonará de una vez el libro y se convencerá de que la literatura seria es mala.

Entonces sí que habremos perdido un lector.

Los editores, con sus artimañas, lo que están haciendo es tratar de borrar los límites de lo que es literatura seria y literatura vulgar, de entretenimiento, trasvasando las cualidades de lo serio a los productos banales que buscan la distracción y la rápida complacencia del espectador (que no lector).

Yo no tengo ningún problema con la alta y la baja cultura, siempre que a la alta cultura se le llame alta cultura y a la baja cultura se le llame baja cultura. Del mismo modo que nadie llama vaca a un toro, o tortuga a una serpiente, no entiendo por qué habríamos de hacer lo mismo en términos culturales. Imaginen que, de hoy en adelante, a Vd comienzan a llamarle Luís cuando su nombre es Jesús, supongo que no le haría mucha gracia, ¿verdad?

Es de aquí de donde se deduce la poca importancia que se le da en una editorial al texto; de ahí que los editores cada vez más hablen en términos de márketing viral y de promoción de la personalidad del autor y menos de los textos.

Por eso no tienen tiempo para editar los textos, porque se pasan demasiado tiempo especulando con la -supuesta- calidad del texto, sin tomarse el debido tiempo en comprobarla.

Y lo grave es que no estoy hablando siquiera de las grandes editoriales, de los grandes grupos, qué va, lo grave es que esto está sucediendo con (algunas) editoriales independientes, las que supuestamente deberían velar por la buena salud de la literatura literaria, valga la redundancia (que para el caso que nos ocupa cada vez es menor, dicho sea de paso).

– – – – – – – – – – –

[1] & [2] Alex Clark. The lost art of editing. The Guardian. 11-Februrary-2011.

[3] & [4] Jonathan Franzen. Cómo estar solo. Ed. Seix Barral. Barcelona. Barcelona. Septiembre de 2003. [págs 189 & 204]

– – – – – – – – – – –

Counter(Argument):

El Royal College of Art (London) propone la exposición Open Books para finales de este mes (21-27 de Febrero de 2011), muestra que toma como punto central el libro (como continente y como contenido).

Para los propulsores del evento el hecho de que nos encontremos en un contexto de una era virtual y digital no supone ningún conflicto, sino más bien un acicate.

Y así, proponen la exposición como una afirmación rotunda de  la autonomía del libro.

Porque no, sépanlo Vds., especuladores, no conseguirán acabar con el libro, y mucho menos con la literatura de calidad.

+ info: aquí.

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Especulación del talento [9]

Hay especulaciones del talento que, de tan obvias, ni siquiera merecen ser comentadas.

Con unas fotografías, será que ya vale.

El asunto: el taller de tapas que Ferran Adrià está montando en la Avenida del Paralelo (Bcn) y que abrirá a mediados de Febrero.

+ info: aquí.

Y si quieren ya matarse a morir de risa, vean al señor Adrià en este vídeo afirmando que la cocina será lo único capaz de posibilitar la “alianza de las civilizaciones” y explicando -de paso- el concepto de Tickets.

 

Permítamonos, de todos modos, una única puntualización.

A ver, prestemos un segundo a este texto:

“El lugar en que vivimos dice mucho de nosotros, porque en sus rincones, en sus calles, en sus casas, dejamos nuestra existencia: desarrollamos unas actividades y no otras, sentimos un tipo de cosas muy concretas. El complemento circunstancial ofrece los matices al verbo, a la oración. Gracias a ese complemento, el verbo adquiere un significado y no otro” [1].

[1] Sonia Hernández. La mujer de Rapallo. Ed. Alfabia. Barcelona. Noviembre de 2010. [pág 118]

 

Se darán cuenta, pues, de que la situación de Tickets siendo el vértice de unión de los dos lados iguales del triángulo isósceles formado por las paradas del metro Liceu de un lado y Drassanes del otro, y confluyendo en Tickets, o sea, en la parada de Metro de Poble Sec, no es casual.

