Camilo José Cela – Antoni Vilanova / Correspondencia

Bharti Kher, “Rich man, poor man, beggar man, thief” (2010)

En una entrevista de 1954, publicada en El Noticiero Universal, Néstor Lujan entrevista a Camilo José Cela y éste último le cuenta lo siguiente, dice:

“la novela ha de ser el reflejo de la realidad en un espejo cóncavo o convexo. El talento del novelista consiste en echar agua literaria al agrio vino de la vida. En una época en que han existido los campos de concentración, en que se ha inventado la bomba H, en que se han hecho pantallas de piel humana, los novelistas no podemos inventar nada. Concretando, la novela es el freno que se mete al potro desbocado y maleducado de la vida”.

Las declaraciones las cita Adolfo Sotelo Vázquez en el prólogo del libro que recoge la correspondencia entre Camilo José Cela y el crítico y profesor universitario Antonio Vilanova, recientemente editado por PPU (Promociones y Publicaciones Universitarias) y cuya edición está a cargo de Blanca Ripoll Sintes.

La correspondencia incluye un buen número de años, desde 1954 hasta 1991. Un total de 91 cartas, con algunos intersticios marcados por cartas inencontrables, así hay cartas que no obtienen respuesta y cartas que responden a otras que no podemos leer. Sin embargo, percibe el lector una coherencia y una cierta evolución en sus contactos y en el desarrollo de su propia amistad que, sin embargo, es ya desde el principio íntima, pues se hace mención en las primeras cartas a asuntos sentimentales que habrían sido tratados previamente en persona.

Y es raro porque se trata de una relación en principio rara, la de un escritor con un crítico que se ocupa de sus novelas. A este respecto Vilanova cuenta su satisfacción por constatar en aquel que -con el correr del tiempo- será futuro premio nobel las virtudes que éste ya le confería con anterioridad. Es decir, que habiendo leído sus libros y sabido de él, de su trabajo estético, Vilanova ya pensaba bien de Cela, pensaba de él que era un hombre virtuoso, honesto y serio. El conocimiento personal, así, no viene sino a corroborar tal presentimiento de Vilanova.

El grueso de las cartas (67) data de los años 1954-1959 y que coinciden con la época en la que Cela trabajaba en lo que se llama su novela venezolana, La Catira, y la repercusión de la misma en los medios, el ingreso de Cela en la Real Academia Española, la creación de la revista Papeles de Son Armadans (en la que Vilanova será el responsable de la sección de crítica literaria) y las Conversaciones poéticas de Formentor, así como las intrigas por la cátedra de la Facultad de Letras de la Universidad de Barcelona en las que se ve inmerso Vilanova, la enfermedad de Lolita (la mujer de Vilanova) o las penurias económicas del crítico literario y profesor.

Ese año, el de 1959 finaliza con la muerte del padre de Cela, y la aceptación de Vilanova de un puesto de profesor visitante en la universidad de Wisconsin. A partir de ahí las relaciones parece que comienzan a agriarse o, cuanto menos, toman un tono más severo, a veces incluso de reproche velado. Disputas menores por dineros o la rocambolesca compra y desastroso envío de una vajilla de La Bisbal son los temas que se tocan en las misivas de los años siguientes. Luego ya no hay nada hasta 1974, cuando a Cela lo hacen presidente del Ateneo de Madrid, otra de 1987, una más de 1991 en la que Vilanova le pide consejo sobre su interés por ingresar en la Academia. Y ya.

En general Cela escribe sentencioso y corto, diligente y seco, sin que por ello se deje de notar el especial afecto que le tiene a Vilanova. Las cartas del crítico literario barcelonés, por contra, son largas, minuciosas, detalladas y con una prosa hermosa y escogida. Si Cela da un trato más bien de gestión comercial a las cartas, se diría que las de Vilanova son mucho más personales, introduce en ella confidencias y sentires más íntimos, diserta sobre literatura o hace suaves y elegantes esbozos pictóricos de los lugares en los que se encuentre viviendo o visitando en el momento de la escritura de la carta.

El volumen viene con un apéndice en el que se incluyen las dedicatorias manuscritas de los libros de Cela a Vilanova, desde La Familia de Pascual Duarte hasta Madera de Boj, así como una serie breve de seis fotografías (3 retratos de Cela, uno de 1961 y dos de 1954, uno de Vilanova de 1954 y dos fotos de grupo en las que aparecen Cela, Vilanova y sus respectivas esposas, así como algunos amigos -A. Kerrigan, Pepe Caballero Bonald, y Américo Castro-, ambas también de 1957).

En definitiva, se trata de una magnífica oportunidad para adentrarse en las respetuosas intimidades de la amistad entre un premio nobel y su crítico, sus intereses y estrategias, sus cuestiones personales y sus pareceres estéticos. Pero, además, nos da la oportunidad de ver de cerca acontecimientos hoy ya lejanos pero cruciales como fueron la revista Papeles… y las conversaciones de Formentor, entre otros.

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