El arte delicuescente

1.

Escribir es siempre una alegría.
Eso es cierto, pero no una alegría que prodece del placer liviano de la facilidad, sino más bien de la satisfacción del deber bien cumplido, del esfuerzo continuado y metódico y de la final consecución de un largo trabajo físico-mental

Porque aunque ahora todos quieran negar la dificultad de la génesis de un texto literario, de sus suplicios, desvelos e inconvenientes, como se suele decir, “no queda otra”.

Quien diga lo contrario, miente. O bien es un cretino.

Tomarse unas vacaciones de la escritura es lo mismo que decir que uno se toma vacaciones de respirar: algo abstruso.

Otra cosa bien diferente es no darle publicidad a lo que uno escribe (en la página o en el pensamiento, tanto da).

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2.

Esta idea de que la escritura no se detiene va emparentada con la ligazón ineludible que el arte debe mantener con la vida; así: respirar con ella.

Un arte que se aparte de lo real corre el riesgo de perecer en su inanidad -o en su manierismo.; pues es un arte que ya no respira sino aisistido por las fastidiosas vocecitas que se producen por su respirar gracias un aire exógeno: el helio, por ejemplo.

Tomarse unas vacaciones de la real es lo mismo que decir que la naturaleza se toma vacaciones en su constante devenir irrefrenable: algo abstruso.

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3.

Dice Luis Racionero que el absoluto desconsuelo e inconexión del arte conceptual con el público proceden del hecho de que no aluda este a ninguna realidad contrastable, y que por ello “cae en un idealismo tan artificioso como los académicos del siglo XVIII” [1].

Y eso es algo que, en mi opinión, comienza a sucederle a cierta literatura contemporánea que busca asimilar sus contenidos, pero sobre todo, su diseño estructural, al arte contemporáneo conceptual (y que hemos venido estudiando parcialmente –aquí-).

El problema es que contra investigar desde sí, es decir, desde el lenguaje, muchas de estas obras han derivado hacia un camino peligroso, y es que sirven únicamente del marco; o sea, del concepto. Así, la obra no es más que una excusa para hablar de una idea.

Y lo único que acaba contando es la idea que ya viene explicitada en la contaportada. Ello implica que ni siquiera se hace necesaria la lectura del libro, pues no es más que el aparataje necesario para comunicar esa idea única y simple, a veces no más que una intuición.

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[1] Luis Racionero. “Realismo e idealismo”. Cultura/s de La Vanguardia, nº 531, 22-Agosto-2012 [pág 11]

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4.

Valerie Hegarty, “George Washington Melted 4” (2011)

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La pintura ha ocupado históricamente un rol central en la formación de la memoria compartida.

Sin embargo, ya no.

Las viejas técnicas pictóricas han cedido su función de documento testimonial de la historia al cine o a los medios digitales.

Sin embargo, una serie de artistas contemporáneos que recientemente expusieron su obra en la Winkleman galleryaquí–  siguen interesados en la pintura. Desde su perspectiva, entienden que la única postura realista que puede tener un pintor contemporáneo consiste a menudo en rechazar el pasado u olvidarlo completamente.

En otras palabras: pintar sin memoria.

Pero ello no significa que se olviden de los asuntos humanos. Para los artistas reunidos en la exposición Painting is history todavía quedan posibilidades para documentar e imaginar lo natural de lo humano, la humanidad analógica del hombre.

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Valery Hegarty – Headless George Washington with Table (2012)

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En el caso de la artista Valerie Hegarty –aquí-, la idea que subyace en su obra es la de hacer reproducciones de pinturas históricas bien conocidas que se alteran de manera drástica creando un efecto de desintegración.

Todas sus obras columbran una posible continuidad con el mundo real de la naturaleza y los objetos contemporáneos, los físicos del aquí y el ahora: los incontestables.

Es decir, que rechazar el pasado no es desmemoriarse sino memorizar el presente como continuación de una vida pasada (para nosotros desconocida) que se nos revela furtivamente.

En ese sentido, las obras de Hegarty tienen algo de performático, en esa incisión que la pintura provoca en la realidad, con la intención de desgajarla, mostrando su ruina potencial, su decadencia implícita.

Por decirlo de otra manera, sus obras buscan un asidero en el (y hacia el) que desparramarse.

Hay, en ellas, algo fantasmagórico.

Y creo que aquí lo hemos repetido ya unas cuantas veces: el siglo XXI será necesariamente el siglo de los fantasmas.

Bien haría la literatura en aceptar que su decadentismo no es sino su mejor arma de futuro.

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