Tampoco es casual que adentro de ese triángulo se ande construyendo la nueva Filmoteca, o que quede el Hotel Barceló Raval y que es la consecución más obvia del descuartizamiento del viejo Raval con la apertura de la Rambla del Raval y que ya contó perfectamente José Luís Guerín en su documental En construcción (2001).

En resumen: un proyecto global de salvaje gentrificación.

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Especulación del talento [8]

1.

Una novela, al fin, no es más que un equipo de futbol bien avenido.

11 jugadores coordinando sus excelsas individualidades, trabajando al mismo compás, unidos todos en un estilo distinguible, suave pero punzante, justo pero implacable.

11 jugadores que serían: la trama (historia/narración/relato), los personajes, el ritmo, el tiempo, el modo, la voz narrativa y la pertinente focalización.

El entrenador de un buen equipo, igual que el novelista, respeta a su rival, confía en su trabajo y  y es paciente, hace que los jugadores (la parte técnica de la narratividad, en el caso del novelista) vayan buscando los huecos, que basculen y que, cuando se haya de apretar, se apriete, sin vacilar.

Si viene un gol (una frase, una página acertada, un capítulo memorable), mejor, y si es que no, pues se sigue intentanto, sin desfallecer, sin bajar el ritmo, sin buscar subterfugios ni triquiñuelas, ni trampas, nada.

Siempre basculando, a un lado y al otro, esperando pacientemente el momento oportuno.

Así igual el novelista, que calienta cada día las manos, curiosea el diccionario, moviéndolo de aquí allá, bamboléandose al ritmo de la sintaxis, probando sus diferentes posibilidades, modificando el punto de vista, jugando con el ritmo de la narración,

pues así igual los jugadores de un equipo de futbol serio en sus entrenamientos, que van tanteando diferentes posiciones para la mejor cohesión, respecto del próximo partido, respecto de las especificidades de los próximos contrincantes, respecto al propio estado de sus fuerzas, su resistencia y su vigor.

2.

A mí no me interesa el fútbol, o mejor dicho, no me interesa el futbol de manera genérica (entendiendo esto como la defensa ciega de unos colores o un himno), sino de manera particular;

es decir: me interesa el estilo del fútbol, el orden del juego y la efectividad de la rigurosa disciplina.

Me interesa cuando todo trabaja en armonía para un fin común,y  no se persigue el resultado (o no es esta la meta primordial), sino que se persigue por sobre todas las cosas la consecución de los objetivos de un estilo.

Por eso me gusta el Barça, y por eso el Barça es tan bueno, y todos los demás… pues no.

El Barça juega, trabaja, tiene táctica y disciplina y nunca se queja (o apenas nunca). Es un equipo humilde, pero ambicioso. Y ello se devenga de su honestidad. Todo esto sumando al talento innato de sus jugadores hace que se convierta el equipo en una máquina perfectamente engrasada.

Cada pieza del engranaje sabe su función, sabe qué se espera de ella y está donde tiene que estar.

El entrenador entonces (el novelista) no tiene más que ir dictando sus consignas, redistribuyendo las fuerzas para una mejor estrategia y remedando los posibles errores según surjan, atendiendo especialmente a la debilidad de algunos flancos.

El entrenador entonces (el novelista) ha de estar atento, ser rápido, diligente y estar muy seguro de sus decisiones.

3.

En otra época me gustaba el Madrid, porque también tenía esto que acabo de referir y así, su presuntuosidad resultaba afable, aristocrática, distinguida. Convincente.

Pero ahora no, lo que queda de todo aquello no es más que una deshonrosa y altiva humildad teórica.

Y esto por culpa del novelista, es decir, de Mourinho, el director de la orquesta, el entrenador. El jefe.

Pues hablamos de un tipo afectado, cobarde, falsario y, lo peor, traicionero.

Ah, y encima, llorica.

