Todo es válido si vale

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El autor de culto Roger Wolfe (Westerham, 1962) es un caso atípico en las letras españolas; inglés, pero criado desde la infancia en España, con más de una veintena de obras a sus espaldas (poesía, relato, novela, diario, ensayo), sigue, sin embargo, siendo un autor medio-desconocido en el ámbito literario. En su opinión, es porque en España “no existe una verdadera tradición del escritor hecho a sí mismo” y es que “falta la visión, la atmósfera y la tradición de lo alternativo”. O quizá es porque, como él también arguye en su descargo, “mi problema, básicamente, es que escribo para gente como yo. Y por suerte o por desgracia conozco a muy poca gente como yo”. Ese ser-él-mismo es de lo que da cuenta Escrito con la lengua (Huacanamo, 2012), libro que recopila sus tres primeros diarios de anotaciones, reflexiones y aforismos, pero –sobre todo- de personales teorías sobre lo que se le ponga a tiro; un conjunto que Wolfe define como ensayo-ficción, así: “una tumultuosa y polícrama mezcolanza […] demoníacamente obsesiva […] [que] puede alumbrar las tinieblas con algún fogonazo ocasional de luz”.

Escrito con la lengua hace referencia a ese escribir con la crudeza amorosa del lametazo, que te deja indefectiblemente restos de saliva en el ánimo, y está escrito con una rara severidad juiciosa, que acaba siendo lúcida y clara, pues se diría que la intención de Wolfe es remover las telarañas de los ojos del corazón de la gente que le lee; gente inteligente, precisa, pues es así como considera a sus lectores. Y, en verdad, es esa la sensación que se tiene: la de compartir juerga dichosa con el autor, que no duda en dirigirse al lector con franqueza, utilizando, cuando le conviene o apetece, la apelación directa y sin renunciar a una feliz (auto)ironía que distiende la fuerza gravitatoria del volumen. Y esto porque no nos esconde Wolfe ni su condición de maníaco-depresivo, ni su alcoholismo, ni su uso de las drogas, sus disputas con la gente, la ansiedad e histeria y el nerviosismo que alienta su existencia, ni tampoco sus múltiples fracasos.  Wolfe lo expresa de la siguiente manera: “Cada obra, cada página, cada párrafo, cada línea que he escrito, que escribo, que escribiré, es un jirón arrancado de la carne de mi vida”.

El libro engloba las anotaciones realizadas por Wolfe (los primeros años en el ordenador y, ya al final, en una libreta que parece llevar siempre consigo) entre los años 1992 y 2001, con la excepción del intervalo 1999-2000. Prácticamente todas ellas (con escasas excepciones) se rigen por lo que Wolfe llama “las tres reglas de oro de Saroyan”: Realismo, sobriedad, brevedad. “El realismo es –nos dice-, desde Cervantes hasta hoy y para siempre, el punto de partida y la meta de cualquier escritor que se precie”, dejando claro que para él realismo es “todo lo que sea real”. Sobre el tema de la sobriedad habremos de referirnos al título de esta reseña Todo es válido si vale, leit motiv asimismo de Wolfe, y que se refiere a “la fina labor de filigrana” que ha de realizar un autor en lo que se refiere a los tacos y las palabras malsonante. Es cuestión de savoir faire y una correcta dosificación, nos dice Wolfe, quien para nada renuncia al uso de los registros y expresiones “avulgarados” en sus textos. Y en cuanto al asunto de la brevedad, en este caso se refiere Wolfe a “esa filosofía de los pobres” que es el aforismo y que en su vertiente ideal no contendría más que “unas doscientas palabras”.

Según su propia definición, sería el estilo de este libro (y de su obra al completo) “rápido, nervioso, eléctrico y un poco dislocado”, y ello por influencia de Blaise Cendrars, del que nos dice Wolfe que “en buena medida me enseñó a escribir”; además, se regiría por una afán intrahistórico, en sentido unamuniano. Y hablando de literatura, de escritura hay mucho en Escrito con la lengua, desde el prosaísmo de lo que Wolfe gana con la literatura, pasando por los suplementos literarios, los críticos, los motivos de Wolfe para escribir, sus sospechas por sentir en un determinado momento su obra agotada (habiendo perdido la fe en ella). Pero, enseguida la incapacidad de dejar de escribir, sus problemas con las traducciones (a las que se dedica profesionalmente), reglas sobre el estilo o el tono. También hay reflexiones sobre la genialidad, la sencillez, el talento, la necesidad del escritor de mantenerse impermutable en el camino marcado por su obra y su obligación de violentar el lenguaje para decir algo nuevo y original. La primacía de la obra sobre la vida del autor, la importancia del espacio físico en la literatura, cierta idea de raigambre aristotélica sobre la construcción del personaje, y de cómo un escritor debe ser “hijo de su tiempo”. Pero también aparece la gente odiosa de Gijón (donde vive desde 1983), o el anarquismo, la subversión del  amor (“no hay nada en este mundo más peligroso que un ser humano seriamente enamorado”, afirma), la tele-basura o los centros comerciales, su innata teatralidad (“yo sin público nunca he sido nadie”, dice), etc.

En lo que respecta a escritores, pienso que es útil nombrar a unos cuantos de ellos, para que el lector sea capaz de cartografiar los gustos e intereses de Wolfe. Así, entre los autores que cita, menciona, parafrasea o con los que discute o sanciona se encontrarían Bukowski, Chandler, Hammett, Carver, Céline, Onetti, Saroyan, Proust, Joyce, Kenzaburo Oé, Schopenhauer, Rubem Fonseca, Sábato, Hemingway, Delmore Schwartz, Baudelaire, Lawrence Durrel, Kafka, Quevedo, Ángel González, Ferrater, etc pero sobre todo, Hubert Selvy, Verlaine, Eliot, Shakesperare y Donne.

Para finalizar, si seguimos la idea de Wolfe de que un buen lector es aquel que sabe sacar la media aritmética de lo leído, comparando así lo que el autor escribe “en días malos, cuando uno se siente furioso y cabreado” con lo que se escribe los días que a uno “le sonríe hasta las viejitas en la cola del autobús”, podríamos concluir que la valoración de Escrito con la lengua sería un bien alto, casi un notable. Y, ello, por una razón que el mismo Wolfe nos dice al final del volumen, así: “nunca como hoy había resultado tan oportuno afirmar que la tarea del escritor consiste en constatar lo obvio”. Así, tales obviedades, siendo categóricas a la fuerza, constituyen en Escrito con la lengua una repetición constante de esas cosas que deberían “darse por sentado” y que, en la mayoría de los casos, el lector ya sabe, intuye, infiere o (re)conoce.

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Roger Wolfe. Escrito con la lengua. Ed. Huacanamo. Barcelona. 2012. 224 páginas.

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*Este texto se ha publicado en la revista chilena Crítica [06-Agosto-2012] –aquí-.

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