Apostilla a “La timidez en/y la escritura” [2]

La fragmentariedad a la que se refieren hoy los escritores contemporáneos no es precisamente experiencia de vida, siempre relativa, incompleta y defectuosa. Se trata, diría yo, de otra cosa.

Es más una suerte de filosofía de afán sistemático, pero que fallece a la mitad de su recorrido. Y, de ahí, que sea fragmentaria la tal práctica literaria que surge de dicho afán. Pero no, como se ha dicho, porque esté relacionada con la vida, con la experiencia de la vida, con la verdad inapresable que  subyace a toda trayectoria vital y que es, a la vez, su reclamo y virtud (pues renace continuamente gracias a su conocer) y que, sí, es falible, insuficiente y ambigua, sino porque no tiene capacidad ni cualidades para afrontar el careo con lo absoluto, lo objetivo y lo universal.

Así, la fragmentariedad contemporánea que tanto nos disgusta se funda en una metafísica de la carencia.

De un lado, se da el lujo de denostar la verdad incognoscible de la experiencia humana y, de otro, ironiza sobre la vanidosa pretensión sistemática y totalizadora de los sistemas filosóficos. Pero la única creencia que aduce en su descargo es la pereza, la dejadez y la desidia.

De ahí que su único legado haya sido el de la cizaña, la hostilidad y un violento ruido que desorienta a quien crédulo confía -así sea de primeras- en su falso enunciar.

Queda, sin embargo, una pregunta que convendría sopesar: ¿podríamos asegurar que tal pereza, dejadez y desidia tienen un sentido histórico o no han sido sino unos cuantos que se han servido de unas meras estrategias camufladas para coadyuvar al ataque simbólico contra la cultura dominante y lo han disfrazado de supuesto zeitgeist?

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