La gran carga de este portugués es su intento de hacer lucro de su vanidad. Por ello es teatrero con ella, y acusador, y  plagiario de sí mismo (no en vano comenzó su carrera como traductor de Bobby Robson).

Y el resultado es más que obvio: no tiene equipo, las palabras se le rebelan, es incapaz de fijarlas más que fugazmente en las páginas cambiantes del terreno de juego.

Sus 11 jugadores no trabajan para un fin común, no hay armonía en las piezas. Se le han contagiado en la vanidad y cada uno pretende ir a lo suyo.

El resultado es que la arquitectura que tiene que soportar el diseño para que la sinfonía suene está quebrada; mal hechos los cálculos de estructuras y, así,  en el espectador no hay más que desconfianza hacia los peones que caminan en la procesión ritual y que deberían sostener a la virgen (la virgen, radiante y de manto púrpura, es obviamente Cristiano Ronaldo).

Por ello, el equipo (la novela) hace aguas constantemente.

En ocasiones tiene la fortuna del genio individual (la chispa del fútil ingenio que todo novelista tiene) y los goles (la frase extrañamente seductora) le van salvando los partidos (el párrafo, el inicio de un capítulo), pero esa conflagración de voluntades que conforma un equipo (la carpintería narrativa que sostiene el mueble acabado) no se ve por ningún sitio.

4.

Cada semana, mientras el Barça trabaja silenciosamente, y se concentra y respeta a sus adversarios, el Madrid se dedica a sembrar ciñaza, a desmentir rumores, a quejarse del maltrato arbitral, etc

Aquí me gustaría mentar un inciso, que no por evidente resulta menos necesario de exponer: el arbitro también juega.

Lo repito: el árbitro también juega.

Lo repetiré una tercera vez: el árbitro también juega.

Así, un equipo debe ganar, no gracias al árbitro, y no debe perder por culpa del árbitro, sino que gana o pierde justamente a pesar del árbitro.

El novelista, igual:

se enfrenta a adversidades, pero estas cuentan en el proceso

(que pierda cierto material que tiene guardado en el ordenador, que ese día esté resfriado, que no tenga tabaco que fumar, que le preocupe el dinero que no tiene, que en su casa haga frío, que ese día no esté inspirado, que su familia le distraiga de su tarea creativa o que su pereza congénita le disuada, tanto da, eso no son más que excusas).

La gracia del novelista es que gana (el producto de su trabajo se contituye en forma de una novela convincente) a pesar justamente de todo eso, de todas las adversidades.

He aquí su grandeza.

Y he aquí, por contrapartida, la ramplona bajeza de Mourinho, ese entrenador que, como los pérfidos novelistas, en una ocasión consiguieron el éxito de una victoria (o de muchas, eso qué importa), y se extasiaron tanto contemplándola, que su luz les ha dejado ciegos.

Y siguen especulando vigorosamente con los reflejos de aquel rayo pretérito, y que -por desgracia para ellos- ya fue.

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Especulación del talento [7]

Comprendan que hoy es domingo, y no es día como para andarse con piruetas dialécticas, así que les cederemos la palabra a los otros.

A ver, rápido, el 08 de Enero de 2011 Patricio Pron publica un texto en el ABCD de las Letras con el título “Promoción, renovarse o morir”. Para darle más empaque el asunto y teñirlo de un barniz proteico, lo retitula pomposamente “Nuevas prácticas de circulación de la literatura en el capitalismo tardío” –aquí-.

La interesante tesis central pone en cuestión los actuales modos de “escenificación y promoción de la literatura”.

Así, nos alerta sobre cómo “la escritura es vista en algunos casos como un escollo incómodo para la obtención de la visibilidad pública”  y certifica que “en la actualidad ya no es el libro el que posibilita la existencia social del escritor sino éste el que hace posible la de los libros”.

