Literatura bulímica

“Y la literatura no es sino una declaración de amor a la vida”, leo en un momento determinado del volumen La cosa en sí (Pre-Textos, 2006) del diario en marcha Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello. Y ahí me detengo; me llama la atención la página: la 111.

Tales circunstancias me han llevado a pensar en la cualidad higienista de la literatura. Y ello por saberme enfangado en un texto más o menos largo que me trae revuelto los humores y, especialmente, la bilis negra de la más melancólica tristeza y el imparcial enojo.

Y es que la cosa puede operar también en su forma contraria; es decir, que la desatención de ciertas manifestaciones literalias bulímicas es, igualmente, una declaración de amor a la vida. Pero una afirmación por defecto y retardada, ya que su cualidad más noble se nos revela ya habiendo concluido su escritura,  y es que nos sabemos en la obligación de evitarle la publicidad y defenestrarla al pozo negro del olvido.

Así, amar la vida es también hacer literatura de nuestras miserias más repugnantes, pero con el propósito de expurgarnos los intestinos y quedarnos en la serenidad necesaria para pergeñar una literatura ya sí comunicable.

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