Raw meat: Crónicas desde Kassel

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Una de las pocas alegrías que nos ha deparado la prensa cultural durante este verano han sido las crónicas que el cineasta catalán Albert Serra ha ido mandando puntualmente a la redacción de la Vanguardia para que salgan en el suplemento cultural de los miércoles, el Cultura/s. Por alguna razón que desconozco, Serra lo ha diseñado formalmente al modo del diario, y cada una de las notas está escrita un mismo día de la semana: siempre jueves.

Allí en Kassel, Serra prepara el proyecto cinematográfico Los tres cerditosaquí-, una cinta de 200 horas de duración en la que se intercalan extractos de diálogos privados de Hitler, del libro de Conversaciones con Goethe, así como comentarios de Fassbinder extractados de diferentes entrevistas. La idea es que Serra esté rodando durante los cien días que durará la muestra de la dOCUMENTA (13). Cada día se presentan -en dos pases- dos horas de la filmación en crudo en los cines Bali.

Serra reflexiona en sus Crónicas desde Kassel sobre distintos asuntos: la imbecilidad de los actores profesionales, nos cuenta un encuentro en el que se pelea con los alumnos del California Institute of the arts pues estos no conciben como deseable que ningún trazo de originalidad espontánea aparezca en la obra de arte, baraja distintas posibilidades de montaje para las imágenes o se cuestiona la construcción dramática de la película, pero también habla sobre los problemas intrínsecos del rodaje y la incompetencia de los operadores alemanes encargados del montaje de los descorados o acerca de la necesidad de que el arte contemporáneo abandone los discursos ideológicos vinculados a la(s) obra(s) para que estas se encuentren con la soledad del espectador y el silencio de su destino (para así, irónicamente, ganar en fuerza e intensidad).

En general, como todo lo que hace Serra, los textos son una adminición en favor de cierto caos creativo, de la irrenunciable libertad estética y algo muy importante, un canto en favor de lo híbrido, lo heterogéneo y lo estrictamente personal. Y no porque ese gesto de bravura, que se sabe falible contra el aire inmenso de la nada del mundo, del artista sea algo político (como muchos siguen creyendo), sino por algo mucho más simple: porque es el único gesto subversivo (por subjetivo) que le queda al artista hoy: ese desafío a lo técnico, a la previsibilidad de los cánones que marcan ya las tendencias artísticas, habiendo caído hoy en la cuadrícula pautada de lo científico (la objetividad de la conciencia lo llama Serra; lo que no es sino una mala deriva cartesiana).

Todo es, al fin, nos dice Serra, una cuestión de performance, pero no en el sentido de chifladura, despelote o necia extravagancia, sino en lo que esta tiene de ejecución no mediatizada por la objetividad de la idea (pre)concebida.

En otras palabras, no se trata de sinceridad, sino de verdad personal.

La sinceridad per se es propia de idiotas y no tiene el menor valor; sin embargo, la valentía de expresar esa verdad íntima de uno, en su sencillez despojada es, sí, un acto supremo de amor, y la meta a la que se debe encaminar el arte nuevo de hoy (en su versión bellas artes, pero todavía más en el ámbito de la literatura).

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