Alberto Santamaría, al hilo del texto de Pron, redacta en su blog una ampliación del tema –aquí-, recordando el “efecto comercial de lo visual” de Clement Greenberg, y de cómo mucho antes de esto  que hacen los supuestos autores modernos (califiquen estas prácticas como Vds, quieran) ya lo hicieron de manera mucho más salvaje y radical los dadaístas para los cuales “el nihilismo capitaneaba toda acción en tanto cuanto no había una finalidad determinada”.

La diferencia, ahora -con los modernos actuales- es que “el escritor busca el efecto por el efecto con el fin determinado de hacerse visible”.

A este respecto, Santamaría recuerda la siguiente cita de Lyotard (con la que aquí, esencialmente estamos en desacuerdo):

“La sublimidad ya no está en el arte, sino en la especulación sobre el arte”.

Pron plantea el problema sin sugerir alternativas ni tomar partido (no en vano él mismo participa en estos shows); Santamaría, más valiente, se arriesga en afirmar algo que aquí hemos repetido hasta la saciedad,y que él demuestra con el apoyo del ejemplo de la literaturatización de los artistas, pues que la literatura sólo hallará solución desde sí, y para sí, porque la literatura siempre ha sido -desde la palabra- generadora de imágenes “que se leen”.

Claudicar ante las artes visuales (cuando éstas previamente se han plegado a la razón de la literatura), pero, sobre todo, a las narrativas audiovisuales -cine, series de tv, cómics, etc- es una aceptación de que el escritor que se arrima a ellas desconfia de su talento y opta por el camino fácil y le da la razón -de rebote- a Lyotard: especula con unos modos estéticos archimachacados.

Ergo, los supuestos antirealismos actuales (llámenlos fragmentarismos si esto les agrada más), en el fondo (dado que son una mímesis de las teleseries, los cómics o “traducciones” de las películas cinematográficas o de las novelas de DFW) son -irónicamente- los realismos más verídicos, planos y superficiales que retratan nuestra contemporaneidad más burda.

Sobre este asunto del realismo, aquí Juan Francisco Ferré le aclara a Javier Calvo un par de matices al respecto.

Yo, para zanjarlo, añadiría unas palabras del libro Santos que yo te pinté de Julián Rodríguez, cuando el personaje central que dicta el monólogo dice:

“la grandilocuencia está reñida con la realidad.

Si es que existe la realidad” [1]

[1] Julián Rodríguez. Santos que yo te pinté. Ed. Errata Naturae. Madrid. Agosto de 2010. [pág 11]

 

BONUS TRACK:

Para los fanáticos de la tecnología y los ultramodernos, aquí tienen un vídeo que ha realizado Jean-Christophe Laurence sobre lo rancias que resultan para unos niños del siglo XXI las tecnologías vintages (y muchas no tienen siquiera treinta años).

La moralina es clara: cuando despertó, el libro seguía allí.

Así, todas esas novelas que hablan afanosamente de blogs y cacharros tecnológicos, leídas a diez o quince años vista van a resultar de puro humorísticas.



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Especulación del talento [6]

En una de sus más recientes columnas, el cantante de rock -y aledaños- José María Sanz, refiriéndose a los años 80, escribía que los críticos:

“eran tratados por encima de los propios artistas, creando tendencias o condenándolas al ostracismo.

De ellos dependía tal o cual lanzamiento, con solo una opinión podían hacer variar el destino de una banda o solista, eran el oráculo y los artistas intentaban poner buena cara o convencerles a base de prebendas” [1].

Si eso era lo que reinaba en la españa de los 80, en la España de la segunda década del siglo XXI (siendo coletazo de lo anterior, de la primera década del siglo XXI) lo que reina ahora -al decir de  Julian Rodriguez– sería “La Estrategia de la Confusión” [2], estrategia que, ahora los críticos secundan (perpetrando la inclusión de esa tendencia confusa en el cánon).

Y tal estrategia, sin duda, se beneficia de ese estado de perplejidad literaria del público lector de la que habla Juan Franscisco Ferré [3]: esa deshazón respecto al futuro ya perdido.

