Descubrir (y describir) la incomodidad

Cada uno elige sus métodos y la forma práctica en la que da resolución a sus problemas.

Para mí es el blog lo que me permite dar salida en primer lugar a ciertas incomodidades que me estorban para la vida práctica, señalarlas a base de posts, para obligarme a pensar en ellas, a reflexionar sobre el porqué de su incomodidad. Para, en resumidas cuentas, limpiar la mente de estorbos crepusculares.

Entiendo que haya quien prefiera ser más expeditivo (o que lo sea por carácter y necesidad) y da carpetazo a cualquier asunto que le perturbe. Así: echando a correr y yéndose hacia páramos embellecidos con cristales más hialinos. En fin, cada cual es libre de acomodarse a lo que le sea más benigno.

A mí, ya digo, a pesar de resultarme trabajoso y lento (digo el pensamiento que fluctua en cada uno de los posts de este blog), me suponen una forma de liberación y comprensión de mi entorno que prefiero. Y no solo porque obliga a que uno se proporcione un argumento coherente contra su mal, sino por la rapidez con la que se obliga uno a dar salida a tal o cual preocupación; ergo: la inmediatez de una respuesta (y hablo de rapidez medida con mi propia vara, claro, una escala de valores -por lo general- bastante lenta, si he de ser sincero).  Así que obligarme a tal presteza, me resulta beneficioso.

Y viene todo esto a colación de las vacaciones que parece estar tomándose todo el mundo.

A mí el concepto “vacaciones” siempre me ha parecido sospechoso. Por varias razones, porque justifica los planes previos y las mil disquisiciones en torno a las vacaciones mismas (asuntos entretenedores máximos de lo que realmente importa). De otro lado, me produce recelo pues sé que tras su consecución vendrá el largo dialogar sobre las vacaciones mismas (que habrán de soportar -por suerte- únicamente las personas pertenecientes al círculo íntimo del vacacionador -no veraneante, que eso es otra cosa-). En resumen: que no es más que un pasatiempo para alargar el paréntesis con la vida.

Sin embargo, la vida sigue fluyendo con su impulso irremediable.

Y es que aunque uno esté hamacado frente al más bello cristalino mar con un daiquiri en la mano, el pensamiento (al menos el mío) no se detiene y las incomodidades surgen por doquier. Y sí, hay que despacharlas con alguna prueba razonable de su carga fatigosa.

Aquí, en este blog, por ejemplo.

Post a post.

 

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