La peligrosa modificación del recuerdo

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Escribe Marcel Proust en La prisionera:

“olvidamos muy pronto lo que no hemos pensado a fondo, lo que nos ha dictado la imitación, las pasiones circundantes. Éstas cambian y con ellas se modifica nuestro recuerdo” [1]

De otro modo, se podría decir que es aconsejable nunca volver a los lugares en los que se fue infeliz, por la razón de que los aledaños vistos con la novedad del olvidazo tienden a eclipsar ese sufrimiento pasado con la benevolencia de unos ojos que desean siempre lo excitante que toda novedad nos aporta.

Haciendo esto lo que conseguimos no es borrar las trazas de nuestro periplo vital, sino algo muchísimo peor: las embellecemos, igual que cuando se le da lustre a una máquina de guerra antigua y desvencijada por el tiempo. Así: les quitamos su texto (y su contexto), inutilizándolas.

Siendo esto así, sucede que nada aprendemos de nuestras antiguas aflicciones; lo que queda, por tanto, de aquella tortura penosa que estaba ligada a unos días y a unos lugares antiguos, no es sino una admiración museística, no memorialista ni mucho menos personal.

Y esto tiene su analogía práctica en un invento mefistofélico llamado Paper Passion, un perfume que Karl Lagerfeld ha creado inspirándose en unos comentarios del editor alemán Gerhard Steidl, quien dejó dicho que su fragancia preferida era la de un libro recién impreso.

Si quieren saber más sobre el tema (y horrorizarse), cliquen aquí.

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[1] Marcel Proust, La prisionera, traducción de Carlos Manzano, DeBolsillo, Barcelona, 2006 (p.39)

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CONTRA-PROGRAMACIÓN:

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Octubre: “Déjame en paz (o la insoportable levedad de lo cool)”

              [play it loud]

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