Una estética y práctica de la confusión que pretende -pues- sacar partido de la “ligereza y [el] entretenimiento” y así las obras literarias actuales toman esas dos características como norma y le añaden una tercera: la de una  “cierta visualidad, que la obra haga ver cosas, que genere imágenes” [4].

No será en vano recordar a este respecto  la idea de Manuel Castells según la cual la creatividad “no tiene lugar en un momento determinado, sino que es una nueva forma de enfocar la vida” [5].

Gracias a ello, las estrategias de/para la confusión unen a su estética y a su praxis la actitud (lo emocional) de los individuos que la practican y que, por esta razón, se pretenden instaurados de manera natural en el tiempo que les ha tocado vivir y, justamente por ello, intocables; parte de la colectividad, del pro-común, digamos.

Así, crean, forman, alimentan y perpetran el sentido de comunidad y, con ello, se desendividualizan  (es más difícil dispararles, así -ellos lo saben bien-).

Entonces, como bien indica  Josefina Ludmer, esa literatura provocaría la confusión gracias a que “fabrica presente con la  realidad cotidiana y esa es una de sus políticas […]  Una ficción que es la `realidad´ […] escrituras sin metáfora”  [6].

Y todo esto tiene bastante relación con la idea de José Luís Molinuevo según la cual las obras por las que no pasa el tiempo forman parte de una producción cultural que queda inmediatamente obsoleta [7].

Cabría, empero, una matización aquí.

Porque una cosa es que las novelas pertenezcan radicalmente al presente (es lo deseable y meritorio), que estén infestadas de todo lo que en el presente rodea al escritor y otra, más importante a mi modo de ver, resulta que el tiempo se haga significativo sobre ellas, que puedan dialogar con diferentes momentos del futuro.

Aquí es donde hace aguas la así llamada estrategia de la confusión.

Porque una de las líneas maestras de su estrategia es la de que el consumidor confunda cultura con arte, y es que, a pesar de que todo arte, por definición, es cultural, no todos los productos culturales son arte.

He aquí su más taimado estilete para el trabajo especulativo.

BONUS TRACK:

Pero, dejémonos de teorizar y vayamos a un ejemplo concreto:

la última novela de Antonio Ungar Tres ataúdes blancos, premio Herralde de novela 2010.


Hace sobre ella, en el número de enero de la revista Letras Libres, Rafael Lemus una reseña, en la cual afirma que:

“llega tan tarde que, si se descuida un momento y afloja un poco su postura, solo repite y recicla los detritos de otras obras”

Y esto por la razón de que el autor:

“se siente obligado a admitir el cansancio y la ineficacia de sus recursos novelescos, pero al mismo tiempo no está dispuesto a transformarlos y menos todavía a abandonarlos. Como a estas alturas ya todos conocen –aunque sea a través de rumores– los argumentos posmodernos y post-estructuralistas en contra de la mímesis narrativa, se concede: es cierto, algo no funciona bien aquí”

La crítica que subyace aquí es muy sencilla pero más pertinente, que:

“la literatura supone, al fin y al cabo, una lucha por los signos y las representaciones […] no basta con sonreír sarcásticamente” [8].


Pero, esperen, esperen, que ahora llega lo bueno, el autor de la novela (el mismo Antonio Ungar), enterado gracias a un internauta de tal crítica (y juro que no fui yo) y ello al amparo de una entrevista que estaba manteniendo con los lectores de El País, contesta así:

“si después de leer mi novela alguien piensa que América Latina se sigue pareciendo a los tópicos sobre América Latina, la culpa es de América Latina, no mía. Creo que nuestros dirigentes, criminales de la peor calaña en casi todos los casos, son los responsables de que las cosas estén como están (mal), no los escritores que contamos esa realidad” [9].

La culpa es de la cultura, oh, claro, sí, parece decir Antonio Ungar; no del arte.

