El verano es como una cebolla

T. S. Eliot en la playa (1957)

Se pregunta Álex Nortub en su post La pregunta del veranoaquí– al hilo de una foto veraniega de Faulkner:

“¿Puede uno escribir algo digno de ser escrito en pantalón corto y con el pecho al aire y observando cada letra a través de unos cristales oscuros y tecleando mientras duda continuamente de si lo que está escribiendo es algo digno de ser escrito en pantalón corto y con el pecho al aire y observando cada letra a través de unos cristales oscuros y tecleando mientras duda continuamente de si lo que está escribiendo es algo digno de ser escrito y continuar haciéndose esta misma pregunta hasta que el otoño se asome por el horizonte?”.

La respuesta (que, como habrán adivinado, es obviamente afirmativa) merece un par de matizaciones.

En primer lugar, debe ser mencionado el insoslayable proverbio latino de Apelles: “nulla dies sine linea”. Es decir, que no pase un solo día sin escribir al menos una línea. Que sea buena o mala, útil o relleno, ya es un juicio secundario. Pero que la línea quede, es algo -para mí, al menos- imprescindible. Claro que ya no es necesario -por suerte- llevarse una pesada máquina de escribir manual encima. La línea puede quedar escrita en un cuadernillo, en un portátil o en los márgenes de un libro (o incluso en la mente misma, si es que uno tiene la fortuna de poseer una memoria fiable; no yo).

En segundo lugar, no podemos pasar por alto aquello que decía Eudora Welty de que uno siempre “escribe ante su propia emergencia”.

Resumiendo, para mí tanto da si en pantalón corto, en pijama, con traje de gala, en vaqueros o en calzones. La cuestión es que las líneas siempre quedan escritas. Y, a veces, incluso con el calor son mejores estas líneas. Sin embargo, tendría que precisar algo al respecto: en la actualidad escribo una serie de relatos ambientados en verano, por lo tanto, el mejor momento para escribirlos es ahora; sin camisa, con pantalón corto, con una bebida refrescante al lado y envuelto en una música suave, de aires mediterráneos, preferentemente. Por ello, de entre todas esas decenas o centenares de líneas escritas ha habido unas cuantas (las suficientes, las justas que arman un relato) que me han salido buenas; bastante buenas, si se me permite la modestia.

Así, te respondo de nuevo, Álex, sí, sí se puede escribir algo que valga la pena; dadas las condiciones adecuadas para ello, claro.

Siempre que se haga uso de lo que yo llamaría escritura por capas.

Y es una práctica que algo de pictórico tiene. Aunque, diría yo, que más bien de índole contraria a la pintura figurativista.

Pues si las capas en la pintura sirven para ir (re)cubriendo un vacío, a mí me valen justamente para hacerlo más gravoso y llamar la atención  sobre él, sobre todo lo que ha quedado afuera del marco del lenguaje (pero que yo sé que, de alguna manera que no podría precisar, quedan en el relato, como en suspenso, esperando por ser descubiertas o pre-sentidas). No se trata del iceberg hemingwaiano, de que solo una parte quede visible. No es eso, pues cada una de las capas que yo voy aplicando al personaje, al ambiente, a la trama, a la historia, van quedando, aunque quedan -sí- expresadas de una manera mínima, violenta, pues. Y esta práctica, veraniega por más, es contraria a la que -me he dado cuenta- uso en el invierno.

Así, en el verano, las historias vienen congestionadas, atropelladas, múltiples e inquietas. Ante tal estado de cosas, se trata de que solamente quede un hueso quebrado, expuesto apenas la médula ósea, el alimento del calcio y el fósforo. Y que cada uno de los interiores particulares de cada hueso vayan añadiendo sus glóbulos blancos y rojos, aquí un regurgitar de una costilla, allá el estornudo de un esternon vecino.

Y así, las historias queda(rá)n idealmente en el ánimo del lector como esas lágrimas forzadas, sin premeditación, del que pela una cebolla y se le van quedando, además, leves filamentos en las manos, en las uñas, en la carne muerta de las muñecas, en las costras de los eccemas del codo, etc

Así, para que tal tipo de escritura suceda necesitamos (necesito yo) de la presencia de esa cebolleta lozana y proverbial que es el verano. Y sí, sus pantalones cortos y su pecho descubierto y,por pura coquetería, unas gafas de cristales oscuros.

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