La belleza olímpica

Leo unas declaraciones del artista y performer colombiano Rosemberg Sandoval. Son estas:

“la belleza tiene que ver necesariamente con la conexión, estructura y materia de las ideas reafirmando el lugar” [1]

Pienso en ello mientras me acuerdo del espectáculo de inauguración de los recientes Juegos Olímpicos que se celebran en Londres, el pasado viernes. Pensando en su costumbrismo, en su orgullo local, en el modo ambicioso y perfecto con el que expusieron su ideario de belleza.

Lo que se deducía de ahí, de la ceremonia entera, era  su modo de ver el mundo como un lugar que ha quedado en letargo, una suerte de naturaleza muerta que se ha de reavivar. De una parte, se exhibía un orgullo legítimo (no humilde, pero sí modesto, sabedor de sus logros, pero -eso sí- sin regodearse en ellos), y de otra, se llamaba la atención sobre el peligro de que ese mismo orgullo (basado en logros pretéritos) quedase -como hoy está quedando- en nada más que en memorabilia decorativa.

La belleza, en resumidas cuentas, nos decía Danny Boyle con su gran espectáculo performático de la inaguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, es la esperanza, la expectación de lo nuevo, la dedicación a lo genuino y original, pero no per se, no en virtud de su misma originalidad y su carácter prístino, sino por una razón física y moral: la de que se liberen las tensiones y emerja leve y puro lo que será mañana. Y es que tanta (auto)contención no permite a lo que empuja que se abra camino, y así no hay justificación para el estímulo ni espacio para que la belleza novísima sea estructuralmente creada.

Y el corolario de esto: si no se le permite abrirse camino a esta belleza nueva, su fuerza inobjetable hará que esa naturaleza muerta que es hoy Europa, constreñida por los dictámenes autoritarios (y de refrendo de lo decrépito y convencional) explote definitivamente.

La gran aportación de Boyle ha sido la de urgirnos a la formulación inaplazable de la siguiente pregunta: “¿dónde está esa juventud que aguarda?”. Y de hacerles el siguiente requerimiento: “Preséntense, por favor. Queremos -de una vez-  saber de Vds”.

Algo que habrá de haber llamado la atención a todo aquel que haya visto el desfile de los atletas olímpicos habrá sido la comprobación de la altísima (y alarmante) media de edad de estos. Qué más prueba quieren en favor del cambio si hasta la presuntuosidad joven del atleta olímpico anda en entredicho.

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[1] Rosemberg Sandoval en entrevista con Jairo Alberto Cobo. Esfera Pública. 27-Julio-2012.  [publicado originalmente en la revista Gulumba, aquí]

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