Este es ni más ni menos el argumento de todos aquellos que abogan por la postautonomía del arte y que especulan con ella, Josefina Ludmer a la cabeza de todos ellos.

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[1] José María Sanz, `Loquillo´. Criticar es un placer. El Periódico. 07-Enero-2011.

[2] Julián Rodriguez. Una recomendación de urgencia. ClubCultura. 05-01-2011.

[3] Juan Francisco Ferré. Literatura para ciborgs. La vuelta al mundo. 06-Enero-2011.

[4] Josefina Ludmer en entrevista con Hernán Arias.La cultura argentina es conservadora y pacata. Diario perfil. 01-Noviembre.2009.

[5] Manuel Castells. Creatividad, innovación y cultura digital (Un mapa de sus interacciones). Revista Telos. nº 77. Octubre-Diciembre de 2008.

[6] Josefina Ludmer. Literaturas postautónomas. Aquí.

[7] José Luís Molinuevo. Arte y literatura (3). Pensamiento en imágenes. 04-Enero-2011.

[8] Rafael Lemus. Crítica de tres ataúdes blancos, de Antonio Ungar. Letras Libres. Enero de 2011.

[9] Antonio Ungar. Encuentros digitales El País/Ciclo Babelia. Miércoles 12 de Enero de 2011.

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Especulación del talento [5]

1.

Dice el escritor y crítico de arte Javier Montes que:

“todo vuelve, y en una época en que la antigua ékfrasis (la pura descripción de lo visible) parece el único recurso posible para un discurso artístico con reflejos, el margen crítico anida, justamente, en el grado de lucidez y articulación de esas descripciones [1]

Lo cual, en realidad, no sé muy bien qué demonios significa, querido Javier.

O quizá miento, y lo sé perfectamente.

Y me asusta, y no quiero tener que reflexionar sobre ello.

Será, hipotetizo, la verdad que anida tras la bruma que motea los cristales que interceden entre nosotros y la realidad.

En las argucias de ese disfraz se hallará hoy lo contemporáneo, esa forma liviana de huir (tanto de la mirada, como de la realidad misma). Ahí, en el estudio, análisis y descripción de esos reflejos, en esa careta que juega con la forzada diferencia de la individualidad, se hallará el margen para la crítica.

No sé.

Dice Javier Gomá que la “postrera vulgarización del concepto [de la excentricidad], ha de discernirse en lo diferente, único, original, exótico, inusitado e irrepetible residente en [el ser humano]” [2], que ese es el disfraz: la extravagancia.

Así, hoy, el ser humano quiere, pues, ser -y sentirse- especial, y el modo más convincente, rápido y productivo de hacerlo es a través de la extravagancia (a cualquier precio, pero con el menor esfuerzo).

Una extravagancia de reminiscencias aristocráticas y que se distingue por la desviación de la norma (así sea en apenas un milímetro), pero no por la excelencia en unos valores comunes -y mesurables-.

Sí, ese margen crítico al que se refiere Javier Montes, será justamente -para la literatura- dar cuenta de esos disfrazes audiovisuales (en el sentido de que ahora todo se percibe y produce en “modo imagen”) a través de la palabra.

No mimetizarlos, ni darles cabida en el texto literario, sino describir sus reflejos, como dice Javier Montes, porque en esos disfraces anida su engaño, la mentira de su -pretendida- excentricidad, ese querer ser falsamente especial por la sencilla razón de que democracia parece siginficar “sentirse con derecho a ello” (a ser excéntrico; excéntrico, cuidado, pero no snob, que son cosas muy diferentes).

Introducir tales disfraces sin la intercesión de la palabra es un error, o acaso fingirlos para la narrativa, como han hecho algunas novelas en este último año, es un error, repito. Creo. Me parece.

Deben estar indicados, eso sí, ya se ha dicho, pero bien descritos sus reflejos, con todas sus implicaciones, su idiosincrasia naturalmente identificada y revelada.

