Seres de ficción

Estaba echándome una siesta esta tarde, plácida por lo demás, y me vi soñándome en un sueño repetido.
No tuve la certeza de estar soñando -o no solo- sino la de hallarme frente a un sueño ya soñado. Y allá, enmedio de esa repetición, me dije así: sueñas un sueño antiguo, un sueño de otros muchos, un sueño de multitudes.

Obviamente se trataba de un arcano, de un símbolo.

Y pensé, sin demasiada originalidad, que el sueño es una ficción  y que, al igual que la vida, sucede a todo el mundo con idénticas repeticiones.

Entonces, sopesé cuántas personas más habrían tenido hoy mismo ese mismo sueño que yo y cuántas veces lo habrían soñado ya o si sería la primera vez que lo soñaban.

Y, entonces, me han caído, como del cielo, estos versos de Julio Mas Alcaraz, de su libro El niño que bebió agua de brújula (Calambur, 2011),  y que dicen así:

“simular la vida / es el síndrome de la importancia / algunos creen que el tiempo / conserva dirección y progreso / como si los rostros fueran inmutables / y no un mecanismo del dibujo / no, no hay signos válidos”

Eso me ha llevado a columbrar que la calidad de nuestra vida se relaciona con la calidad de nuestros sueños.

Y no tanto hay que valorar en ellos la originalidad como el significado moral que de su trivialidad somos capeces de extraer.

Es decir, los sueños, igual que la vida, e igual que toda ficción, no son más que signos, cuya validez depende de la competencia lectora de cada ser humano que los sueña, vive o lee.

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