Intimidades

Daniel Cerrejón, “Diario íntimo” (2010)

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Acabo de descubrir algo de lo más relevante para mí -y para mis temores y pesadillas (verbigracia: mis fantasmagorías).
Se trata de algo anodino, en verdad, una cuestión trivial, pero ya digo que para mí goza del mayor status ahora mismo y me ha producido unas consecuencias admirables; sobre todo por lo que respecto a mi consuetudinaria lentitud (de la que me siento razonablemente culpable para la vida práctica en general).

Pero, en fin, vayamos por partes.

Creo ya haber dejado dicho en varias ocasiones que a aquel noctívago que trabaja en la soledad de la noche (sin música, encima) y durante las largas horas sucesivas -y sin descanso- de la madrugada, le sucede en ocasiones que a su soledad le crecen voces, que las cosas comienzan a manifestarse en su silencio inconforme y que uno puede llegar a pegarse sustos realmente importantes, creyendo sentir que presencias informes tratan de establecer un principio de comunicación y diálogo.

Por esa razón tiende uno a minimizar sus paseos por la casa, especialmente en el ala más alejada y lóbrega, allá donde los muebles, el sofá, las ventanas en su altivez ambigua andan en connivencia con lo que pensamos espectros venidos de… de no sabemos dónde.

A ello se ha de añadir mi natural predisposición calmosa al respecto de todas las cosas en general, pero más todavía en lo que respecta a las cosas prácticas en particular (y me refiero desde a la dificultosa y premiosa trabazón que me supone preparar una cafetera o servirme un vaso de agua hasta lavarme las manos o cambiarme la camisa sudada por el calor del verano agostino). A ello ha de añadirse que si sucede que tales actividades las realizo en el entreacto de un momento creativo (en el que mi mente reflexiva doblega y, de alguna forma, paraliza mi cuerpo) el desastre puede ser mayúsculo: puedo coger la cafetera ardiendo con las manos sin darme cuenta, dejar el azucarero adentro de la nevera, etc etc etc

Pues bien, ya digo que hoy -esta madrugada misma- ha acontecido un suceso que no titubeo en considerar de milagroso (y simple, sí, también).

Ajá, sin más preámbulos, la cuestión es esta: he descubierto (en un descuido en el que de repente me puse a correr por la casa, preso del miedo de perder una idea si no la anotaba ipso facto) si te mueves rápido, pero rápido muy rápido, con movimientos secos y cortantes en esa misma soledad ambigua de la noche, tu cuerpo actua como un estilete y corta el aire quedo y enrarecido de la casa como un cuchillo y la queja de su filo suena, ¡tachán! como una voz cortante y femenina. De lo que se desprende que las otras voces que se pueden escuchar -eventualmente- en la madrugada, sinuosas y lánguidas -y también (no sé por qué) femeninas- no son sino efecto demorado de mi propia lentitud torpe al andarme por la casa; en otras palabras, tales voces no son sino un delay de mí mismo cuyos ecos -en forma de voces espectrales- se reparten al albur del viento de la noche, según el capricho de las ondas acústicas que van deambulando por los suelos y rebotan en las esquinas, las puertas y los techos.

Lo cual significa que esa intimidad de uno, que en mi caso se manifiesta en voces que se me declaran presentes en diferido (y por eso me producen sustos de muerte) puede ser modificado por el efecto de la velocidad, igual que sucede en esa obra que ilustra este post, “Diario íntimo”, de Daniel Cerrejón, pues si corres tanto como para ir por delante de las voces, tu intimidad queda intacta (pegada a ti, a tu cerebro, a tu cuerpo) y te evitas el riesgo de sufrir un ataque al corazón.
Otro protocolo similar para acabar con estas voces de uno mismo sería el que practica el fotógrafo chileno Jorge Brantmayer en sus Action Paintings (2012) [ver foto debajo], solo que para él el resultado (por tratarse de seis personas realizando el acto a la vez) le sale más bullicioso y ruidoso que a mí o que al propio Daniel Cerrejón. Diríase que nosotros dos encapsulamos la voz para preservar su intimidad y Brantmayer goza destruyendo la frágil burbuja, transmutada ahora en grito: en vísceras privadas que se tornan públicas, quedando a la vista de cualquiera que quiera (ad)mirar(las).

Jorge Brantmayer – “Action Painting” (2012)

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