En suma, quitarle el disfraz a los tramposos.

No hacer metafísica de la especulación. Eso nunca.

Un sólo ejemplo (y que podrían ser miles) y que per se valida todo lo dicho anteriormente:

que exista la necesidad de crear un programa como Freedom (un programa que “frees you from distractions, allowing you time to write, analyze, code, or create”), evidencia a las claras que la excentricidad es una pose arbitraria; el hombre realmente libre (aquel que se sale de la norma) no necesita que nadie venga a controlar, guiar o -lo peor- otorgar(le) su libertad ganada tras la lucha de largos siglos.

2.

Una de las derivaciones posibles (y perversas) de este principio de singularidad excéntrica que los ciudadanos han descubierto como deseable (y los artistas y políticos como rentable) se da en una nueva rama de los estudios univeristarios y que se conoce como Urban Informatics.

Los laboratorios de ciertas universidades han descubierto lo beneficioso que resulta aplicar la narratología  a la planificación y el diseño de pequeñas comunidades adentro de las ciudades.

Alerta a lo que se proponen algunos, escuchen:

“Alternative ways – principally the idea of experiential narratives – are required to conceptualise and characterise the qualities of the city to reawaken poetic and emotional connection to place” [3].

Buscan formas de expresión vernáculas (privadas y nativas)  diseñadas y “puestas en escena” gracias a herramientas de última generación y que puedan ser útiles para la creación de comunidades que beneficiarán saben qué… ¿en serio es necesario que lo diga?

Escuchémos un segundo más estas propuestas, miren:

“By making new media techniques accessible, and providing guidance and training resources, communities can conduct their own hands-on workshops in digital storytelling, oral history and future scenario building in a self directed manner with peer support, and then present these outcomes in a virtual realm as exhibitable content for public viewing” [4]

En Barcelona, este año mismo tuvimos una experiencia similar con el señor Jordi Hereu y la remodelación de la Diagonal.

En un bando municipal de abril se decía lo siguiente:

“Transformar la Diagonal es un reto histórico, y lo ganaremos colectivamente. Por tanto, es necesario que lo hagamos mejor que nunca.” [5]

Como sabrán, la consulta quedó en esto: un 79.8% de la población dijo que no, que la Diagonal no se tocaba.

De ahí que se sigan buscando formas más sinuosas para la especulación con el “supuesto talento” de la gente.

La literatura, siguiendo lo dicho con anterioridad, debería ocuparse de esos reflejos que se quedan manchurrosos en el cristal  a través del que nos obligan a ver la realidad.

3.

Pero para que la cosa no quede solo en especulación urbana (de nuevo), tomemos otro ejemplo reciente de supuesta democratización de la producción por la via de la creación colectiva de contenido: The Johnny Cash Project aquí-.

La cosa va así, para promocionar el último disco de Johnny Cash Ain’t No Grave se ha preparado un vídeo (dirigido por Chris Milk) con una serie de frames procedentes de footage antiguo y se ofrece el mencionado vídeo al público que quiera participar con su “creatividad” para que lo retoque [tres frames y siempre previo registro en la web], bien con un sencillo programita tipo paint, bien eligiendo los típicos filtros del más básico editor de vídeo (estilo abstracto, puntillista, realista, etc).

El asunto se pretende un proyecto artístico colectivo y global, claro.

En este sentido, significa la conjetura del supuesto talento de la colectividad para crear una obra artística que no es tal (que no puede serlo) y, ello, con el fin de beneficiar la producción de una compañía discográfica (American Recordings & Lost Highway, que son los propietarios de las canciones de Johnny Cash).

Los participantes sienten de cerca el talento de Johnny Cash (por ósmosis), pero su capacidad de manejo se circunscribe a varias opciones muy pautadas (otra vez el riesgo de la libertad) y, por tanto, su creatividad es decididamente ilusoria.

De nuevo se repite la idea de la extravagancia (en mínimas dosis), pues al permitir al internauta anónimo que toquetee el vídeo, su carácter de ciudadano “especial” queda palpable en un resultado “tangible”.

Y ello, otra vez, por la ilusión de que el vídeo muta, alterna posibilidades, parece realmente el fruto de un trabajo colectivo. Esto viene avalado por la posibilidad de que el internauta vea impreso su nombre junto a la imponente categoría de Artista.

Las mínimas narrativas intersubjetivas como brumosidad en el cristal; la crítica residirá pues, en la ekfrasis de lo audiovisual en que se ha convertido nuestra percepción e interpretación de esa realidad que es un cristal/espejo y que cada vez nos devuelve nuestra imagen en más reflejos manchados de vanidosos y extravagantes churretes de falsa artisticidad.

La labor del verdadero artista, pues, será la de alejarse de ese prosaismo feo y atender de nuevo a lo sublime que quede en los huecos intocados del espejo/cristal, así sea no más que un ápice, suficiente es, por el momento.

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[1] Javier Montes. Pantallas Rotas. ABCD. nº 976. 08-Junio.2010.

[2] Javier Gomá Lanzón. Tú eres muy especial. Babelia/El País. 08-01-2011.

[3] & [4] Marcus Forth, Helen G. Klaebe & Gregory N. HearnThe Role of New Media and Digital Narratives in Urban Planning and Community Development. Body, Space & Technology 7(2). 2008.

[5] Jordi Hereu. Hagamos Barcelona, hagamos la nueva Diagonal. Bando Municipal. 06-03-2009.

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Especulación del talento [4]

Dice David García Casado que:

“en una sociedad donde el capital, financiero y cultural, está tan sometido a fluctuaciones especulativas, la confianza en el valor real –productivo, funcional- de las propuestas se ve puesto en cuestión constantemente y la necesidad de agencias de “rating” se hace patente como únicos faros en la confusión, faros del espectáculo, traicioneros y cómplices del mercado y su lógica de escasez = valor” [1]

Y es que así, sin un crítico que funcionase como una agencia de rating, las palabras de los escritores se quedan volátiles, sin sustancia, como canta el poeta Diego Baez:

“Mine are words without

matter, empty of excretion

and the horses of my mind’s

green pasture graze there,

in the hollow.” [2]

Así, el talento vuela como una sombra, y se escapa del publico lector, que no sabe cómo apresarlo.

Y no es nada baladí mentar esto, porque:

“the project of literature […] is to connect with that which is unchanging and unchangeable, the tragic dimension of life” [3]

Es decir, que la calidad literaria, al serle huidiza a quienes trafican con el posicionamiento y valoración de las obras merecedoras (o no) de atención, está en grave peligro de extinguirse.

Claro que hay quienes creen que existe una salvación posible y que vendrá de esa nueva generación de escritores on-line, que ni quieren publicar en papel, ni quieren que sea la crítica tradicional quien les legitime.

Un ejemplo de esto es la revista norteamericana Wag´s Revue.

En sus propias palabras:

“a magazine that brings the rigors of print publication over to the online medium, to flourish under the vast new freedoms it allows” [4].

¿Será realmente posible que la generación Internet cambie las reglas del juego y deje de especular con el talento ajeno (o la falta de este)?

Yo, que soy bastante escéptico, lo dudo bastante.

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[1] David García Casado. Candilejas, luces trémulas del Arte. SalonKritik. 01-Enero-2011.

[2] Diego Baez. “Hollow Phrases”. incluido en Flatmancrooked’s Slim Volume of Contemporary Poetics, edición al cuidado de Joshua Neely. Ed. Flatmancrooked. 2010. El poema se puede leer íntegro –aquí-.

[3] Jonathan Franzen, interviewed by Stephen J. Burn. The art of fiction. The Paris Review. nº 207.

[4] Manifesto. Wag´s  Revue. Issue 1, Spring 2009.

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